GLOSARIO (21-30), por Javier Puig

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baltasar-gracian-2(Todas las citas son de Baltasar Gracián)

21. El hombre más feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.

…O como si fuera de un ser muy querido. Esta aptitud resuelve radicalmente el problema de la envidia, de los celos; termina con una autoprotección ficticia. Supone transferir las potencias del amor, que en un principio es selectivo, a una aplicación práctica más indiscriminada, desde una valoración generosa y magnánima.

22. Somos todos tan limitados, que creemos siempre tener razón.

Tener razón, para nosotros, no es necesariamente tenerla. Basta con que, en el juego dialéctico, sea reconocido nuestro triunfo como tal; y no por un jurado sabio, sino simplemente por unos observadores necios.

23.- Asombro: lo más elevado a que pueda llegar el hombre.

El asombro implica el reconocimiento de lo extraordinario, de lo supremo. La conciencia de lo elevado, de lo incomprensible. La súbita grandeza que habita ajena a las expectativas, a los tamaños y a las supuestas importancias. El asombro es el aprecio de lo sublime. Los ojos grandes del asombro asimilan reverencialmente lo bello.

24. La actividad es la que hace feliz al hombre.

Hay un hacer que es un deshacerse, un acto que nos desactiva, nos desmadeja en derroches sin fruto. Es un obedecer lo extraño, cumplir los parámetros de un mundo que importuna. Pero hay otro hacer que es la liberación de la inercia, un reemprenderse en el camino expansivo.

25. Las cosas no pasan por lo que son sino por lo que parecen. Son raros los que miran por dentro.

Lo que la mayoría ve en las cosas es lo que quiere que parezcan. Muchos se predisponen a la imagen interesada obviando la visión del objeto real que está detrás. Se asume el predominio de lo falso porque es una forma de confluencia con el afán de ocultarse a uno mismo.

26. Nunca quejarse: la queja siempre trae descrédito.

Pero qué tentación hacerlo, hacer notar el menoscabo, esperando un reconocimiento baldío. Qué tentación descargar una queja alimentada de suficiencias pero que es el reconocimiento de sentir que se está viviendo en terreno adverso. A veces, no hay más remedio que mantener el tipo, seguir allí donde también está lo irrenunciable, lo que se sigue esperando porque es necesario que se extienda por todo nuestro tiempo. Hay que seguir allí, pues no es previsible que alguna vez cambiemos en nuestros más esenciales afectos.

27. Son muchos más los engañados que los advertidos.

Cuando lo decimos de los demás es porque nos duele el permanente triunfo de la mentira. Apenas siento compasión por los engañados pues creo que, dóciles, insensibles, se prestan a serlo. Y sí, mucho más, por los advertidos, que perciben toda la falsedad pero apenas pueden luchar contra la inmensa mayoría que la defiende.

28. Antes cuerdo con los demás, que loco a solas.

El miedo a la soledad, a no ser refrendados en lo que queremos ser, a la duda de la pertenencia de nuestros sentimientos. El cobijo de los otros. Su probable manipulación pero, sobre todo, su cálido convencimiento. Dormirnos en las armonías, claudicar de pensamientos atrevidos. La posibilidad de desarrollar simulacros de personalidad aceptable, acrítica con la banalidad. ¿Qué es la cordura? A veces, estar ligado a los demás por lazos extraños, por claudicaciones de nuestro ser más íntimo.

29. Sin mentir, no decir todas las verdades.

¿Qué es la verdad? A veces no la sabemos, a menudo creemos que es solo la nuestra; es decir, un formalismo de intenciones, una forma de conocer precipitada. Pero la verdad es también lo que los demás esperan que les mostremos. Las verdades que hay que callar son las de la intimidad que solo le sirven al otro para su regocijo miserable, para aligerar su propio dolor con la constancia del nuestro, con el descuidado ofrecimiento de nuestro lado frágil; quieren sabernos dignos de compasión pero no ejercen precisamente la suya.

Hay que decirse la verdades a uno mismo, lo que requiere estar preparados para un auto juicio probablemente brutal y, al mismo tiempo, para un optimismo honesto y heroico. Y hay que callar alguna realidad a quienes queremos, porque casi nadie está preparado para no entrometerse o no derrumbarse.

30. Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que lo parecen.

Es decir, muchos de los que no lo parecen, porque quedan disimulados por ese limitado entendimiento que, entre ellos mismos, propugnan y desarrollan cerradamente. Vistos desde afuera – pero hay muy pocos que se salven de ese ámbito – son como niños que aceptan la irrealidad de sus juegos y no lo saben.

Margarita Escarpa, XVII Festival de Guitarra ciudad d’Elx

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Jueves 30 de julio
MARGARITA ESCARPA (España)
Lugar: Claustro de San José
Hora: 21:30 h.
Precio: 5 euros. Venta de entradas en la taquilla del Gran Teatro y en la tienda de música “Compás”

 

REVUELO DE PALOMAS ASUSTADAS, por José Pedro Vegas

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barcelona-palomasAparte de todo lo que el viento y los años han arrastrado (“gone with the wind”), todavía me gusta simular que estoy esperándote aquí, sentado en el bar de nuestras primeras citas, exactamente en la terraza semisoleada pero fría, de cara a la plaza enlosetada, decimonónica, taciturna (al menos ahora, sin ti), adonde van llegando poco a poco las palomas con ilusión de niños y migas de pan.

Desde aquí, absorto en los viejos recuerdos, con restos de café frío en la taza y los ojos inmóviles (como la plaza: la plaza también está inmóvil a estas horas) creo verte llegar por el extremo opuesto apareciendo casi de pronto, tras la fuente y algún coche mal aparcado, para conmocionar y dar vida a este paisaje íntimo y levemente adormecido.

Me dijiste la última vez, hace ya una eternidad:

-Espérame en el bar de la plaza, como al principio. Será un simulacro de despedids, hasta que nos volvamos a ver.

-¿A qué hora?

-Si puedo ir lo haré temprano, de buena mañana…

(Yo no sé hasta qué punto sirven los recuerdos que uno desgasta, año tras año, como las cuentas de un rosario de tacto fácil y entrañable. Yo no sé hasta qué punto una nostalgia, más o menos romántica, puede sobrevivir en esta sequedad de yermo que me asfixia, en esta sucesión de años inservibles, en este mundo frenético y ramplón que me rodea.)

Tú me dijiste: “Si puedo ir…”

Pero yo sabía que no, que no vendrías. Estabas de paso en esta ciudad, tan sólo unos meses, y tu vida se hallaba lejos, muy lejos de aquí, me habías repetido últimamente llorosa, pero decidida. Tenías que irte, tenías que regresar… Más adelante, tal vez más adelante…

Pienso ahora, sin embargo, que si tú hubieras acudido a aquella cita con el bolso que yo te regalé, tu abrigo marrón con el cuello subido al cruzar la primera bocacalle de la plaza, al otro lado de donde yo estoy ahora sentado, quizá esperándote aún, más bien recordandote, si tú hubieras atravesado la plaza taconeando con una mezcla de indecisión e incertidumbre, como otras veces, con tu mano derecha al cuello sujetando las solapas, tu mirada atravesando el espacio recogido, el vuelo de las palomas, las grandes farolas laterales, el portalón gótico de la iglesia a un lado y ese miniparque de juegos infantiles al otro, si tú hubieras irrumpido en mi campo de visión desenfocando toda objetividad y toda lógica…yo sé que entonces, qué duda cabe, nos habríamos cogido de la mano sin hablar y habríamos huido los dos juntos, habríamos…

Se me nubla levemente la plaza, al parpadear. Hundo la cucharilla en el café mientras una campana hiere el aire madrugador y una ráfaga de brisa hace que la trayectoria del agua, en la fuente central, se tambalee asustando a una paloma sedienta. Una paloma ágil y libre como aún quiere ser mi pensamiento.

He sentido una pequeña debilidad. Como un rápido y certero escalofrío bajo la piel. Estaba a punto de dar una cabezada cuando el mismo escalofrío me espabiló y creí divisar tu figura tras un revuelo de palomas asustadas.

Pero no. Son los primeros niños que salen, aún soñolientos, con sus bicicletas puestas a punto. Descomponen momentáneamente el cliché de la plaza e irrumpen en el presente con una desconsiderada agresividad. La bella postal de mi recuerdo se arruga entonces como un cartón mojado.

Sé que tengo que irme ya. O muy pronto. El peligro de cabezadas es la alarma que me devuelve a la realidad. Hasta hace un segundo todo el oleaje de mi imaginación me hablaba de ti como si realmente aún existieras, como si la noticia de tu accidente (a pesar de los años transcurridos) tan sólo hubiera sido creada por mi enfermiza imaginación. Espejismos también de agua en la fuente de esta plaza inamovible, de este hermetismo que desgasta mi mirada sin inmutarse. Esquinas cómplices de antes, viejos paredones que sostenían la tramoya de nuestra impaciencia y nuestros encuentros.

Pero yo me resisto a desmoronarme antes que las farolas, los árboles y la piedra. No puedo permitir que triunfen sobre mí la pura mole y el silencio.

La mañana se estira sobre la plaza como una gran lona de circo que presagie risas y acrobacias. Y el aire se va llenando de voces, carreras y piruetas infantiles como en un circo de verdad. Pero el hecho es que la mañana, bajo esa piel tersa y como recién maquillada, esconde un presentimiento en el vuelo inquieto de las palomas o en las pequeñas sombras que se agazapan en los nichos de la iglesia.Y toda esa seriedad de piedra, todo ese mayestático afianzamiento de eternidad que rezuman estatuas, esquinas, incluso árboles…se ve ahora como levemente amenazado…

Mientras tanto, la función de circo ya está en su apogeo y la plaza se arrebola de colores. Y de movimiento. Una mujer saca cuidadosamente sus plantas al balcón. Es un rito variopinto y sosegado. En la acera de enfrente trina un canario sin contemplaciones. Rompe la calzada el fragor de las primeras motos. Se mueve la brisa, perezosa y lenta, al compás de una música melancólica que se cuela por un balcón . Vienen las palomas a beber, alborotadas y suspicaces. Un niño las persigue. Otro irrumpe contra la luz con su bicicleta de domingo. Grita una madre desde un balcón y salen de misa las primeras mujeres enlutadas.

Me levanto sin aplomo, tal vez con una esperanza de claridad.

Es esta osadía de cruzar la plaza la que ahora me embriaga. El heroísmo de esta pequeña decisión que me aleja de la terraza y del café. Sé que al despedirme de ellos, me desprendo también, me desgarro, del pasado. Del ángulo de visión de la plaza por donde te observaba aparecer, ligeramente trémulo, enormemente impaciente. De la terraza y de las manos compartidas sobre una mesa coja. De proyectos de futuro que se retorcían en el aire, tal vez difícilmente posibles, como un anillo de humo que se convulsiona y extingue sin dejar huellas.

Me levanto sin prisas. Me tomo el tiempo que tan avaramente se me escatima. La claridad refrescante de la fuente atrae el vuelo repetido y fugaz de las palomas

De pronto, se oye el golpe. Seco, como la palmada en la espalda de un viejo amigo. Rotundo, como un mazazo sobre el tambor. Quizá también inevitable.

Se siente el susto del golpe. Las palomas echan a volar, los chicos se callan, el aire se estremece. Se desploma la cúpula del circo sobre la mañana.

Es un golpe enérgico, pero fofo por dentro, como con sordina. No produce má alboroto que el grito de un náufrago en la taza de café.

La moto -níquel y rugido de fiera- ha quedado en el suelo con su urgencia vencida.

También el viejo está en el suelo. Las losetas transpiran angustiadas bajo el cuerpo caído. Se entrecruzan las pisadas y los ayes. Gime la sorpresa en los ojos de la gente. Se abre paso, a codazos, un rayo de sol…

David Martínez, Festival de guitarra Ciutat d’Elx

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David_Martinez_Ok_granLunes 27 de julio
DAVID MARTÍNEZ (España)
Lugar: Claustro de San José
Hora: 21:30 h.
Precio: 5 euros. Venta de entradas en la taquilla del Gran Teatro y en la tienda de música “Compás”

LA ÚLTIMA TARDE CON GLADIATOR EN EL ALTAMIRA, por Francisco Gómez

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  cine_altamira_por_raul_diez  Reconozco que siento una sensación de soledad cuando recorro las calles de la “city” y veo las antes entradas de las salas cinematográficas tan huérfanas de espectadores. Es la impresión que me recorre los huesos cuando paso al lado del cine Altamira, en pleno Jorge Juan, al lado mismo del ambulatorio de San Fermín, junto a lo que es hoy la discoteca Limusine, antes el Music Hall Altamira.
    Mis ojos proyectan la mirada hacia la película del reciente ayer y contemplan una pantalla llena de vida, con una riada de ilicitanos ansiosos por ver la gran película de la temporada que siempre se estrenaba en el Altamira. Estoy hablando de pelis míticas para mi generación como “La guerra de las galaxias”, “ET”, “Tiburón, “Gladiator”. Luego estas cintas se pasaban al Capitolio, el Alcázar o por último desembocaban en el Paz, pero ya no era lo mismo…
    ¿Os acordáis del aspecto del Altamira? La entrada, tras franquear las angostas puertas del templo, mínimamente espaciosa, la espera desesperante con el personal agolpándose a las puertas del cine, las parejas en su afán de comprar palomitas, los apretones, el olor del tabaco y las ansias de disfrutar de la película.
    Hasta que llegaba el momento de entrar…Las carreras para coger buen sitio en un cine con un patio de butacas inmenso como las plazas de Lisboa o un portaviones USA y la pantalla que no podíamos abarcarla con la mirada. Nos desbordaba en todos sus ángulos, por todas sus esquinas. Era la culminación de las dimensiones que sobrepasaban al espectador.
    Y aquella tarde de un domingo cualquiera, leí la cartelera en el periódico y vi que echaban “Gladiator” en el Altamira.gladiator “Una de romanos”, pensé. Uno que se declara fiel seguidor de este tipo de cine estaba convocado a verla. Inevitablemente. Dirigida por Ridley Scott, que ha dirigido “Alien”, “Blade Runner” y la road movie “Thelma y Louise”. Interpretada por Russel Crowe, el de “Virtuosity” y “L.A. Confidential”.
    Sufrí un bombazo sentimental que me dejó extasiado. Quería ser como aquel general Máximo Décimo Meridio, comandante de las legiones del Norte. Máximo era y será para siempre el arquetipo del hombre que yo quiero ser y no sé si algún día llegaré a la altura de sus sandalias. Bueno, noble, valiente, leal, amante de su familia por quien recorre toda la Europa romanizada en un vano intento por salvarles de la ira del emperador Cómodo.
    Aunque pueda resultar un tanto absurdo, al inicio de “Gladiator” y la batalla para conquistar a las últimas tribus de Germania bajo el imperio del César, era para quien escribe una visión obligada antes de enfrentarme a una prueba para lograr un puesto de trabajo. El lema que transmitía Máximo a sus generales y legionarios “Fuerza y Honor” se convertía en una máxima que yo seguía a rajatabla mientras me preparaba para mis batallas laborales. Fuerza para no desvanecer ante la derrota y salir orgulloso del campo de batalla. Honor para saber y sentir que, pasase lo que pasase, uno debía sentirse digno por el esfuerzo realizado y creer con todas sus fuerzas que saldríamos adelante en ese terreno o en cualquier otra aventura. Claro, uno interiorizaba a su conveniencia como buen espectador subjetivo aquellas imágenes y sensaciones que desfilaban por la pasarela de sus ojos.
    Gladiator, como buena película cíclica, empieza con una escena poética bellísima y plena de sugerencias. El rudo y esforzado soldado, fiel seguidor de su emperador Marco Aurelio, acaricia con la palma de la mano espigas de un campo de trigo mientras la banda sonora nos subyuga los oídos. La paz y la belleza que busca su corazón, regresar a su ansiado hogar, ser feliz con su mujer y su hijo. Al final, asesinado a traición, el cuerpo de Máximo regresa a su hogar, ya en la otra vida, acunado su cuerpo yacente y en plenitud por la mar de las espigas de oro.
    Salí del Altamira como en brumas, entre una nebulosa de sueños, rendido admirador de este general para siempre, de ese hombre que es el ejemplo de lo que me gustaría ser y nunca seré. En un mundo dominado por el César americano y sus legiones multinacionales, donde éstos ya no son los valores que imperan.