CRUZAR EL CIELO de ADA SORIANO (por Rosario Troncoso) en La Galla Ciencia

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CRUZAR EL CIELO 

ADA SORIANO

POESÍA Y SORTILEGIO (Celesta, 2016)
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Me quedé dormida y al despertar asistí al alumbramiento.

Este poemario llega a mis manos a través de un poeta magnífico, José Manuel Ramón, cuyo poemario La Senda Honda, también tuve la oportunidad de reseñar. Y Ada Soriano, poeta de Orihuela, ha sido para mí otro descubrimiento muy grato.

Cruzar el cielo, es uno de esos libros distintos, que se recuerdan siempre, no por la calidad de sus poemas, que también, sino porque algunos son verdaderos hallazgos, como el que da nombre al libro, y otros, como De Vuelta, Viaje o Mariposas.

El latido de Sylvia Plath está presente en la forma de escribir de Ada Soriano, y convierten este puñado de bien hilados poemas, en una suerte de conjuro oportuno bien cocinado. Una poética forma de acercarse a una realidad propia, un universo personal, a través de los ojos de la poeta, a cuya poesía me he acercado precisamente por este libro, y a la que procuraré no perder de vista, para asistir a la evolución de su poética.

Construyen Cruzar el cielo, diecinueve poemas mágicos, cosidos a mano. Y aunque no suelen ser de mi agrado personal los poemas excesivamente largos, sí que me ha llamado la atención la coherencia interna, incluso la voluntad narrativa de alguno de ellos. Uno de mis favoritos, El despertar de la memoria, es una evocación onírica del recuerdo. Emocionantes y poderosas imágenes:

Y me hallé de nuevo en aquella casa 

con su escalón de siete pulgadas. (…) 

Recuerdo la vieja escalera, 

la que conducía al altillo, donde yacía 

la pizarra con una ecuación ya resuelta. 

Nosotros, vamos resolviendo ecuaciones, resolviendo la vida, avanzando, quizás, huyendo de ella. Es este el enfoque. Es posible. La búsqueda de un asidero, en la corriente del tiempo. Es justo lo que ofrece Ada Soriano. La invocación de los elementos, de las estaciones, de los ángeles, de la luz y la sombra, el amor, la locura, el miedo en la incertidumbre. Del posible refugio al desvalimiento.

La lectura de este poemario sin duda, provoca en el lector cierto desasosiego. A pesar de no ser precisamente vitalistas, irradian luz desde el interior, y esta claridad aleja a esta autora, radicalmente, de la voz de Sylvia Plath, o Anne Sexton,  aunque se rinda a las poetas suicidas un sincero homenaje en poemas como Te amo, en el que no se esconde una apasionada fascinación por la desesperación, por el anhelo de abandonar un mundo demasiado complicado. Ada, sin embargo, ofrece en sus versos fórmulas para sobrevivir, a la agorafobia, al peso de lo cotidiano, y se me antoja que a la asfixia en el mundillo literario, también.

Lo vemos en el poema Hacia la concreción:

No se ama cuando se hurga en los contenedores de la fama 

para sentir el roce del halago y el sabor de la popularidad.

Desconozco el bagaje de Ada Soriano, sus lecturas de base, pero posee un lenguaje, una voz propia, bien definida, distinguible en el ruido, en la multitud. Y siempre es de agradecer que sea posible encontrar, en una autora, precisamente lo que se busca. Lo que se espera. La imagen de vuelta como en un espejo. La empatía, solícita, que reconforta la existencia.

Cruzar el cielo, es un libro digno. Un buen poemario para degustar con tranquilidad, pues agita los mecanismos internos. Poesía bien estructurada. Formas, bien acabadas, desde el punto de vista de la técnica de una autora que sabe lo que hace y lo que escribe, y ha trazado bien el camino para llegar al momento justo, al lugar deseado. Esos recovecos del alma, donde aún, es posible sentir el calambre, el temblor de la más pura emoción.

Canadá, crítica y devoción de una gran novela de Richard Ford, por Javier Puig

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canadaSi hubiera llevado un diario sobre la lectura de Canadá, de Richard Ford, habría reflejado en él mis momentos de duda sobre esta novela, mis humildes críticas, la dificultad de gustar de algunos remansos de su decurso, los momentos en que he estado a punto de abandonarla, pese a la certeza de que había mucho de excepcional en ella. Y, finalmente, la total seducción en la que caí en su última parte, y el posterior refrendo que obtuve con la relectura de numerosos tramos que antes no me habían llenado plenamente.

Como decía, al terminar esa arrolladora parte final, esa densa corriente de minuciosas emociones, fue tal mi satisfacción, que me apeteció volver a pasajes anteriores que antes me habían parecido muy bien escritos, aunque sin que yo pudiera abrirme a la fuerza que sugerían, y con la consiguiente frialdad por mi parte. El resultado fue un redescubrimiento. Tal vez me había familiarizado con los personajes de tal modo, que ahora podía apreciar con la máxima intensidad todos los detalles que ya me parecían mucho más relevantes y, sobre todo, más emotivos. Lo que en un principio aprecié como un exceso de descripciones biográficas – defecto que siempre estoy dispuesto a denunciar, tal vez por resultarme esas rápidas construcciones humanas demasiado ajenas – ahora las leía como significativos retazos de unas vidas que se erigían ante mí como únicas y cercanas a la vez, y me hacían sentir la fragilidad de esas irreemplazables derivas desafortunadas.

Canadá, la última novela de Richard Ford, el reciente premio Príncipe de Asturias, se desarrolla a lo largo de quinientas páginas. En ellas, el autor nos cuenta la historia de dos gemelos, Dell y Berner Parsons, cuya vida cambia radicalmente a los quince años, cuando su padre, para hacer frente a una deuda que ha adquirido ante una mafia, decide implicar a su mujer en el ingenuo atraco a un banco. Con toda facilidad, son descubiertos y detenidos. Presos sus padres en la cárcel, ante la posibilidad de ser recluidos en un orfanato, la chica, Berner, emprende una aventurera huida por su cuenta, mientras que Dell, el chico, a instancias de su madre, es conducido por una amiga de ella, Milred, más allá de la frontera, hasta Canadá, para ser acogido por el hermano de esta. Todo ello está contado por Dell, quien a la edad de 66 años, ya completamente madurada su existencia, recién jubilado, construye una narración que finalmente tiene mucho de asunción y de comprensión de su accidentada vida.

La novela está dividida en dos partes muy claramente delimitadas. En la primera mitad se desarrolla la angustiosa situación que crece a medida que van sumándose los signos que indican el desmoronamiento de la estabilidad de ese hogar. Finalmente, su padre, angustiado por los irrefrenables acontecimientos, resuelve atracar un banco. La atmósfera está descrita de una manera extenuantemente pormenorizada. No le importa al narrador adelantarnos acontecimientos, pero luego tarda mucho en llegar a ellos. Se demora en cada detalle y va configurando una creciente angustia. La perspectiva es la que corresponde a un adolescente de quince años que cuenta solo lo que vio, lo que dejaba de saber, lo que pretendía adivinar. Pese a que, cuando lo escribe, ya dispone de otras informaciones que ha ido adquiriendo y que podrían completar bastante las perspectivas de la historia, no se vale de ellas, y las conclusiones que a veces pronuncia son las de un joven inmaduro, incapaz de tener una visión más amplia.

La segunda parte podría haberse subdivido en otra más, que hubiera sido la concluyente. Aquí Dell nos relata la primera época que pasa en Canadá, acogido por Arthur Remlinger, el hermano de la amiga de su madre. Un hombre con misterio: “Arthur Remlinger me mira como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era solo suya y que no se parecía en absoluto a la mía, para él, sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya finalidad primera encarnaba una carencia, una carencia que deseaba con todas su fuerzas llenar”. La atmósfera de esta parte me recuerda a la de El gran Gatsby, lo que no es mala relación.

El tema de la novela es la de la bifurcación de las vidas, los destinos alterados, la aceptación de lo funesto, la posibilidad de remontar las tentaciones paralizantes, la coexistencia con lo violento, la asunción de las deficiencias, la comprensión de lo extraño.

Cuando Milred abandona a Dell en el nuevo e inhóspito escenario de su vida, con un capataz extraño, nada fiable, con su hermano, Arthur, un ser misterioso, amable pero distante, intenta con sus palabras mitigar su terror a una nueva vida sin asimientos: “No pierdas el tiempo en pensar en cosas pasadas y deprimentes. Tu vida va a ser variada y emocionante antes de que te mueras. Así que procura centrarte en el presente. No te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder. Eso es importante.”

Dell abandona Estados Unidos y a sus padres, que aún están en la cárcel. Su madre se suicida al poco tiempo. A su padre no lo ve más. Muchos años más tarde intuye una posibilidad de reencontrarse con él, pero su mente no la acepta. Se imagina a su hermana, a la que solo ha visto tres veces y que ahora está punto de morir, junto a su padre, y no soporta ese retorno, ese enlace con su vida primera, después de todo el esfuerzo que ha hecho por dejarla atrás, para hacerse a sí mismo un hombre independiente de aquel truncado proyecto de vida: “Mi vida entera estaba no solo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca… Todos estaban allí esperándome….Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada por el hecho de que desaparecieran”.

Cuando se encuentra con Berner, poco antes de morir, ella le dice: “Has renunciado a mucho, espero que lo sepas”. Ella ha vivido una vida mucho menos estable, menos feliz, con matrimonios fracasados, con episodios de violencia. Dell se reafirma a sí mismo en la vida que ha llevado: “Había renunciado a muchas cosas, como Milred me dijo que tendría que hacer. Y estaba satisfecho de haberlo hecho y de lo que había recibido a cambio”. No acepta la idea de que, de alguna manera, haya podido vivir la amargura de una vida sucedánea. Ha seguido el consejo de Milred, esa sabia insospechada: “Recuerda lo que te he dicho de no cerrarte a nada” y: “Porque ellos hayan arruinado tu vida tú no tienes por qué arruinar la tuya. Este será un comienzo para ti. No siempre podemos elegir nuestros comienzos”. Es lo que piensa él: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”.

Su visión de la vida, al final, es el reconocimiento de la dificultad de vivir pero la resolución de intentar no dejarse vencer por la negatividad de las adversidades: “Lo que sé es que tendrás una oportunidad en la vida – de sobrevivirla – si toleras bien la pérdida, si te supeditas al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.”

Canadá es una novela profunda sin precipitaciones. Con un ritmo lento, envolvente, nos va introduciendo en los sentimientos que se cruzan en un mundo áspero, en el que los encuentros son gélidos, en los que los asesinatos se ocultan y los suicidios se olvidan. Richard Ford se centra en unos personajes, y deja de lado los aledaños que no sirven para explicar la vida privadísima de unos seres cohibidos por los tránsitos a los que se ven sometidos. Canadá es un retrato melancólico, una madura visión de la lucha entre nuestros anhelos y una vida que intenta imponerse con sus potentes sucesos.

PERDER EL TIEMPO, por Francisco Gómez

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Reconozco que en estos tiempos de utilidades, prisas, estreses y competencias varias, me gusta perder el tiempo y encima soy reincidente. Cuando las lucecillas de la menguada imaginación visitan mi casa, ahí que va uno a perder el tiempo delante de una mesa y se pone a escribir. Redactar líneas en forma de hormigas azules que pugnan por desentrañar el silencio de la página en blanco. Expulsar fuera los demonios interiores que acosan mis momentos.

Escribir es una forma como otra de perder el tiempo. De contarle y cantarle al amor, la amistad, el tiempo, la soledad, la identidad, la muerte…De hablar con quien espera charlar con Él un día. Salirte de este bichito peligroso llamado normalidad. Escribir ya no es una forma de buscar el reconocimiento, el famoseo fugaz, los vanos intentos de trascender a través del reloj y por las letras.

Escribir es una forma engañosa de encontrarte a ti, entre mis sueños, mujer anhelada. Creer que no siempre serás un lobo estepario que aúlla besos, soñar con el amor y la felicidad contigo en el vértice del encuentro de los caminos que convergen en tu presencia. Perder el tiempo con la mar por bandera y tus ojos en mi corazón. Viendo un rostro en cada ola, como imaginara D. Luis Rosales. El tuyo y el de todas las personas que amo, he amado y amaré. Por fortuna, mi corazón es un músculo sano en el que cabe mucha gente.

Perder el tiempo a la vera de la barra del bar Brasil junto a Emilio, en el Ágora, Místic, la Caray o en Cañi, sumergido en las procelosas avenidas de Altabix. Dejar escapar los minutos y las horas mientras observo cómo juegan los niños en los parques de la “city”, cómo reclaman a sus mamás, con qué insistencia demandan los chuches, con qué interés verdadero buscan una y otra vez el columpio y el tobogán. Cómo las buenas señoras se sientan en los bancos. ¡Qué hermoso sería atrapar estos instantes de felicidad y que fueran eternos en la memoria de nuestra biografía sentimental!

Escribir y pensar en ti es todo uno. La soledad y el párpado. La luminosa presencia de seres que se buscan. Una desconcertante presencia de ojos que aman. Una forma tan estúpida como otra cualquiera de no llegar a ningún puerto conocido, de no ganar dinero para tener las cosas que hacen a un tío importante.

Escribir es perderte con la duda en la solapa de no saber si te volverás a encontrar. Escribir y decir que estoy por ti es todo uno. Garabatear estas líneas resulta una posibilidad tan tonta como otra de hacerte perder a ti también el tiempo.

Francisco Gómez

Novedad. JUAN GIL-ALBERT Y LA POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX de  MANUEL VALERO GÓMEZ

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XVI PREMIO “Gerardo Diego” de Investigación Literaria 2016

Coedición: Fundación Gerardo Diego y Pre-Textosunnamed

La obra de Juan Gil-Albert (Alcoy, 1904–Valencia, 1994) destaca en diferentes géneros literarios. La narrativa, la poesía o el ensayo histórico forman parte de su producción. El volumen que el lector tiene entre sus manos pretende abordar la inestimable presencia gilalbertiana a lo largo y ancho de la poesía española del siglo XX. No obstante, y como ha señalado el jurado del XVI Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria, estamos ante “la recuperación de una figura señera de la poesía española, admirada, considerada, editada y leída, pero difícil de ubicar en una generación”. Ya es sabido que, a principios de los años setenta, Gil-Albert pasa de ser un escritor silenciado a un maestro canonizado por los premios literarios, las instituciones y la atención de los más jóvenes. Las siguientes páginas presentan un estudio científico de su escritura –según palabras de Francisco Javier Díez de Revenga, presidente del jurado– de un modo “sereno y reflexivo, riguroso, exento de hagiografía, capaz de acercar la hondura, las resonancias y la belleza de la obra de un poeta que recorrió el siglo XX”.

Manuel Valero (Alicante, 1986) es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y licenciado en Ciencias de la Información. Su labor investigadora se centra sobre todo en la literatura contemporánea. Ha colaborado en revistas especializadas. Su último trabajo es el resultado de casi una década de labor intelectual dedicada al estudio de Juan Gil-Albert. Por otro lado, y en cuanto a su faceta poética, ha publicado Seis sonetos para Samia (2008) y Café Montparnasse (2012), así como las plaquettes Silvas encontradas (2012) y Dios, la noche y los jazmines (2013). Noche entreabierta (2015), su último poemario, ha salido de las prensas recientemente gracias al III Premio de Poesía Joven La Manzana Poética. El año próximo verá la luz Hijos del cometa Halley, galardonado con el XV Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos. Su obra ha sido incluida en diversas revistas y antologías y galardonada con varios premios.

Homenaje a Atanasio Díe Marín por Borja Fernández Núñez

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homenaje-a-atanasio-die-marin-000El 3 de Febrero falleció el dramaturgo Atanasio Díe Marín, a la edad de 69 años. Todos los oriolanos sentimos su pérdida, aunque somos conscientes de que su memoria siempre nos acompañará. De hecho, el Teatro Circo de Orihuela, llevará su nombre.

Atanasio, director del Grupo de Teatro Expresión, llevó a cabo obras de su autoría y también algunas relacionadas con Miguel Hernández. Y esta gran labor no la hizo solo. Manoli García, su mujer, su compañera inseparable y actriz destacada, lo apoyó y lo ayudó en todos sus proyectos.
Borja Fernández Núñez, de veintitrés años y natural de La Coruña, le brinda un entrañable poema para rendirle homenaje.

 

 

 

 

E n t r e  s e n s a c i o n e s  y  p a la b r a s

                                                                Para Atanasio Díe Marín

                                                                In Memoriam

 

En horizontal se espera el horizonte,

En vertical se alcanza,

Y después de la cosecha,

Siempre le sigue el barbecho

Y de nuevo la horizontalidad.

Los principios y los finales

Resultan ser idénticos

Y la moneda de cambio

Es el tiempo.

Puede que no nos conformemos

Nunca con los imprevistos.

En el alma se esconde una llave

Y el espíritu abre la puerta;

Quien tenga el corazón puro

Encontrará las puertas adecuadas.

Siempre el bueno paga el plato.

Y en la cena de la vida

Nos reunimos los comensales,

Preparados para rematar la velada

Sin saber cuál es el postre.

Miguel te habría magnificado,

Como tú hiciste con él.

Los dos fuisteis verdaderos héroes,

Cabalgadores de grandes ideas.

Puede que no haya nada

Fuera del espectáculo;

Nos dignificamos en el prójimo,

Interpretamos nuestras vidas

Al son de las emociones

Y con los pasos de la conciencia,

Bailamos la decisión.

El resto de animales,

Extraños y extrañados

Por la humanidad inmersa

En un sueño profundo

Llamado escenificación,

Guardan reposo en su ignorancia.

Al igual que un militar

Los grandes subís de categoría

Al encontrar el retiro:

Os alzáis como iconos

Y pasáis a ser referentes históricos.

Y cuando de nuevo se pinte el alba,

El mundo ya habrá envejecido

Y comprenderá por fin las obras.

Largo y extraño

Es el tormento del ser querido,

Pero eterno

El recuerdo del grande.

 

 

Borja Fernández Núñez

 

Presentación de Bagatelas de Carlos Javier Cebrián

Vídeo

Presentación del libro”Bagatelas” de Carlos Javier Cebrián, Pliegos de la palabra 22, Ediciones Babilonia.
9 de Febrero de 2017, Sala Cultural La Llotja. Elche
Recital de piano de Daniel Rodríguez García.