MONOS AZULES Y CAMISAS AZULES. LORCA Y JOSE ANTONIO, UNA HISTORIA DE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS. Por Juan Lozano Felices

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Corrían tiempos del segundo gobierno ucedista cuando, quien esto escribe, entonces un desgarbado adolescente que escuchaba discos de rock sinfónico y descubría, en aquellos viejos libros de la editorial Losada, el mundo poético de Miguel Hernández, Neruda, Alberti o García Lorca, creyó ser víctima de una alucinación sonora, si es que tal cosa existe, al escuchar una sorprendente declaración en el programa La Clave de José Luis Balbín1. Debía de ser verano, el calor, la laxitud frente al televisor, la sensación de libertad que asocio a ese día, sin temas pendientes que estudiar ni obligaciones más allá de las mundanas, así me lo confirman. El programa de aquel sábado vespertino estaba dedicado a José Antonio Primo de Rivera2. No recuerdo tampoco qué película ilustraba a manera de correlato visual el tema elegido. Lo que sí recuerdo es que uno de los invitados, un joven y desconocido Ian Gibson que acababa de publicar un libro con el título En busca de José Antonio, habló, y aquí la alarma saltó sin previo aviso, de una hipotética amistad entre el poeta Federico García Lorca y el aristócrata metido a jefe fascista José Antonio Primo de Rivera. No obstante, tras la primera impresión, como vamos a ver, dicha amistad parece un típico ejemplo del aforismo italiano “Se non è vero, è ben trovato”. En cuanto reuní el dinero compré el libro de marras que todavía forma parte de mi modesta biblioteca como una de mis primeras adquisiciones. No se trata de una biografía al uso sino de una semblanza del político y el hombre.

Gibson mencionaba un artículo del poeta vasco Gabriel Celaya publicado en Roma en 1966 en el que habla de un encuentro con Lorca en San Sebastián en marzo de 1936, a donde había ido para dar una conferencia sobre el Romancero Gitano. Lorca se alojaba en el hotel Biarritz y allí había citado a Celaya, pero cuando éste llegó, el poeta granadino estaba con el arquitecto José Manuel Aizpúrua, fundador de la Falange de San Sebastián. Celaya, militante comunista, no quiso dar la mano ni hablarle a Aizpúrua. Cuando quedaron solos, Lorca le reprochó a Celaya su conducta, ya que había creado de forma gratuita una situación muy tensa; le dijo que Aizpúrua era una persona de gran sensibilidad e inteligencia y por último le hizo depositario de una confesión: “José Manuel es como José Antonio Primo de Rivera. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Pues te lo digo. Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”. En el libro también se transcribía parte de una entrevista que le hizo Gibson a Celaya en 1979, recogida en magnetófono. Celaya dice que él había conocido a José Antonio en 1934 porque Lorca se lo presentó en el cabaret Casablanca, una noche de whiskys. Se citaron en ese local después de cenar y al llegar, Lorca que ya estaba allí, le dijo: “Oye, ven aquí, te voy a presentar a José Antonio, vas a ver que es un tío muy simpático”.

Ian Gibson, bien es sabido, es el investigador lorquiano par excellence. A riesgo de parecer maximalista, creo justo decir que el lugar que ocupa su monumental biografía en la investigación lorquiana es muy importante, incluso capital. Gibson dice en la introducción a su libro que, con él, pone punto final a sus largos años de investigaciones sobre el poeta. Entre el mencionado libro En busca de José Antonio y la primera edición del primer tomo de Vida, pasión y muerte de Federico Garcia Lorca3 media casi una década; lo bastante, en un trabajador nato como Gibson, para haber podido corroborar, si hubiera alguna forma de hacerlo, la supuesta oculta amistad entre los dos hombres. Pues bien, en esta biografía, el hispanista irlandés nacionalizado español, no menciona ya, ni siquiera de pasada, las declaraciones de Celaya. Es más, si uno repasa el índice onomástico encontramos, o mejor dicho no encontramos, ni siquiera una entrada para Celaya. Como vemos, aunque para el poeta guipuzcoano el tratar a Lorca pudo ser un acontecimiento que marcó su vida personal y literaria; para el granadino, el conocer a Celaya no tuvo ninguna trascendencia. Además parece improbable que Lorca eligiese a Celaya para tal confidencia antes que a otros amigos que tenían la cualidad de ser íntimos en aquella época, como Rafael Martínez Nadal. ¿Debemos pensar entonces que Celaya era un embustero de tomo y lomo? No, más bien cabe pensar que Federico, conocida es la inventiva de que hacía gala, le tomó el pelo al vasco, queriendo darle una lección por su falta de tacto en el episodio con Aizpúrua. En cualquier caso, el único encuentro entre los dos hombres que recoge Ian Gibson en su mentada biografía sobre Lorca fue durante la gira de La Barraca en 1934. Lo ha relatado Modesto Higueras, uno de los actores de la compañía. Mientras los estudiantes comían en un restaurante de Palencia apareció José Antonio con alguno de sus correligionarios. Lorca se puso nervioso y aún más cuando el fundador de Falange le pasó una nota que decía: “Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?”.

En cuanto a la noche de farra, de la que Celaya fue protagonista junto a Lorca y José Antonio, aunque pudiera parecer poesía-ficción, entra dentro de lo posible. Los dos hombres tuvieron por fuerza que conocerse en el Madrid de los años treinta. Ambos frecuentaban un local llamado La Ballena Alegre, donde asistían regularmente a sendas tertulias. Una estaba formada por los fundadores de Falange en la que participaba gente tan meritoria como Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero o el mismo José Antonio. En la mesa de enfrente había otra tertulia de intelectuales en torno a José Bergamín4, a la que acudían los estudiantes de la Residencia, y a veces iba García Lorca con Eduardo Ugarte, co-director de La Barraca.

En la página web de Falange Auténtica, Francisco Ortiz Lozano publica un extenso artículo que, bajo el título de Federico García Lorca y los falangistas intenta arrimar el ascua a su sardina nacionalsindicalista, dando como bueno y cierto todo aquello que Gibson pone en solfa en su libro sobre José Antonio. Se intenta exonerar a la Falange, aunque lo creo innecesario, de cualquier responsabilidad en la muerte del poeta. Se habla de una supuesta y perdida correspondencia entre Federico y José Antonio y que, poco antes del levantamiento militar se le habría ofrecido a Lorca un cargo de relevancia dentro de la organización del partido, decisión que el poeta demoró; se atribuye a Liliana Ferlosio5, una declaración según la cual García Lorca habría hecho un donativo en metálico para las necesidades de Falange. Serrano Suñer escribía en 1948 que la muerte de Lorca había sido para Falange doblemente trágica, porque convertía al poeta en bandera del enemigo y porque la misma Falange perdía al poeta mejor dotado para cantar la revolución soñada. Como se ve, muchas cosas que vinculan al poeta con José Antonio y Falange, pero ninguna evidencia, más allá del simple trato ocasional. Por otra parte, ningún íntimo o familiar de José Antonio ha hablado nunca de este tema.

En 1998 se invitó a Ian Gibson a dar una conferencia en Elche, en un acto organizado por la CAM y la Asociación Cultural Frutos del Tiempo, con motivo del centenario del nacimiento del poeta. Tuve ocasión de hablar con él y le pregunté directamente por aquello que él relató en su temprano libro En busca de José Antonio. Me contestó, con ese acento suyo que suaviza dócilmente las duras consonantes de nuestro castellano, que sinceramente no creía que fuera cierto lo que Lorca le contó a Gabriel Celaya, aunque sin duda los dos hombres se conocían de los tiempos de las tertulias de La Ballena Alegre. En aquella época, según él, José Antonio debía estar demasiado ocupado organizando el fascismo español para la sublevación, como para salir a escondidas con Lorca en un coche con las cortinas echadas.

En el ambiente enrarecido de julio del 36 en Madrid (y más después del asesinato del líder derechista Calvo Sotelo) Lorca anunció a sus amigos que se marchaba a Granada. El escritor falangista Agustín de Foxá intentó convencerle para que en lugar de viajar a su tierra lo hiciera a Biarritz, imagino que con el propósito de poder pasar a Francia si las cosas se ponían feas, pero el poeta el replicó: “Yo no soy enemigo de nadie”.

¿Pero qué ideología tenía Lorca? No ejerció, como Alberti, de poeta al servicio de una idea política. Se entusiasmó con la llegada de la República, eso sí. Estuvo bajo la égida de su viejo maestro, el socialista Fernando de los Ríos, con quien hizo el viaje a Nueva York en 1929 y que más tarde fue Ministro de Instrucción Pública durante la República y auspició el proyecto de La Barraca para llevar el teatro clásico por las tierras de España. Si a esto unimos su no militancia en ningún partido político, ello no evidencia sino su independencia ideológica. Se situó siempre al lado de los pobres y oprimidos, pero no debe confundirse su aspiración de justicia social con posiciones inequívocas de izquierda y menos con una militancia activa en el Frente Popular. En su última entrevista, antes de partir para Granada dijo: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos” y habla de su tierra como del lugar “donde se agita actualmente la peor burguesía de España”. También José Antonio había dicho: “…No es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos”.

En cualquier caso, no creo que Lorca hubiera rechazado de plano el trato con una persona inteligente como José Antonio sólo por razones ideológicas. Lorca tenía amigos y conocidos que eran militantes falangistas como también los tenía dentro de la izquierda moderada y más radical. Por su parte José Antonio admiraba a Lorca como poeta, por encima del también andaluz José Maria Pemán6. El mismo Ximénez de Sandoval, autor de José Antonio. Biografía Apasionada y amigo personal del fundador de Falange alude a que, a pesar de los esfuerzos de mucha gente que tenía interés en ello, los dos hombres no llegaron a entablar una amistad.

Notorio es también que Lorca fue muy amigo del poeta granadino Luis Rosales7 que, como todos sus hermanos, era “camisa vieja” de Falange, y en cuya casa se ocultó el poeta hasta que fueron a detenerle en la tarde del 16 de agosto. Los Rosales hicieron lo imposible para liberarle a costa incluso del ostracismo o la muerte. Pepe Rosales8 consiguió una orden de libertad para Lorca firmada por el Gobernador Militar que Valdés, bajo cuya custodia estaba el poeta en el Gobierno Civil, desdeña; pues al parecer la confirmación de liquidarle venía directamente de Queipo de Llano9. Luis Rosales pudo evitar finalmente la catástrofe personal, salvándose in extremis gracias a la intervención del falangista Narciso Perales10. Éste, al parecer, dijo que si él hubiese estado en Granada, lo de Lorca no hubiera pasado.

Un año después del levantamiento militar, encontrándose el escritor falangista, más tarde disidente del Régimen, Dionisio Ridruejo, en Burgos organizando los servicios de Propaganda, reparó en que, entre sus subordinados se encontraba el ex-diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso. Éste fue probablemente el máximo responsable en la muerte de Lorca pues de él partió la denuncia y comandó la patrulla que lo detuvo en casa de los Rosales. La reacción de Ridruejo fue expulsarle de su equipo diciéndole que no quería tenerle bajo sus órdenes. Como Ruiz Alonso insistiera en su honorabilidad, Ridruejo preparó un careo en su despacho entre aquel y Luis Rosales.

Hasta aquí los datos. Eche el lector cuentas y saque sus conclusiones. De haber algo de cierto en esta historia de encuentros y desencuentros, creo que nunca lo sabremos. Pero hay algo que importa más que si José Antonio y Lorca se trataron o no. Ambos hombres fueron victimas de la España cainita empeñada en devorar a sus mejores hijos. Ambos tuvieron una muerte que no les correspondía. José Antonio pudo por lo menos defenderse a sí mismo, en su calidad de abogado, profesión que ejerció y amó, aunque de poco le sirvió porque su destino ya estaba sellado de antemano ante el tribunal popular que lo juzgó. Se le permitió hacer testamento y pidió ser enterrado conforme al rito de la religión católica. Federico ni eso. Su tumba es la sierra de Víznar en Granada, en cuyo vientre se ocultan los miles de hombres que encontraron igual suerte. Los restos de José Antonio fueron trasladados de Alicante al Valle de los Caídos, “condenado a una compañía deshonrosa, que ciertamente no merece” (Indalecio Prieto dixit)11. Ninguna de las dos muertes es más justa que la otra. Las dos son igual de infames y las dos han devenido símbolo de aquello que no puede volver a pasar.

1 Dichosos aquellos tiempos en que en la televisión estatal, la única entonces y sin embargo plural, podían verse programas como La Clave, A fondo, Encuentros con las letras o Estudio 1.

2 Qué impensable sería hoy, en esta sociedad presidida por el fraude de la corrección política

3 Que ahora se reedita, revisada y corregida, en bolsillo y en un solo tomo, por algo más de diez euros. Se recoge también la interesante parte gráfica de la primera edición.

4 Bergamín, que dirigía la revista Cruz y Raya fue el hombre en el que Lorca depositó, tan solo cuatro días antes de salir por última vez de Madrid, en vísperas del alzamiento militar, la copia definitiva de Poeta en Nueva York.

5 Viuda de Sánchez Mazas y madre de Rafael Sánchez Ferlosio.

6 Otros poetas favoritos de José Antonio, que también hizo sus pinitos como poeta, fueron los dos Machado, Alberti, Juan Ramón, Pedro Salinas y Rubén Darío.

7 Gibson se ha referido a Rosales como el fantasma de la memoria viva del crimen.

8 Pepe Rosales o Pepiniqui, como era conocido familiarmente, había sido uno de los fundadores de Falange en Granada.

9 Siguiendo con este juego de paralelismos me parece interesante recordar que José Antonio abofeteó en publico a Queipo de Llano en 1930, lo que le valió al aristócrata la expulsión del ejército. El motivo al parecer fue que Queipo había injuriado a su padre, Miguel Primo de Rivera que dirigió el país al frente de una dictadura entre 1923 y 1930.

10 Más tarde, Narciso Perales, entró en la clandestina Falange hedellista y ya en la transición democrática, sería elegido jefe nacional de FE-JONS Auténtica.

11 Algo parecido dijo Julio Anguita, al mantener que la figura de José Antonio Primo de Rivera fue usurpada por unos y por ello odiada por los otros; y permanece en un lugar en la memoria colectiva que no merece. 

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Entrevista a José Luis Zerón, por Ada Soriano

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El poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha

La editorial Huerga & Fierro publica el poemario Espacio transitorio, de José Luis Zerón, con prólogo de Jordi Doce e ilustración de Ana Leonís

Al igual que la fragata permanece en su vuelo durante días y aterriza tan solo para alimentarse, así José Luis Zerón, tras una sobrada capacidad para la observación y la meditación, baja de su torre para recoger las palabras precisas. No olvidemos que también la iguana tiene sus artimañas. Hace rodar el fruto espinado para desprenderse de lo innecesario y quedarse con lo sustancioso.

Dice Jordi Doce en su prólogo para Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018), el nuevo libro de José Luis Zerón, que “el poeta nos habla con palabras necesarias y perentorias que van creando un círculo mágico de oyentes allí donde suenan”.

Muy de acuerdo con las declaraciones de Jordi Doce, y puesto que conozco a fondo la obra de José Luis, puedo afirmar que hablo de un poeta dotado de un talento innato para establecer analogías; un escritor que abarca un léxico intenso e inagotable. Discrepo de quienes ocasionalmente lo han tachado de poeta hermético o poco emotivo. Creo que no han leído sus poemas con la debida atención. José Luis Zerón, a mi entender, siempre logra mantener el equilibrio entre pensamiento y sentimiento, y posee una voz completamente identificable.

José Luis Zerón Nació en Orihuela el 28 de octubre de 1965. Fue cofundador y codirector de la revista Empireuma. Desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018).

Ha sido incluido en varias antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado.

En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

-José Luis, en una ocasión declaraste que “el poeta es un guardián de la palabra, un centinela a la escucha, siempre atento a la prosodia del murmullo”.

Siempre me ha fascinado la figura del centinela, especialmente en lo que concierne a la segunda acepción del diccionario RAE: persona que observa o vigila. La palabra centinela podría tener su origen en la voz italiana sentinella, basada en el verbo sentire, que significa escuchar. En francés, sentinelle se ha formado como un diminutivo de sentier, sendero. Y en latín me resulta muy sugerente excubiae, formado por la preposición o prefijo ex (salida, fuera) y cubiculum (habitación, dormitorio), es decir, estar fuera del dormitorio. Un centinela sería aquel que vigila a la intemperie mientras todos duermen.

Yo relaciono al poeta con el centinela quitándole la carga bélica o religiosa (en el Nuevo Testamento se habla constantemente de la vigilancia y el estado de vela de quien espera la llegada de Cristo) que contiene el símil. El poeta ha de estar siempre atento, a la espera de que surja el poema, que puede manifestarse de muchas maneras en su primer brote. En mi caso yo lo asocio a un murmullo o balbuceo del que irá surgiendo el lenguaje poético. Y esa actitud de escucha y de observación acontece siempre fuera de la complacencia, la rutina, el lugar común, el refugio de los hábitos cotidianos, es decir, fuera de la habitación, a la intemperie (palabra muy frecuente en mis poemas), en el sendero (sentier), caminando. Como soy andariego la poesía suele manifestárseme mientras camino.

-¿Cómo surge Espacio transitorio? ¿En qué momento?

He de aclarar que este libro no es el último que he escrito. Tiene unos años. Lo escribí entre 2012 y 2013, excepto dos poemas, “Palabras para el hijo”, concebido en 2002, y “Visita al cementerio judío de Suceava”, que surgió en 2006 después de una visita a esta ciudad rumana. Los meses en que inicié el poemario desde una experiencia personal muy dura, sentí la tentación de aferrarme a la nostalgia o a la ilusión de un futuro halagüeño que yo no divisaba, así que opté por encarar el tiempo presente y vivirlo con coraje haciendo frente a las adversidades y tratando de disfrutar el aquí y ahora con sus transiciones, contingencias, cambios de paradigma y certezas que saltaban por los aires.

-Afirma Jordi Doce, autor del prólogo, que “este libro ocupa un lugar aparte en tu obra” ya que “estos poemas configuran una especie de libro negro”. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo con el prólogo de Jordi y además es excelente. Le estoy muy agradecido por la lectura atenta y perspicaz de mi libro. Sí creo que ocupa un lugar aparte. Me parece mi libro más desaforado y quizá el que ofrece una mayor eficacia expresiva. Siempre he defendido las poéticas sólidas y he tratado de lograr un sentido unitario en mi corpus poético, pero no monolítico. La fidelidad absoluta a una poética puede llevar a la monotonía, sobre todo cuando uno ha dicho, mejor o peor, lo que tenía que decir. Por eso a veces hay que dar un giro de tuerca. En cualquier caso, creo que en Espacio transitorio se reconocen muchas de mis preocupaciones y obsesiones presentes en mis libros anteriores.

Por entonces una parte de mi vida (tú lo sabes bien) se derrumbaba y yo no sabía si hacer frente a lo que estaba sucediendo o huir; si correr en pos de mi salvación o de mi perdición. Quizá me estoy poniendo muy trágico, pero así me sentía.

-¿Te identificas con Lot en Me llamo Lot, poema que inicia Espacio transitorio?

Como te decía, la depresión me acechaba y empecé a dudar de la escritura poética. Afortunadamente las palabras no se fugaron y llegaron a ser mi verdadero apoyo en momentos de angustia irrefrenable y una falta total de asideros; con ellas decidí abordar lo extremo de mi experiencia. Cuento mi naufragio, pero también mi lucha contra el hundimiento y mi reconocimiento en el sufrimiento de otros. En este poemario (como en casi toda mi obra poética, pero en este libro más), lo feo está a la misma altura de lo hermoso, lo pequeño e insignificante se mezcla con lo grandioso, y hay un vínculo entre lo inocente y lo perverso. Por otra parte, tampoco quería que el libro fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones. No quería vender catástrofes personales, así que, no tanto por cálculo como por necesidad, salí de mí para mirar el exterior, lo que sucedía ahí fuera con todas sus grandezas y miserias. Me vi haciendo equilibrios para evitar realismos anecdóticos y representar el ahora sin incurrir en un sentimentalismo periodístico de la realidad. Es decir, quería ser fiel a mi lenguaje reflejando los problemas de mi tiempo y sin renunciar a los fundamentos íntimos de mi existencia. Sobre todo, no quería mirar atrás para que la potencia de la nostalgia no me petrificara, de ahí que el primer poema del libro se titule “Me llamo Lot”. Este poema, como todo el libro, está escrito con imperativos. Es una motivación (casi una arenga) para seguir adelante aceptando el tiempo presente a pesar de las dudas y los miedos que pueda generarnos.

-¿No hay demasiado dolor? Dividido en tres partes, tal vez la última, Adhesiones, pone fin a la crudeza de las dos anteriores. Hallo aquí luz y esperanza, como si todo no estuviera perdido.

Hay dolor, claro que sí; pero también luz y esperanza, sobre todo en la última parte. En Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno decía algo así como que el dolor nos hace sentir la carne de la realidad y que no cabe poder gozar sin poder sufrir. Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión.

En mi libro hay dolor por mis circunstancias adversas, por la muerte de un amigo, por el sufrimiento de los desposeídos… Hay también un dolor metafísico y un dolor en la percepción de uno mismo en cuanto pérdida. Pero también hay momentos de celebración y una invitación a no estancarse en la queja o el lamento. A veces increpo a la muerte sin olvidar que ella también funda la vida. También hablo del miedo sin tapujos, sin vergüenza. Nos cuesta mucho reconocer que tenemos miedo; y si no reconocemos nuestro miedo no podremos afrontarlo. Hablo sobre todo del poema “Soy tu miedo”, que, por cierto, está encabezado con una cita muy apropiada de dos versos tuyos que me fascinan: “Por la escalera del miedo/ subimos y bajamos”. Creo que en Espacio transitorio hay una intensidad por momentos gozosa, aunque esté atravesada por el dolor. Mi percepción en el momento de escribir este libro resultaba dolorosa y consoladora a la vez. Por ejemplo, en el poema “Imago mundi I” digo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”

-¿Calificarías este poemario como el más discursivo de tu obra editada hasta ahora?

Quizá sí lo sea junto con La sed del náufrago (anterior en un par de años a Espacio transitorio), que todavía permanece inédito. Creo que hay una presencia lírica en muchos de los 33 poemas que lo conforman, pero este libro tiene una médula narrativa que no aparece en la mayoría de mis poemarios. En este he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones. Para nada la realidad unidimensional, inmutable, medible, sometida por el lenguaje distorsionado de la consigna, la premisa y la ideología; ese miserable lenguaje de los financieros, mercaderes, opinadores fraudulentos, especialistas en candados y políticos vendedores de humo que tratan de reducir el mundo a sus mezquinos intereses.

¿Abrazan las contradicciones, los opuestos?

Sí lo creo. La poesía acerca fuerzas opuestas y contrarias. El abrazo de los contrarios siempre ha estado muy presente en mi poética. Cuando escribo poesía me gusta experimentar con la brusca aproximación de términos disímiles generadores de la sorpresa. Esto se nota también en Espacio transitorio. Para ello me sirvo, sobre todo, del oxímoron, la antítesis, la paradoja y la contradicción. Un ejemplo claro de ese abrazo de los opuestos, que a mí me fascina, es el soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y en especial el tercer verso del segundo cuarteto: “Nadar sabe mi llama el agua fría”. Quevedo habla de la superación de la muerte a través del amor, pero también podemos hacer una lectura de ese verso como los retos que vamos afrontando día a día, así como nuestra capacidad de regeneración ante los golpes que nos da la vida. O una lectura en clave metapoética: ¿no podría ser esa llama que nada el agua fría la excepcionalidad del pensamiento poético, capaz de dar un nombre nuevo a las cosas, de subvertir el frío y miserable orden dominante, de combatir prejuicios y crear nexos tenidos por imposibles?

-Veo que el libro está dedicado a nuestro amigo Pepe Rayos…

En efecto. Nuestro común amigo hizo posible la existencia de este libro. Cuando ya tenía los primeros poemas caí en un pozo de incredulidad absoluta respecto a mi poesía y empecé a sentir despreciable todo lo que estaba escribiendo entonces y lo que había escrito anteriormente. Sentí el impulso de destruirlos y olvidarme de la poesía, al menos por una temporada. Lo cierto es que Pepe Rayos, que conocía aquellos primeros poemas y observó mi desencanto que yo trataba de ocultar sin conseguirlo, me animó a seguir escribiendo. Creyó en mí y en la posibilidad de que el libro llegara a ser una realidad. Tengo muy buenos amigos y amigas poetas, pero en aquella ocasión un artista plástico, piloto de Iberia en la reserva y estudiante de Historia del Arte (hoy tiene un doctorado en esta disciplina) fue determinante para que yo recuperara la fe perdida en la poesía durante unos meses. Pero no es extraño porque Pepe es un ejemplo de cómo se puede ser poeta sin escribir poemas. Basta con percibir la realidad de una forma especial, desde una experiencia estética y vital transgresora, abarcadora, iluminadora. Pepe tiene un pensamiento poético. Es una naturaleza poética, aunque no se le considere poeta.

Dicho esto, quiero añadir más agradecimientos. A nuestro común amigo y excelente poeta Alberto Chessa porque él recomendó mi libro a los editores y facilitó mi contacto con ellos. El apoyo de Alberto fue fundamental para que este libro dejara de ser inédito. Por supuesto, a Antonio Huerga y Charo Fierro por incorporarme al formidable catálogo de su prestigiosa editorial y por el buen trato que me han dispensado. Y no olvido a la ilustradora de la portada, nuestra común amiga Ana Leonís Terol, que ha sabido sintetizar en una sola imagen el contenido del libro.

-¿Crees que un poema requiere explicaciones o se defiende por sí mismo?

Un poema o un libro de poemas pueden llegar al lector sin explicaciones o referencias; pero no están de más las pistas que nos proporcionan el autor o los críticos especializados sin otorgarles el valor dogmático de la infalibilidad. A mí sí me gusta explicar mis poemas cuando la ocasión lo requiere. En justa correspondencia me gusta escuchar a los poetas cuando hablan del hecho creador e interpretan sus poemas. Y también disfruto leyendo poéticas.

-¿Piensas que el poeta es lo que él escribe?

Creo que sí. Yo al menos sí me reconozco en lo que escribo. El poema surge de un encuentro del poeta consigo mismo y con los otros. El poeta tiene sus obsesiones, sus visiones, sus vicisitudes particulares y su manera de enfrentarse a la escritura. Las influencias, conscientes o heredadas, enriquecen su lenguaje y agudizan sus reflexiones. Yo soy yo con mis conflictos interiores, con mi capacidad de percepción y de asombro, pero hay detrás una tradición cultural que ha influido en mi forma de concebir el mundo y en mi escritura de la que no puedo sustraerme. También heredamos la poesía. No existe el adanismo. No pretendo formar parte del catastro lírico y no frecuento capillas y cenáculos poéticos, pero tampoco estoy aislado. Trato de conocer lo que hacen los nuevos poetas. Mi poesía se nutre de mis experiencias vitales e intelectuales.

Desde que Barthes escribiera su célebre ensayo estructuralista La muerte del autor, se extendió una fiebre autoricida que ha llegado hasta nuestros días. Se mira con recelo al poeta introspectivo que se atreve a escribir en primera persona, Por eso en el poema “Sigo, mundo”, escribo: “boca que se afirma en este soy/ ahora que nadie dice soy”. Por otra parte, estoy harto de escuchar que los poetas somos unos impostores, afirmación frívola basada, sobre todo, en el célebre primer verso de “Autopsicografía”, de Fernando Pessoa: “el poeta es un fingidor”. Pero olvidan quienes así opinan que el poema de Pessoa continúa con esta genial paradoja: “Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”. También se ha abusado ad nauseam de la frase de Rimbaud que aparece en las Cartas del vidente: “yo es otro”, interpretada no como una afirmación subjetiva, sino como una sentencia incuestionable sobre la identidad fugitiva y enmascarada del poeta.

Pese a todo, creo que el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente. Como bien dice Jordi en el prólogo, “la conciencia de la fraternidad humana permite controlar las proyecciones no siempre fiables de la subjetividad”. Creo además que el poeta escribe con muchas dudas y escasas certezas acerca de sí y del mundo que habita, y por eso mismo se siente asombrado, extrañado, fascinado y diferente; siente que su identidad se fortalece no en lo que le hace igual a los demás, sino en lo que tiene de diverso. Y en ese principio de diversidad también cabe la contradicción, y entiendo por contradicción no el extravío ocasional, o la falta de coherencia o capacidad intelectiva, sino la aptitud para abarcar fuerzas opuestas y contrarias y acoger seres distintos. Whitman escribió en “Canto a mí mismo”: “¿Qué yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? /Soy inmenso… /y contengo multitudes”. Y J. V. Foix resolvió de esta manera la paradoja de la propia contradicción como poeta que reivindica su diferencia, su vocación de soledad y a la vez está integrado en el mundo en una continua conexión con sus semejantes: “Dejadme solo que soy muchos”.

-¿El poeta que nunca haya escrito un ensayo o una novela se queda a medias?

No lo creo. A menudo el poeta tiene que lidiar con este, digamos, complejo de inferioridad respecto al novelista y se siente algo así como un desclasado en la República de las Letras. He llegado a leer y a escuchar muchos tópicos disparatados que comparan al poeta con el novelista, por ejemplo, que aquel suele ser perezoso y poco comprometido y le basta con las emociones y la facilidad de palabra y este es tenaz y debe tener conocimiento, disciplina y sensibilidad. Es cierto que está muy extendida la creencia de que un escritor no lo es del todo si no ha escrito una novela, y muchas veces los poetas que no hemos publicado novela (y somos muchos), escuchamos la típica pregunta “¿Para cuándo una novela?” Yo he escrito cuentos –algunos he publicado- y estoy trabajando una novela desde hace años, pero nunca la acabo (creo que por inseguridad y no por pereza o falta de compromiso), quizá porque la narrativa no es mi hábitat natural. Y el caso es que, en contra del tópico que asevera que a la literatura se llega a través de la poesía, yo empecé escribiendo cuentos.

Por otra parte, creo que la poesía, debido a su carácter polisémico y su querencia por lo sustancial, es un espacio abierto y a la vez cerrado, un campo uliginoso donde la estética y la ética conviven, y no siempre en armonía. Es ahí, en ese conflicto entre la belleza y el compromiso, donde el poeta corre el peligro de perder pie y alejarse del lector, y también de traicionar su propio lenguaje. El novelista, con todas sus dudas y temores iniciales, suele pisar un terreno más firme y, digamos, más acogedor; por eso cuenta con más lectores y apoyos. El poeta también ha de lidiar con el tópico eterno de la inutilidad de la poesía. Es cierto que a lo largo de la historia la poesía ha vivido momentos de un auge relativo, pero también etapas de absoluto rechazo. Parece que ahora hay más interés por ella, o al menos se la respeta más. Borges escribió: “la poesía/ vuelve como la aurora y el ocaso”.

¿No crees que cada vez son más borrosas las fronteras entre estos dos géneros?

Si miramos hacia atrás no es fácil encontrar grandes poetas que sean a la vez buenos novelistas. Se me ocurren algunos casos: Quevedo, Oscar Wilde, Pasolini, Sylvia Plath, Lezama Lima, Caballero Bonald. En cambio, abundan novelistas que sí tienen, digamos, una impronta lírica, cuyas novelas se sostienen con un estilo de ambición poética: Gabriel Miró, Proust (por cierto, escribió medio centenar de poemas casi desconocidos), Virginia Woolf, García Márquez, Thomas Wolfe, Ana María Matute…Creo que el poeta, cuando entra en el terreno de la narrativa, se mueve mejor en el cuento, el teatro la semblanza, la reflexión o la autobiografía. Ahí están, por poner varios ejemplos, Bécquer, Borges, Pessoa, T.S Eliot, Artaud, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Brecht, Dylan Thomas, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Cortázar… En la actualidad es distinto. Numerosos escritores saltan de género. Hay poetas estimables que hacen incursiones en la novela y viceversa. Lo cierto es que la confrontación entre poesía y novela es más ficticia que real. Y se está demostrando que pueden llegar a ser géneros complementarios.

Termino de contestar a tus preguntas (me he extendido demasiado) manifestando que me ha alegrado leer últimamente en los medios de comunicación los continuos elogios que Mircea Cartarescu dedica a la poesía. Cartarescu es un autor rumano que empezó escribiendo poemas y dejó de hacerlo hace más de veinte años, aunque muchos de sus textos narrativos tienen una gran carga lírica. A pesar de que sus novelas fascinantes le han dado la fama (hasta el punto de ser un firme candidato al Nobel) se declara incondicional de la poesía: “Amo la poesía. Es lo que más amo del mundo”, ha llegado a afirmar.

Orihuela, 6 de diciembre de 2018

ADA SORIANO  Poeta y escritora. Nacida en Orihuela el 30 de diciembre de 1963. Codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna. Es autora de 2 plaquettes y seis libros de poesía. Colabora en MUNDIARIO.

Poemas de Lola Obrero

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EN CARRERA
LA VIDA DESESPERADA
¿Pero quién vive más?
¿El que no quiere saber
si vive mucho o poco?
O ¿El que queriendo saberlo
se ofusca y no vive ?
Vamos en carrera.
No, no mires atrás.
Ni te tuerzas, ni te salgas del camino. Sigue. Avanza.
No te entretengas. No esperes a nadie.
La vida no hace paradas ni da sosiego.
Vive desafiante, en carrera, continúa,
con el ansia de vida saturada.
No tienes tiempo…

Y ¿ Dónde se compra?

El TIEMPO INADVERTIDO
Hay sitios en donde nacer
es lo último que se hace
antes casi de morir. No hay recorrido.
Allí el tiempo va directo
por la espiral de la vida hacia la muerte,
sin la virtud de la piedad, sin freno,
sin el consentimiento de la paciencia.
Se desprende, rueda y sin parar, arrasa.
y lo hace como la lluvia
cuando  cae sobre la tierra en gota fría.
El tiempo te pasa por encima.
Inadvertido. A cañonazos fríos.
Ataca y hiere, y está ciego de arrogancia.
No sé si yo vivo en esa tierra.

EL AMOR  APRESURADO
Superar el dolor es adelantarlo
para que vaya detrás de nosotros.
Olvidarlo, como si no existiera,

Eso cuesta.
Si embargo, al amor hay que perseguirlo, porque siempre va delante nuestro,
aunque a veces no lo veamos.
Pero lo sentimos. Lo olemos.
Lo perseguimos si tenemos fuerza.
Es ágil cual gacela  y tiene prisa.
Así que es un esfuerzo diario
el estar a su altura. Hablarle de tú.
Tenerlo al lado. Hacerlo amigo.
Eso cuesta mucho más.
Eso ahora cansa tanto…

Lola Obrero

Sobre El cielo de Kaunas, la intensa y apasionante novela de Jesús Zomeño. Por Javier Puig

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Después de una larga trayectoria, en la que, en una primera etapa como poeta y en una más reciente como reconocido cuentista, ha publicado numerosos libros, Jesús Zomeño nos presenta ahora El cielo de Kaunas, su primera novela. No se trata de un salto radical, sino que se fundamenta en su contrastada solvencia como narrador. Su contenida longitud, permite al autor mantener, en todo momento, un elevado grado de intensidad. Por otra parte, no se limita a una sola línea argumental, sino que se vale de tres distintas, que conforman otros tantos relatos que se podrían leer de forma independiente, pero que perfectamente convergen de una forma que a mí me parece muy original, compartiendo esenciales rasgos de los protagonistas y un mismo ámbito geográfico y temporal, que confieren a este novela un carácter tan diverso como homogéneo.

La primera historia nos introduce en los pensamientos y en las acciones de un hombre viejo que todavía trabaja de vigilante en el Museo Militar de Kaunas. Viudo, se siente desgraciado en su celosa soledad, en una casa sin calefacción, mientras va experimentando el paulatino declive de su cuerpo y de su mente. Es un nostálgico de los tiempos pasados, de la sociedad soviética, en la que, aunque todo funcionara mal, “existían unos principios y energías comunes”. Eso es lo que echa a faltar en la sociedad actual, a la que considera caótica, confusa, cambiante. Esta contradictoria nostalgia del orden anterior me recuerda a aquel “contra Franco vivíamos mejor”, al que se le añadía un incontestable: “Y éramos más jóvenes”.

Este hombre viejo proyecta su desazón en la sociedad que lo envuelve. Necesitaría erradicar esa dispersión humana que observa, esos rumbos tan disímiles, ese individualismo tan poco abordable. Tiene la terrible ocurrencia de que, si se provocara el dolor general, se desarrollaría, entre sus conciudadanos, el conveniente sentimiento de unión. Ha de producirlo, pues. Como aún se precia de buen francotirador, elige ese camino. Matará al azar para que así se cree la ansiada confraternización contra ese oscuro enemigo.

Así lo hace en varias ocasiones, pero sus crímenes apenas tienen repercusión. Le cuesta elegir a sus víctimas porque no puede odiar a los que pasan por delante de su escrutadora mirada. Sin embargo, cuando acciona el gatillo y comprueba su buena puntería, de lo único que se puede lamentar es de la inoportunidad del objetivo elegido, pero nunca de la muerte de un ser humano. Resulta inútil ese dolor que no parece conmover a nadie. Él no quiere la revolución, pues le teme a los cambios, pero sí lanzar un reproche.

La segunda historia tiene como protagonistas a dos jóvenes delincuentes, Vladik y Yuri, que huyen hacia Kaunas, acompañados de Guitta, una joven de buena familia atraída por los senderos de la perdición. Aquí, no solo no abandonamos la sordidez, lo truculento, sino que nos sumergimos de forma más explícita en esos submundos depravados. Eso sí, si en el anterior relato del francotirador las razones de su asesino comportamiento solo las podíamos intuir en su incipiente decrepitud mental, agravada por su irresoluble desdicha, en estos jóvenes se nos da una explicación más precisa. Vladik proviene de una familia prosoviética, en la que reinaba el alcoholismo, la extrema violencia, las violaciones del padre a su hermana o la indiferencia de una madre, “ese estúpido espejo de amor”; una mujer que los abandonó, llevándose el televisor en color. Yuri sirvió como militar en la guerra de Chechenia. Allí presenció muchas atrocidades e intentó suicidarse. Su amigo Liov torturaba con gesto triste a los prisioneros, “como si el dolor fuera un instrumento que tuviera que afinar”. Ahora Yuri dice depender del lado irracional de su cerebro. Su parte racional está muerta, murió en Chechenia. De momento, piensa que la locura lo mantiene vivo.

En su huida de una mafia argelina, a la que le han robado un kilo de cocaína, cometen todo tipo de necesarias fechorías para su supervivencia. Su actitud es absolutamente indigna, lastrada por el miedo, la inmoralidad y la falta de horizontes, pero la de aquellos con los que tropiezan no es mucho mejor. Aquí, nuevamente, el narrador vuelve a jugar con las relaciones y las contraposiciones en un lenguaje que mezcla lo cotidiano (la vomitiva visión de una comida que les sugiere, en sus formas, lo sangriento) con su periplo brutal, su huida hacia adelante, esta vez hasta Kaunas, ciudad descrita por Guitta como triste, vieja y de edificios pequeños.

La tercera historia es la menos abrupta, aunque también la más melancólica. La violencia está presente, pero ahora en un segundo plano, contemplada desde la lejanía del espacio, del tiempo o de la ausencia de implicación. Un policía español viaja hasta Kaunas para seguir las huellas de la mujer lituana que fue su vecina, de la que estaba enamorado, y que murió asesinada por su marido, al que él posteriormente mató. En el preámbulo de la novela, nos lo explica: “Yo la amé después de que la mataran, es cierto, la he estado amando desde entonces, quizá porque solo después de su muerte perdí el miedo a que me hiciera daño, que era de lo que yo me protegía”.

Parece un hombre acabado: “Lo único digno, a mi edad, es la indiferencia”. Ya solo aspira a completar el pasado. Es alguien fundamentalmente triste, que vive por inercia: “No tengo mucho que hacer en Kaunas. Todo es más bien un viaje interior. No necesito guías turísticas, a veces parece que estoy aburrido y es solo que estoy confuso”.

Este hombre hace tiempo que dejó de creer en la plenitud, y ahora solo espera del presente que le ofrezca una explicación, la versión completa de lo ya sucedido: “Estoy desconcertado ante la evidencia de las cosas, me siento frágil”. Pero apenas dispone de elementos reveladores: “Necesito volver a la realidad, demasiada divagación”. Que ya no espera nada es una certeza que cada suceso lo confirma: “Este accidente es lo único que me queda, un aviso para dar las gracias por la rutina que me espera el resto de mi vida”.

El cielo de Kaunas nos enfrenta a tres historias en las que sus protagonistas malviven sumergidos en una profunda infelicidad hecha del dolor que ha marcado indeleblemente sus vidas, que los ha instalado en la incomunicación y en la locura. Cada una de estos relatos presenta conexiones con los restantes a través de la simultaneidad que vamos descubriendo. De pronto, un hecho, un secundario personaje, que aparece en una de ellas, los reconocemos como elementos importantes de una historia anterior. Esos cruces son a veces anecdóticos, inconscientes, distantes, pero otras veces decisivos, incluso trágicos. El autor tiene la suma habilidad de mostrarnos esas coincidencias solo desde apuntes incompletos que requieren de la participación del lector. Estos encuentros nos permiten ver a estos personajes, que ya conocíamos desde la detallada interioridad que antes se nos había descrito, esta vez desde la somera visión exterior de alguien que no puede penetrarlos. Comprobamos así los errores de percepción en los que incurrimos, las hipótesis erróneas que elaboramos acerca de los otros.

La mayor virtud de El cielo de Kaunas es la honda descripción del mundo interior de unos protagonistas que viven en el lacerante torbellino de su desquiciamiento, poseídos por una oscura visión que han heredado de los golpes recibidos, de esas heridas que han fundado en ellos una irrebatible desesperanza. Recorremos sus pensamientos mediante una prosa que avanza a través de frases cortas que describen los entreverados distintos planos de su íntimo discurso, que se suceden o se contraponen alcanzando efectos sorprendentes y mantienen atento y expectante al lector. Nos hallamos ante una novela muy dura pero a la vez apasionante. Dura, porque nos obliga a acompañar a los protagonistas por los tenebrosos recorridos a los que están condenados, pero también apasionante porque nos invita a conocer de cerca a esos congéneres que están irreparablemente constituidos por unas circunstancias demoledoras. A través de su mundo, de la magnífica prosa que minuciosamente nos muestra sus siempre significativos pensamientos y actos, accedemos a otras amplitudes del concepto de lo humano.