De secretos y mentiras, por Javier Puig

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En la ciudadLa revisión de En la ciudad, pasados siete años, me confirma que hay algunas películas nada esplendorosas en su realización que, sin embargo, pueden alcanzarme muy profundamente. De su director, Cesc Gay, recientemente había visto su última película, Una pistola en cada mano, en la que, con una estructura muy parecida, obtiene un logro mayor en la dirección de actores, aunque el guión – muy bueno también, muy elocuente al describir hirientes sentimientos encontrados – no alcance aquel nivel de esencialidad.

Las historias sentimentales de En la Ciudad se muestran fragmentariamente a través de un desarrollo que no conduce a ninguna liberación, sino a la confirmación de dependencias afectivas. Esta historia coral la componen unos miembros inquietos, insatisfechos, aprisionados, que se ven en la obligación de hacer daño a su pareja actual, a sobrepasarla, cuando se deciden a seguir la llamada de un camino propio que los impulsa hacia una relación novedosa, que ahora sienten como la más importante, la que les correspondía y ni siquiera habían sido capaces de desear. Aunque, en algunos casos, no es tanto esa seguridad, la obediencia a una voz interior, sino un intento de rescatar el maltrecho ego con un reflejo más satisfactorio, con una compañía más presumible.

Estas parejas habitan un presente dañado por el aplazamiento de su inherente futuro. Cada una de las partes, de distinta manera, siente que seguir viviendo como antes la conduce a una indeseable impostura. No obstante, el reencuentro de cada noche, tras inconfesables vagabundeos, las reubica en una contradictoria unión hecha de sentimientos inconexos. Prevalece en el ambiente una tristeza invasora, la de quien se sabe en proceso de abandono, pero también la de quien todavía se retrae de una vida nueva. Sus minutos de pálida cercanía se convierten en un torpe simulacro de afrenta a la desolación que los invade. El que ve peligrar la continuidad de su relación se inhibe de cualquier acción progresiva. Lo que le importa es abortar el vuelo del ser al que ama, amarlo así de mal, con esa tristeza, esa indigna solicitud de compasión, de compañía desvirtuada.

En una de la historias, el emparejamiento es incipiente; uno de los componentes ocupa una situación provisional, a punto de ser relegado, excluido, en cuanto el otro vislumbra una posibilidad de recuperarse en una primera opción antes malograda. Las relaciones resultan así peldaños que hay que superar, pero que no se sabe si ascienden o si precipitan a deslumbrantes descensos.

Los diálogos de estas frágiles relaciones están ahogados por las mentiras que posponen el pronunciamiento de una verdad aún precaria; retienen un giro ansiado, aún sin consolidar, prometido bajo una incertidumbre secreta, distinta a la que someten a sus parejas. Sus rostros denotan una tierna pero indiferente sensibilidad, la oscura predicción de un abandono envuelto en culpables delicadezas, cuando realmente está compuesto por un desprecio que no querrían, pero al que difícilmente se resisten, aun sabiéndolo aniquilador. Los abandonados se sostienen en la fe en una factible fusión renovada, mientras sus distanciadas parejas malviven en la creciente sospecha de que acabarán perpetuándose en una insaciable búsqueda.

En la ciudad es una película triste. Sus personajes hablan susurrando, como con miedo a vivir enteramente un tránsito inapelable. Son objetos de una transformación de la que algunos creen ser sus generadores. Pero estas historias parecen diferirse en cautas consideraciones. La escena final, con la aparición conjunta de todos los personajes, presenta un cúmulo de tristezas torrenciales que permanecen sin revelar, predice la disolución final de tantos dolorosos avances.

Tal vez En la Ciudad se hubiera podido llamar Secretos y mentiras si este título no hubiera sido ya adelantado por la película que Mike Leigh había dirigido unos años antes. Esta historia, triste también, menos plural, pero centrada en tres focos de una misma familia, muestra la permanencia de la frustración, el dolor de unas vidas de las cuales sus protagonistas tienen que callar vicisitudes esenciales, errores cometidos o padecidas carencias, trascendencias que no se asumen o que no se derivan, que lastran una trayectoria dañada.Secretos y mentiras

El personaje de Maurice es el de un fotógrafo que convive con la constatación de la tristeza ajena. Su pose es la de una estoica resignación, un lánguido vivir presenciando la insatisfacción, el fingimiento con el que se envuelve la vulnerabilidad. Su esposa está frustrada por no poder tener un hijo. Su hermana Cyntia, desde una lejanía que su mujer alienta, y que siente que de algún modo lo culpabiliza, es una mujer profundamente infeliz, sumida en unas emociones inestables. Insegura, deprimida, vive junto a una hija maleducada, desbordante de amargura, asqueada de sí misma y de una madre que no le resulta más que una penosa afirmación de lo que no le gusta de su vida. Estos hermanos, aunque se quieren, están distanciados, presos de la centralidad de sus propios hogares, que son distintos – uno de alquiler, deteriorado, caótico y otro, el del hermano, flamante en su novedad, en su espacio –, pero ambos escenarios de un vivir desapacible.

Hay un tercer y decisivo elemento en esta historia. Se trata de Hortense, una joven negra que, cuando se queda huérfana de sus padres adoptivos, decide buscar a su madre biológica. Finalmente consigue contactar con ella. Esta no es otra que Cyntia, quien la dio en adopción después de parirla a los quince años. Esta joven no lleva, como los demás, impregnada en su ser la desesperanza. Es más fuerte que esas mujeres que se recluyen en su malestar sin creer en una acción creativa, en la posibilidad de modificar su talante, de emprender una consistente revocación de su propia tristeza. Al educarse en un ambiente distinto, se ha salvado de ser víctima de compulsiones denigrantes. Para Cyntia, Hortense es como una recuperación de algo propio que, preservado en un mundo menos aciago, puede tener la capacidad de rehabilitarla. La fiesta en la casa de Maurice, a la que acude Hortensia, presentada como una compañera de trabajo, descubre algunos importantes secretos. En el transcurso de esa velada, bajo un esfuerzo de frágil armonía, se evidencian algunos de los conflictos latentes.

Cyntia, incapaz de cualquier estrategia, inhábil para la oportunidad, siente la imperiosa necesidad de desvelar su secreto y no se frena. Su hermano lo sabía, pero no su hija, que se enfurece contra ella, convencida de haber sido víctima de un imperdonable desprecio. Sí, esa chica amable y educada, es su hija. Después de esa explosión, poco a poco, el esclarecimiento de la inesperada realidad va adaptándose a los ojos remisos, convirtiéndose en el germen de una luz reparadora. Hortense, con su afectuoso sosiego, se convierte en un elemento redentor. Esas mujeres infelices ya tienen en quién fijarse, con quién avanzar más allá de quienes se consideraban a sí mismas. Secretos y mentiras es un hermoso cuento que, desde lo hondo de unas duras realidades, narra una superación alimentada por una voluntad bondadosa, una factible y excepcional solución que propone sólidos caminos de esperanza.

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