DIARIO DE 2007 XV, por Javier Puig

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Siete mesas

29 de septiembre

Toda la semana se salda con mucho trabajo, estrés, pero, en medio de todo ello, buenas lecturas (Tristana, de Galdós; La buena vida, de Ayllón) y atentas, amorosas, perplejas miradas a los seres desfavorecidos, al chico que cada mañana coge el tren en Callosa bajo la tutela de su meritoria madre, que sobrelleva con dignidad la deficiencia mental de esa humanidad imprevista; y a otros seres que veo por la calle, de esos de los que luego alguna vez me cuentan que no tienen amigos, que no tienen pareja.

El lunes, en El Forjador, tuve una de esas visiones fugaces, de las que, de vez en cuando, me acaecen. A menudo dudo de su realidad, sospecho que esa imagen tan solo pueda ser un signo, un recordatorio o un anuncio de algo auténticamente importante. Lo que vi – o se me apareció -, mientras comía con mis compañeros, fue a una mujer que estaba sentada en una de las mesas próximas, una mujer joven, de un rostro grisáceo, nada bello, feo de una manera inimaginable, como un ser humano que tuviera un código distinto que hubiese que interpretar, como un ser humano que fuera otro desconocido animal al mismo tiempo, un triste y –ahí sí- bello animal.

Se levantó antes de que pudiera observarla más profundamente, se perdió en el interior del local y ya no la vi más. Su mirada era triste, como no podía ser de otra manera, e inmediatamente sentí a ese ser como a una prueba, alguien a quien es debido amar profundamente y no hacerlo objeto de burla, de peldaño para erigir la jactanciosa demostración de nuestra superioridad.

Curiosamente ayer empezamos a ver –el sueño nos vencía, el cansancio de otra fuerte semana- El año que vivimos peligrosamente, una película sobre la que tenía mis dudas, pero que, finalmente, me decidí a grabar. Y qué sorpresa la de encontrarme con un personaje interesantísimo, un enano que es un ser sabio, que dice ver el interior de las personas y que quiere ayudarlas a medida que se le presenten, excluyendo otras estrategias teóricas. Estoy deseando continuar con esta película.

30 de septiembre

El adicto a una ideología –ya sea esta social, política, deportiva o religiosa, por ejemplo- defiende hasta el ridículo lo indefendible, lo dudoso, lo cuestionable o lo falso. No quiere bajarse del burro, reconocer las limitaciones, las incongruencias, las injusticias de lo que globalmente está defendiendo. Cuando uno es simpatizante de algo –o incluso de alguien- y lo defiende y lo justifica en todos sus momentos, no puede dejar de sentir –aunque sea muy débilmente- que está yendo mucho más allá de lo que la honestidad –hacia los de más y hacia sí mismo- le permite. Sentarse entonces a revisar las propias consideraciones se hace una tarea incómoda, indeseable, supuestamente desestabilizadora, pero necesaria.

Me salen estas palabras leyendo el libro de José Ramón Ayllón La buena vida, libro que, bajo la engañosa apariencia de la ética, se me está colando, avanzando las páginas, como un libro de moral religiosa. Sin embargo, no por ello me está resultando menor el placer de su lectura, siendo la provocación de algunas de sus afirmaciones estímulo para la vocación discutidora que como lector me gusta prodigar.

Llegado al capítulo de La Providencia y el dolor uno percibe cómo el autor empieza a realizar complicadas y forzadas piruetas con tal de defender a Dios de todos los ataques, incluso de aquellos tan generalizados y naturales, como el de reprocharle su inmenso silencio ante el dolor y las atrocidades humanas.

La religión cristiana –aparte de grandes obras artísticas y, por otra parte, de innumerables, pasadas, actuales y futuras guerras, y otras influencias nefastas- ha aportado bellas sugerencias, actitudes dignas y formas muy profundas del amor. Pero también se ha quedado en las puertas de la explicación a muchas eternas perplejidades, puertas que pretende traspasables con dogmas, con fe y con éxtasis, cosas que nadie debería osar explicar y ni siquiera defender públicamente.

9 de octubre

Estamos viendo últimamente bastantes películas españolas. No de este año –que muy probablemente seleccionando solo uno habría muy poco que ver- sino de los últimos cinco o seis, o incluso retrotrayéndonos más en el tiempo, recuperando películas que fueron valoradas en su día y no vimos. Y nos gusta este cine –al menos lo mejor del mismo- . De hecho, se parece mucho al que se está haciendo en otros países: en Argentina (aunque con la ayuda de capital español casi siempre); o en Francia, por ejemplo. Tienden los cineastas de estos países a ofrecer películas modestas, honradas, realistas, sin escenas sorprendentes y memorables, pero con una sana insistencia en profundizar en las cotidianas vidas humanas, prevaleciendo claramente las emociones sobre la acción, los encuentros cercanos ineludibles frente a las búsquedas aventureras.

El sábado fuimos al cine en Orihuela, para ver Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta, con Maribel Verdú y Blanca Portillo. Nos gustó. Tiene un buen guion que desarrolla muy bien una enriquecedora variedad de personajes. Los actores están muy bien elegidos y realizan una excelente interpretación. ¿Qué le falta a esta película para llegar al gran público? (Éramos 10 personas en la sala, en pleno sábado a las 19:30) Quizá, para empezar, un buen título. Una mejor promoción: su paso y sus premios en el festival de San Sebastián no son suficientes. Faltan chicos y chicas guapos, con glamur; coches bonitos (solo sale un autobús); pisos de lujo (los que salen son absolutamente vulgares); una aventura que resulte más atractiva, menos de andar por casa.

En las películas norteamericanas mediocres –actualmente, la inmensa mayoría- todo eso se da para deleite del espectador que se pasa la hora y media mirando muebles, coches, vestiditos y caritas monas. También les falta a las buenas películas españolas otro atractivo: no suelen ser violentas. La violencia tiene un público necesario en el que habría que pensar y darles su carnaza, para canjearla por los deseados euros.

También hemos visto, grabado de TCM, Missing, una película no precisamente de contenido pro americano, pero que tiene una factura y unos intérpretes que la hacen muy afín a la forma de hacer cine en ese país. Porque también hay buenas películas hechas allí. Cada vez menos, me parece. Babel es una buena película, claro que se beneficia de la presencia de actores archifamosos y de escenarios casi insólitos y un guion y dirección mejicanos. Missing es una buena película que también goza de un condicionamiento previo que la hace atractiva: la vistosa y dramática historia que cuenta, incluso la circunstancia de estar basada en un hecho real. Al espectador le gustan estas historias que lo reconfortan porque le hacen pensar que pueden ayudarle a conocer mejor la realidad mundial, y lo pueden hacer, además, de una forma convencida, sin dudas de planteamiento. En esta película está muy claro quiénes son los buenos y los malos. Solo hay un personaje, el del padre, que, en principio, se nos muestra como engañado y que, al final, abdica de sus convicciones y acaba viendo aquello que al espectador se le muestra desde el principio.

En la película de Gracia Querejeta no queda muy claro si hay buenos o malos. Hasta los peores personajes parecen perdonables, y mucho menos hay un enfrentamiento entre dos clases antagonistas de personas. Cada uno de ellos es complejo y se enfrenta a otros seres complejos también. Deciden tirar hacia delante, pero no tienen un camino prefijado, ningún enemigo que los guíe, sino que avanzan a tientas, a golpe de sentimientos.

La típica película americana es la reproducción de nuestras ensoñaciones adolescentes. Las demás películas –solo las que son buenas- representan la madurez, la valentía de ponerse irreflexivamente de un solo lado cuando las circunstancias no son apabullantes, el intento, siempre un poco frustrado, de comprender las relaciones humanas, la complejidad de la vida.

Entrevista al poeta José Luis Zerón Huguet: ascetismo o la poesía como morada, por Manuel García Pérez, en Mudiario

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“La poesía es intemperie, búsqueda, duda e incertidumbre, y desobedece a la costumbre”, explica el poeta José Luis Zerón tras la publicación de De exilios y moradas.

http://www.mundiario.com/articulo/sociedad/entrevista-poeta-jose-luis-zeron-huguet-ascetismo-poesia-morada/20160817153252065656.html

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José Luis Zerón, poeta/ J.L.Z

FIRMA

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, es el coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Es columnista y crítico de MUNDIARIO.

Tras publicar en la editorial Polibea su nuevo poemario, De exilios y moradas, entrevistamos a su autor, José Luis Zerón Huguet, quien expone en esta conversación su profunda visión de la literatura, un culto chamánico en el que la escritura es una forma de “búsqueda de lo misterioso”.

El hermetismo de la poesía de Zerón es una incesante exploración de la inquietud, esa inquietud que nace de la desaprobación de darlo todo por sentado, de dar por sentado que la vida es un mero accidente y carece de explicación posible. De exilios y moradas es una respuesta probable a esa desazón silenciosa que acompaña al autor desde su primer poemario, Solumbre, hace más de treinta años.

Pregunta: Tu nuevo poemario tiene el don del ascetismo; una línea mística que comienza con El vuelo en la jaula y donde lo religioso, lo espiritual, lo monacal, no entendidos como ortodoxia o creencia en una fe, aparecen en tu visión de la realidad. ¿Por qué?

Respuesta: Sí hay una línea de ascetismo en De exilios y moradas, compartida con otros poemarios míos anteriores, pero no creo que sea monacal. En este, y en otros libros míos, hay una veta sensual y matérica de la que se ha hablado menos. Mi poesía ha sido calificada de visionaria, hermética, filosófica, metafísica… etiquetas que he aceptado con muchas reservas. ¿Mística? No persigo una unión con lo sagrado. En todo caso la vía mística de mi poesía surgiría de esa búsqueda de lo misterioso que nos permite la escritura poética. Ese misterio que nace de la relación profunda de la poesía con la vida y con el lenguaje. Juan Ramón Jiménez escribió que “el poeta es un místico sin dios necesario” y ,de manera más o menos explícita, los poetas que a mí me interesan hablan del misterio. No creo que mi poesía sea religiosa porque, como bien dices, no se reconoce en ella una relación con Dios ni con cualquier divinidad, ni está sometida a ninguna ortodoxia o credo.

Por otra parte, creo que las religiones, sobre todo las que aún tienen poder, no son más que sistemas tradicionales que se basan en dogmas indemostrables y un conjunto de normas y leyes que los creyentes han de acatar ciegamente.

P. : Es uno de tus poemarios más largos y su estructura parece responder a la organización de un tratado medieval como bien refiere el título.

R.: De exilios y moradas está dividido en cuatro secciones, pero hay dos partes diferenciadas, yo diría que hasta enfrentadas: en la primera sobresale el sentido de la trascendencia, el lenguaje interrogativo. El ser humano no tiene más remedio que conocer para sobrevivir y explicarse, y para llegar a ese sentido de la vida se hace necesario una recuperación de la metafísica y un convencimiento de que solo desde la analogía es posible entender el mundo, pues todo es lucha de contrarios y a la vez reconciliación de los mismos, es decir desde el conflicto o la unidad, todo está relacionado y todo es nexo. Y esos nexos se pueden percibir desde el mestizaje, la impureza, la mixtura, el sincretismo.

No pierdo el referente numinoso, no puedo ignorar el sentido de la trascendencia o espiritualidad, pero, como he dicho, no me refiero a un dios o una fe o creencia determinada ni nada que tenga que ver con la dogmática religiosa. Hablo de una convicción laica de apertura, de interacción con el medio, que nos permita soportar la incertidumbre y alcanzar una seguridad ontológica ante el aparente “nonsense” del universo y de nuestra propia existencia como seres humanos. Cerrar la vía de lo trascendente sería regresar a una vida chata, sin misterio ni energía gnoseológica. Pero aferrarse a ella por completo supondría caer en el extravío y el engaño complaciente.

En cambio, en la segunda parte -que incluye las dos últimas secciones del libro-, trato de transmitir una visión inmanente. Los poemas son más sensitivos y emotivos, y hablan de la naturaleza de las cosas, del amor y el desamor. Vengo a decir que las grandes preguntas no tienen respuesta, y que si hay un plano oculto no podremos desvelarlo porque el enigma y su concepción numinosa y ominosa es un motivo de incomprensión y, por tanto, resulta inefable. Termino afirmando el aquí y ahora terrestre, el universo inmanente. El mundo tangible y perceptible con sus maravillas, sus estímulos y también su parte de realidad que no conocemos.

P.: El título del libro tiene esa cualidad de tratado medieval, de opúsculo, de una obra diseñada más para divulgación que para la ensoñación.¿Es accidental o intencionado?

R.:Es intencionado. Alberto Chessa ha escrito sobre ello en el magnífico prólogo que encabeza mi libro y poco tengo que añadir. Me gustaba el título arcaizante, con esa sonoridad a tratado medieval y que al mismo tiempo servía como homenaje al De rerum natura de Lucrecio, un libro que ha influido en mi poética. La Edad Media es una época tan terrible como fascinante y no es tan oscura como muchos creen. Hay una corriente creativa y filosófica que a mí me interesa y que incluye a Hildegard von Bingen (una verdadera sabia y precursora en muchos campos de las artes, el pensamiento y la medicina), los bestiarios, los códices miniados, la arquitectura románica y gótica los trovadores, el misticismo especulativo del maestro Eckhard y los goliardos, por poner algunos ejemplos.

P: ¿Por qué se ha tratado desde muchos ámbitos de la poesía el hermetismo como un defecto de forma? Yo te considero un poeta hermético y esa cualidad hace que tu poesía tenga su voz propia.

R.: Supongo que porque ha habido muchos abusos. Hay poetas que oscurecen deliberadamente su poesía para ocultar una retórica vacía; estos no indagan ni revelan; su escritura se retrae en beneficio de una apariencia ininteligible. La poesía llamada hermética seduce cuando es honesta, indagatoria, interrogativa, abismal e invita al lector a llegar hasta el fondo enigmático de la realidad. Por otra parte, el lector no especializado demanda una poesía de línea clara y realista que pueda comprender en una primera lectura, sin demasiados esfuerzos.

No eres el único que me considera un poeta hermético. No sé si lo soy. He leído hace poco una frase que me ha gustado: “uno propone y el lenguaje dispone”, y a veces así es. Uno no siempre sabe cómo va a ser el poema que le ronda la cabeza. En mi caso yo no digo: “voy a escribir una poesía oscura y compleja”, no lo pretendo así; ocurre que mi poesía está escrita desde la percepción, la imaginación y la reflexión, y unas veces el resultado es más hermético y otras más diáfano, pero si un poema es siendo hermético no debemos adulterarlo para que llegue al lector con más facilidad. Siempre he dicho que el lector también debe hacer un esfuerzo de comprensión, puesto que en la poesía siempre habrá zonas en sombra y dobles y múltiples sentidos, incluso un poema de línea clara y realista no admite una única lectura.

P.: Pese a ese hermetismo, como manifiestas, tus lectores encuentran en ti esas emociones que buscan.

R. : En mi poesía también hay, creo, un eros y líneas de transparencia, como así lo habéis apuntado algunos lectores; pero es cierto que está sustentada fundamentalmente en paradojas, oximorones, contrastes, retruécanos y antítesis que resaltan la interminable rueda de conflictos y reconciliaciones que constituye la vida, y esto a veces puede confundir y desconcertar al lector. De lo que siempre he tratado de huir es del solipsismo. No debe confundirse hermetismo con solipsismo. Como dice el poeta Eduardo Moga: “La poesía es una actividad radicalmente individual, pero también axialmente colectiva: no se entiende sin un antes y un después; sobre todo, no se entiende sin ese otro que nos empuja a escribir y se aviene a escucharnos, aunque ya haya muerto: su escucha modifica lo que escribimos y acaso lo que somos”. En mis poemas también hay un diálogo del yo con los otros. Mi relación con el mundo pasa necesariamente por un acercamiento a los demás.

P. : En tu libro, hay temas universales, pero percibo cierta actitud de derrotismo en algunos poemas, de resignación ante la fatalidad de lo humano. ¿Me equivoco?

R.: Bueno, en el libro hay poemas ciertamente pesimistas, como “Moloch”, que abre el libro y cuenta el sometimiento del ser humano a esa fuerza implacable e insaciable que es la muerte, con una visión particular de la Historia como acto sacrificial (el hombre llevado al matadero en nombre de la civilización), también hay otros que transmiten la angustia causada por los estragos que ocasiona el paso del tiempo, si bien hay poemas luminosos y esperanzados y en muchos de ellos se transmite un conflicto entre el desasosiego, la desesperanza y la plenitud. No obstante, en la última sección del libro hay poemas que niegan el pesimismo, por ejemplo “Miro el mundo”, o el poema dedicado a mi hija, o los cuatro dedicados a Ada, y no hay que olvidar que el poema que cierra el libro se titula “Celebración” y acaba con la palabra fulgor.

En cualquier caso, y aunque parezca que mi poesía es exclusivamente reflexiva y nada experiencial, hay en ella un sesgo autobiográfico evidente. También en De exilios y moradas. Yo no levanto muros de contención entre poesía y vida. Para mí van unidas la vida y el proceso creador, de modo que hay momentos duros y dolorosos, de mi biografía que se transmiten en mis poemas, a veces de manera alegórica o a través de metáforas sublimadoras. Mi último libro empiezo a gestarlo en una etapa de incertidumbres, claroscuros y dolorosas pérdidas, y todo ello aparece de manera implícita en muchos de los poemas del libro, que son consecuencia de mis vivencias.

P.: El exilio, la morada, la tierra, los pájaros, la luz en el paisaje. No renuncias a la naturaleza para expresar tus sentimientos. Tengo la sensación que es una experiencia personal, pero una herencia cultural adquirida en otros poetas.

R.: Sí, en este poemario está presente la naturaleza, pero también el espacio urbano y zonas fronterizas entre la ciudad y el ámbito rural. Siempre me he sentido unido a la naturaleza pero sin idealizarla, reflejando su esplendorosa belleza y crueldad. También como intemperie y refugio, la naturaleza siempre asoma en mi poesía, incluso aparece en mis tres poemarios inéditos en los que domina la ciudad y una preocupación digamos, social (la denuncia social también se desliza en algunos poemas de De exilios y moradas).

La naturaleza de mis poemas también es una herencia cultural adquirida. La naturaleza y mi propensión a las grandes preguntas, así como mi necesidad de estar en vilo, en una labor de escucha e indagación, que a veces reporta satisfacciones y otras te sume en la inquietud y el desasosiego. Esa herencia cultural no se reduce al ámbito de la poesía. He sido siempre muy curioso y un lector voraz. No soy un especialista en nada, pero me interesan la filosofía, el arte, la historia de las religiones, la mitología, la sociología, la ciencia en general. La aventura poética tiene mucho en común con la científica y creo que también está muy cerca de la filosofía (Poesía y filosofía se interrelacionan como discursos confluyentes y complementarios)

En el artículo “Ciencia, matemática y poesía”, el poeta Fernand Verhesen dice que “un sabio, un filósofo o un poeta parten del mismo punto y se dirigen al descubrimiento y formulación de lo desconocido”. Yo me identifico con una tradición cultural abarcadora, heterogénea y plural, que está más próxima a la experiencia intuitiva que a la fría reflexión racional pero intenta la reconciliación entre razón y vida, pensamiento e imaginación.

P. : En ese sentido del Medievo, tus poemarios entran en esa tradición de los bestiarios, los tratados de alquimia, de Nngromacia, en sentido figurado, por supuesto.

R.: Esta tradición, que abre abismos de irracionalidad en el ejercicio discursivo, acoge diversas corrientes (órficas, herméticas, visionarias, esencialistas, humanistas) y se inicia en la antigüedad (los textos presocráticos, los ritos de iniciación, Platón), continúa durante la Edad Media, El Renacimiento y el Barroco (las escritoras y visionarias del medievo y el gay saber de los trovadores, Raimundo Lulio y Paracelso, Juan de la cruz) e influye en el romanticismo alemán y anglosajón y en la poesía moderna, desde Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé hasta los surrealistas y los poetas del lenguaje extremo o poderoso como Rilke, Ungaretti, Juan Larrea, Paul Celan, María Zambrano (la considero más una poeta que una filósofa), Dylan Thomas, Juan Ramón jiménez, Kathleen Raine, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, René Char, Ives Bonnefoy, Adonis, J.A. Valente Antonio Gamoneda y Antonio Colinas. Por supuesto esta es una lista apresurada e incompleta y centrada especialmente en el ámbito poético de Occidente.

P.:Después de tantos libros, José Luis. ¿Temes caer en una clase de autoplagio?

R.: Bueno, en realidad no tengo publicados tantos libros. Ten en cuenta que empecé a escribir poesía con cierta regularidad a los dieciocho años y cumpliré cincuenta y uno en octubre. Solo he publicado seis libros, tres plaquetas y un poemario digitalizado. Tengo tres poemarios inéditos. En treinta y dos años de dedicación a la escritura no creo que sea demasiado bagaje. Cuando empecé a escribir y a publicar poesía con más frecuencia fue paradójicamente cuando dejó de salir Empireuma en 2007, pues le dedicaba mucho tiempo a esta revista.

Aunque me preocupa esta posibilidad, no creo haber incurrido hasta el momento en el autoplagio. Publiqué una tetralogía compuesta por los poemarios Solumbre, Frondas, El vuelo en la jaula y Ante el umbral. Sin lugar seguro es una transición entre mis libros anteriores y los que he escrito posteriormente, al igual que los poemas en prosa de Perplejidades y certezas. De exilios y moradas retoma en parte mis “obsesiones”, las de mis primeros libros, pero solo en parte, pues hay una corriente de expresión distinta y temas nuevos. Por otro lado, mis libros inéditos digamos que abren una nueva etapa en mi poesía, con un tono narrativo, un ritmo más intenso y una temática próxima a lo urbano y a las cuestiones sociales encaradas de una manera más explícita.

Decía que no creo que haya autoplagio en mi corpus poético. El autoplagio se produce cuando no tienes nada que decir y escribes desde la autocomplacencia, que no es mi caso, aunque es un peligro al que está expuesto cualquier poeta. Como dice Adam Zagajewski, “el lenguaje poético es el gesto desestabilizador de lo acomodaticio”, y estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación. El proyecto espiritual de la poesía tiene que ver con la insumisión y el poder transgresor de la imaginación, de ahí que siempre resulte sospechoso a los sistemas ideológicos imperantes. La poesía es intemperie, búsqueda, duda e incertidumbre, y desobedece a la costumbre.

P.: ¿Cómo podemos diferenciar entre la intuición y lo que surge ya del oficio de tantos años escribiendo? A veces es complejo saber qué ha nacido de la espontaneidad y qué ha nacido de un poso de lecturas e influencias.

R.: Cuido mucho de que en mis libros haya autenticidad, y cuando digo autenticidad no me refiero a una escritura espontánea, sin recursos ni artificios, sino a la que surge de una necesidad interior ineludible. En esos casos, claro, el poema pugna por salir a la luz, se rebela contra ti si tratas de negarlo y te hace sufrir, tú lo sabes. Una vez asumido y reconocido, el poema ha de ser sometido con honestidad a un proceso de depuración para conservar todo lo esencial que haya en él y desechar lo secundario. Creo que la escritura poética surge de un proceso intuitivo e intelectivo. La poesía da a la luz las afinidades misteriosas que existen entre el pensamiento, el sentimiento y el lenguaje.

Por último, quiero aclarar que siempre he tratado de alcanzar una poética coherente y sólida, no monolítica. Intento que la mía tenga cierta flexibilidad pero que sea reconocible. Es lo que intento, claro. Otra cosa son los resultados.

NIÑO DE ELCHE: SALVAJE, por Andreu Cañadas, en Voces del extremo

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La Antropología Social es una disciplina que en sus inicios, desde finales del siglo XIX, se centró casi exclusivamente en el estudio de las sociedades que entonces llamaron ‘primitivas’. Hablamos de comunidades poco o nada capitalizadas en las que los investigadores occidentales no pudieron quedar indiferentes ante la diversidad de formas de trueque y don, sexualidades, chamanismo,  narratividad mítica.

Esa fascinación y reconocimiento en un Otro extremado es un movimiento que ha acorralado a la Modernidad casi desde sus inicios, como un síntoma inevitable. Múltiples escritores se lamentarían, ya desde el romanticismo, de la frialdad del mundo moderno que había abandonado el mito. Los vanguardistas partirían del “arte primitivo”. Weber habló del desencantamiento del mundo moderno; Freud encendió la caja de los truenos; Nietzsche había reventado el moralismo positivista y sus retoños postmodernos, harían el resto. Hasta la fecha, se han ido sucediendo las voces que han ido reconociendo esa parte impulsiva y común de lo humano que la cultura occidental había intentado dejar de lado sin éxito.

Dicha fascinación hacia ese Otro extremado que rompe las costuras de nuestros códigos no puede sino mantenerse. Ante la creciente comercialización de lo alterno convertido, por ejemplo, en producto turístico, ese impulso común sobrevive en rincones excepcionales dentro de amplios campos culturales como son el arte contemporáneo, el jazz, los cantes populares, el teatro, el arte callejero…

Hay que irse al extremo, tocar el caos y volver trasformado para contar esa parte irrenunciable de nosotros, imbuido en algo intempestivo. Alguien que ha vuelto y nos lo cuenta es Francisco Contreras, “Niño de Elche”. En su música, habla el pensamiento cortante que es el verso. Desgarra la jaula de hierro del Mercado y planta nuevas semillas con poemas de autores como Antonio Orihuela o Bernardo Santos. ‘Informe para Costa Rica’ sobre un poema de Antidio Cabal y pulso inquietante, nos avisa de los males que se rearman entre nosotros. ‘Han sido treinta años’, a partir del poema homónimo de Jorge Riechmann, nos recuerda la catástrofe de un Crecimiento irreflexivo en una especie de ‘day after’ atmosférico. ‘Que os follen’, con versos de José Luis Checa, no necesita ninguna explicación.

Estas canciones citadas forman parte del último disco completo de “Niño de Elche” titulado ‘Voces del Extremo’. El título supone un homenaje al festival de poesía homónimo que se viene celebrando anualmente desde 1999, organizado por Antonio Orihuela y que ha ido arremolinando diversas poéticas poco usuales que la crítica ha englobado bajo la etiqueta ‘poesía de la conciencia’.

Habla el Niño de Elche sintiendo la escisión que nos traspasa, creando mil ruidos onomatopéyicos que nacen de su prodigiosa garganta y pueden expresar el grito afónico del preso, el arrojo de la bestia, la destrucción o el miedo. Cuando menos te lo esperas, su voz vuelve al discurso poético entre graves de rave y agudos de cante, con una versatilidad y una firmeza melódica asombrosas.

La prodigalidad del guitarrista Raúl Cantizano acaba de transformar el flujo, instrumentista camaleónico que hace que sus cuerdas suenen como el delirio de una peña de cante jondo o como el traqueteo de una industria. Si hubiera alguien entre el público que no hubiera acabado de conectar con la orgía densa que plantea el Niño de Elche, si alguien quiere hacer como que no se acuerda del impulso colectivo que nos traspasa, queda la traca final: los pedales de efectos, ruideras varias y otros proyectiles sonoros, acabarán de suspender, aunque sea por unos minutos, el sujeto kantiano que llevamos dentro y que  – como apuntó Jacques Lacan – no puede vivir sin una proporción de Sade.

Nos aporrea y desmonta ver al chamán Niño de Elche encima del escenario cantando sus visiones, imbuido en trance y haciéndonos reconocer ese salvajismo común que nos traspasa y esa lucha contra quienes intentan tapar nuestros cantes, nuestras Voces del Extremo.

Texto: Andreu Cañadas Cuadrado
Fotografía: Demian Ortíz

 

LIBROS OLVIDADOS, por Francisco Gómez

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Descubro con asombro, incluso con pesar, que las bibliotecas públicas municipales de la “city” no compran los libros que piden sus lectores, previa solicitud, desde hace más de dos años. ¡Triste favor hacemos a la cultura con este desaire a los afanes lectores de muchos ilicitan@s que sólo quieren leer los textos de los autores que les interesan y/o fascinan, si no cumplimos pleitesía a las ansias de tant@s amantes de las letras! Sé y quizás curse destierro por esta reivindicación pública que quizás no sea agradable escuchar esta demanda pública, pero no puedo dejar de ser fiel a uno mismo, el único a quien no traicionaré en sus sueños.

En una biblioteca pública, de cuyo nombre guardo respetuoso silencio, han retirado las novedades de sus estanterías porque sencillamente ya no son tales. El viento de las nuevas publicaciones y editoriales les ha quitado esa bandera que tiempo atrás ostentaron. Esta, nos guste o no, significa una defunción lenta pero inevitable de los fondos de las bibliotecas pues si los lectores no encuentran los libros y autores que les animan a leer, much@s de ellos pueden abandonar el placentero deleite de buscar los volúmenes que anhelan tener entre sus manos e incluso podremos perder antiguos y nuevos lectores si no encuentran en estos recintos las letras que buscan sus ojos, sus pensamientos y emociones.images

Tengo entendido (para que no digan que sólo soy un cenizo criticón) que las bibliotecas siguen comprando los libros que sacan al mercado los autores locales de esta “city” que al cielo mira. Algo es algo pero no es suficiente en un roal que ha visto incrementar en los últimos años los usuarios de las bibliotecas públicas con mucho esfuerzo y pasión por sus responsables. Pero el público busca novedades en un mercado que se mueve de continuo y si no satisfaces sus curiosidades e intereses al igual que los encontraste, puedes perderlos. Este pecador solicitó hace más de un año y medio la compra de un libro de un autor que le apasiona y visto que no se cumplían sus demandas, tuvo que acudir a la librería a comprarlo si quería leerlo. Pero no lo olviden. No todo el mundo puede comprar libros porque la crisis esta no ha decaído todavía y mucha buena gente las pasa canutas para llegar a fin de mes y ahora no están cumpliendo sus expectativas de superar la dura y triste realidad con la lectura. Y, con las modestas entendederas de este pobre hombre en llamas, no creo que se hundan los presupuestos locales con la compra de libros para las bibliotecas Públicas municipales. Si esto sucede también, con las biblios infantiles y juveniles (que no lo sé) la cosa tiene bemoles astronáuticos.

Además, con la compra de libros para cumplir las ansias y demandas lectores de los ilicitan@s, también ayudarán a la supervivencia y mantenimientos de las librerías ilicitanas que no pienso que estén en sus mejores momentos con tanto internete y mundo virtual y demás historietas.

Nada, supongo que ahora me mandarán de cara a la pared de rodillas con unos buenos tomos en cada mano para purgar mis ínfulas de desobediencia y crítica pero bueno, que al menos sea con libros nuevos recién sacaditos del horno de las novedades. Que no quiere uno dormirse con libros que ya superaron la mayoría de edad. Con permiso y disculpas a los clásicos inmemoriales que siempre son lozanos y jóvenes.

Francisco Gómez

“De exilios y moradas” de José Luis Zerón Huguet, por Agustín Calvo Galán

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Tras un largo trayecto, hecho de vivencias y palabras, el poeta se encuentra ante el hoy como encrucijada, siempre nueva y vieja a la vez, de ser en lo que se escribe o ser simplemente, y decide seguir escribiendo, aunque escribir sea disolverse más que ser en lo escrito. “De exilios y moradas” (Polibea, 2016), el último libro del oriolano José Luis Zerón Huguet, es ese instante en que el poeta se asume en sus éxitos, pero especialmente en sus fracasos, y de lo agridulce surge una escritura que le continúa y capta la existencia de una manera luminosa:

“Hoy existo en todo lo que existe
y muero en todo lo que muere.
(…)
Camino hacia el Todo
para no ser nada.”
(págs. 72 y 73)

Pero desde la paradoja cotidiana de que el cobijo que nos ofrecen las palabras es a la vez una condena de incertidumbres, pues la mirada clara y distante sobre el mundo y la serena reflexión poética nos acaba convirtiendo en extranjeros de nosotros mismos. José Luis celebra en este libro esa inquietud, y sus lectores se lo agradecemos.

DIARIO DE 2007 (XIV), por Javier Puig

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Smokin room10 de septiembre

Estaba esta tarde en el apeadero de Elche-Carrús, esperando largamente el retrasado tren de Orihuela, en el que venían Sole y Ana. Deambulaba yo por un extremo del andén, por un suelo que tal vez nunca hasta ahora había pisado en ninguna de mis más de setecientas u ochocientas comparecencias en esa estación. Miraba las paredes sucias, el aspecto de cuarto de máquinas de ese extremo del andén, contiguo a la salida pero desviado del cercano tránsito peatonal.

Me aburría. Me acordaba de esos presos –especialmente los secuestrados en un ínfimo zulo- que, cuando salen a la incierta libertad, declaran que sobrevivieron gracias a una estricta estrategia de disciplina mental y gimnástica que los hacía escapar de la ancha caída hacia el anquilosamiento y la desesperación.

Cerca de mí –de pie, estático- se hallaba el guardia jurado y, como me pasa mucho en los últimos tiempos –y me alegro por ello-, ha surgido un sentimiento de empatía en mí, y he pensado cuánto peor sería para él, que no tiene que soportar esto solo veinte minutos sino tal vez muchas horas. He pensado en lo mortalmente cansado que me sentiría yo en esa postura de pie que tan poco soporta mi físico, y en lo infinitamente aburrido que estaría, a pesar de conseguir, en parte, alguna firme actitud de bien nutrida observación del paisanaje.

En esos momentos he logrado pensar alguna cosa interesante de la que no me acuerdo. No disponía en ese momento de un objeto útil, como un teléfono móvil que registrase mi voz. De tenerlo, para no asustar al personal, hubiera simulado una conversación que resguardase la seria creación de mi íntimo monólogo. Esto me hace recordar ahora los primeros tiempos de las casetes, cuando a veces registraba mi voz –allá por mis quince años- escuchándola después, apenas reconociéndola, asustándome de mi tono tétrico. Eran formas de soledad en mi habitación, el lugar donde yo existía sin tiempo.

11 de septiembre

Esta mañana –muy oscura todavía-, en la estación de Orihuela, al ver a un grupo de gente cruzar las vías para tomar un tren, me he sentido a salvo de estar comprendido en esa situación, libre de no conocer a nadie, de no tener que dar lentos pasos y pensar cautas frases que intercambiar, mientras escucho, tal vez simpáticos, pero superficiales comentarios. Y peor aún el seguimiento –que no he hecho, pero que me sé- de esa escena: los cinco o seis conocidos sentados en sus asientos, juntos, prisioneros de la duración preestablecida del trayecto, con la obligación de seguir hurgando en los propios archivos mentales para no caer en un silencio vergonzoso.

Lo que menos me apetece es esa aparente conjunción con conocidos con los que guardo poca afinidad, poco interés y, probablemente, demasiadas secretas divergencias. Igual que Séneca se alegraba, al visitar un mercado, de no necesitar nada de los numerosísimos artículos que había allí, yo también me felicito a veces de no necesitar compañías. Puede ser tenido esto como un gesto de autosuficiencia, pero es la realidad que, especialmente cuando estoy inmerso en el mundo tan poblado del trabajo, necesito poco la relación ociosa con otras personas, y que me reservo para la que pueda tener con mis seres más próximos o tal vez –muy de vez en cuando- con alguien que de verdad sea capaz de vibrar con alguna conversación, sea esta medianamente culta o limpiamente sencilla y sensible.

16 de septiembre

En un debate de CNN+, Nativel Preciado ha dicho una cosa que me ha encantado: “Un preso me dijo en la cárcel que entre él y yo no había apenas diferencia, que lo mirase como a un igual, ya que lo único diferente, lo que lo hacía estar a él del otro lado, era tan sólo un segundo de vida, aquel en que perpetró el delito que lo había conducido a prisión.”

22 de septiembre

Lo que más añoro en el veraneo son buenas sesiones cinematográficas. Iríamos a algún cine, pero lo que ofrecen las multisalas, salvo en algunas pocas pantallas de las grandes ciudades, suele ser pueril o manifiestamente subnormal. Hay que ir a Barcelona o a Madrid. Entre La 2 y los canales de Ono uno puede ir conservando la fe en el cine, prolongar esos amplios disfrutes que iniciara a mis diez años, cuando me sentía atrapado por la antigua pantalla de televisión en aquellos ciclos de los martes, en los que se programaban las grandes películas americanas de los años cuarenta y los cincuenta. Es curioso, pero no recuerdo, en aquellos tiempos, de ninguna emoción igual en ningún cine, tal vez porque a las salas iba conducido por mi padre, quien elegía películas supuestamente apropiadas para mí; pero, los James Bond y demás películas de aventuras no conseguían atraparme. Fue ya más tarde, a mis dieciséis o a mis diecisiete años, cuando empecé a ir por mi cuenta a los cines de estreno, a los de arte y ensayo, el momento en que renové, de forma más rica, mi pasión por el cine. Luego, durante épocas la he perdido, sobre todo por estar lejos de Barcelona y esperar en vano que se estrenasen películas que me seducían desde las críticas o anuncios leídos en los periódicos nacionales.

Estos días, en DVD, hemos visto dos películas muy interesantes. Smoking room me ha impresionado hondamente. Una de las cosas que valoro más en una película es que sea muy creativa, original, y no el producto de los mimetismos de moda. Resultan indignantes esas películas americanas actuales que calcan sus recursos narrativos unas de otras, una y otra vez. Smoking room es muy original, dentro de lo posible. Es verdad que contiene muchos elementos del grupo Dogma, pero, sin embargo, huele a autenticidad, a película necesaria. El guion es de los más perfectos que recuerdo. Los diálogos son de una verdad impresionante. El tratamiento de la cámara al hombro, con primerísimos planos, nos acerca íntimamente a los personajes, nos da la sensación de que estamos penetrando en ellos. Los actores hacen un trabajo prodigioso. La historia es muy reveladora, habla del desconocimiento, de la desconfianza en el otro. Relata perfectamente la intimidad psicológica –neurótica- de los personajes. Nos descubre, con valiosos detalles, el ambiente insano de una hermética oficina. Un sorprendente peliculón.

Ayer vimos Vete de mí, de un joven director español, Víctor García León. Una interesante película con una excelente actuación de Juan Diego y de Cristina Plazas. También interviene Juan Diego Botto, al que llaman mucho, pero a mí me gusta poco. Es otra de esas películas que narran historias muy corrientes, nada del otro mundo sino de este, mostrando los conflictos de relación, las frustraciones, las emociones diarias. Quizá hay un exceso en la prolongación de las borracheras del protagonista, que ocupan demasiados minutos, sin los necesarios contrastes. Pero tiene muchos aciertos, como es el discreto toque humorístico, los actores secundarios, el personaje de la novia del padre, el de la madre del hijo, el mínimo que hace Sazatornil. Las escenas intercaladas de la pésima obra de teatro resultan muy pertinentes. Una buena película.