Mosaicum 21, por Juan Lozano Feliices

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MOSAICUM 21 – EL DRAMA MUSICAL DE WAGNER. “TODO SE HUNDIRÁ. NADA QUEDARÁ… SALVO LA NOVENA SINFONIA”. EL RETORNO A LA TRAGEDIA GRIEGA. LA GENESIS DE “EL ANILLO DEL NIBELUNGO”.

Por Juan Lozano Felices.

Programa:

  • LOHENGRIN (PRELUDIO ACTO I)- RICHARD WAGNER. Orquesta Filarmónica de Viena/ W. Furtwängler (director).

 

Comenzamos en MOSAICUM una especie de subsección que aparecerá de forma ocasional dentro del devenir regular de la serie. Estará dedicada a Richard Wagner y su obra más representativa, la tetralogía de “El anillo del nibelungo”; analizando, si bien nunca de forma exhaustiva, distintas partes de la misma. Hoy comenzaremos explicando sucintamente qué es el drama musical y cuáles son sus elementos diferenciadores. El imaginario colectivo ha querido ver en Richard Wagner un compositor de óperas. Y, si bien escribió óperas, las mismas no fueron sino un camino en el que su instinto creativo le llevará a un paradigma superior, el drama musical. Así, podemos dividir la obra wagneriana en tres bloques. En el primero, al que pertenecen “Las hadas”, “La prohibición de amar” y “Rienzi”, Wagner funciona como artista receptor, casi mimético, que va asumiendo y poniendo en práctica las distintas corrientes que predominan en la Europa del momento, desde la ópera romántica a la manera de Carl Maria von Weber a la “Grand Opèra” con la que pretende el imposible triunfo en un París dominado operísticamente por las grandes creaciones de Meyerbeer[1] y Halévy. En el segundo bloque vemos a Wagner adentrarse en el mundo de la ópera romántica alemana y llevarla a su cima con “El holandés errante”, “Tannhäuser” y “Lohengrin”, basadas en la épica y las leyendas germanas del Medievo. No obstante ya vemos como el compositor ha ido replanteándose sus principios estéticos como compositor de óperas. En el tercer bloque tendremos al gran Wagner, como teórico y dramaturgo total que pone en pie la tetralogía de “El anillo del nibelungo”, “Los maestros cantores de Nuremberg”, “Tristán e Isolda” y “Parsifal”. Nos detendremos en él.

En el periodo convulso de 1848-1849 encontramos a Wagner como maestro de capilla de la corte real de Sajonia. Allí trabará amistad con August Röckel y con el ideólogo anarquista Mijail Bakunin y participará activamente en la llamada Revolución de Dresde que perseguía libertades constitucionales y la unificación de los distintos estados germánicos. Al fracasar, los cabecillas del alzamiento, y entre ellos se incluye a Wagner, son perseguidos por la justicia. Wagner consigue huir e inicia un largo exilio de doce años. Afincado en Zurich retoma un proyecto de la época de Dresde, la ópera “La muerte de Sigfrido” pero, tras algunos esbozos, se ve incapaz de darle forma musical a su libreto, el modelo operístico es insuficiente. Interrumpe la composición y durante los siguientes años se dedicará a teorizar sobre las contradicciones del género. Brotan de su intelecto una serie de ensayos, siendo los más importantes “Arte y revolución”, “La obra de arte del futuro” y, sobre todo, en 1850, “Ópera y drama”. Esta obra, donde se desvincula totalmente de los compositores de ópera coetáneos,  deviene su ideario estético, abogando por lo que él llama “Gesamtkunstwerk”, la “obra de arte total” como forma de retorno a la tragedia griega, la cual se pensaba que era un aglutinador de todas las disciplinas artísticas como música, poesía, danza, etc…, unidas con un fin dramático. Además, entendía que la tragedia griega tenía una función aún más importante y esencial que era la sinergia del pueblo con el Arte, mediante una experiencia colectiva casi de inspiración sacra y purificadora del espíritu. Fusionar el arte de Beethoven con el genio de Shakespeare, ese era el desiderátum. Wagner considerará la Novena Sinfonía de Beethoven como un antecedente de la moderna “obra de arte total” al introducir el canto en su último movimiento[2]. Un tiempo atrás, aún en Dresde, Bakunin había asistido a un ensayo general de la obra icónica de Beethoven que dirigía el propio Wagner. Al final, el pensador ruso había dicho: “Todo, todo se hundirá.  Nada quedará… salvo la Novena Sinfonía”.

Paralelamente, el compositor ha estado trabajando en una serie de libretos que tenían como base distintas fuentes, que adecúa a su intención dramática. Entre ellas, las principales serían “El cantar de los nibelungos” y los mitos escandinavos (las Eddas) y algunas sagas también de origen nórdico como la historia de los volsungos. También acudirá a una gran variedad de fuentes menores entre las que encontramos tradiciones muy antiguas como la de “La bella durmiente” recogida por los hermanos Grimm. Es curioso observar como el gran dramaturgo que es Wagner imita el estilo de la Edda poética, el “stabreim”, el verso aliterado, que le da el carácter y sabor arcaico a la obra.  Tras “La muerte de Sigfrido” tendrá la necesidad de retroceder a los origines del héroe germánico y escribirá el libreto de “El joven de Sigfrido”. Ambas serán luego retituladas como “El ocaso de los dioses” y “Sigfrido”. No contento con ello, retrocede al nacimiento del héroe, con la aparición de los padres de éste, los gemelos pertenecientes a la estirpe de los welsas (o volsungos) Siegmund y Sieglinde; y escribe “La walkyria”. Pero tampoco es suficiente. Todo esto, como dijo Thomas Mann, era comenzar la historia “in media res”. Necesitaba ir de la leyenda al mito y escribe como prólogo al Drama,  “El oro del Rin”, donde contará el robo del oro del Rin por el nibelungo Alberich. Al hacerlo y forjar con él un anillo de poder, el enano debe, como condición,  renunciar al amor. He aquí la idea temática principal de todo este vasto edificio que será “El anillo del nibelungo”. El ejercicio despótico del poder y la capacidad de amar entran en conflicto y se repelen. Aún entrará en juego la maldición de Alberich, al verse despojado por Wotan del anillo, para todo aquel que lo posea y que alcanzará al mismo Sigfrido en la última jornada. Tampoco será bastante y se impone retroceder aún más, a la acción anterior al robo del oro y la forja del anillo. En un flashback  que tiene lugar en la escena-prólogo de “El ocaso de los dioses”, las Nornas que tejen el hilo del destino nos contarán como un dios joven y osado, Wotan, llega hasta el Fresno del Mundo y bebe del manantial que brota entre sus raíces. A continuación arranca una rama del fresno que le servirá de asta para su lanza, y donde grabará el dios por medio de runas los pactos a los que llega con los distintos seres que pueblan el mundo. La acción, al decir de Ángel F. Mayo, tiene alcance de “atentado original”.

Pero Wagner tampoco quedará contento con este atentado o pecado original como hecho causal que llevará a la desaparición de la estirpe divina, el ragnarök de la mitología nórdica. Si para escribir el texto de su tetralogía ha ido de delante hacía atrás, la composición musical sí será cronológica. Cuando, estando en La Spezia tiene la idea del preludio de “El oro del Rin”, irá al origen de los orígenes. Antes de que se despliegue el famoso acorde de Mi bemol que representa al estado natural dentro de la compleja estructura leitmotívica de la obra, nos llegará como primera sensación un sonido profundo y vago en los contrabajos que, para R. Donington representa “el sonido tónico de la profundidad del abismo” o sea, el comienzo del mundo cuando la vida ni siquiera ha echado a andar.

Pero no solo de fuentes literarias y mitológicas se nutre “El anillo del nibelungo”. También podemos hablar de fuentes espirituales e ideológicas. Wagner comienza a trabajar en “La muerte de Sigfrido” cuando tiene 35 años y 61 cuando pone punto y final a “El ocaso de los dioses”. Durante esos años planean sobre su vida y su obra, distintas ideas filosóficas, siendo las más reconocibles Feuerbach y Schopenhauer[3].

Hemos hablado de leitmotiv. Es un término aceptado por la RAE que, en su segunda acepción, nos dice que es la “melodía o idea fundamental de una composición musical que se va repitiendo y desarrollando de distintas formas a lo largo de toda la composición”. Los analistas, también utilizan el término “motivo conductor” o simplemente “motivo”. Otro elemento fundamental en el Drama Musical será el “continuum musical”. Wagner rompe el molde tradicional de los números cerrados operísticos (recitativo, aria, dúo, terceto, escena concertante, coro…) para formar voz y orquesta un discurso sin cortes y que interactúan[4]. El “sprechgesang” o canto hablado será el instrumento expresivo que adopte el cantante-actor para poner en pie el texto. A este respecto, nos dice el musicólogo Deryck Cooke:

“La construcción musical de Wagner, en una obra como El Anillo, va de mano con su construcción dramático-verbal; en efecto, como bien se sabe, fueron apropiadamente concebidas como una totalidad dramático-musical indisoluble”

Estos elementos, sintetizados aquí en unas pocas líneas pero que han llenado y siguen llenando infinidad de páginas, son los que dan coherencia y mantienen la arquitectura de una obra tan compleja como “El anillo del nibelungo” a lo largo más de quince horas de música. Ya hablaremos más ampliamente de ello. Entre otros muchos, “El anillo del nibelungo” cuenta con exégetas tan valiosos como Bernard Shaw[5], Thomas Mann[6], Ángel Fernando Mayo[7] o Deryck Cooke[8], al que no le tembló el pulso al afirmar que ésta era la obra de arte  más ambiciosa de la civilización occidental y que su autor forma con Shakespeare y Esquilo, la trilogía dramática que lo sustenta.

Como correlato musical para lo aquí expuesto, os invito a escuchar el preludio de “Lohengrin”, última de las óperas románticas de Wagner y que podemos considerar un puente entre la forma operística y el drama musical. Atendamos al color “azul plateado” de esta música, tal como decía Thomas Mann en una carta al escenógrafo Emil Pretorius. Esa observación, tan sinestésica, de Mann sirvió de inspiración para la escenografía que Wieland Wagner llevó a cabo en el Festival de Bayreuth, en 1958.  La versión elegida, el mítico Wilhelm Furtwängler al frente de la Filarmónica de Viena, grabada en estudio para EMI a escasos meses de su fallecimiento.

[1] Sin embargo, con el tiempo, la obra del autor de “Los hugonotes” ha envejecido mucho peor que “Rienzi”. El director de orquesta Hans von Bülow dijo un tanto maliciosamente que “Rienzi” era la mejor ópera de Meyerbeer.
[2] La novena sinfonía de Beethoven forma parte intrínseca de la historia del Festival de Bayreuth y se programa en él en ocasiones especiales. Sonó por primera vez, vinculada a éstos,  en el teatro de los Margraves de Bayreuth, el día 22 de mayo de 1872, con ocasión de la primera piedra del Festspielhaus. En 1933 y dirigida por Richard Strauss se volvió escuchar, esta vez enmarcado en los Festivales de ese año, para conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Wagner. También sonó en la reapertura de 1951, dirigida por Furtwängler  y en 1963 por Karl Bhöm. La última ocasión fue en 2001 bajo la dirección de Christian Thielemann y está programada para ser puesta otra vez en los atriles en agosto de 2020 con Marek Janowski en el foso.
[3] Sobre Nietzsche, con el que Wagner mantuvo una relación de amor-odio, podemos decir que fue más decisiva la influencia que ejerció el músico sobre el pensador que viceversa.
[4] Si bien es cierto que, en muchas ocasiones, hay segmentos en la obra wagneriana compuestos de forma tradicional, sin que se resienta mucho su interpretación de forma autónoma.
[5] En “El perfecto wagneriano” ve Shaw una alegoría socialista de la obra.
[6] Los dos ensayos más importantes en relación a Wagner serán: “Sufrimientos y grandezas de Richard Wagner” y “Richard Wagner y El anillo del nibelungo”.
[7] Al madrileño Ángel Fernando Mayo debemos la traducción al castellano de los libretos y de las obras teóricas y literarias más importantes de R. Wagner como “Ópera y Drama”, “Mi vida”, “Un músico alemán en París y otros escritos”, así como de la biografía de Martín Grgor-Dellín “Richard Wagner: su vida, su obra, su siglo”. Además es autor de gran cantidad de artículos sobre Wagner y su obra publicados en revistas especializadas como Ritmo, Scherzo o el desaparecido boletín de Diverdi y del libro “Richard Wagner. Discografía recomendada. Obra completa comentada”, editado por Península.
[8] El musicólogo británico es autor de una versión completa ejecutable de la décima sinfonía de Gustav Mahler y en lo relativo a Wagner de “Una introducción a El anillo del nibelungo” sobre la estructura del leitmotiv, distinguiendo entre motivos principales que generan a su vez familias de motivos(editada en un estuche de 2 CD por Decca) que será una herramienta insustituible en los artículos de esta serie y de “I saw the world end”, que dejó incompleto a su muerte y que iba a ser un monumental estudio sobre El anillo del nibelungo, teniendo en cuenta no sólo la música, sino también el texto y las distintas fuentes. Desgraciadamente no está traducido al castellano.

 

LA METRALLA POSITIVA, por Francisco Gómez

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El escritor y poeta, Jesús Zomeño, presentó a principios de noviembre en la librería Ali-i-Truc de Elche desde donde reside para el mundo, su nuevo libro “Metralla”, una antología de relatos ambientada en los soldados y ciudades asoladas por la Gran Guerra, publicada por una valiente firma onubense, Alud Editorial con ilustraciones de Miracoloso.

En palabras de su presentador y prologuista, Juan Lozano, este libro responde a un corpus narrativo que tuvo su origen con “Cerillas mojadas” hace ocho años y ahora se presenta como una gran visión de la cosmogonía humana con sus temas fundamentales; la vida, la muerte y el amor con la inclusión de seis nuevos relatos; “Arriba y abajo”, “El dolor de la revolución”, “Germain Ravignan”, “El buche del pájaro”, “Ashral Fayad” y “Elemental, querido Ubú”, corolario magistral del libro.

“Metralla” incluye también cinco historias incluidas en “Cerillas mojadas” (Denes-2012), nueve de “Piedras negras”, (Lengua de trapo-2014) con especial mención a “El plan de Judas”, germen de su primera novela “El cielo de Kaunas”, cinco de “De este pan y esta guerra” (Contrabando-2016) y tres de “Guerra y pan” (Contrabando-2017).

Juan Lozano subrayó que “desde Cerillas Mojadas hasta Metralla han transcurrido ocho años con el rasgo denominador de una tremenda exigencia de sus textos, sometidos a revisión, palabra por palabra. Lozano subrayó también que el 11 del 11 del 2019 habrán pasado ya 101 años de la firma del armisticio que diera fin al término de la Primera Guerra Mundial y dio lugar al surgimiento de los poetas de la War Poets como Robert Graves, Edward Thomas y que no caerán en el pozo del olvido desde que una lápida los recuerde por siempre en la abadía de Westhmister en homenaje a su memoria y los desastres de una guerra que dio origen al irracionalismo y los totalitarismos que asolaron el siglo XX.

Juan desveló además que el escritor de Metralla tiene pendientes de publicación futura un nuevo libro de relatos y tres novelas terminadas, ambientadas fuera del contexto de la Gran Guerra.

Jesús Zomeño agradeció la presencia entre el público del acto la presencia de lectores que le siguen desde hace tiempo, su familia, amigos del colegio, instituto, del barrio y del mundo literario pero quienes le conocemos, sabemos que su público lector se multiplica y esta antología será un peldaño más para acercarse a la Andalucía mágica, igual que la reseña de su novela “El cielo de Kaunas”, analizada por Ignacio del Valle en la prestigiosa revista literaria Quimera.

“La guerra es un trasfondo pero no son relatos bélicos. Son retratos psicológicos, reflexiones universales que responden a los grandes problemas de la vida, la muerte y el amor. Situar a los personajes en la guerra, te permite pensar sobre los problemas y no te distrae de otras situaciones para situar al individuo en el vértice de la existencia”, apunta el autor.

Metralla, como apunta este escritor que llegará a la Primera División Literaria, se sitúa entre la lírica y la narrativa. “El mensaje final de mis personajes siempre es optimista. No transmiten angustia. Mi obra sigue la estela que la felicidad puede más que la realidad”.

En este punto este reseñista cultural quiere hacer una observación. Tanto Jesús como quien les escribe hemos sido“etiquetados” como escritores pesimistas, negativos y no es así. Aunque orbitamos sobre soles literarios muy diferentes, nuestros personajes, nuestras historias siempre persiguen su salvación, huir del nihilismo absurdo a pesar de todas las devastaciones, los aparentes sinsentidos cuando la llamada realidad pretende clausurar todas las puertas.

Vuelve a hablar Zomeño: “Escribí los relatos no desde una perspectiva angustiada. El último relato, “Elemental, querido Ubú” sólo he podido escribirlo desde esta edad de madurez. He llegado a la conclusión que el irracionalismo se ha impuesto sobre el racionalismo desde unos precedentes estéticos y antecedentes filosóficos hasta llegar a la Primera Guerra Mundial, que resulta el final de una identidad y el final en la creencia en el sistema democrático para dar comienzo a los “ismos”; el fascismo, el comunismo totalitario y ahora estamos en una tercera fase; el irracionalismo en las redes sociales”.

De Ustedes, amables lectores, no me perdería la lectura de Metralla, una antología de relatos que no les decepcionará y les hará pensar y sentir el mundo que vivimos, hijo de tantas tormentas e inquietudes que vivieron y sintieron nuestros antepasados en el XX siglo.

Francisco Gómez

La bellísima prosa emocionada de Gabriel Miró en Años y leguas, por Javier Puig

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Años y leguas, del gran escritor alicantino Gabriel Miró, es prosa emocionada, visión encendida por la poética percepción de una proximidad devotamente aceptada. Es la entrega al paisaje, a esos hombres y mujeres  encerrados en la limitación de su entorno. El protagonista de esta peculiar novela —si nos empeñamos en llamarla así—, dividida en unos capítulos casi siempre enteramente autónomos, es Sigüenza —el alter ego de Miró—, que deambula por las comarcas alicantinas regresando a ellas. Es ya un poco extranjero. Está sensiblemente tocado por la cultura y la exuberancia urbanas, pero nunca ha olvidado esos pequeños mundos primeros. Son los escenarios de una simple verdad, de una noble estrechez mental atendida con afecto y comprensión, con admirada tristeza.

Decía Miró de su querido Sigüenza: “Vino él a mí según era ya en principio. Y cuanto él ve y dice, no supe yo que había de verlo y de decirlo hasta que lo vio y lo dijo”. El prosista alicantino utilizaba a su personaje para alcanzar la visión que le negaban las rasantes de su cotidiana mirada. ¿Y qué otra cosa no hace el verdadero escritor sino, a través de la inédita palabra,  asomarse a las inauditas prolongaciones de su ser más sensible? En Sigüenza, lo que apreciamos, más que su personalidad, que no alcanzamos del todo, pues sus datos personales se nos hurtan, es su formar de mirar. Pocas veces Miró se vuelve directamente hacia él y, si lo hace, es para decirnos cosas como: “Todavía ese hombre no se sentía sino a sí mismo, con acústica de recinto cerrado”. Pero, en otro momento, subiendo a una meseta: “Le parece que desde lo alto ha de ver su felicidad”. Pero hay ahí también un hombre guardado en el trasfondo de sus comparecencias: “Pero el Sigüenza escondido en Sigüenza se ha quedado repitiendo: “¿Y no tiene miedo?”

Lo que sabemos de Sigüenza es que, en esas excursiones por las  tierras alicantinas, intenta confundirse con los lugareños; en la medida de lo posible, acercarse a ellos mediante la elección de su vestimenta, asistiendo a los oficios de la parroquia, a los encuentros vecinales, y, sobre todo, hablando con esa gente sencilla, interesándose por ella. Sigüenza mira y siente: “Pero se impuso la penitencia de beber a sorbos, de disciplinar la contemplación”. Pero esa mirada, esa curiosidad, le es devuelta, de otra manera, por esas gentes, casi importunadas, pese al profundo respeto de ese forastero singular: “Todas las casas se fijan en Sigüenza, y le preguntan, atónitas, fisgonas, durmiéndose”. Lo que tal vez no les pudiera decir a esos hombres y mujeres, con quienes compartir algunas sensaciones pero no las correspondientes palabras, eran cosas como las que, desde un esforzado y amoroso acto de fusión, dice el narrador: “Salía luz por los balcones abiertos, luz encendida poco a poco, hecha en casa, como el pan de nuestra artesa, luz de lámpara que junta en ruedo a la familia”.

El alma de esos personajes no se trasluce en discursos próximos a la egolatría, en perspicaces reflexiones, sino en elementos más simples: “Dice el Eclesiastés que la risa, el habla y el andar del hombre muestran su corazón. Pues el ánimo del dueño de estas heredades se manifiesta en las ventanas”. En ese ambiente de calma, de lentitud, toda sensible manifestación, por mínima que sea, puede ser captada. Todo está tan quieto que Sigüenza, en la voz del narrador, percibe continuamente los signos de lo eterno, y así, hablando de la casera del protagonista: “Se le para en sus ojos la bruma de la quietud perdurable ¡Es la desgana de lo de ahora; es la eternidad, es la eternidad!”

Pero hay, en esta obra, una superposición de tiempos. Por un lado, el momento de la confección de la obra, en los años veinte del pasado siglo; pero, por otra parte, está ese viaje a un mundo rural en el que otra época anterior se hace simultánea con el mundo ciudadano del presente. Pero es que, además, hay un Sigüenza comparativo, nostálgico de su estancia anterior, veinte años atrás; y también están los relatos de los habitantes de esas aldeas que rememoran los distintos tiempos de su juventud: “En aquellos tiempos suyos todos eran creyentes, creyentes y sumisos”.  Siempre me ha resultado curiosa esa imagen que tiene el autor de aquel Benidorm que, en aquel tiempo, no estaría plagado, como hoy, ni en una milésima parte, de construcciones y ruidosos turistas, y del que se pronuncia un definitivo lamento: “Pero Benidorm tenía intimidad…La felicidad y la inocencia se han roto”.

La prosa de Miró nunca desfallece en la búsqueda de la palabra genuina, de la expresión inédita, del decir maravillado, de un tono que hace que sus frases se peguen a nuestra alma despertándonos en una descubierta emoción que nos conduce por nuestro ser más sensible, aquel tan discontinuo como tenazmente buscado. Algunos la considerarán rebuscada, difícil, que incurre a veces en la innecesaria floritura, que llega a ser, en algún momento, casi una parodia de sí misma. Puede considerarse que, en ese arriesgado ejercicio de belleza, haya algún exceso, pero estos son una ínfima parte frente a un conjunto tan milagrosamente logrado. Hay en esta obra muchas frases que se leen como si pulsáramos las teclas de una honda y deliciosa melodía que ensalzara la difícil existencia: “Con su habla obscura y abrasada de fumador pobre”. “Día bueno; un día de felicidad para Sigüenza, sin que haya sido necesario el motivo que la origine. Felicidad que no le exalta ni le mejora; felicidad clara, sin dejo, como el agua más pura que no tiene sabor”.

Años y leguas es todo un trabajo de afectuosa captación de lo que se presenta como extraño, de ese mundo solo, residencia de las almas sencillas, capaces de otra visión, a menudo  ofuscada pero otras veces iluminadora: “¡Qué deslumbre de la divinidad exhala para los ojos de Agustina ese arcón que labró el carpintero del lugar!” De todas esas vidas rudimentarias, Sigüenza, ese poético andariego, quiere extraer una inocencia: “Todo este paisaje, que va colonizando Sigüenza con su lírica de forastero…”

 

 

Ejercicios de incertidumbre 7, por Javier Cebrián

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LOW COST 2

(UN HOMBRE DE PROVECHO)

La literatura es la cristalización, como un mineral escasísimo, de la vivencia, la memoria y la imaginación en el oficio paciente y solitario de quien escribe; la literatura no debe ser nunca un animal doméstico que vaya a comer de nuestra mano.
Bibiana Candia, Cuando se despertaron Cela
ya estaba allí
Jot Down Magazine, Núm. 28, septiembre 2019.

 

En mi ejercicio número. 3, os contaba la peripecia de los libros en las librerías de segunda mano, o low cost. Concretamente me centraba en el encuentro, en el estante de novedades de la librería Re-read, con el libro de mi amigo Francisco Gómez Crónicas de la city 2. Las tardes en el cielo, seguramente en tono jocoso o casi burlón. Describía también otros ejemplos de mis encuentros con ejemplares de amigos, de los que alguien en su día se desprendió. Pues bien, esta vez me ha tocado a mí. Decía que suelo visitar esta librería que hay en mi ciudad, cerca de la que era hasta hace poco mi casa… En mi penúltima visita, hace un par de semanas, porque en la última lo que hice es desprenderme yo mismo de algunos libros, me tropecé en el anaquel de recién llegados con uno de mis libros, concretamente con el titulado Celebración del milagro, editorial Celya, Salamanca, colección generación del vértice núm. 21, publicado por mi alter ego Carlos Cebrián en 2005. ¿Qué puedo contaros de cómo me sentí? Confieso, ahora, que no era la primera vez, ya hace algunos años, me topé con esta misma situación, visitando una página de libros de segunda mano en Internet, página de la que he olvidado su infausto nombre, claro. Este libro me procuró bastantes alegrías, hubo muy buenas reseñas, y funcionó moderadamente bien, pero, como veis, también me ha dado disgustos… ¿Qué cómo me sentí?, decía, con la dignidad y el orgullo heridos, sí, es verdad, pero también me hizo gracia. Inmediatamente hice una fotografía con mi móvil, fiel a mis costumbres, y se la envié a mi amigo Francisco con este texto: no eres el único… con el consiguiente icono en pleno descojone. Epicteto (h 40- h 140), el filósofo griego, de la escuela estoica, y para más datos… esclavo en Roma una parte de su vida, ya dijo: Dos cosas hay que quitarle a los hombres: la vanidad y la desconfianza. Y de ambas, por lo visto, voy bien servido. Alphonse Karr (1808-1890), novelista francés al que cito muy a menudo, también dejó claro que La vanidad es la espuma del orgullo. Y de ambos, también, voy servido, parece…

Es verdad, me sentí un poco herido, en mi vanidad y en su espuma, el orgullo, pero no demasiado, por supuesto, compré el ejemplar, 3 euros, porque una cosa es sentirse herido y otra hacer acopio y resistencia de heridas… Lo compré porque, además, me quedan muy pocos ejemplares. Pero lo importante es que la anécdota me hizo reflexionar acerca de la literatura, de mi poesía y de mi propia condición personal. Veo que los escritores, o nuestros libros, estamos al albur de los desconocidos lectores. Cierto es que cuando publicas un libro, este deja de ser de tu propiedad, se te escapa de las manos, se escurre entre los dedos como agua desatada, a su libre albedrío, todo lo que dijiste ya no te pertenece, y no controlas nada de él, mucho menos la respuesta que provoca en los lectores. Por suerte este ejemplar no estaba dedicado, porque en caso de haberlo estado ya hubiera sido el colmo y el enfado y la herida hubieran tenido nombre propio, impensable. También voy servido de rencores, para qué más.

Decía que he reflexionado… y me he acordado de lo que me decía mi madre cuando se enfadaba conmigo -cuando yo era demasiado pequeño-, es decir, casi siempre. Mi madre, de manera teatral y retórica, e hiriente, lanzaba una pregunta al aire… no sé yo… no sé yo si alguna vez, hijo, serás un hombre de provecho… creo que no. Sin mirarme, y se quedaba tan pancha. La frase a mí me sonaba atronadora. Con el paso de los años, esa ofensa, ese reproche, devino en premonición, la sabiduría ancestral de la madre. Ahora al recordarlo pienso en Alfonso X el sabio: Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen. Como digo, mi madre siempre ha tenido razón, y la tiene, no soy un hombre de provecho, nunca lo he sido, ni en la vida, ni en la literatura, es así de meridiano, simple, preciso. Esta vida no he sabido vivirla, esta frase, un verso, siempre me acecha, me atraviesa, esta vida no sé vivirla, encaja perfectamente en todos los tiempos verbales, porque sé que esta vida tampoco sabré vivirla. Y no os engañéis, no se trata de autocompasión, ni del regodeo que esta conlleva o lo que es aún peor autocomplacencia, no, que está muy próxima, también, a lo anterior; se trata de conocimiento más que de autoconocimiento, lo sé y basta. ¿Es cobardía?, posiblemente. ¿Tristeza?, en cierta medida.

También me dio por pensar en lo que algunos llaman la literatura del yo u otros autobiografismo, otra vez, un tema recurrente, casi obsesivo, en mi escritura, como la cristalización de la vivencia, de la memoria y de la imaginación como se dice en la cita que encabeza este ejercicio. Yo siempre he escrito a pecho descubierto, que es lo mismo que decir a la intemperie, vivir a la intemperie, porque vida y escritura van de la mano, como dice la escritora francesa Annie Ernaux: para mí, escribir es descubrir*. Y qué es la vida si no descubrimiento. Esa literatura del yo no es lo opuesto a la ficción, ni  es una mera escritura autobiográfica, o al menos no es únicamente eso. Es una forma como cualquier otra de escrutar el mundo, la calle, al ser humano, desde el adentro… estar cerca del mundo. La historia de cada uno puede ser la historia de muchos otros. Porque como escribe Eloy Tizón, El escritor solo tiene dos caminos: o se lanza, dispuesto a llegar hasta el final, o da la espantada al mundo y se abisma en las arenas de Abisinia.**

Por todo ello sé, con certeza empírica, qué alcance tienen mis poemas, qué poco alcance, en realidad, qué mínima altura y qué poca importancia para mí mismo y para vosotros y para el lector o simple poseedor de mi Celebración del milagro, aquel que decidió en un arrebato o concienzudamente, en su día, desprenderse de él, así a traición, por cansancio, por el hartazgo de ese yo que ya no soy yo, ese autobiografismo latente y ensimismado, o, quién sabe, simplemente por falta de espacio… prefiero pensarlo así, pura autodefensa egocéntrica.

* Fuente: entrevista a Annie Ernaux por Bárbara Ayuso. Jot Down Magazine.
Septiembre 2019. Núm. 28
** Zoótropo (Biografía de un libro). Velocidad de los jardines. Eloy Tizón.