EN BUSCA DEL ESPÁRRAGO PERDIDO, por Francisco Gómez

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A mi padre, Francisco Gómez Bermúdez

El otro día fui con mi amigo Javi, un hombre bregado en los avatares de la vida, a buscar espárragos por los huertos circundantes a la Miguel Hernández y al Conservatorio de Música. Una excursión inesperada en mitad de una tarde soleada de domingo a buscar los ejemplares frescos de las matas que rodean las lanzas en un hermoso ejercicio de supervivencia.

Buscamos aquí y allá pero por lo visto un paisano que conocía mejor que nosotros los ritmos de crecimiento de las plantas se había adelantado y espigado bien el territorio. Sólo pudimos conseguir tres o cuatro tallos escasos para hacer una pequeña tortilla de espárragos con cebolla y ajo. Javi me lo ofreció pero me negué. El mérito y la búsqueda eran suyos.

Evoqué sin querer aquellos cercanos y lejanos tiempos cuando mi padre salía a buscar espárragos y él sí que sabía cuándo había que buscarlos por los huertos de donde trabajó y se dejó la vida y por los alrededores de Facasa y la Avenida. Por supuesto sabía en qué momento crecían. Traía orgulloso dos y hasta tres hermoso y talludos manojos y casi siempre hacía parada en la Plaza de Altabix donde su hermano Cristino le esperaba y le ofrecía uno de ellos para que se hiciera una buena tortilla con uno de los manojos. Luego se sentaban en el banco y empezaban a fumar el tabaco que le ofrecía Cristino, apenas sin hablarse. Muchas veces se unía su hermano mayor, Juan Antonio, y los tres se sentaban a tomar un café en una de las cafeterías. Se querían y conocían desde niños sin hablarse. Era la magia del silencio y el afecto.

Aquella tarde dorada con sabor a alma y recuerdo mientras hablábamos Javi y yo de las cosas de la vida que siempre se nos escapa, un algo subió a los ojos que no sé bien explicar; si memoria, si ausencia presente, si agradecimiento por un hombre bueno del que ya pocos se acuerdan.

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MOSAICUM (17) por Juan Lozano Felices.

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Banda Sonora de “VÉRTIGO” – BERNARD HERRMANN

Hace unas semanas volví a ver “Vertigo” de Alfred Hitchcock, una de las cimas del Séptimo Arte. En su filmografía, “Vértigo” (1958) se sitúa entre otras dos de sus obras icónicas, “El hombre que sabía demasiado” y “Con la muerte en los talones”. Si Hitchcock hubiera rodado solo esta trilogía, ya, por ello, merecería haber pasado a la historia del cine con letras mayúsculas. En cualquier ranking, “Vértigo” se encuentra en los primeros puestos cuando no se la califica directamente como el mejor filme de la historia. En 2012 la revista Sight and Sound  la proclamó como tal, desbancando del podio a “Ciudadano Kane”.  A este status y  a la complejidad psicológica del filme, a sus recursos técnico- narrativos (¡que uso tan magistral del travelling!), las obsesiones, la acrofobia, la necrofilia, la tensión sexual no resuelta… creo que no es ajena la magnífica banda sonora de Bernard Herrmann, con ecos del Tristán wagneriano. Cuando Scottie (James Stewart) y Madaleine (Kim Novak) se besan suena un tema que es casi un calco del leitmotiv del climax amoroso en Tristán e Isolda (escúchese el crescendo a partir de 02:05). Evidentemente no cabe hablar de otra cosa sino de homenaje. Herrmann firmó también otras partituras de Hitchcock como “Psicosis”, “El hombre que sabía demasiado” y “Pero quien mató a Harry”. Por cierto, su debut como compositor para el cine fue con la banda sonora de “Ciudadano Kane” , la película de Orson Welles que también hemos citado aquí.

MANOLO, EL LUCHADOR, por Francisco Gómez

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elche.me

Las cosas quedan. Los hombres pasan y con suerte algunos mantienen en el aire su memoria. Quizás sea el caso de Manuel Canales Espinosa, conocido por todos como Manolo, que hasta hace un tiempo desempeñó el cargo de secretario de la asociación de vecinos del barrio obrero de Altabix.

Siempre luchó por las cosas en las que creía. Primero como militante histórico de la HOAC y luego dirigente de CC OO en la defensa de los derechos de los trabajadores desde los oscuros tiempos hasta la transición y luego con la democracia.

Manolo luchó muy mucho para el barrio de Altabix. Primero para que sacaran la fábrica de Plásticos Elche que tuvo un percance serio junto al colegio Víctor Pradera hasta lograr su traslado en los 80. Después por conseguir que se abriera un centro social digno en el barrio que en homenaje a Canales, tras su marcha, tendrá su nombre. Un homenaje a su memoria, a su esfuerzo por mejorar la vida en el barrio

También evitó que se crearan hasta cuatro bloques de edificios en la antigua Lonja de frutas y verduras que se reconvirtió en una sala de estudios, una escuela de adultos, el espacio cultural La Llotja y la sede de Aigües d´Elx más un aparcamiento subterráneo.

Además impulsó la creación del primer huerto ecológico con los vecinos en el Huerto de la Cuerna, junto al centro de salud y la parroquia San Vicente Ferrer y fue el “alma mater” de la revista “La Veu del Barri” entre 2005-2010, donde colaboré junto a Carlos San José y el historiador Rafael Martínez y otras personas que conformaron una interesante revista sobre el presente y pasado de esta zona de la city.

Manolo, siempre te vi intemporal, con tu barba y ademanes personales pero el tiempo también ha jugado su partida.

Hasta que nos veamos, te recordaremos. Tu obra queda.

La gravedad de la poesía de Juan C. Lozano en Naturalmente, amarte, por Javier Puig

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Ya tenía ganas de reencontrarme con la poesía de Juan. C. Lozano, del que en su día dejé registrada mi admiración por su Soliloquio del auriga. Ahora, en la bella colección de plaquettes, Lunara Poesía, de Ediciones Frutos del Tiempo, he podido disfrutar de su reaparición con veintidós nuevos poemas, agrupados bajo el título de Naturalmente, amarte.

Por las características de la colección, nos encontramos ante un libro menos extenso de lo que es habitual en poesía, pero no por ello se trata de una obra menor. Estamos ante la coherente y vivida evolución de su obra. Aquí reconocemos algunas constantes del autor, como la nostalgia de la juventud o el gusto por cierto culturalismo, su amor por las citas en sus lenguas originales, por los escenarios y los personajes míticos, sin mostrar reparo con lo más actual; así tienen también cabida las conexiones sentimentales con el cine, la música o alguna concreta actriz. Todo ello como puntuales elementos que encontramos en unos poemas que parten de los temas fundamentales, que son: el amor —como misterio y posible salvación— y el paso del tiempo —que inflige la dura nostalgia de lo efímero—. Pero ahora, este tiempo, a la vista de su exhibición devastadora, también se revela como irremisible avance hacia el declive anunciado, hacia la posibilidad de la apenas defendible vulneración. Y es que este poemario añade la incidencia de las circunstancias concretas sobrevenidas, como son la transitoria enfermedad del autor y el fatal envejecimiento de los padres. Son los demasiado constatables asomos de una demorada verdad, que no por prevista, puede resultar manejable, y que se convierte, de momento al menos, tan solo en una inútil extrañeza.

Sobre el amor, el autor nos habla de la dificultad de conocerlo: “Todo lo amado es enigma / que nos preserva”. Parece que el amor es promesa de salvación, que su motivo es la huida de nuestra zozobra: “Amamos porque siempre / llegamos tarde a casi a todo. / Porque hemos apagado / la luz antes de tiempo. / Porque hemos aprendido / a mantenernos donde cubre. / Porque hay puertas dolorosas / que se abren hacia dentro”… “Si amamos / es porque seguimos pidiendo / una señal para perdernos”. Y una de las manifestaciones del amor es la ternura, que aquí se reclama como último bastión contra los embates de la vida: “Solo la ternura permanece / como una bala en la recámara. / Solo la ternura reside / como fortificada razón… Basta la ternura, / tan poderosa como el dolor, / tan frágil como el tallo joven, / para resistir, / para comenzar / un día más / sobre la tierra“. Aunque: “Amar nos enfrenta al misterio / en luz erguida de destierros, / en tiniebla vertical / de abismos y de espejos”. No obstante, ese aparente equilibrio entre la dureza de la vida y su posible paliativo, el amor, se desvanece en el desolador poema que es Tierra quemada: “Sabes que la poesía / no se proyecta, / se hereda. / Sabes que el amor / ya no es salvoconducto /contra la muerte”.

Ya estamos inmersos en una vida que acaba tornándose enemigo implacable, poderoso, al que hay que combatir desde el refugio del momento presente. En Oración, se dice: “Crea para mí un mundo / levantado desde el dolor”… “Crea un mundo para mí / desde la balanza de la pérdida / desde la raíz llameante del miedo, / desde la voluntad de los esclavos”. Ya que el mundo nos oprime, al menos encontrar una percepción propia, una alcanzada concepción donde el dolor y la limitación puedan dignificar y embellecer los últimos tramos de nuestra existencia.

Pero aún hay más. Está esa sensación de la vida como fracaso: “El fracaso ha sido / nuestro más sublime agravio. / Abrillantar el sable de la aflicción, / nuestra estrategia más elegante / mientras el tiempo nos pasa por encima”. Un fracaso que se constata al mirar hacia atrás: “Era cuando queríamos / cambiar el mundo / antes de que el mundo / nos cambiase. / Era cuando queríamos / apurar la vida / sin pensar que la vida / acabaría por apurarnos”. Es ese mirar hacia el amenazador adelante desde la contemplación de un presente al que uno se agarra muy fuerte con las armas disponibles: “Y siento un algo desordenado / al ver envejecer a mis padres, / cuando los veo alejarse de la vida / y de los recuerdos. / Me siento protegido / cuando aprieto a mis hijos / y ocupamos los tres / un lugar / en el mundo”. Y esa última y nueva bondad, cuando la vida nos conduce a un punto en el que hay que reinventarse para saber cómo han de mirarse los ojos de la madre arrasada por el Alzheimer: “Me pregunto que la poesía, / esa delgada línea que separa / la atracción y el abismo, / no estará en esos ojos / que ya no me reconocen / como hijo”. “Cuando te duermes / cogiéndome la mano / como si quisieras / encontrar / el camino de vuelta”.

Al leer por primera vez este poemario, sentí el placer estético de encontrarme con unos versos excelentes, llenos de imágenes poderosas y deslizamientos bien conseguidos, pero una segunda lectura y el ejercicio de profundización que supone la pretensión del comentario, me dejaron bastante tocado, tal vez porque me resultan muy afines esas crepusculares visiones a las que hoy, también a mí, me invita la vida, propias de una edad nuestra que conlleva ciertas cercanías. Hoy no podemos permanecer incólumes ante los versos que constatan el ya muy visible descendimiento. Para reponerme, me agarro a esta afirmación que Juan Lozano hacía en el blog de Frutos del tiempo: “La poesía, para mí, es un intento de detener el tiempo mediante la reflexión y la evocación. En saber, de antemano, que tenemos la batalla perdida está la grandeza, el esplendor trágico que nos anima”.