De las noches a los días, por Javier Puig

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NO HAY COLOR(Texto escrito sobre el personaje de Atticus Finch, de la película “Matar a un ruiseñor”, incluido en el libro del caricaturista Kike Payá “Kikelín” titulado: “No hay color. Personajes de cine en blanco y negro”. )

En la calidez de la noche, Atticus está sentado en el porche. Sus hijos se han acostado. Tiempo ha habido – poco – para escucharlos, para ser benigno con ellos, sin descuidar la firmeza. Afuera, todo ha cesado: los conflictos con los hombres, el trabajo, el deber de la prudencia. Es el tiempo secreto… De pronto, una inesperada visita interrumpe ese instante pausado, ese detenimiento, la recomposición de los fragmentos vividos. Es el juez quien se adentra en ese refugio abierto. Viene a proponerle la defensa de un joven negro al que la población blanca pretende condenar por anticipado. La conciencia de Atticus no le permite rehusar ese trabajo ingrato; es una dura oportunidad para demostrarse coherente con sus creencias.

El juez se ha ido y ahora la noche tiene una oscuridad más densa. Le espera un tiempo especialmente difícil. Es el momento de expresar lo importante, lo que la vida calla. ¿Y a quién mejor que a su esposa? Hace cuatro años que no está en el mundo, pero cada día, tras los tráfagos y las heridas, vuelve, solícita, a su mente. Ahora siente que el vacío se intensifica y para combatirlo la invoca con estremecidas palabras: “Sabes que he de hacerlo. El juez confía en mí y siempre me buscará para lo más difícil, para lo que nadie quiere. Sabes que mi vida no ha de ser cómoda, pero esta vez también pueden verse afectados nuestros hijos. Y no sé si me entenderán, si puedo pedirles que sean casi únicos en este entorno de miseria moral, que se sitúen en contra de lo que es parte integrante de su querido mundo. Sé que me apoyarías. Seguiré hasta el final – por Scout, por Jem -, para que aprendan que no hay que eludir las responsabilidades, que hay que derribar los prejuicios. Espero no equivocarme y que el miedo no me debilite”.

Mañana será un día muy distinto. Atticus conoce a sus conciudadanos. Sabe de su hipocresía, de su inhumanidad con quienes consideran inferiores: esos negros, seres peligrosos a los que no hay que dejar levantar la cabeza porque se envalentonarían. Pese a la oscuridad que le devuelven, trata de mirarlos con empatía. Aprende a desarmar la necedad de unos hombres y mujeres que nunca llegarán a ser adultos plenamente, que se apoyarán en la protectora estulticia de sus iguales. Hay que porfiar, se dice; tratar de infundir, en cada ciudadano, un germen de ecuanimidad, de tolerancia.

Han pasado los meses y llega otra noche convulsa. El silencio apenas consigue amortiguar los ecos. Pero él tampoco quiere que se disipen. Son malas noticias de los hombres. Es la realidad brutal, esa que no les quiere esconder a sus hijos; la que hay que afrontar, ineludible. Si no fuera consecuente, hasta en las más duras pruebas, no tendría derecho a enseñarles nada, les dice. Si no se calzan los zapatos del otro y se anda con ellos, no se pueden comprender sus motivos. Había llegado a casa, había perdido la defensa ante un jurado insensato, infame con todas las evidencias. Exhausto, aún se resistía a sentirse derrotado. Pero más tarde, la visita del sheriff le ha traído una noticia demoledora: su defendido, cuando huía impulsado por su desconfianza en los hombres, ha recibido un disparo, y ha muerto. Es un duro golpe. ¿Lo suficiente como para tambalear su esperanza en el mundo que le rodea? Aún se esfuerza en esperar que el tiempo y los comportamientos ejemplares aumenten las actitudes valiosas. Cree que no debe conformarse con la protección de su ámbito entrañable, que debe proyectarse hacia afuera, reconocerse entre los que luchan por vencer las mezquinas resistencias. Pero, ¿es que acaso él es alguien logrado, un hombre sabio, un prodigio de aciertos? Siente que es un hombre sencillo, que se atiene a lo real, sin más ambición que ser honesto. En la noche candente, las dudas irrumpen en su dolor. Tal vez sea mejor que nadie lo sepa – ni siquiera él mismo – para poder, cada mañana, levantarse, con sus fuerzas intactas, serenas.

Han pasado muchos días, cotidianos, hechos de ilusiones, de inquietudes, de sutiles gestos…, y ya otra vez es de noche. Hoy, Atticus no está sentado en el balancín del porche, en el lugar donde brotan las confidencias que se hace a sí mismo y donde siente que su esposa lo escucha desde la persistencia de su alma. Está en la habitación de su hijo, velando sus heridas. Para él, la violencia es una torpeza a la que hay que responder con extremada templanza, a la que debe oponerse un lenguaje radicalmente distinto. Su actitud es de un heroísmo difícilmente comprensible, porque rehusar el enfrentamiento físico no suele interpretarse como un acto valiente. Pero en esta noche ya todo ha sucedido. Su rigor ético se ha visto impugnado por un amor sin preguntas. Desean imponerle un futuro más fácil: hay que creer y hacer creer a los demás que la muerte de un asesino indirecto, de un asesino frustrado, fue un accidente. Su sentido del deber, su ideal de justicia, ha prorrumpido en su voz temblorosa, pero su resolución se tambalea ante el dulce argumento de su hija, ante la pura compasión que ella siente por Boo. Con su silencio, Atticus parece aceptar ese relato que protege al ser inocente que ha salvado a sus hijos, a ese hombre enfermo psíquicamente pero que aún conserva el instinto de la bondad.

Y ahora, solo, en la nocturna amplitud del silencio, enternecido por la imagen de su hijo postrado, ahonda en las razones de sí mismo, en el insondable sentido de la humanidad, intuido tan solo débilmente. Medita sobre el poder del amor y sus posibles contradicciones. Esta noche será la más larga, y aún no sabe si, a la mañana siguiente, se sentirá respaldado por su conciencia, legitimado para seguir respondiendo ante las imperiosas cuestiones éticas que le plantea el mundo.

 

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