Visiones de París, por Javier Puig

Estándar

No se puede mirar París con ojos virginales. Todas esas calles que pisamos, sin apenas tiempo de remedar al desnortado flâneur, las hemos leído antes, escritas por quienes se movieron por ellas en busca de un revelador reflejo de sí mismos; por hombres y mujeres que viajaron y se instalaron allí con la clara expectativa de quien ingresa en una concentración de universo que le puede ser propicia.

París es una ciudad grandiosa, una interminable sucesión de construcciones, nutridas de una incesante alma urbana. Las alegres terrazas de sus bares tienen dispuestas sus apretadas sillas con intención espectadora. Y el espectáculo es la gente de allí: la que ves en el metro, la que pasa por las calles; o, también, cuando caminamos, esos mismos espectadores que ocupan el lugar en el que tú estarás en otro momento. A París le gusta mirar y ser mirada.

Los monumentos quedan aparte, como el reclamo turístico de una postal inhabitada, pero la verdadera sensación parisina está en sus concurridas calles, en los rostros y en las siluetas de unos ciudadanos que parecen orgullosos de habitar y de pertenecer a ese espacio del mundo, siempre prestos a interpretar sus consolidados personajes en ese escenario que tanto aman. (O al menos esos seres joviales que se suman, activos, a las corrientes humanas, los que no se consideran víctimas de un gigantismo ineludible sino beneficiarios de su profusa oportunidad.)

Hacía 40 años de mi anterior y única visita a esa ciudad. Antes de nuestro viaje, la mayoría de la gente con la que hablábamos decía haber estado allí, y no solo una vez, sino casi siempre en dos o más ocasiones. Indudablemente, mis circunstancias personales actuales, tan distintas, habían de indicarme también algunas nuevas búsquedas. Me gustó ver en París tantos cines urbanos, como si allí aún fueran capaces de resistir los embates de la modernidad que, en otras ciudades, los han ido desplazando hasta los impersonales templos del consumismo. A escasos cien metros de nuestro hotel, me llamó la atención el que se exhibiera una película española – allí titulada Été 93 – de la que he leído excelentes críticas y que en España se ha distribuido con esa timorata limitación inducida por el poco aprecio al espectador exigente y por la sumisión a los obligatorios cupos que abarca el casi siempre pueril cine americano de hoy. Aunque tal vez esta generosa oferta cultural no sea solo mérito inherente a la condición parisina sino fruto de la multiplicidad de habitantes que hacen que un ofrecimiento minoritario pueda disponer de suficiente audiencia.

Del esplendor cultural de otros tiempos, tal vez ya queden muy pocas relevancias, aunque en muchos ciudadanos quise adivinar una fina disposición receptiva. En el Café de Flore o en Les Deux Magots, no vi ningún grupúsculo que me sugiriese un incipiente, entusiasta, movimiento cultural. Sí queda el acogedor encanto de la Shakespeare and Company, esa antigua librería del Barrio Latino que ofrece una gozosa inmersión en el mundo del libro y un recordatorio de lo sublime de la escritura, con esas viejas máquinas de escribir frente a unas ventanas que dan al París esencial. Se trata de un verdadero hogar para esos bellos objetos legibles, en el que hay sillones casi confundidos con los lomos de unos libros que responden, no a los títulos de la urgencia industrial, sino a los consolidados por miles de lectores que han encontrado en sus páginas una maravillosa y real extensión de sus anhelos.

Sí, lo mejor de una gran ciudad, aparte de su prodigalidad en ambientes, en ofertas, en servicios, es su galería de rostros, formada por una infinita diversidad. De algunos, uno se queda impregnado enseguida. El cuarto día de nuestra estancia, asistimos a un concierto de música clásica en La Madeleine. Consistía en la interpretación de piezas fundamentales, geniales, de las que emocionan hasta al más rudo de oído. Una solista se crecía con su violín de forma impecable. La música me entraba sin injerencias, pero, a la hora de los aplausos, reparé, tres filas más adelante, a nuestra derecha, en una pareja: un hombre alto, de pelo absolutamente cano, de setenta y cinco años o más, y a su lado una mujer menos estilizada, con un turbante en la cabeza. No se parecían a Emmanuelle Riva ni a Trintignant, los protagonistas de Amor, la película de Haneke, salvo en el detonante de su aparente sensibilidad; pero me remitían claramente a aquellos personajes, a esa pareja culta, educada, que está padeciendo las postrimerías de la vida, de su historia de amor, aunque en irrenunciable búsqueda de lo bello. A la finalización de cada movimiento, los observaba y comprobaba las últimas vibraciones de su inmersión en aquellas obras; él sentado hacia delante, concentrado en el eco del sutil producto de aquellas notas; ella, inclinada hacia atrás, plácida, acogedora, generosa en sus aplausos.

En estancias como esta, vuelvo a disfrutar de la observación y a encontrar los personajes fuera de las ficciones – en la extensa realidad, en la calle, en la plaza -, allí donde la humanidad se muestra auténticamente heterogénea. Y vuelvo a reparar en esa confluencia de vidas, en su inextricable riqueza, en cuya sugerente superficie pretendo encontrar lo afín sin desprecio de lo extraño.

Lugares idos , Prólogo. -Fotografías- por Francisco Gómez

Estándar

LA CITY DEVORADORA

Elche, como casi tod@s sabemos, es un espacio devorador. De sus símbolos, de sus espacios, de sus personajes referentes. Esta city corre sin saber muchas veces hacia dónde va. Discurrir su vida, su tiempo, tratando de echar un manto de olvido a su pasado, a las personas que eran referencia y donde much@s se veían reflejados.
Alguna persona me ha acusado formalmente de vivir anclado en el pasado, ser un nostálgico empedernido, un loco soñador que no vive su presente y encara con atención y dosis suficientes el llamado futuro, sucesiones de presente, como dice el maestro Quevedo. Un tipo que vistos estos perfiles no llegará nunca a nada, ni dejará marca ni huella, ni posición, prestigio ni res de res. Un tipo que pasea sus bambas por una city que le ignora y no dejará rastro en sus calles, avenidas, plazas, espacios rápidos, culminación de la indiferencia.
A veces camino por las arterias de la city y pienso: aquí estaba La Royal, el Marfil, el Boquerón de Plata, Biscuter, el Parador, la tasca de Charlie, la cafetería París, Cau d´Art, Directo. La Biblioteca con sus bancos y mesas de madera, la estación de autobuses… Me dicen que aquí estuvo el cine Victoria, el Kursaal, el antiguo Cuartel Viejo, el derruido Paseo de la Estación que sólo he conocido por fotografías. El Paz, el Avenida, el Palacio del Cine, el Gayarre, el Alcazar. La Kentucky, la Dallas, la Mirror, la Sabata…La clínica de Morenilla, la Casa Socorro. Observo fotografías antiguas de cómo eran la geografía urbana y humana de Elche, las casas de planta baja con su patio interior, el ruido de las máquinas para el aparado y el cortado en talleres con las persianas semiclandestinas, las sillas a las puertas de las casas para tomar el nugolet, o la partieta de cartas, al sarangollo, al tute, al subastao, a la brizca, el chinchón. El sopar a la fresca de nit contando los avatares del día entre vecinos y vecinas, en buena armonía…
Las buenas gentes que miran a la cámara en las calles de tierra mientras horadan el suelo los operarios para crear canalizaciones, llevar el agua a las casas…Todos ahora olvidados, perdidos en el laberinto de los días y las horas. Todos condenados a la indiferencia en el trepidar de una city que corre y corre a la búsqueda de nuevas señas de identidad. Cuando el fútbol ya no une los sentimientos de tot el poble, cuando no tod@s se sienten llamados por el cant de l´angel o la baixada del Araceli y la Verge es coronada. Cuando hay gentes que aún no saben qué es el Misteri y para qué sirve…
Miro las evocadoras fotografías de Andreu Castillejos de un arrabal ido, de un Raval vencido por la carrera del tiempo, de niños y niñas que jugaban en la calle bañados por las diagonales de luz. Niños que hoy serán adultos, ancianos incluso y el tiempo habrá caído como una losa sobre ellos.
Uno como pobre tonto, ingenuo charlatán que sabe, aunque le duela reconocerlo, que desaparecerá y será polvo de olvido como tant@s que le precedieron y vendrán, pasea a veces por las calles y echa fotos por casas y plazas, lugares ya sin aparente presencia, que guardaron mucha vida en su interior, donde sus moradores crearon, crecieron, engrandecieron una “city” que los ha condenado a la indiferencia tras la desaparición. Imaginar vidas que no conocí, historias que no traté de primera mano en un inútil intento de captar un aire, una atmósfera que se escapa con una imagen incapaz de descifrar los significados de las vidas que se fueron por los desagües de los días. Las vidas que soñaron, que lucharon, que buscaron, que esperaron, que desearon y ya no están, y ya no importan o apenas en la memoria de algún/a nostálgic@
Bares, cafeterías, edificios olvidados, espacios modificados que ya no responden a su sentido primigenio. Cines marchitos que uno pisó y vio, películas que marcaron su infancia, adolescencia y primeros pasos de juventud. Lugares de marcha donde apenas quedan los rótulos y donde nos perdíamos con nuestros sueños hasta las primeras luces del alba.
Todo sumido en el polvo de la indiferencia y el olvido. Como seremos nosotros. Ellos son testigos de la crueldad de las gentes y los días.
Sabedlo. Tenedlo claro.

Francisco Gómez, escritor

 

 

AL AGUA DOMADA, por Loli Obrero

Estándar

No le pidáis brío al agua domada.
Ni argucias de duendes,
ni alas de hadas.
No la esperéis jocosa,
ni vivaz, ni agreste,
pues el agua tranquila ya no moja,
ni ríe, ni mancha
las briznas de hierba
que están a su lado.

 

El tiempo que muerde,
arrasa y deshace,
es un peregrino tozudo y perseverante,
tránsfuga de vida,
nómada de esfuerzos…
Y a veces cobarde.
A la vez que la enseña a sumar,
la convierte en calmante olvido,
y le resta impulso y coraje.

 

Al agua que fue antaño espumosa ,
de alegres sonidos,
de frescos acordes,
de pronto parece por obra de magia
reducto de pausa,
silencio y saudade.

 

El tiempo y sus fuerzas
cada vez mayores,
al agua consigue robarle humedades.
No le pidáis cantos al agua domada.
Pedirle caricias, besos,
sonrisas, miradas…
y abrazos constantes.

Lola Obrero