La Dignidad de la palabra 2019. Jueves 21 de febrero de 2019. Elvira sastre

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LA HERIDA EN EQUILIBRIO, por Javier Catalán

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LA HERIDA EN EQUILIBRIO

(Un acercamiento parcial a la poesía de José Luis Zerón Huguet)

Texto de presentación del libro Espacio transitorio (Huerga y Fierro editores) de José Luis Zerón, en Íthaca Interiorismo y decoración, Orihuela el pasado 25 de enero de 2019.

Fotografía: Charo Fierro

Dejó escrito Fernando Pessoa que el poeta es un fingidor, pues “finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”.

Y es que la mirada del poeta, del verdadero poeta, se concreta en una observación oblicua e inferida del entorno que habita. Y su acercamiento a la realidad, manifestada en la “res poética” de la que hablaba Jorge Guillén, se produce desde ángulos de visión poco comunes.

El último poemario de José Luis Zerón Huguet, “Espacio Transitorio” (Huerga & Fierro, 2018), es una buena muestra de ello.

De José Luis Zerón podría decirse que es un poeta fascinante en el más estricto sentido del término; un prestidigitador de la palabra poética, entendida ésta como representación gráfica de los sentimientos más trascendentes.

Jordi Doce en su prólogo nos alerta de que no estamos ante una obra fácil de abordar. Efectivamente esto es así, no porque resulte ininteligible o especialmente hermética, que no lo es, sino por su carácter incisivo y medular. Zerón traza quirúrgicamente un mapamundi sensorial y sensitivo impregnado de amor y sufrimiento que alcanza, inquieta y emociona al lector de un modo irresistible ya desde los tres primeros versos: “¡Adelante, siempre adelante!/ No miréis atrás,/ la infancia se ha ido en un vuelo oscuro,” (pag. 21).

En el devenir de su lectura ésta se desenvuelve, desde el punto de vista anímico, de un modo oscilante, provocando al fin un efecto absolutorio, incluso sanador, que consigue revertir esa sensación inicial de cierto desasosiego; lo que se manifiesta con nitidez en los últimos versos del libro: “Qué amarga es nuestra libertad cautiva, […] y qué dulce asombro para quien aprende a respirar/ en la inmensidad de la apariencia”.

Fotografía: Charo Fierro

José Luis Zerón nos muestra en este libro de marcado carácter confesional su lado más intimista, de un modo muy explícito, haciendo un uso magnífico de ese juego de los contrarios tan presente en su obra poética: “Mundo, eres sórdido; pero te amo./ Amo tu boca amorosa y voraz./ Eres tú quien hace las preguntas y ciegas las respuestas” (pag. 69).

Este genial ardid (el uso adecuado y preciso de figuras retóricas como el oxímoron o la antítesis), obliga al lector a una relectura inmediata de cada estrofa, lo que provoca a su vez una súbita revelación del sentido poético que conmueve al tiempo que genera un efecto liberador de la tensión creada, con imágenes de una potencia visual extraordinaria: “La distancia extiende sus brazos en una huída.” (pag. 34).

Porque bajo el (aparente) tono de pesimismo existencial que acompasa y armoniza la mayoría de los poemas de este libro [“Caminan como presidiarios/ y no dejan huellas./ Caminan,

¡ay de ellos!, al servicio del fracaso” (pag. 39)], sobrevive un aliento de esperanza contenida que se manifiesta a su vez de forma insistente como una, por momentos desesperada, ofrenda de salvación; con reiteradas interpelaciones directas al lector, algunas de ellas de carácter salmódico [“Venturosos los que no se instalan en la herida/ ni se pierden en los desfiladeros del grito” (pag. 78); “Condúceme hacia/ umbrales luminosos/ para que la mirada/ abra la piel del mundo], lo que nos pone en la pista del interés del autor por la lectura de los textos bíblicos.

Zerón se aferra a la esperanza e invita a hacerlo de un modo recurrente, con continuas

referencias a la acción y a la resistencia: “Siente en la pérdida un presagio fértil (pag. 26)”; “Sólo a quien avanza obstinado/ se le ofrecerán los girasoles” (pag.31); “Pronto llegarán los cuervos, […] Pronto, pero aún no” (pag.33); “Ven, memoria,/ ven a rescatarme del dolor./ Trae todos los instantes sin horror que he vivido./ Hazme un nido entre los residuos” (pag. 48); “Deja que mis ojos sigan tejiendo/ la realidad para poder nombrarla.” (pag.51); “Es libre aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto” (pag.79); “¿Quién puede sobrevivir a la existencia de un sueño?/ ¿Quién puede resistirse a la llamada de puertas abiertas de la esperanza?” (pag. 86).

Consecuentemente con lo antedicho y a pesar de la sacudida emocional que provoca la primera toma de contacto con esta obra, puede afirmarse que estamos en presencia de un libro gestado desde la reflexión interior (“ab intra”) pero luminoso y expansivo, generador de un cierto efecto terapéutico de alcance general, que trasciende (“ad extra”), probablemente escrito más desde la necesidad que a partir de una contingencia puramente estética. Duro, grave, marcado por la gravedad seria que proyecta la insobornable realidad en la que vivimos, pero indulgente en todo momento.

El poeta no ha perdido la fe en el ser humano y nos alienta al tiempo que aguijonea con la pericia resultante de su propia experiencia vital. Nos habla de vías de redención y nos invita a conducirnos con entereza por ese espacio transitorio, por ese devenir ineludible, esa pugna constante entre el dolor y la esperanza, lo que convierte su propuesta poética en un exquisito, extraordinario y singular manual introspectivo de autoayuda.

Cerrar el libro una vez leído y reconocer este resultado tan sorprendente como inesperado, implica sin duda un talento excepcional en el dominio de la expresión poética por parte del autor.

Esa mirada diagonal y sinuosa de la que hablaba al principio, la genuina observación poética de José Luis Zerón, se manifiesta de un modo imponente en un verso aislado situado justo hacia la mitad del libro, en el término medio de este “Espacio transitorio”: “Tan radiante de qué sombras la mirada arde” (pag. 53). Este verso aglutina todo el simbolismo, sentido y significado del poemario. Sentir plasmado gráficamente de un modo muy eficaz en el dibujo que ilustra la portada del libro.

Ana Leonís consigue aprehender las claves cifradas de esta obra y las revela con gran destreza en un enigmático dibujo, donde la realidad, simbolizada por una vieja puerta de madera, aparece representada en color sepia en un primer plano ruinoso. Y a través de la bocallave de su cerradura se nos muestra el verde y laberíntico camino de la esperanza, ruta de salvación, espacio transitorio refrendado por la imagen de un mirífico cielo azul que se vislumbra en último plano.

La veterana y prestigiosa editorial madrileña Huerga & Fierro, con acertado criterio, ha apostado por esta obra de José Luis Zerón; y haciéndolo sitúa definitivamente a este reconocido poeta, desde el punto de vista editorial, en el lugar que por méritos le corresponde en el ámbito de la poesía española contemporánea.

Javier Catalán 13-II-19

Sobre la amenazada luz de Verbos por dentelladas, de Noelia Illán

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Acercarse a la poesía de Noelia Illán es sentirse tocado por su impronta efusiva. Los poemas de Verbos por dentelladas (Ravenswood Books Editorial, 2016/ Editorial Lastura, 2018), extreman ese componente de vitalismo que, sin embargo, no desdice lo sombrío. Consignan un hedonismo exacerbado, se avienen a los más encendidos paisajes de la vida, celebran los instantes en los que se resaltan las satisfacciones más precarias, aquellas que parecen atender el hondo eco de lo efímero, esas concretas detonaciones de lo implícito que se convierten en pasajes fuertemente constitutivos de la propia historia. Hay mucha juventud en estos poemas, claro que es esta una juventud rabiosa de la sospecha de su final. La que narra la poeta está siempre abocada a ese precipicio por el que se cae a través del tránsito de la nada hacia la suspensión en la supuesta madurez.

En la primera parte de estas Dentelladas se imponen las imágenes viajeras, que son exaltaciones de la realidad, pero también contraste con los momentos de apagamiento. Son distracciones de lo grávidamente personal que se agotan, que acaban terminándose en el resurgimiento de nuestras rutinas. Después de enumerar atendidas bellezas, se nos dice: “Pero luego, / ¿qué hay detrás de todo aquello? / ¿Comprenderemos algo al final del trecho? /Somos objetos vacíos / que alguien aguarda en una caja/ por si el futuro”. Se duda, pues, de la resistencia de la belleza ante los embates de una paulatina verdad. Pero uno se lleva también a los viajes a sí mismo, se lleva o se reencuentra allí, y, en esos nuevos escenarios, en esos marcos intensos, vive, piensa, conversa, lo que luego será un hito en su vida, tal vez un escenario difuminado, pero aún y siempre una intensa sutileza de las que renuevan el asombro ante la aguda pertinacia de la vida. Los versos actúan aquí como método de atesoramiento.

De lo que se trata es de vivir intensamente, de no despreciar los dones de la vida complicada por nuestros turbios deseos. Hay que entronizar los momentos en los que la vida no es aquello que contemplamos o nos acosa, sino en los que, en perfecta, irracional, fusión, nos vive viviéndola. Uno se rejuvenece leyendo este poemario apasionado. Es la búsqueda de la vida sentida desde la verdad, con temerario hedonismo. Es la perpetua huida de lo insustancial: “Voy de lo flexible a lo volcánico, / salvaje cuando hay gente,/ pacífica si me entreno./Evitando el punto intermedio,/ alejándome siempre de lo mediocre”.

Pero está actitud radical, abiertamente contestataria, no se extravía lejos de una básica, ineludible y no hipócrita moralidad: “Se pierde todo: / la fe, la lógica, la cultura. / Y el sumidero parece no dejar de dar vueltas”. Y ya pocos sostienen la valía, la rigurosa pertinencia de sus existir: “Ya nadie observa. / Ya nadie mira las estatuas de Rodin. / Qué previsibles somos a veces/ y a veces cómo sobramos”. Pero en algunos sí que existe esa añorada belleza ética: “En los que dan sin esperar recibir/ y los que reciben esperando dar”.

Desde su libérrimo afán, Noelia Illán no elude algunas incursiones en el lenguaje de lo procaz. Tampoco escamotea lo erótico, como en esa candente escena que es el poema Taxi. Es el deseo de la embriaguez, la fe en la vivencia que nos implica y promueve una presencia nuestra que resulte vehementemente inesperada. Y es la puntual necesidad de subvertir el orden de lo preestablecido y explotar en la agredida propiedad de los huérfanos instantes: “A veces sí, se necesita: / nada de amor y algo de estruendo”.

Pero en este libro no está exento lo lúdico, lo irónico, la liviandad transversal que denota una feliz magnanimidad ante los grotescos embelecos con los que a veces nos arrincona la vida. Así en esas series de poemas humorísticos que son Historia del mundo en 9 fotogramas o Historia de amor en 9 fotogramas.

Noelia Illán no tiene reparo en mostrar algunos signos de la modernidad, aún no asumidos en su novedosa acepción poética. Y aborda las emociones desde el tono coloquial, la palabra originalmente prosaica, porque sabe que está instalada ineludiblemente en lo poético. Su devenir por los versos no sabe de más límites o prohibiciones que los de no desbordar la sabia esbeltez del poema.

Verbos por dentelladas es un poemario enérgico, vitalista, y a la vez transido de la melancolía que genera la bella emoción. Muchas de las piezas de este libro acaban siendo un retrato de alguna arrasada estancia en la vida. Parecen estar haciendo recuento de las desapariciones, consignando brevemente el eco de lo sido; porque la vida urge y están por inaugurar las nuevas escenas, aún indemnes, pero que secretamente contendrán estos derrumbes y esas estelas de la más ardiente vivacidad.

REGIONES MÁS COMPROMETIDAS ALFONSO PASCAL ROS, Por Adolfo Marchena

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Ars Poetica. Colección Carpe Diem (Enero, 2018).

Adentrarse en la poesía de Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965) es desnudarse y arrancarse la piel a pinceladas leves, como las de un pintor puntillista. En su amplio bagaje de creación, como su título advierte, tal vez resulte, en sus regiones, una de las obras más comprometidas escritas por el autor hasta la fecha. Con un ritmo, del que no se desvía un ápice, equilibrado en la difícil labor de no atar versos por complacencia, sus versos retienen el golpe en un tambor africano que nos resulta a la vez cercano y conocido, un viaje cuerpo adentro donde la historia no es lo que parece. Entre el mar (plomada, sextante, velas mayores o mescanas) y la tierra (también el hombre del campo) el hombre es siempre el mismo, esos “propósitos de un Peter Pan” que descubre la brutal edad que tiene. El autor nos oculta, aun en el descuido, en un acto de rebeldía, la disconformidad contra aquellos que abandonan lo íntimo, el que nada posee, el que cumple “venciendo como vencen los de siempre” Haciendo mención a la poesía, la historia o la mitología, lanza sus certeros puñales contra el acto de la creación, contra los poetas como ordinaria ruleta, poetas de salón donde, en un recital, la señora de la tercera fila mira el reloj constantemente porque tiene la cena sin hacer. Hay cierta melancolía “con tanta certidumbre de mareas”, el hombre siempre combatiendo, para jugar a ser poetas con ventaja, con esas licencias poéticas de las que Alfonso Pascal Ros no se aprovecha. Puede doler, doler mucho la argumentación del autor, inquebrantable, porque a veces exageramos hasta la soledad. Existe en todo ello, en comunión con el que entiende de silencios, no menosprecio, al contrario, cierta desgana, incluso pudor, ante la envidia ajena, de aquel que pretende títulos y emblemas. Porque el poeta, al fin y al cabo, está solo. Vive también “ceñido a la deriva y no lo niega”. No niega Alfonso Pascal Ros que vaya a encontrar su lugar entre el ahora y el después. Porque lo que tuvimos, lo que fuimos, lo que somos resulta al final del día. Y porque “de nada servía interrogarlo”, concluye el libro, con el poema Regiones más comprometidas. Sirva como lección, aunque no lo pretenda, para todos aquellos y aquellas que (me incluyo) deseamos encontrar la redondez del texto allá donde el mar y la tierra se funden, para este autor que no busca del aplauso (ni se aprovecha del camino recorrido) pero sí pretende y se compromete a ser palabra en la cartografía del eco, distanciado de ciertas, llamémoslo modernidades, que por serlo, no dejan de ser inútiles artificios de moda pasajera.

Adolfo Marchena (Vitoria-Gasteiz, 1967). Poeta y narrador. Trabajó en diversos programas de radio. Dirigió las revistas literarias Amilamia, Factorum y el fanzine Odaliana. Autor de Cartapacios de Lucerna, Proteo: el yo posible, La reconstrucción de la memoria, Musicalidad de los tejados (poesía), 683 Planta Neurología (narrativa) y de manera conjunta La mitad de los cristales y Poemas Fundidos. Ha sido incluido en diversas antologías (Sin Embargo, Relatario, Voces del Extremo, etc.). Sus textos aparecen en revistas literarias electrónicas y de papel: El coloquio de los perros, Letralia, Río Arga, Turia, Los cuadernos del matemático. Traducido parcialmente a tres lenguas. Ha prologado también el libro de Javier Flores, El frío de la Fe, así como un estudio titulado Poesía de la emancipación, tierra de barbecho, sobre el libro de poesía de Alfonso Pascal Ros con el título Principio de Pascal. Incluido dentro de Poetas, antología universal, coordinada por el editor Fernando Sabido Sánchez. Su último libro publicado ha sido el libro de poesía En mi barrio no hay Quijotes (Literarte, 2018)

El polvo de los días, por Francisco Gómez

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Recorro las calles que el niño andaba para ir al colegio, asfalto acariciado por la luz de la mañana. Los pasos apretaban para no llegar tarde al toque de sirena. El bocadillo en la cartera y los deberes hechos la tarde anterior.

Aquellas calles que conservan su nombre pese a la marea de las jornadas y el curso de los acontecimientos. Observo a aquel niño que era feliz porque se sentía amado. Querido por sus padres, abuelos y tíos, estimado por sus profesores; D. Miguel, tutor de Ciencias Sociales en séptimo de E.G.B, D. Eladio en sexto para Lengua, D. Daniel, el temido y estricto profesor de inglés que ponía la fila más derecha que un día sin pan, D. Lucas de Matemáticas y Física y Química y su pipa inolvidable y el tratamiento de Ud a niños que no entendían los conceptos.

Una luz invernal besa mi piel. La brisa entona cierta canción de recuerdo. El nombre de algunos amigos: Andreu Marroquí, Sánchez, Juanfran, Alfonso Catalán, Payo Barroso, Raúl Moral Herrero. Nos llamábamos por los apellidos más que por nuestros nombres. Aquel era un niño dichoso que soñaba universos. En los recreos intercambiaba sellos con Marroquí y Sánchez en la repisa de las ventanas y mandaba cartas a las embajadas para que le enviaran pequeñas joyas de otros países. Iba a fábricas como Uniroyal para pedir sellos que aquí le daban en grandes sobres marrones, casi siempre muy repetidos que alguien le guardaba escrupulosamente. Le gustaba estudiar muchas cosas que hoy ha olvidado y se han marchado por el sumidero de los calendarios.

La calle Guillem Santacilia que culminaba en Palmerers en la Clínica Ciudad Jardín y a la izquierda los chalés, cada uno con su arquitectura particular. Al otro extremo en la frontera del barrio en la Plaza Benidorm, la calle Pío Baroja que culminaba el fin de un mundo y el principio de otro.

Ese niño era feliz. Su madre se llevaba a su hermana y a él para que ella cuidara a su abuela tres meses al año en aquella casa adusta, fría, con el taller zapatero de su abuelo ya arrinconado, cerca de la iglesia, en el pueblo más universal de la literatura española donde un manco dicen que se enamoró de una dama en aquella inolvidable villa.

Los tiempos aquellos cuando un niño no era desterrado a BUP hasta los 14 años y comenzaba una nueva etapa estudiantil, ya muchachito. No como ahora que los “exilian” del colegio a los 12 años para enfrentarse demasiado pronto a la adolescencia y a los “gigantes” compañeros. Pero, ¡oh, curiosa paradoja!, miro los temas que estudia mi querido sobrino Sergi y sus materias apenas han cambiado sobre las que uno aprendía y les siguen inflando a deberes y controles. Uno comenzó el instituto cuando la jornada era partida, a doble turno y Los Palmerales aún no se había construido. Las casas que allí se arracimaban eran de planta baja y tejado de uralita. Aquella fue, sin dudarlo, la mejor época de estudiante de mi vida. Soñé amigos eternos. Muchos han desaparecido, cada cual en sus afanes, por las aguas de los vagones. Algunos quedan: José Miguel Lledó Orts, Miguel Valverde, Alberto Martínez Román, José Manuel Molero, Juan Martínez Torres, Andrés Ruiz Quevedo. Los amores no correspondidos del muchacho aquel que no había perdido la llama de la inocencia y la ilusión.

Los profesores a quienes guardo vivo afecto y profunda gratutid: Pedro de Geografía e Historia, Blanca de Griego que permitía fumar en clase, hoy impensable, Gaspar de Matemáticas, Bernardino que me enseñó el amor por la Literatura para siempre, esta amante que nunca abandona por adversas que sean las jornadas y mis ojos puedan sumergirse en el océano cambiante de las letras.

Aquel joven ideó metas futuras, diluidas hoy en el azucarillo de los días. Aspiraba a ser una figura mediática en el mundo de la comunicación, referente de la opinión pública. Imaginaba llegar a la historia de la literatura por las obras que escribiría. Ser leído y seguido por legión de lectores…

Aquel joven también fue feliz. Seguía con el amor de sus padres y el cariño de sus abuelos. Amigo de sus amigos del instituto y de la calle donde vivía con interminables partidos de fútbol. El tiempo nos esperaba y no había dudas posibles en nuestros designios

Deambulo por esas mismas calles que permanecen doradas pero el polvo del camino ha dormido los sueños. Ya no se cumplirán las mayoría de propósitos. Ya se han marchado muchos de los referentes o están en las últimas travesías antes de estación término. Ya la mirada es más escéptica y afilada. Ya se duda, quizás para siempre, de las grandes palabras…

Las calles que hoy piso despiertan los fantasmas que alzan sus voces con el latido en mi pecho. En oración callada les doy las gracias por la dicha de ser amado y amar gracias a ellos, a quienes quería y quiero.

Las calles que atravieso con un velo de sueño y melancolía mientras mis pasos me llevan no sé dónde.

Francisco Gómez

MOSAICUM (9), por Juan Lozano Felices

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BANDA SONORA DE BARRY LYNDON. Marcha de granaderos/Sarabande-Handel/Trío op.100- Schubert.

Esta semana nos vamos al cine. Stanley Kubrick utilizó de forma magistral la música clásica como materia para las bandas sonoras de sus películas. El paradigma sería el poema sinfónico de Richard Strauss, “Así habló Zaratustra” inspirada en la obra de Nietzsche y que el cineasta utilizó al comienzo de “2001: A space Odyssey”, cuando el primate coge un hueso del esqueleto de un animal y lo esgrime como arma. Posteriormente, en “El resplandor”, de 1980, basada en una novela de Stephen King, utilizará de forma absolutamente lúcida música de compositores del siglo XX como Bartok, Penderecky y Ligeti. Pero hoy nos quedamos con “Barry Lyndon” estrenada en 1975 y donde, de forma soberbia introduce música del siglo XVIII y comienzos del XIX. Aunque podemos encontrar música de J.S. Bach, Vivaldi, Mozart, Paisiello, marchas miliares y música tradicional irlandesa, es la “Sarabande” de Handel y el Andante del Trío Op. 100 de Schubert las que funcionan a modo de leitmotiv. Serán éstas y la Marcha de Granaderos las que oigamos en esta ocasión. Al parecer Kubrick que, como sabemos, controlaba todas los elementos de su obra (incluidos los doblajes de sus películas a otros idiomas), escuchó una gran parte de música del siglo XVIII grabada en disco para elegir las piezas que incluiría. De la “Sarabande” originalmente compuesta para clave, encarga una versión orquestal a Leonard Rosenman, que dirigiría también la música elegida como banda sonora. Suena al comienzo, durante los créditos iniciales, en las escenas de los duelos y en los momentos cruciales de la película. De algún modo su aparición, con su desarrollo repetitivo, sumerge al espectador en un estado de zozobra, al anunciar siempre un final trágico.