DE EXILIOS Y MORADAS de JOSÉ LUIS ZERÓN (por Juan Lozano) en La Galla Ciencia

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http://www.lagallaciencia.com/2016/09/de-exilios-y-moradas-de-jose-luis-zeron.html

Llámesele destino, albur o coincidencia, el caso es que, en lo que va de año han saltado a la palestra de la poesía en castellano  tres libros cuyos autores, con diferentes voces y presupuestos,  tienen en común un espacio, la ciudad de Orihuela, y el haber sido fundadores en el ecuador de los ochenta de la revista literaria y de pensamiento Empireuma. Esta revista, que alcanzó una importancia inusitada a nivel nacional,  canalizó buena parte de la primera hora poética de estos autores y de otros que hoy están en la primera línea de la creación literaria en España. A saber, estos poemarios y sus creadores son, por orden de aparición: “La senda honda” de José Manuel Ramón (Ed. Devenir), “Cruzar el cielo” de Ada Soriano (Ed. Celesta) y el que ahora nos ocupa, “De exilios y moradas” de José Luis Zerón (Ed. Polibea – Colección El levitador).

Según me dice su autor, los poemas que conforman “De exilios y moradas” están escritos en su mayoría  entre 2014 y 2015; esto es, tras la publicación de “Sin lugar seguro” (Ed. Germania, Valencia 2013). Si bien no todos los poemas son inéditos, pues algunos aparecieron en distintas publicaciones: La Galla Ciencia, Opticks Magazine, el blog de Antonio Gracia “Mientras mi vida fluye hacia la muerte” o la revista El alambique. A última hora se incluyeron, algo remozados,   cuatro poemas más antiguos que estaban exentos y que, por su temática, encajaban en el libro;  “Alto voltaje”, escrito en la década de los noventa y publicado inicialmente en la revista almeriense Batarro; “Un carnero muerto” incluido en la antología Nuevos poetas, ed. Seuba de Barcelona,1994; “El lamento de la Sibila” y “El desconsuelo de Orfeo”  se escribieron para Empireuma, apareciendo en un número doble de 2007.

Una vez establecida la cronología comencemos por el principio, el título. Sin perder de vista la referencia teresiana, muy bien traída por Alberto Chessa en el prólogo y por Rafael González Serrano en una reciente reseña, el díptico que forma el título adquiere una relevancia exegética y constituye el verdadero umbral de nuestra lectura. Conjuga un elemento tradicionalmente usado en positivo como la morada, sinónimo de hogar y de seguridad, de certezas y de confianza con otro en negativo. El exilio representaría  la duda y la incertidumbre, la frustración,  la inseguridad, el desarraigo y la intemperie. Y, enlazando ambos, el paso del tiempo como eje: “Pasa el tiempo con su carga de belleza y veneno” y “No hay cuerdas que aten el tiempo, lo sabes”  dirá en el memorable “Mientras tanto”.

Por muchas razones, este libro, para mí,  tiene valor de síntesis de toda la obra de José Luis Zerón, una obra de gran intensidad, una aventura estética y conceptual en la que va definiendo una mirada lírica caracterizada por el conflicto entre los dos conceptos antedichos. En este sentido cobra un especial significado y quizás una nueva lectura su excelente anterior trabajo, “Sin lugar seguro”. Escuchemos lo que dice acerca del título el propio poeta en una reciente entrevista, pues la dualidad lo es también frente a la experiencia poética:

El título viene a ser una metáfora de la existencia del ser humano, incapaz de renunciar a la intemperie a pesar de los refugios que levanta contra ella, y de la naturaleza paradójica de la poesía misma, tan acogedora como inhóspita.

Tras un prólogo como el de Alberto Chessa, bajo el título “El vértigo de la espesura”, poco ni mejor se puede decir de este libro ni de su autor. Más que prólogo, constituye el de Chessa un extenso y lúcido estudio pormenorizado de la poética de José Luis Zerón, dando a conocer sus resortes y claves cardinales; lo cual en una obra como la que nos ocupa, con un sustrato tan rico en fuentes literarias, filosóficas y simbólicas (el “riquísimo acervo cultural” del que habla el prologuista), es muy de agradecer.

En cuanto a estructura y sin menoscabo de su coherencia interna,  el libro está dividido en cuatro partes encabezadas por una cita de Breton y un largo poema-pórtico “Moloch”.  Los títulos de cada una de las partes son: El ruido del mundoLe dur désir de durer, Razones del corazón y Hic et nunc, respondiendo cada conjunto a unas intenciones y un material temático determinados.

Detengámonos unos momentos para reflexionar acerca del poema que sirve de pórtico, pues nos da una de las claves de su poética, la revisión de los mitos. Moloch es un dios sacrifical pero también símbolo del fuego purificante, el alma. A esta cruel divinidad cananea, que vino a enseñorearse de los pueblos mediterráneos, también le dedicó un texto nuestro admirado Rafael Argullol, como símbolo de la sociedad moderna. “Lo que exige este nuevo orden al hombre actual es la inacción”. Nuestra inacción, la obediencia, la comodidad frente al pensamiento único, el mirar hacia otro lado, nos convierte en cómplices y constituye el actual tributo de sangre a la bestia. Instalados en nuestras casas, protegidos por los objetos caros que nos rodean, Alepo es sólo un punto que ni siquiera sabríamos situar en el mapa.  Por ello, la auténtica poesía estaría también del lado del exilio y la intemperie. La poesía es resistencia frente al nuevo orden. También me viene a la memoria el pensamiento de Hölderlin a través de Heidegger: “poéticamente hace el hombre, de la tierra su morada”.

José Luis Zerón posee una de las voces más personales y ricas del actual panorama de la poesía escrita en castellano, una voz hecha y personal que ha alcanzado su plenitud vital, temática y expresiva.  Sentado esto, también digo que el poemario de Zerón no es para todos los paladares. Al contrario de lo que suele ocurrir con  un determinado tipo de poesía muy en boga donde abunda lo previsible y lo plano,  no es el de José Luis un libro de  cómoda ni fácil lectura. En un tiempo donde se le exige a la poesía que sea legible y se acomode a alguno de los modelos imperantes, el poeta oriolano es plenamente consciente de haberse situado en un espacio difícilmente abordable, pero es su espacio. Él mismo se definía como un poeta que siempre ha estado a la intemperie. Habrá quien diga, en forma negativa, que la poesía de José Luis es “demasiado hermética”, “que no se entiende”. No han de preocuparnos esas voces. Como dejó dicho el gran Juan Ramón Jiménez: “La gran poesía “difícil” comunica por soplo, imán, majia, fatalismo, como fue creada, y no por análisis metódico, su secreto profundo.” Pese a lo dicho, cuando escribo estas líneas me dice el poeta que, prácticamente, la primera edición está agotada y está en vías de salir una segunda, lo cual se traduce en que la poesía, cuando es auténtica y no lo que comúnmente pasa por ser,  tiene la virtud de conectar con el lector y de  ser reconocida por los suyos.

Desde el punto de vista formal es una poesía de acabada factura, perfectamente  modulada,  de un fraseo elegante y fluido que en ocasiones deriva hacia la salmodia; “Insomnio”  o “Cantata para un poeta naufrago”, dedicada a L.Mª Panero, serían el ejemplo más claro de la inflexión versicular. Una poesía que ha asumido la tradición y la lleva incorporada en su cadena de ADN.  Por otra parte, si vamos al fondo, es una poesía trascendente, de honda raíz elegiaca  y existencial, conectada a la sensibilidad romántica. Una poesía del conocimiento que intenta, al decir de Caballero Bonald, dar forma a lo invisible. O mejor, citando otra vez a Juan Ramón, “suma conciliadora de realidad visible e invisible”.

Un estudio profundo del libro, con comentario de los poemas, aunque fuese de los más destacados dentro del nivel altísimo del conjunto, sobrepasaría con creces el propósito de una reseña. Baste decir que no he encontrado poemas de los llamados de relleno. Todos, prácticamente, rayan, como he dicho,  a una altura poética muy alta. La primera parte, “El ruido del mundo”, quizás sea la parte más arriesgada, donde se adentra en un territorio apenas balizado y  donde encontraremos los poemas más conectados con la revisión de los mitos, significativamente de origen hebreo y con ideas-espejo muy sugestivas. Estamos ante la mitología “creativa” de la que hablaba Joseph Campbell:

Los símbolos mitológicos tocan y excitan centros vitales que están fuera del alcance de los vocabularios de la razón y la coacción.

También, en este primer segmento, encontramos el poema “Aún somos” que prorroga la entonación del libro anterior, al decir: “No hay lugar seguro/ni centro, solo fauces”.

En la segunda parte, nominada con el eluardiano título “Le dur désir de durer” el tema principal podría ser la temporalidad de la existencia y el Misterio de lo sagrado; lo numinoso, lo que no se concibe ni se entiende, salvo por alguna fulguración mística;  con poemas dedicados a Novalis, Juan de la Cruz, la voz oracular de la Sibila y con referencias también a la obra del teólogo protestante Rudolf Otto en “Mysterium tremendum et fascinans”, autor que influyó de forma notable en el pensamiento religioso de una jovencísima María Zambrano. También encontramos en este segmento uno de los poemas más hermosos del libro, “Vida”:

Cualquier nombre resulta inexacto

para definir aquello que nos acaricia

mientras nos destruye

En  “Razones del corazón” encontraremos los poemas que hacen referencia a su entorno más cercano, quizás sobresaliendo en esta parte los “Cuatro poemas para Ada” escritos con un lirismo intimista que resuena en nuestro interior. En la cuarta parte, como su nombre indica, “Hic et nunc”, hace un replanteamiento del momento presente, el poeta siente la necesidad de situarse aquí y ahora frente a la realidad temporal, particular y social. Es la parte más celebratoria, poemas de tono hímnico de muy hermosa factura que vivifican como sol de invierno. Destaco “Palabra no dicha”, “Apoyados en la ventana” o, cerrando el libro, el poema “Celebración”:

Nombra la imagen que te nombra, nómbrala

Nombra los jardines de su piel sin dioses

y concédele eternidad.

Hemos de estar de enhorabuena. La anacrónica pervivencia de la poesía en el siglo XXI nos depara sorpresas como la este libro. José Luis Zerón  no es un poeta que se prodigue en demasía y es que, un poeta, cuando lo es de verdad,  cuando ser poeta es una forma de vida y de conocimiento, no pueden ni deben ser muchos los libros de poemas escritos. Cada libro ha de tener su justificación y su periodo de maceración, en lo personal y en lo poético. La historia de la poesía está llena de pasos en falso. José Luis Zerón camina con paso seguro y luminoso por terrenos pantanosos en los que otros se hundirían fácilmente. Para terminar, la edición de Polibea constituye un digno continente para un contenido extraordinario. No quisiera cerrar este texto sin hacer una mención al artista José Luis Rayos, cuya obra forma parte inherente de este poemario. Encontramos tanto en la portada como en las guardas, magníficamente reproducidas, fotografías de sus maravillosas  esculturas de alambre  con el motivo de las manos alzadas o extendidas, significando, “la llamada a la acción”.  El anterior trabajo de José Luis Zerón,  “Sin lugar seguro”, siendo un poemario de gran voltaje, resultaba lastrado por una edición que no le hacía justicia, por lo que ya, desde aquí, sugiero a quien corresponda, una nueva y digna edición de este, tan hermoso como fundamental libro en la producción del poeta oriolano.

AGUANTAR LA POSICIÓN, por Francisco Gómez

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Un lema que tenían grabado a fuego las legiones romanas era “aguantar la posición”, no retroceder, no echar atrás pues el enemigo podía cortar su retirada y aniquilarlos. Así, sus generales, sus emperadores conquistaron un imperio que en tiempos de Trajano se expandió hasta Oriente.

Esta es una premisa que mi espíritu, mi corazón, guardan en mi pecho en estos momentos cuando el cierzo sopla con fuerza y uno apenas sabe por dónde le van a ir los meandros de la vida, que va y viene, viene y va.

En estos últimos tiempos he aguantado la posición como he podido, triste y derrotadamente. Mi mirada tiene un fulgor melancólico que ya no sé si algún día amainará. El escepticismo sobre la llamada en conjunto Sociedad ha aumentado en grados importantes. Apenas creo ya en los conjuntos y aún sí (menos mal) en personas individuales que ostentan con dignidad y orgullo tan preciada etiqueta.

Aguantar la posición a pesar del dolor, a pesar de la derrota, a pesar del desamor, a pesar de la incertidumbre, a pesar del escepticismo. A pesar de todo, aguantar la posición. Solo tengo clara una cosa; nadie me recogerá si me quedo tirado en un rincón. El personal pasará indiferente como ya he visto tantas veces en tantas situaciones y en apariencia el mundo seguirá su curso. Los currantes seguirían en sus tareas, las madres en sus quehaceres, los abuelos en sus corrillos y partidas de dominó, los adolescentes en su aventura de vivir y los niños en sus coches-taxi y en los benditos parques y tú quedarías hundido en un aparte y no me da la gana. Pongo mi débil escudo por bandera y atravieso el mar de lanzas que asolan mis días, a la espera de que la tormenta se apague y vengan inesperados nuevos días de vino y rosas.

He sido firme con ciertas personas y lo seguiré siendo aunque se hayan roto en dos nuestros mares y el contacto se disuelva para siempre jamás. Roma no paga a traidores.

Ahora a seguir como se pueda, cuando sé que las mejores páginas por escribir están por venir a partir de la mediana edad y entiendo mejor a los niños, a los adolescentes, a los perdedores, a los supuestos locos, a los enfermos, a los abuel@s. Todo el paisanaje que pueble nuestras calles con sus múltiples, contradictorios y escurridizos espejos y máscaras. Continuar con la absurda vocación de escribir y leer más que se escribe y si acaso, de cuando en cuando, publicar algún libro para que algún amig@ lector se detenga entre sus páginas y concuerde o no con las palabras que quiero contarte, compartir o disientas de ellas. La noble y silenciosa tarea de escribir y contar tu canción con quien contigo quiera caminar.

Aguantar la posición a pesar de las derrotas, a pesar del silencio y la soledad, contra los nidos escurridizos que merodean por la cabeza.

Y al día siguiente seguirá saliendo el sol y tú con él aunque lo contemples solo y este sea tu destino hasta los últimos días. Un hombre feo y fuerte aunque tiemblen las cuerdas por dentro, orgulloso de aguantar como buen soldado la posición.

Francisco Gómez

El hombre que llovía, por Francisco Gómez

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watercolor-488003_960_720Estaba acostado pero a punto de iniciar el día con el toque de sirena del despertador para iniciar sus obligaciones laborales cuando percibió que las palmas de sus manos se humedecían al contacto con unas ligeras gotas de rocío mañanero. Sus cabellos aún negros a pesar de la edad, se vestían de una fina capa de micropartículas de agua. Sobresaltado, sin entender a qué podía deberse este extraño fenómeno nunca vivido, se levantó de la cama y observó a su mujer, despreocupada y feliz en el paraíso de los sueños plácidos.

Alzó la mirada al techo y contempló asombrado cómo una tímida nubecilla se levantaba a escasos metros del suelo, sobre su cabeza, en un huidizo chirimiri que descargaba sobre él con mansedumbre.9788461344130

¿Qué pasa aquí? ¿Por qué llueve sobre mi cabeza? ¿Acaso ha amanecido el día nuboso y la humedad del aire se ha filtrado por las paredes hasta llegar a nuestra habitación? El piso ya es viejo y voy a tener que dirigirme al presidente de la comunidad para rehabilitar el inmueble. Así no se puede vivir”

Quien así hablaba no era otro que Pedro Cifuentes, humilde servidor de Dios y el ciudadano en

la Oficina de Aduanas de la Autoridad Portuaria donde se ganaba las lentejas y el pan de su prole cada mañana desde hacía ya más de veinte años. Vivía una vida normal, como la de usted. Diligente y servidor en el registro de mercancías, su existencia transcurría sin marcados contratiempos. Una vida monótona de un hombre rutinario en un acontecer pacífico. Trabajar, comer, dormir, descansar los fines de semana con excursiones domingueras con los hijos, tomarse unas cañas con los amigos, hacer el amor con su mujer cuando a ella le apetecía y no le dolía la santa y maldita cabeza.

La nubecilla cesó con la lluvia intermitente sobre su azotea. “Ya ha mejorado el día. Menos mal. Empezaba a ponerme sobre ascuas esta agüilla sobre mi calva. Ahora a ducharme y desayunar”.

Pedro salió rápido de su casa en dirección al trabajo. Como siempre, iba andando. Miró al cielo y apenas había nubes. La mañana se despertaba clara con los primeros rayos de sol en el horizonte. De repente, una traición acuosa le recomenzaba a precipitar desde su humanidad de 1.75 metros de estatura. Confuso, echó a correr acera adelante pero cuantos más pasos aceleraba, más ágil se desplazaba la masa nubosa sobre él. No sabía qué hacer. La gente, lejos de ayudarle y pedirle que se tranquilizara, levantaba la vista y señalaba con el dedo tan extraño fenómeno. Se parapetó en un portal y creyó haber esquivado tan inquietante amenaza. Sacó la cabeza por el portal y el fenómeno errante había desaparecido. El día seguía claro y cada segundo más luminoso.

Llegó al trabajo. La jornada laboral comenzaba en el interior de la nave donde enviaba y expedía los productos que las diversas empresas de la ciudad importaban y exportaban. Sus compañeros se afanaban en la misma tarea pero de improviso sintió que sus manos se mojaban y su bata se empapaba con finas lágrimas de lluvia. Miró hacia arriba y abrió los ojos y la boca con gesto desconcertado. El mismo cirro seguía sobre él, desafiante, descargando una precipitación firma y continua.

De improviso, la nube inició una danza de sacudidas y movimientos en su interior. Se dividió en varias y comenzó a tronar con fuerza y llover con furia sobre Pedro que en ese momento ya no sabía qué hacer y cayó desmayado al suelo mientras una precipitación continua le embadurnaba su indumentaria.

Los compañeros le reanimaron como pudieron y el director de la aduana comentó la posibilidad de que se tomase el día libre para descansar

-Manaña será otro día y ya verá usted que sólo es un incidente pasajero.

-No sé qué pasa, don Luis. Estoy extrañado y asustado. Nunca me había ocurrido nada parecido. Hace un día luminoso y azul y llueve sobre mi cabeza y no lo entiendo.

-Tranquilo, tranquilo. Esto no es nada. Cosas de la caprichosa meteorología y de este agujero de la capa de ozono que estamos creando con tanta contaminación y desodorantes sin protección. Váyase y mañana todo volverá a la normalidad.

Salió del almacén y las nubes de marras bailaban a su alrededor pese a que en las inmediaciones las primeras luces transcurrían sin incidencias atmosféricas. Trató de andar a paso ligero, correr, caminar a paso de cangrejo, hacer zigzags. Nada servía. Las persistentes masas nubosas y la lluvia tensa descargaba sobre su persona hecha sopa y nervios.

Al final, llegó a su casa y cuando su mujer le vio mojado, desmoralizado y asustado, quiso calmarlo con templanza y severidad le recomendó que si aquella nubes seguían lloviendo sobre él, no podría quedarse porque el piso se echaría a perder, las paredes se bufarían y el mobiliario que tan costosamente habían comprado, estaría para tirarlo a la basura.

-Pero, Susana. ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a ir? No sé por qué me está ocurriendo esta situación. Tengo miedo.

-Mira, Pedro. Lo siento mucho pero aquí no te puedes quedar. ¿Qué dirán nuestras amistades y vecinos cuando vean que llueve sobre tus hombros? ¡Qué vergüenza, por favor! Y nuestros niños, los padres de los otros se reirán de ellos. ¡Mirar, por ahí van los hijos del hombre que llueve! Créeme, Pedro, lo mejor es que te vayas a un sitio abierto durante una temporada y seguro que esto se te pasará. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante.

Pedro aceptó resignado esta decisión familiar, sabedor de que quizás era lo mejor que podía hacer. Tomó ropas limpias que al instante volvieron a humedecerse, cogió la maleta y cuatro fotos y encaminó sus pasos hacia el puente más cercano con el propósito de guarecerse y esquivar las odiosas nubes.

La noticia corría como la pólvora sobre la ciudad. Por supuesto, los sabuesos de la actualidad olieron que allí había mecha que cortar y tema para llenar las páginas de los periódicos y minutos en las ondas audiovisuales. La cadena TVO KH55 mandó dos sagaces periodistas a la búsqueda del hombre que llovía para hacerle una entrevista y seguimiento de sus peripecias tormentosas. Tras incesante seguimiento de sus andanzas, avistaron al atribulado Pedro, sólo y asustado, debajo de un puente mientras la lluvia caía inmisericorde sobre su desolada cabeza. Le bombardearon a preguntas mas él no quería, no podía responder, abrigado y protegido por una manta a cuadros completamente mojada. Filmaron las nubes que poblaban su techo a cielo cubierto. A la hora siguiente, Pedro Cifuentes era protagonista del noticiario, él que siempre había odiado ser el centro de cualquier atención.


Un hombre-lluvia vive bajo un puente en Pandomiro del Río

El citado señor afirma desconocer las causas de las continuas precipitaciones sobre su cabeza


Los días seguían alternándose en la vida de nuestro amigo Pedro Cifuentes, aislado de la sociedad bajo el puente, mientras la lluvia seguía su descarga de un manto de H20 fina y firmemente. Casi nadie se quería acercar a él por temor a resultar contagiados del “mal de la lluvia”. Una tarde azul y tranquila para todos, excepto para Pedro, un grupo de agricultores se atrevió a encaminar sus pasos hacia el lugar en que este humilde conciudadano vivía exiliado.

-Señor, Pedro, ¿podemos hablar con usted?

-Claro, claro. Hace ya muchos días que no hablo con nadie –sonaba la voz de nuestro desarbolado personaje, rota y constipada ante la lluvia pertinaz que le atenazaba la voluntad.

-Mire, como nos hemos enterado que es usted el hombre-lluvia, veníamos a pedirle, si no es mucho molestar, que viniese con nosotros a nuestra comarca para que pasease por los campos. A ver si usted hace que diluvie y salvamos nuestras cosechas y ganado. Si no es mucho pedir, claro está.

-Me darán ustedes conversación, ropa limpia y un techo para cobijarme aunque se mojen las paredes.

-Delo usted por hecho.

Dicho y hecho. Pedro Cifuentes abandonó la lóbrega compañía del puente de los dos ojos y tomó el coche de los amables habitantes de Sedfelices. La lluvia se posesionó en el capó del vehículo mientras devoraban kilómetros en dirección a este pacífico municipio que no conocía el llanto del cielo desde hacía más de tres años con el consiguiente empobrecimiento de sus cosechas y el raquitismo de sus árboles frutales. Los labradores sonreían esperanzados mientras veían funcionar el limpiaparabrisas que tanto tiempo había estado en situación de paro forzoso. Al fin, llegaron a Sedfelices y Pedro decidió dar una vuelta por aquellas sedientas huertas. La nube que pendía sobre él como una sombra perenne e inevitable inició una subdivisión de sus partes como una división celular en porciones perfectamente separadas. Primero dos, luego cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos nubarrones poblaron el horizonte y tomaron un color cobrizo, amenazante. Hasta que llegó el vals de las tronadas empezando su danza rítmica, atronadora. Los vecinos del pueblo salieron de sus casas alborozados. No se lo podían creer. Llovía. Llovía. Aquel hombre taciturno y desencajado había traído el milagro de las lágrimas en torrente, en precipitación continua, en manantial necesario. Lo que ninguno de los lugareños observaba era que mientras diluviaba, Pedro tenía el rostro cubierto de una fina capa de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Hacia la medianoche cuando todos dormían, una señora se acercó a la casa que ocupaba el hombre-lluvia. Las nubes habían devuelto el olor a humedad y las primeras hierbas a las viviendas y a la de Pedro con más razón. La mujer a la hora de la cena se imaginó el padecimiento que albergaría el corazón de aquel hombre, desarraigado de sus apegos familiares por aquel extraño fenómeno que provocaba la admiración y el temor entre quienes estaban a su alrededor y decidió ayudarle.

-Perdone, señor. He venido aquí porque me imaginó que se sentirá triste y solo por la maldita lluvia que cae siempre sobre su cabeza.

-No sé por qué me pasa esto.

-Quizás yo sepa quién puede ayudarle. En el otro extremo del pueblo, en la cima de una cumbre vive un hombre mayor apartado de la sociedad pero tiene la solución a un montón de males. Sabe ver las heridas de las personas. Mirarles el corazón por dentro nada más verles los ojos. Vaya allí y él seguro podrá ayudarle.

A la mañana siguiente, Pedro encaminó sus pasos hacia aquel monte, ahora frondoso y verde gracias al maná del agua. La lluvia seguía cayendo sobre su ropa empapada, su alma presa de negros y trágicos presagios. Cruzó senderos, matorrales y pinares hasta que llegó a un lugar abierto donde se erguía una casa construida con troncos de madera. Un viejo de barba blanca y desgreñada le esperaba en la puerta y nada más verlo le hizo una señal para que se acercara hasta él.

-Hola, Pedro. Te estaba esperando.

-¿Cómo sabe mi nombre?

-¿No te han dicho mi nombre? Yo soy el viejo que todo lo ve. La conciencia errante de los que viven inquietos.

-¿Qué me pasa? ¿Por qué llueve siempre sobre mi cabeza?

-¿Te has preguntado cómo ha sido tu vida hasta ahora?

-¿Por qué tenía que preguntármelo?

-Mira, Pedro, nunca has estado conforme con los caminos por los que ha discurrido tu vida. Tu estado vital siempre ha sido la disconformidad. De niño querías ser mayor, de adulto volver al paraíso de la infancia. Cuando estudiabas querías trabajar y cuando currabas, echabas de menos tu tiempo de formación sin obligaciones profesionales ni tiempos marcados. ¿No te has dado nunca cuenta? No estabas conforme con el momento que atravesabas. En el trabajo, en el amor. Pensabas que la vida te debía deparar sendas más importantes, espacios más grandes. Hasta que tu conciencia no ha podido más y es tu misma conciencia quien llora amarga pena sobre tu cuerpo en guerra. Es ni más ni menos todo lo que te ocurre.

-¿Y qué puedo hacer?

-Aceptar tu vida como es. Quererte como eres y lo demás vendrá dado.

Pedro dio las gracias al viejo que todo lo ve y desandó los pasos caminados hasta llegar de nuevo a Sedfelices. “Me parece que ese hombre sabio tiene razón. No recuerdo haber estado conforme nunca con mi vida. Siempre he sido un quejita sentimental cuando la vida ha desplegado tantas sensualidades a mi alrededor. Claro, si no me quería, mi conciencia no ha podido aguantar más y por eso llueve sobre mi vida. Esto debe acabar ya”.

Mientras sus pensamientos divagaban sobre los nuevos rumbos que tomaría a partir de aquel momento, Pedro advirtió cómo la tormenta amainaba sobre sus hombros. Las recias ráfagas se diluían en mansas gotas de rocío. La espesura de los cirros clareaba. La luz se abría paso entre tanta sombra. El sol volvía a brillar sobre su vida. Su conciencia se iluminaba con los nuevo derroteros que tomaba su nueva forma de pensar y quererse. El nuevo Pedro Cifuentes estaba en marcha y de improviso, como había llegado, la lluvia cesó.

 

El gozo de escribir, por Carlos Javier Cebrián

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EL GOZO DE ESCRIBIR.

Conferencia y taller literario basados en el libro “El Gozo de escribir” de Natalie Goldberg. ( Ed. Los libros de la liebre de marzo)el-gozo-de-escribir

20 de enero de 1995

En principio sería recomendable, por mi parte, acotar en una demarcación reconocible, el significado de Literatura, no su significado etimológico, no el significado de la palabra, sino el sentido de su expresión. Para ello, para intentarlo al menos, podríamos acudir a explicaciones como las siguientes:

Literatura= Creación estética y lingüística. Creación estética porque persigue la belleza, creación lingüística porque persigue la comunicación.

Al menos esto dice la teoría de los Clásicos.

Horacio nos dijo que “la literatura debe ser dulce y útil”

Dulce en cuanto a no tedioso, en tanto que no es deber forzoso. Útil en cuanto que no sea malgastar el tiempo, que necesita atención interna y estaría lejos de construir una forma de pasar el tiempo, únicamente.

Hasta aquí podemos estar de acuerdo en que todo parece claro… pero ¿cómo se persigue la belleza, cómo se consigue la belleza, qué es la belleza?

Santo Tomás nos dijo que Bello es lo que siendo visto, gusta y feo es lo que siendo visto, disgusta.

Dante nos dijo que Toda belleza es un reflejo de la belleza divina.

Según los Clásicos:

Belleza es: INTEGRIDAD porque el intelecto se complace en la plenitud del ser.

PROPORCIÓN porque el intelecto se complace en el orden, en la armonía y en la unidad.

ESPLENDOR Y CLARIDAD porque el intelecto se complace en la brillantez de los secretos del ser.

Desde cualquier perspectiva, la belleza siempre es un concepto subjetivo, como subjetivo es el resultado de perseguirla. Hay que tener en cuenta que el Lenguaje Literario concede importancia al significante, al simbolismo fónico de la palabra (métrica, intensidad, tono, timbre), es un lenguaje pretendidamente expresivo y emotivo o con pretensión de serlo y en él se dan todos los condicionantes para buscar la Belleza, para hacer Literatura en definitiva.

Pero ¿qué pasa con el lenguaje coloquial, es que no tiene cabida en la Literatura, no existe la literatura cotidiana? ¿Existe Belleza en las calles, en las alcobas, en las casas? Yo creo que sí, pueden ser Literatura el sufrimiento, la pasión, el erotismo, la crueldad, etc.

Es en este elitismo Académico donde empieza a resquebrajarse la propia Literatura, donde empezamos a perderla, a no entenderla. Es por ello que a partir de aquí vamos a tratar de un término de literatura radicalmente distinto.

LITERATURA: no es belleza ni deja de serlo, tampoco la persigue ni deja de perseguirla, no es narrativa o poesía o ensayo ni deja de serlo, no es los libros, no es profesión, no es terapia, no es sufrimiento, es una actitud, es ESCRIBIR, es gozar escribiendo, es el escrito sea cuál sea su formato.

Esta charla habla de la escritura como adiestramiento para penetrar en nuestra existencia. Escribir no es un proceso lineal, no existen sistemas lógicamente ordenados del tipo a, b, c. Cada vez que nos sentamos a escribir debemos volver a la mente del principiante. Cada vez que nos sentamos a escribir debemos preguntarnos cómo pudimos lograr escribir con anterioridad. Escribir es un viaje sin mapas, es una acción física donde el entorno recoge toda su importancia, el instrumental, la pluma, el papel, el cuaderno, el escritorio, etc. Escribir es buscar la inspiración, si es que esta existiera y si no… también, es la búsqueda…

INSPIRACIÓN tiene la misma raíz etimológica que inspirar, respirar dentro de nosotros mismos. La escritura como práctica, más se practica mejor resulta, no podemos esperar a que lleguen las musas. No hay que esperar que lleguen la maravilla o el milagro, porque si así lo hacemos llegará la desilusión, hay que escribir mucho, corregir, desechar, volver a escribir, volver a desechar.

Solo existe la escritura, no existe el escritor, ni el instrumento, ni el papel, existe la escritura que se crea a sí misma.

El papel en blanco no daña

sentir angustia ante él es un lujo” JUAN ÁNGEL CASTAÑO.

Pese a que el papel en blanco puede ser intimidatorio, no podemos detenernos en ello, sería bueno tener siempre a mano nuestro cuaderno de notas y apuntar en él todo lo que nos ocurra o lo que se nos ocurra: en el bar, en la calle, en un jardín, en el trabajo, paseando. Hay que ejercitar el recuerdo, la memoria y también la ocurrencia, el instante. El escritor, el censor interno, debe quitarse de en medio, no intentar controlar lo que escribimos.

Como ejercicio se puede describir la luz, un color, la mañana, el primer recuerdo, la primera experiencia sexual, la última, recordar los libros, los poemas, los relatos que nos han gustado.

Una máxima Zen dice: Cuando hables, habla. Cuando camines, camina. Cuando mueras, muere. Siguiendo su mensaje podemos decirnos, cuando escribas, escribe. Cuando se escribe hay que acercarse a las cosas como si fuera la primera vez. Si se le da confianza a la propia voz (escribiendo), se puede dirigirla, a escribir se aprende escribiendo.

Sin embargo habría que hacer un matiz, he intentado relatar nuestro acercamiento a la escritura, haciendo hincapié en que es nuetra propia voz la que debe comandar, dándonos confianza, pero una vez que conseguimos dominarla, dirigirla, que conseguimos escribir al fin, nuestra visión de la Literatura cambia. Nuestro poema, nuestro relato y nosotros mismos no somos la misma cosa, aunque hablemos en primera persona. No hay que identificarse demasiado con ello, hay que asumirlo, pero la identificación nos la da la propia personalidad del escrito que reúne su propia fuerza y existencia alejándose definitivamente de nosotros…

Ante todo hay que hacer Literatura, las metáforas no pueden ser forzadas, deben ser verdaderas tal como surgieron, y tampoco deben abusar de lógica y racionalidad, mejor locos que falsos…

Matuo Basho un gran poeta japonés (1644-1694) del período EDO de Japón, nos dijo Si quieres saber cómo es el árbol, sé el árbol… Es bueno desnudarse, desnudar nuestra existencia en el papel, nuetras obsesiones, goces, frutraciones, ambiciones, etc. Ser escritor y escribir es sentirse libre, sin censor interno.

Otro gran maestro zen Katagiri Roshi dice

Pobres artistas, cuánto sufren, acaban una obra de arte y no quedan satisfechos, enseguida quieren ponerse a crear otra”

Tengamos esto siempre presente y al tiempo huyamos de ello… de la insatisfacción.

Registremos los detalles de nuestra vida porque nuestra vida es importante, nosotros somos importantes, mejor dicho magníficos, nuestros detalles son magníficos.Seamos escritores que aceptan las cosas como son, que consiguen apreciar el detalle.

Acariciad los divinos detalles. Vladimir Nabokov.(1899-1977)

Observad cómo Nabokov nos dice que los acariciemos, no que los vapuleemos, concediéndoles su irrenunciabilidad. Si se escribe sobre un río, hay que zambullirse en él. La literatura puede explicar cómo es la vida, pero nunca nos explicará cómo salir de ella…

Dadme el sabor, la sensación, la emoción, el detalle. El escritor vive dos veces. Vive y recuerda, y cuando recuerda o escribe debe revivir de nuevo, quizás aún con más intensidad. Debe revivírnoslo a nosotros, sus lectores, hacernos partícipes. Cuando llueve todos corren a guarecerse, en cambio el escritor sale bajo la lluvia y se moja, siente, se comporta estúpidamente porque solo el tonto observa un charco mojándose bajo la tormenta, solo el tonto observa con más detenimiento e intensidad lo que es obvio. El escritor ignora y se interroga, simplemente interroga sin dar soluciones. Lo que el gran escritor nos tramsmite no es tanto sus palabras como su respiración. Valga como ejemplo la práctica de cantar: cantar significa en un 90% escuchar, aprender a escuchar, si no se escucha con la totalidad de uno mismo, el cuerpo no se llena de música y cuando se abre la boca la música no sale espontáneamente. Para escribir es lo mismo, lo que escuchamos con toda nuestra fuerza nos colma y cuamdo escribimos fluye en la página. No solo escuchas a las personas que hablan sino que escuchamos el aire, la estación, la voz, la luz, el color, el pasado, el presente, el futuro, escuchamos con todo el cuerpo, nuestro mejor colaborador.

Escribir bien, leer mucho: INFORMACIÓN, escuchar bien: SENSACIÓN, escribir mucho: PRÁCTICA.

La tarea de la Literatura es mantener despiertos, presentes, vivos, a los lectores. Si el escritor divaga, el lector divaga. Hay que quedarse en el lado de la precisión, tener claro el objeto y el objetivo y perseguirlo con coherencia. Huir de la autocomplacencia. Vivir y escribir son dos cosas distintas, interrrelacionadas pero distintas, y pese a incurrir en contradicción, esta misma es una fuente inagotable para el escritor, la contradicción.

A menudo utilizamos la escritura como un expediente para hacernos notar, para llamar la atención, para que nos quieran o nos odien, para seducir o para autocomplacernos apenas, y en este punto empezamos a estar acabados. Sé sincero, disfruta, goza o sufre pero no desvíes la verdadera atención de la literatura.

No digas, muestra (refrán del Arte de escribir). No digas que estás furioso, hazme sentir tu furia. No digas que estás enamorado, hazme sentir tu amor.

Escribir no implica hacer psicología o servir de terapia, al ecritor no le concierne únicamente hablar sobre sentimientos, el escritor debe sentir todas las emociones y mediante la palabra despertarlas en el lector. La palabra como espejo para reflejar las imágenes. No digas fruto, di de qué fruto se trata, dadle a las cosas la dignidad de su propio nombre. Es suficiente una palabra exacta para darnos la imagen precisa.

Escribir sobre lo que tenéis delante de la nariz. Williams Carlos Williams. (1883-1963)

No confundamos el detalle, la precisión, con la insignificancia, el detalle también puede ser milagro, extraordinario. Hablamos del detalle oportuno en tiempo y en espacio, de lo no banal, hay que darse cuenta de la excepcionalidad. Todo al mismo tiempo puede ser extraordinario o banal. Escribir tiene un sentido terrenal y al mismo tiempo metafísico, místico.

Para escribir la mejor práctica es hablar, aprender las reglas de la comunicación, captar atenciones, hablar con asombro de las cosas, captar el asombro de los demás.

Tenemos que huir, por otra parte, de la idea, del mito, del artista solitario y sufridor, esto no es nada extraordinario, el sufrimiento es algo consustancial a la condición humana. el trabajo del escritor es dar vida a lo banal y convertirlo en extraordinario, en volver a despertar en el lector la excepcionalidad de lo existente, de la vida. El escritor lo es todo su tiempo, incluso cuando no está escribiendo, es un observador, un escuchante privilegiado y al tiempo un gran hablador.

Si te tiran al suelo, tienes que volve a levantarte, si te tiran al suelo otra vez tienes que levantarte de nuevo. A pesar de las veces que caigas, tienes que volver a levantarte. He aquí cómo tienes que empezar. KATAGIRI ROSHI.

Escribir requiere de un compromiso, la verdad en última instancia no daña, esto supone otorgarse el valor de la honradez. No es importnte buscar lo definitivo, la grandilocuencia; la sencillez puede abrumar, puede ser lo más hondo.

Para finalizar me gustaría matizar algunas ideas sobre el estilo. Y me serviré para ello de algunas citas:

El estilo es una especie de espejo del carácter, como sea el estilo será el carácter. PLATÓN (428-347 a.C)

El estilo es el rostro del alma,SÉNECA. (4 a.C-65)

El estilo es el hombre. GEORGES-LOUIS LECLERC BUFFON (1707-1787)

El estilo lo es todo, GUSTAVE FLAUBERT (1784-1846)

El estilo reside en que el sentido recibe de las palabras su dignidad, BLAISE PASCAL (1623-1662)

Los espejos nos informan de que existimos. Y la imagen que nos reflectan es única, así como nuestra voz íntima y propia, es única también. Siempre nos atosiga el miedo a imitar a alguien, de no reconocer nuestra propia voz, no hay que preocuparsse por ello, escribir es un acto comunitario, estamos subidos en los hombros de los escritores que nos precedieron, que nos preceden, de los que nos rodean también, la mezcla de sus voces nos ayudará a reconocer la propia. Vivimos en el presente, pero es un presente como consecuencia del pasado, de la Historia. Escribir no es solo el acto de hacerlo sino también el de relacionarse con otros escritores, con la lectura, hay que volver continuamente a los libros.