Burbujas de silencio, por Lola Obrero

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BURBUJAS DE SILENCIO

Me lo dicen tus manos
pequeñas pero fuertes,
tus ojos grandes y resueltos,
tu sonrisa de luna llena;
que poco a poco,
el silencio se hace dueño
del espacio que existe entre nosotras.

Pequeñas burbujas de silencio
que habitan como huéspedes,
y estallan a mi paso por la casa

vuelven a crecer tras su estallido.
Con sutileza me siento en tu cama,
te escudriño por aquí y por allá,
en mi deseo te abrazo,
y de todo te advierto.
En las fotos te descubro
sin miedos que te hagan detenerte
para conseguir tus sueños.
Tienes talento y voluntad.
Es todo tuyo tu tiempo.
Yo, tengo miles de burbujas

llenas de amor, en silencio.

Lola Obrero.

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Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano: la belleza de la elevación, por Javier Puig

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Con Dondequiera que vague el día, su último poemario, editado por Ars Poética, la oriolana Ada Soriano da un paso más en su consolidación como excelente poeta, capaz de crear universos muy sugestivos, desde unas palabras medidas magistralmente, con un tono de alcanzada serenidad, para regresar siempre, sin repetirse, a la alta aparición de lo bello. Como en su libro anterior, Cruzar el cielo, aquí también tiende a fijarse en los grandes espacios salvíficos, a orientarse hacia unos asideros, que no por impalpables, por lejanos o incomprensibles, dejan de ser reales. Es el rescate de las acalladas expresiones del mundo superior, halladas tras el murmullo acuciante.

En una buena parte de los poemas, lo que acontece, lejos de las inmediatas vicisitudes, es el dinámico marco del día. La poesía es la herramienta que suspende lo excelso sobre la pertinacia de lo plomizo, la certificación de una naturaleza ingente pero asumible, con sus ritmos sosegados, indiferentes a cualquier pensamiento que no sea la remota idea de su inicio. Los versos se instalan en ese tranquilo dominio. Es un devoto ejercicio de observación en el que el foco se demora en el tránsito de la luz, en su cíclico periplo; en esa luz que es anunciada inconstancia: “Luz que se aleja / y me compensa con harapos, / identidad fragmentada. / Luz que me asiste y me vence/ y me deja al amparo/ de una sombra, / mi sombra”.

Es esta una poesía sosegada, que avanza con la puntual templanza de lo que se sabe a salvo, residente en el lugar justo donde precariamente impera la resistencia a la fugacidad. La plenitud es hallada aquí en lo impermanente y se pronuncia en la fusión veraz: “Así, / recostada, / soy parte de la exposición / que brota de la tierra”. Es la mirada alcanzada, desligada ya de la acuciante ansiedad: “Invoqué a la montaña / con la única intención de observarla”. Lo que ha de prevalecer es la belleza: “Admiro la belleza de la nube, / su paso lento y cadencioso…Admiro a la nube iridiscente, / cósmica opacidad de la niebla”. Se invoca la licitud del reposo: “Admiro la belleza de la nube/ y su silencio, / el sagrado silencio/ de las nubes en calma.” Es preciso apartarse del barullo, acceder a la perspectiva comprensora, al atisbo de la utopía de una existencia incólume: “Qué dicha poder contemplar/ el mundo desde arriba: / el nexo que une y desune.” Es la belleza como búsqueda del acogimiento incorruptible, la asunción de la sencillez como verdad revelada: “La manzana está ahí, / desnuda en su rama”. Y es la admiración de lo eterno, con sus indubitables rumbos que se elevan sobre el mundo fortuito; la auscultación de ese gran silencio que alberga los sonidos de las luchas que nacen de nuevos anonimatos.

La naturaleza es invocada aquí como una imposición deseada, una distancia que une, una totalidad que diluye las mezquinas contradicciones: “Bajo su luz, / qué hermoso el mar, / cielo invertido. / Luz que hierve y apacigua, / fulgor, / ligadura de estrellas”. Pero a veces la luz no es suficiente y la naturaleza muestra a sus hijas dispares, sus aviesas pequeñeces: “A pesar de la insistencia / de esta luz que transita/ por donde transito, / todo se ha vuelto oscuro, / inaccesible”. “Oh tierra donde una música/ ceremoniosa tiñe a golpe de tambor/ la exquisita barbarie / de una naturaleza que impone / sus normas”.

Pero no todo es etéreo en este poemario. También se baja a la rotundidad del impulso primario, a esa otra forma enérgica de naturaleza que es el deseo carnal, con sus inquietantes contrastes. Así, en Deseo: “Ese instante / de espejos, / un sudor de fiebre/ que gotea en la curva/ de unos ojos entornados, / líneas, / finas hendiduras. / Este momento en el que sueño/ es una fantasía de tactos, / palabras, / ecos, /palabras, /cuerpos anudados, / desgastados por la fricción”. En Entrega, Ada Soriano vuelve a mostrar su habilidad poética para transmitir lo sensual: “Colisión de caderas/ y dinámica de fluidos/ mientras de sus bocas emergía/ una pulsión de alientos, / la innecesaria vocalización.” Pero, en última instancia, no es un erotismo feliz, plenamente cumplido, sino que siempre acontece la disrupción: “Estaba cerca la puerta. / Tan cerca/ que fue inevitable resistirse/ al volcánico oleaje”. Lo que, en el siguiente poema, Arrebato, se confirma: “Y sucumbieron en una lluvia de besos, pero cada uno portaba una máscara/ con la furia del desconocimiento.”

La autora nos presenta la ciudad como contraposición al ilimitado espacio que alivia de lo laberíntico; la ciudad casi extraña, confusamente antagónica, perturbadora: “Mi ciudad es un animal hambriento. / A la intemperie/ soy presa de sus desvelos.” Y, frente a ella, la naturaleza que diluye la lacerante individualidad: “Pero la niebla del bosque/ es comprensiva. / Me envuelve en su tenue humedad/ y comparte conmigo / un sereno entusiasmo”. Queda el refugio de la casa, aunque a veces es cárcel: “Un lugar sin salida es mi refugio”. Y ahora se dicen estos versos sobrecogedores: “En las horas oscuras, / cuando todos duermen, / solo yo los veo, / solo yo los sueño”.

En el poema Dondequiera que vague el día, la autora hace un recorrido por distintos escenarios del mundo. Lo inicia en la gran ciudad, con su cultura, su mezcla de opulencia y de miseria, y lo contrasta con el mundo natural, no muy lejano, pero escindido irremisiblemente del ámbito urbano. La decantación hacia lo rural, hacia lo intacto, como mundo perdido y deseable, es clara: “Oh vientres maternales/ que danzáis cerca de los arroyos. / No permitid que el hombre/ os arrebate vuestro brillo. / No os rindáis ante la luz/ impostada de las ciudades”. El poema termina con reminiscencias teresianas: “Dondequiera que vague el día/ y la noche desmesurada, / nada os aflija, / nada os turbe”.

En Tus ojos hay una confrontación amorosa, con el deseado afecto y el inevitable dolor, que apenas se separan: “Miro tus ojos y me atormentan/ los miedos que te asaltan, / los miedos que me asaltan.”

La parte final, esas piezas separadas que llevan por título Seis poemas delicados, sin embargo no está desligada del resto del libro, a no ser por algunos registros, como en el poema Punto de vista, que aborda lo humorístico. Ahora, se ahonda más en ese refugio recurrente, que es la casa, y se descubre su insuficiencia: “Luna que exploras el mundo: / ya no me consuela la seguridad / de este escondrijo/ desde el que procuro ir más lejos/ de lo que el ojo ve.” Se sobrevive desistiendo de la plenitud: “Porque me lanzaron a la tierra/ con el oxígeno restringido, / sobrevivo en mi invernadero.” Las elevaciones a las que hacía referencia en la primera parte del libro, ahora no se mantienen: “Me han vuelto a robar/ aquellas elevaciones/ en las que mi levedad, / mi cuerpo etéreo, / se regocijaba y se conformaba”. Pero vuelve a ser la hora de rehabilitarse, de posponer la derrota definitiva: “Quiero recomponerme, /retirar el hielo del páramo/ y recobrar el aliento. / Hilo y aguja/ para remendar las fisuras/ de mi sombra que pasa”.

Dondequiera que vague el día es otra lograda muestra del reconocible mundo poético creado por Ada Soriano, la afirmación de la amplitud de la existencia más allá de la voracidad de los apremios. Son versos que, desde de una profundísima sencillez, nos transmiten una eximente verdad con la que interrumpir la falsa razón del desaliento, una consistente armonía que acoge al lector en la frágil levedad de una incognoscible belleza.

EL TONTO DEL LIBRO, por Francisco Gómez

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Una tarde de tantas los pasos me acercan a uno de mis templos favoritos para comprar un encargo que he solicitado, la antología de un poeta excepcional, Carlos Sahagún de la editorial Renacimiento. Mi buen amigo, Paco Trigueros que lleva más de 40 años en su librería y su encantador grupo de trabajo, lo meten en una bolsa y salgo a una de las calles de mi “city” sin corazón, dura, apresurada, indiferente. Una “city” que cada vez me aburre más como cárcel custodia.
Empiezo a caminar por las aceras en la tarde dorada que se diluye hacia la noche invernal y observo al personal que camina a mi lado como si no estuviera. Algunas veces hago ejercicio mental de cuántos paisanos me saludan o saludo o levanto la cabeza y la levantan y cada vez el número es menor. Veo que muchos están con su móvil y teclean no sé qué aplicación y se enganchan a una red social de moda. Algunos le hablan al móvil casi a grito pelado mientras no saludan a uno que ha pasado a su lado. Curioso este mundo digital en el que estamos sumergidos. Tenemos amigos virtuales a mansalva pero si un problema nos preocupa, pocas personas físicas se acercan para estar a nuestro lado. Lo he escrito ya en alguna ocasión. El hombre más comunicado de la Historia siento que es el hombre más solo de la historia.
Los libros son buenos amigos, compañeros de viaje en esta travesía de los días y las labores pero me detengo y reparo que nadie a mi alrededor lleva ningún libro en la mano. Tampoco un triste periódico en papel, de cabecera alguna. Uno se siente cada vez más un bicho raro, un miembro de la Resistencia que no quiere perder el contacto con las páginas de un libro, el olor de un ejemplar recién estrenado, la insinuante caricia mental de sus palabras o los temores e inquietudes que pueda despertarte. Sigo caminando y el peso agobiante de ser una suerte de extraterrestre que lleva un libro en la mano se apodera cada vez más de mi conciencia.
El mundo internáutico está devorando a la galaxia Gutemberg. El cuarenta por ciento de los españolitos dice que no lee nunca. Es una estadística reveladora. Acabo de leer que las librerías mantienen un cierto repunte de crecimiento pese a la eterna crisis lectora. Que las librerías independientes siguen resistiendo y aportan propuestas nuevas. Que los lectores de las bibliotecas siguen pidiendo libros, novedades. Pero en esta tarde que ya apunta a primavera no veo a nadie con un libro en el regazo, salvo este tonto que ha pedido un libro de poesía a su amigo de Ali i Truc. Pienso y es positivo que el papel encarece y que no hay que cortar tantos árboles para la impresión de volúmenes pero uno es un nostálgico de la palabra escrita sobre el papel, como tantos otros resistentes como yo y aquí recuerdo a tantos amigos, a tantas personas…El e-book, el e-reader, el audiolibro, la tablet, están comiendo poco a poco terreno a la lectura en papel. Uno estima que ambos medios pueden ir de la mano, como tantos piensan en las entrevistas que leo a los agentes culturales.
Me parecería terrible que en un mundo del mañana desaparecieran las librerías porque los lectores ya no leyeran en soporte papel, como se han ido las videotecas, las tiendas de discos merced al empuje invasor de internete. Como están desapareciendo tantas medios periodísticos porque la gente cada vez compra menos prensa en los kioscos y prefiere leer la prensa digital. Me parece que aquí se lee más rápido, a golpe de fogonazo, con menos capacidad crítica y reflexiva. El papel aporta pensamiento, reflexión, detenerte y reinterpretar o criticar tu lectura. Sembrar o crear dudas en tu cabeza y corazón… En fin, prefiero tener libros en mi biblioteca a tener cien mil títulos en la nube o en la tablet, que soy incapaz de leerlos, de disfrutarlos como un pájaro vivo de papel.
Se ve que estoy desfasado, un “nostálgico” del papel, un resistente a los cambios. Un soñador trasnochado, el tonto que lleva el libro en la mano. Cada vez descubro a nuevos autores, obras nuevas y me pierdo en la espesura de la literatura que descubre más caminos, más ramificaciones, múltiples intenciones. Estoy perdido. Nunca podré abarcar la desbordante amazonía de la literatura. No podré leer todo lo que me interesa, me inquieta. La situación desborda mis neuronas. Mis aurículas y ventrículos.
Soy más lector que escritor. Hago caso en el desánimo de los tiempos actuales; para ser escritor hay que leer, leer y leer y escribir, reescribir y volver a escribir. Y es lo que haré hasta el final de mis días, llegue a sitio alguno o no. Disfrutar de mis libros y escritos y esperar a mis compañeros de ventura que también aman los libros en papel como uno.
Sólo un pequeño reproche que no llevará a nada, como los gigantes que nos vencen aunque no desistamos. Además de grandes escritores conocidos por todos, hay otros menos conocidos que también vale la pena su lectura. Autores menos reconocidos por el gran público que no acude en masa a sus presentaciones. Desconocidos por las editoriales que no apuestan por la publicación de sus obras y la difusión de sus textos como es el caso de Miguel Sánchez Robles, ganador de muchos premios pero editado por editoriales pequeñas. Todos conocemos a más de uno. Otros que son grandes escritores y conozco a más de uno han cejado en este empeño de darse a conocer al gran público. Batalla perdida pero con la dignidad de haber luchado en el intento.
Por ahí va el tonto con el libro. A disfrutar de la lectura de los poemas en la soledad de sus aposentos. Así son las cosas y así las contamos

P.D: Esta postdata va por ti, Carlos Javier Cebrián Calpe. A pesar de los golpes y las desilusiones no dejaré de escribir pero no habrá una “City-4”. La trilogía se cerró con 700 páginas sobre la ciudad que más quiero y odio en este mundo nuestro. No habrá nuevas entregas a pesar de seguir escribiendo artículos como éste. Estoy cansado de batallar contra los gigantes. Sigo con nuevas aventuras pero “la city” ya me cansa.

César dixit.

Francisco Gómez