Presentación de Pasado Propio de David Matuška Olzín.

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Cuando como polen caen los versos (Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco) Por Mateo Marco

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 EL FUEGO DEL MAR, De Mª ENGRACIA SIGÜENZA PACHECO

El jueves 14 de junio se presentó en la Biblioteca María Moliner de Orihuela el libro El fuego del mar de Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Editorial Celesta, Madrid). El acto comenzó a las 20 horas y contó con una gran afluencia de público que llenó totalmente el salón de actos de la Biblioteca.

María Engracia Sigüenza Pacheco ha participado en bastantes antologías, libros colectivos y exposiciones y ha publicado en revistas y periódicos como Cuadernos del matemático, Empireuma Opticks magazineLas afinidades electivasFrutos del tiempo o minutocero.es.

En 2015 ganó el concurso de microrrelatos de la editorial Acen y quedó finalista en el I Premio Nacional de Poesía Villa de Madrid. 

La presentación, que reproducimos a continuación, corrió a cargo del historiador, escritor y poeta Mateo Marco Amorós e intervinieron Mª Engracia Sigüenza y el autor del prólogo, José Luis Zerón Huguet.

Cuando como polen caen los versos

(Presentación de El fuego del mar de María Engracia Sigüenza Pacheco)

Por Mateo Marco

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Son versos que cierran el sólido poemario de María Engracia Sigüenza Pacheco que presentamos, titulado El fuego del mar, editado por Celesta, prologado con acierto por José Luis Zerón Huguet.

Sobre el estruendo del mundo se precipitan los versos.

Afortunadamente, tenemos que añadir. Y caen como polen. Un polen terapéutico por impregnarnos de poesía en este mundo excesivo de ruidos. Curándonos. Y como poesía fiel a la poesía, las palabras nos sanan y salvan por preciosas y precisas. Palabras especialmente necesarias en estos días en los que se consume una primavera húmeda y rara. Primavera al cabo. Pero versos que también servirán para toda estación de la vida con sus veranos cálidos y pesados. Con sus otoños de soledades y desnudeces. Con sus inviernos fríos.

Los que somos y nos sentimos del otoño nos veremos muy reflejados en un poema de El fuego del mar titulado “Otoño”. Un magnífico poema, para no obstante, como hemos dicho del poemario en general, para toda estación de la vida.

Uno agradece esta polinización poética –decíamos– que nos concilia con las palabras oportunas, explicativas de los momentos eternos. Palabras preciosas y precisas –también hemos dicho–, necesarias para decirnos lo esencial.

Esto es lo que uno, más lector que poeta, humildemente pide a los versos. Precisión frente a nuestro hablar cotidiano. Utilidad y tino frente al decir usual excesivamente tópico, decir usual excesivamente convencional. Decir usual que por tópico y convencional, resulta inútil para explicarnos lo fundamental, inservible para explicarnos a nosotros mismos. Defectuoso para conocernos, para saber qué somos. No así las palabras transformadas en poesía que nos trae María Engracia Sigüenza en su libro.

El fuego del mar se nos presenta en tres fracciones: “El espíritu de Gea”, “Atenea y las Musas” y “La mirada de Cronos”.

En la primera fracción –así lo confiesa la autora– la naturaleza, la vida y el amor sugieren las composiciones.

En la segunda, manda la inspiración inducida por el arte, por las artes: la música, la literatura, la pintura… Es esta sección, en gran parte, un honrado homenaje a los creadores. Leyéndola, nos ha traído a la memoria –y salvemos las distancias que haya que salvar– la magnífica obra de Daniel J. Boorstin titulada, precisamente, Los creadores. Al cabo somos herederos de todo lo precedente. Y lo precedente legatario de una eternidad. Pero para llegar a este homenaje que rinde la poeta en “Atenea y las Musas” es preciso desprenderse de vanidades y ver en el legado de los demás, en lo que nos sugieren las sabidurías de los otros, las respuestas que buscamos. Así, en esta segunda parte María Engracia se desprende agradecida a sus “musas”, en cada poema, en cada verso.

El tercer apartado, aun teniendo presente la inquisitiva e inevitable mirada de Cronos –del Tiempo y la muerte– resulta balsámico. Tiempo escrito con mayúscula como en el poema “Crepúsculos”. Escrito con mayúscula como de pequeños nos enseñaron a escribir la palabra Dios. Dice la autora con una ternura brutal, insisto con una ternura brutal, que son reflexiones sobre el tiempo y la necesidad de reconciliarme con la muerte mirándola sin miedo en los ojos de la vida.

Hemos dicho conscientemente ternura brutal y lo hemos repetido y lo repetimos –ternura brutal– para jugar como juega con sagacidad Sigüenza Pacheco, en todo el libro, con conceptos opuestos. En ocasiones aparentemente opuestos. Conceptos opuestos –oxímoron dicen los analistas del lenguaje figurado– y también paradojas, que más que contrariar reafirman la idea que pretenden transmitir:

Aurora y ocaso.

Vivir muriendo.

Perdedores invictos.

Caos del universo versus orden de la vida.

Fragilidad de los mortales versus poder de los dioses.

grito mudo

Realidad o sueño, / certeza o anhelo.

Bálsamo o revulsivo / (…) huracán que sosiega.

la salud de los enfermos.

“Los recuerdos del porvenir”.

Heridas que curan.

O esa paradoja que cierra el poema magistral y misterioso titulado “La visita”, dedicado a su hermana. Poema magistral y misterioso, insisto:

y regreso al mañana.

O el vivir muriendo. En “Vivir”.

Como en otro titulado “Tú y yo” se enfrentan:

vida y muerte

dicha y pena

sombra y luz.

Oxímoron y paradojas y más paradojas, especialmente, en el titulado… “Paradojas”:

(…) corazones de fuego / creciendo en una tierra polar, / (…) palpitar de las flores / en los jardines de hielo. // (…) crepúsculos

Conceptos aparentemente opuestos pero que reafirman la idea que pretenden transmitir. Y concilian la diversidad. Y la embellecen. Versos –recordamos– que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Afortunadamente.

Versos plenos de hermosuras.

Sirvan de ejemplo los escritos en “Amor”:

y el faro de la luna / iluminó sus vidas.

O el que se escribe en “Todo”:

la explosión de sol de los girasoles.

O…

tejeremos el tapiz sagrado del recuerdo, que se dice al final del titulado “Luchas”.

O… el gran piano del mar. Ésto en el titulado “Euterpe”.

O ese magnífico verso abierto con el que termina “La Medusa”:

Pero algunos días eran luminosos…

Y qué decir de esos versos finales del poema “Tu recuerdo” dedicado –como todo el libro– al padre–:

Ahora debes alejarte, / debes regresar / al fondo de mi alma.

Escribía Muñoz Molina en El viento de la luna:

Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre.

El poema de Maria Engracia es precioso homenaje al padre. Y todo el libro un caminar de la mano de un padre-origen.

Caen los versos / como polen / sobre el estruendo del mundo. Decimos y repetimos aprovechando versos finales del libro que presentamos. Y es que resulta que al tiempo que preparamos algunas palabras para presentar el libro de María Engracia Sigüenza nos ha llegado otra obra de un amigo también poeta. Un libro que por estar pendiente de concurso hemos de guardar la pertinente discreción. Todo esto cuando en el tintero y sobre una pila de libros aún queda por atender, vibrando de intensidades, el Dondequiera que vague el día de Ada Soriano.

Versos y más versos. Que nos llegan –bendita sea– como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucionen, es más, a veces los versos redundan como sal sobre las heridas de la vida; pero nos salvan porque nos la explican.

El veintitrés de enero de 2009, el nobel José Saramago bajo la pregunta-título “¿QUÉ?” escribía en su blog:

Las preguntas “¿Quién es?” o “¿Quién soy?” tienen respuestas fáciles: uno cuenta su vida y así se presenta a los otros. La pregunta que no tiene respuesta se formula de otra manera: ¿Qué soy yo? No “quién”, sino “qué”. La persona que se haga esta pregunta se enfrentará a una página en blanco y lo peor es que no será capaz de escribir una sola palabra.1

La reflexión de Saramago parece una reflexión contra escritores desde la derrota de quien precisamente escribiendo nos ha explicado y descubierto tanto el quiénes somos. María Engracia Sigüenza, ejerciendo de poeta, supera el reto que nos plantea el nobel, respondiendo no solo al qué soy sino también –nos lo advierte Zerón en el prólogo– respondiendo a esos interrogantes eternos que aparecen en el poema titulado… “Eternidad”:

¿De dónde venimos?

¿Hacia dónde vamos?

¿Quiénes somos en realidad?

La respuesta a estas preguntas que nos ofrece la poeta es tan genial como hermosa. Pero no considerando oportuno hacerles de spoiler, destripándoles o arruinándoles la respuesta genial y hermosa, habrán de conocerla y disfrutarla ustedes leyendo el poema.

Leyendo el poema y el libro. Pues contra el pesimismo o maldición de Saramago, en El fuego del mar se nos aclaran muchas incertidumbres. O al menos se nos consuela asumiéndolas humanas. Sirva de ejemplo el poema titulado “Dolor” que contradice el célebre poema “Lo fatal” de Rubén Darío. El de: Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque esa ya no siente(…)

Los versos de El fuego del mar si no responden las incertidumbres con certezas, sí asumen la realidad humana. No la esquivan. Ofreciéndonos estrategias de búsqueda. Una aceptación de la realidad no resignada, sino asentida como irremediable y hasta transmutándola en hermosa realidad vital. Incluida la muerte. No tengo miedo a la muerte –vendría a decirnos Unamuno–. Tengo miedo a morirme.

En El fuego del mar las incertidumbres en muchos casos se clarifican o asumen recurriendo –también lo advierte Zerón– a la mitología griega.

En Así vivían en la Grecia Antigua cuenta Raquel López Melero que en la formación de los griegos, una vez que el escolar sabía leer y escribir con corrección, se iniciaba en el aprendizaje memorístico de grandes fragmentos de los principales poetas. El preferido era Homero, ya que en los dos poemas que se le atribuían, la Ilíada y la Odisea, creían encontrar los griegos todo tipo de enseñanzas. Hesíodo, Solón y los autores dramáticos aportaban asimismo (…) unas enseñanzas que incluían principios de moralidad pública y privada, estímulos respecto a la actitud frente a los dioses y frente a la patria, (…).2

Principios de moralidad pública, estímulos… Al cabo valores. Discutibles, los clásicos, si queremos, algunos, como valores. Pero materia para discernir. Es de agradecer que María Engracia nos devuelva y nos vuelva con El fuego del mar a lo clásico en una labor que podemos definir, si se nos permite, como de arqueología poética.

Los que nos dedicamos a la Enseñanza vemos con cierta preocupación cómo se derrumban con una rapidez irremediable los referentes culturales compartidos –antes– entre generaciones. Y ahora es como si todo se hubiera convertido en cosa de usar y tirar. En azucarillo que se disuelve ante el líquido de la inmediatez.

Por ejemplo, las películas que se estrenarán mañana, que algunas hace años darían para cineforum, charlas de café, referencias durante años, pasado mañana serán viejas. Y olvidadas. Acaso, no lo digo en broma, algunos nexos nos los salven los Simpson. Lo digo con conocimiento de causa porque cuando he querido recurrir a algunas de esas herencias y referencias culturales compartidas entre generaciones pasadas, algún alumno me dice que lo ha visto en los Simpson. Lo que ya no sé si alguien evitará, como ya años me pasa, el que mis alumnos me corrijan cuando digo, refiriéndome a la diosa alada de la victoria, Niké o Nike. Ellos me dicen que se dice naik.

Por todo lo dicho, bienvenida sea esta presencia de lo griego –esta arqueología poética– en El fuego del mar. Por recordarnos al cabo en todo el libro el verso de Horacio:

Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit in agresti Latio.

(La Grecia conquistada introdujo en la agreste Roma, el reguero de dioses de la cultura y de la ciencia).

Habitantes, nosotros, en este contemporáneo y agreste Lacio que estamos haciendo del mundo, cada vez más agreste, cada vez más rudo, bienaventurada sea la recuperación de las sensibilidades del clasicismo. Es el Graecia capta ferum victoriem cepit… –la Grecia conquistada conquistó al bárbaro conquistador– que nos recuerda Indro Montanelli, al tiempo que nos trae la siguiente reflexión:

El historiador inglés Maine ha dicho que todos nosotros somos aún colonia de ella [Grecia] porque, salvo las ciegas fuerzas de la naturaleza, todo lo que en la vida de la Humanidad evoluciona es de origen griego. Tal vez exista una “retórica de Grecia”, como existe una de Roma, que altera un poco las proporciones de su contribución. Mas nadie podrá negar que haya sido inmensa y, sobre todo, que hayan sido varios, vivaces y fascinadores sus protagonistas.

Hace unos años, estando en expectativa de destino trabajé en el Instituto de El Campello. Fue cuando el boom urbanístico que sí que había afectado ya a gran parte de nuestro litoral todavía no había llegado a la población marinera. El boom urbanístico empezaba pero todavía El Campello era El Campello. Pronto y rápidamente dejó de serlo.

Providencialmente aquel curso, además de impartir asignaturas de mi especialidad en Geografía e Historia tuve que completar horario con un grupo de Lengua y Literatura. Entonces me puse en manos del Departamento que dirigido por el catedrático Juan Luis Tato venía desarrollando para el nivel de primero de BUP un proyecto innovador para la enseñanza de la lengua castellana. Un proyecto que consistía en la lectura y el análisis, con actividades muy creativas y verdaderamente instructivas, de la Eneida de Virgilio. No es menester señalar la valía de este texto latino heredero de la tradición clásica que venimos diciendo. Por esto apreciamos que en El fuego del mar se nos devuelva esta tradición, se nos retorne al clasicismo.

Muchos mitos nos refuerzan contra nuestros miedos. Porque nos traen, aun arriesgando consecuencias, valores: Artemisa, la destreza. Pandora, la curiosidad… Lilith –tan tildada de maldades– no deja de sugerirnos la libertad… Somos “Grecia” pero… pero… Y también nos lo recuerda María Engracia somos “naturaleza”. Y entre la naturaleza, lo enigmático del mar. Donde el origen, pero también el destino donde volvemos a nacer. Por lo que sabemos del mar, pero más –siendo origen del origen– por lo que desconocemos. Una naturaleza de la que somos fusión porque somos agua y, desde un grito con exquisitez femenina, mujer, raíz y fruto. Una naturaleza que sabiéndola escuchar, sabiéndonos de ella, nos dicta poesía: Así la música de la tierra. Así el viento que susurra.

La respuesta, mi amigo, / está flotando en el viento. La respuesta está flotando en el viento —canta Bob Dylan.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza” y somos “Cosmos”. Y la salvación acaso esté en sentirnos parte, aun insignificante, del Cosmos. Así, fuimos antes de ser, somos siendo y seguiremos siendo después de ser.

Perdón si estas palabras mías de ahora les parecen un juego propio de trilero. Pero si nos fundimos en el Cosmos, resulta así.

Somos “Grecia”, somos “naturaleza”, somos “Cosmos” y… Y también recuerdo.

En Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi naturaleza y recuerdo se funden en una escena bellísima. Es cuando el periodista Pereira interrumpe de forma repentina su viaje, en tren hacia Parede, para bañarse en la playa de Santo Amaro. El médico Cardoso apreciará que lo que atrajo a Pereira fue la naturaleza, mas Pereira considera que posiblemente lo que provocó su decisión de interrumpir el viaje fueron los recuerdos.

En el poema “Crepúsculos” destaca María Engracia la importancia del recuerdo. La memoria nos salva. Nos salva o, también, nos atosiga. En este sentido resulta precioso el poema titulado “Madre” donde el pasado, el recuerdo, se intuye amenazante. Contra él, contra el presente que recuerda o acaso contra la muerte, se escribe:

No cierres los ojos madre, / ¡mírame!

Y termino.

Decíamos al principio de nuestra presentación que estos días de primavera rara nos llegan –bendita sea– versos como bebedizo curativo. Purgante contra la realidad. No porque la solucione sino porque nos concilian con el mundo y con nuestros semejantes. Y yo lo agradezco.

El presidente Kennedy apenas un mes antes de ser asesinado pronunció un discurso en la universidad de Amherst. En él, homenajeando al poeta Robert Frost, dijo:

Frost consideró a la poesía como el medio para salvar al poder de sí mismo. Cuando el poder lleva al hombre a ser arrogante, la poesía le recuerda sus limitaciones. Cuando el poder restringe las áreas de preocupación del hombre, la poesía le recuerda la riqueza y la diversidad de su existencia. Cuando el poder corrompe, la poesía limpia, puesto que el arte establece la verdad humana básica que actúa como punto de referencia de nuestro juicio.

Poesía frente a la arrogancia. Poesía para enriquecer nuestra existencia. Poesía purificadora.

Es por esto por lo que agradezco versos como los de El fuego del mar. Versos que caen como polen / sobre el estruendo del mundo.

Muchas gracias.

1 José SARAMAGO (2009), El cuaderno, Alfaguara, Madrid, pp. 180-181.

2 Raquel LÓPEZ MELERO (1990), Así vivían en la Grecia Antigua, Anaya, Madrid. Colección Biblioteca Básica de Historia. Vida cotidiana, pp. 47-48.

Miguel está en las calles por Cecilia Guillén Montiel.

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“MIGUEL ESTÁ EN LAS CALLES”

Texto: Cecilia Guillén Montiel

Fotografías: Gaspar Poveda Grau

 

Sobre el gris asfalto, en  las blancas fachadas, en “la huerta ebria de luz”1, y en  su río eternamente  sediento. Encima de ese tejido habitado donde cada día pulsa el corazón  de los oriolanos, unos versos en el suelo, una imagen nueva, una escultura en medio de donde todo fluye, reafirman la presencia de quien siempre estuvo en sentir de algunos, y  ahora forma parte del alma de muchos.

 

Ese muchachón de ojos abiertos y mirada fagocítica nunca se pudo sustraer al devenir de su historia: la naturaleza, la literatura, la religión, la guerra, las injusticias, la muerte.

Y sus “grandes ojos azules abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante”2.

Pero siempre supo impregnar de pasión  cada circunstancia de su vida al beber sin límites de ese  manantial cristalino que es un corazón veraz. Incluso en los momentos más duros y bajos de soledad, de pérdida, de lucha o cárcel,

el amor y sus frutos se transformaría para él en la única razón postrera: “Para el hijo será la paz que estoy forjando / Y al final en un océano de irremediables huesos /

tu corazón y el mío naufragaran, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos”3.

Y Miguel se dio: “crujiendo / con amor, como tierra, como roca, cual grito / de fusión, como rayo repentino que a un pecho / total único del vivir acertase”4.

De la mano de sus verdaderos amigos como “Carlos Fenol, Ramón Sijé,  José Bergamín, José María Cosío, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda entre otros,”5, que le abrieron  las puertas; Miguel  desarrolla su verdadera esencia: el instinto iluminado por la palabra, la palabra poética, “¡Palabra mía eterna!”6.

 

Sus palabras  omnipresentes en la ciudad, vuelan y trascienden no por la idea, sino por ese símbolo alado y volador como la paloma: el sentimiento que  transforma en símbolo a la poesía.

 

 


Emblema  que ilumina  su lengua comprometida: esa “paloma… llena de papeles caídos”7  y que es  reflejo de su dolorido sentir en  la auténtica y solidaria pena que le produce la injusticia: “me duele este niño hambriento como una grandiosa espina”8.  Pues, sin dudarlo, “quien lo necesitara a la hora del sufrimiento o la tristeza, allí se encontraría en el minuto justo”9.

Palabras que son golpes en la boca  de un hombre fieramente humano que desgrana, en cada estrofa de su “poesía pura” y viva,  firmes latidos que impele al mundo “la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado”10.

 

Una voz  intensa que no  se puede enmudecer, ni contener porque es del hoy y del mañana  y de cada hombre que en cualquier lugar del mundo ame con pasión la poesía.

Una fuerza telúrica que emana de sus raíces profundas, “venía de la tierra, natural”…11  tenía “Una cara  de terrón que se saca de entre las  raíces y conserva la frescura subterránea “12. El decía: “Me llamo barro, aunque Miguel me llame  Barro es mi profesión y mi destino 13. Y “Ese barro, que da moreneces a su piel y que le curte en los entresijos del espíritu es barro de Orihuela… Es el barro dignificado y vivificado en la dureza del canto que rueda por la sierra, en la voluntad de grama que trepa por los márgenes, en la airosa ascensión de la palmera…”14.

“Ya hace mucho tiempo que el muchachón de Orihuela se ha levantado entre los azahares “15. Miguel está en calle, en el suelo, en  cada esquina, y sus robustas palabras evocan  nuestra memoria y nuestra conciencia. Ya no precisa “¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen!”16 . Porque es él quien con su claridad  nos ha tocado las fibras; porque es él quien  nos ha revelado que “la palmera golondrina y barro humilde del río son esencias “que perdurarán siempre en el  alma de nuestra Oleza.

Bibliografía:

1- “¡Marzo viene ¡” Poemas sueltos ((1936).  Miguel Hernández.

2 -“Elegía” Nacimiento último (1953)- Vicente Aleixandre.

3- “Canción del esposo soldado”. Viento del pueblo  (1937) Miguel Hernández

4-“Elegía” Nacimiento último (1953)- Vicente Aleixandre.

5-  Antología Poética (2000). José Luis Ferris

6- “Palabra mía eterna” .Eternidades (1916-1917). Juan Ramón Jiménez.

7- Residencias en la tierra. Pablo Neruda (1933)

8- “El niño yuntero”. Viento del pueblo  (1937) Miguel Hernández

9- Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010). Martínez Sarrión, Antonio

10, Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

11- Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

12 – Confieso que he vivido (1974). Pablo Neruda.

13– Orihuela de la mano de Miguel Hernández. (1997). Jesucristo Riquelme

14-  -Antología de  escritores oriolanos .José Guillén García.

15- Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010).  Antonio Martínez

16-  Miguel Hernández en la memoria de los poetas de su tiempo. Cuadernos hispanoamericanos. (2010).  Antonio Martínez

GLOSARIO CATORCE (118 – 124), por Javier Puig

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GLOSARIO CATORCE (118 – 124)

118.- “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre” (Simone de Beauvoir, en su primera juventud)

El drama del ser humano es su debilidad, la fatal precariedad de sus certezas, la reincidencia del temor, la dependencia de un número infinito de posibilidades que se clasifican en reveses o espaldarazos al aliento propio. Vivir es estar preso de las vicisitudes que a veces lastiman nuestra sensibilidad desbordada.

Nunca he creído a quienes afirman que es posible adquirir una felicidad sin fisuras. En lo que sí creo es en armarse de fuerza, consistencia, conocimiento, serenidad, para poder reducir, acortar, conllevar los efectos de la esporádica o recurrente adversidad.

119.- Amar es cansarse de estar solo (Fernando Pessoa)
Pessoa era un poeta muy triste, un hombre que no creyó enteramente en las bondades de la vida porque solo alcanzó a adivinarlas. Uno se cansa de estar solo, pero no por ello se ama. O es que ¿cansarse de estar solo es ya empezar a amar? El amor no es indefectible cuando se lo necesita para salir del atolladero de uno mismo. Se puede buscar a otro, pero para huir de uno mismo y – a pesar de las forzadas apariencias – para refugiarse en él, sin verdadero afecto.

120.- Sin abandonar mi casa conozco el mundo entero (Lao Tse)
La casa, es decir la quietud, los estímulos aminorados, la confianza en el propio ser, la totalidad en el ejercicio de la mente, en sus recorridos imaginados. O la pura sensación de vivir, la intensa conciencia de ser reflejado en la intensidad de los contornos que dan al mundo esa fuerza de la realidad que lo es, aunque se manifieste en su simple redundancia, en su escueta densidad. El mundo entero es lo que se ve o lo que se concibe, es esa insatisfactoria respuesta a una pregunta muy nuestra, a veces cansada, otras muy viva.

121.- No hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza (Spinoza)
El hombre vive en la perentoriedad de un vaivén. La esperanza es un agarradero incierto, peligroso, si muestra su sarcasmo, si nos espeta su condición de irrealidad, de base ilusoria. El futuro es el lugar al que vamos desde nuestro deslizamiento. No sabemos si seguiremos cayendo con buen pie, con la atenuación que intentan forjar nuestras explicaciones; o si esta vez caeremos descalabrados. En lo que nos acaecerá, apenas disponemos de la creencia en las construcciones erigidas del material de nosotros mismos. Hay azares poderosos, destructivos, que podrían manifestarse, alcanzar su dramática culminación. Y si cuando hay temor sobreviene la esperanza, es porque se confía en el poder de lo frágilmente establecido.

122.- Sigo prefiriendo una lucidez triste que una ilusión feliz (Enmanuelle Cárrere)
La lucidez es claridad que no miente, descubrimiento del grito de lo obvio, desbaratamiento de la ilusión, que es engaño consentido, manipulación emocional a través de ideas autoimpuestas. La ilusión feliz se sostiene invicta hasta que la ostentosa presencia de la realidad la desbarata¸ hasta el contraste con la contundencia de un relato adverso. La licitud de su uso se basa en la teoría de la validez de nuestros sentimientos, en detrimento de las verdades de un supuesto signo infausto. Estar triste no es lo indeseable de por sí; de hecho, es un asentamiento seguro, una pose que no deniega la belleza.

123.- Ligeros como el pájaro, no como la pluma (Paul Valery)
La ligereza es la virtud más humilde. Se basa, no en la jactancia, sino en el hallazgo de un camino fiel a nuestro aliento. Lo que no pesa no es la ausencia de nuestras implicaciones, sino la no necesidad de los sueños, la certeza sucesiva en una facilidad que ha costado y que hay que reponer bastante a menudo. Surquemos las frondas con la jovialidad de la entrega.

124.- La costumbre nos arrebata el verdadero rostro de las cosas (Montaigne)
La redundancia de las cosas nos adormece, nos ciega la reincidencia de una imagen. Nuestro aturullado tránsito cotidiano nos hurta la necesaria detención en cada objeto que se propugna profundo. Soslayamos la llamada de aquello que, en su limitación, alberga una ancha representación de los secretos de la realidad. Con la prisa de quien se siente sabedor de lo preciso, en la reducción de lo previamente designado, rebasamos los rostros, los paisajes, las palabras. Abrir los ojos a la gran interioridad de lo evidente es alcanzar un grado más en el despertar, acceder a los primores de lo espontáneo.

Presentación de Pasado Propio de David Matuška Olzín en Elche

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Presentación de PASADO PROPIO de DAVID MATUŠKA OLZÍN,

por Pedro Serrano

47 poemas, 1.115 versos escritos por un músico, por un tipo muy atractivo que sopesa todo cuanto dice.

Decenas de líneas, como nuestras vidas, cayéndose en los tejidos. Un puzle de postales, un todo en movimiento.

Unos poemas escritos por un compositor de extrañezas, traductor, lingüista, bajista, arquitecto de voces, agitador de sentidos, cambiador de pañales, checo, sí, mas checo enamorado.

Bien, hasta aquí el juego de palabras, la fórmula con la que se intenta llamar algo a la atención muy necesaria.

Ahora llega la oportunidad de colar entre las páginas del libro, pero no con el fin de diseccionar los poemas, o analizar los 20 años literarios que han consumido vidas al propio poeta.

No es necesario; en este momento toca oler el poemario, no es nada metafórica esta expresión que estoy utilizando, desde que se empieza a fabricar el papel a partir de la celulosa, comienzan las moléculas químicas a intervenir, empieza la madera a hacerse vieja, no solo vamos a oler la emoción del libro de David, también estamos ante un libro nuevo que nos está provocando, muy sutilmente, adicción.

Adicción por las medusas que saltan entre sus páginas, y adicción provocada en parte por las partículas residuales del pegamento que se usa para encuadernar.

Con solo abrir un libro y oler sus espacios, ya somos seguramente más poéticos dependientes.

Estamos dentro del pasado de David. Vemos la nieve para acabar disparando o preguntando, ¿y ahora qué? no puedo encontrar las huellas que me lleven a casa. Afirma el hombre de silesia.

Ya estamos dentro de un pasado propio. y allí dentro, con las palabras con la que el autor diseña sus poemas, nosotros podemos trazar un mapa donde las geografías palpitan igual que los corazones.

Matuska: eres de un lugar donde todo está perforado y atravesado por un cometa. Un lugar donde existe un saludo secreto, y en la calle, pasean piedras, animales, y a veces personas. o, pasea gente soportando la felicidad hecha a mano.

Bien, y ahora qué, el mar es una luna, tu bebes de la oscuridad, tú, eres David, o eres tól, qué y quien eres. ¿Eres un sonido? ¿Eres el sonido? ¿Eres este sonido?

Antes lo eras, antes de cualquier milagro eras un poeta nocturno, un tipo perdido bajo la lluvia, solo, perdido en el bunker, es más, incluso entonces, al contar tus penas bajo la apariencia de ese peatón nocturno, no apreciabas el detalle: seguías solo, solo, porque allí no había absolutamente

Bien, podemos confesarlo, hubo un pasado propio. Érase una vez, un oficio, un camarero, un ladrón de miradas, un poeta 800 metros abajo donde se escribe sin miedo, o un acaparador de libros que ni siquiera lee.

Hubo pasado propio, y alcohol, y muerte, y serpientes, y fango, y dolor, y lágrimas, y oscuridad, pero de esto, de todo esto queda algo que, como tus párpados, también sigue cosido a un escenario:

Queda el latido, queda la respiración, queda un dios que no está, queda la fe, a tu lado. Queda la fe, en ti.

El dolor ya se fue.

Queda la fe, en ti.