La liberación de Sándor Márai, por Javier Puig

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Sandor MáraiSándor Márai escribe con la seguridad de quien cree que las palabras pueden impregnarse de la verdad de los hombres. Su trabajo es la lenta concreción de unos detalles que revelan la esencia de una moralidad sobria. En sus novelas, sabe que dispone de tiempo, lo que le evita precipitarse en magnificencias. Su camino es otro, es el de un fino escrutador que sabe que hay que tantear con las palabras la profundidad de los sentimientos, su decisiva sutileza.

Sus novelas ralentizan la acción, la apartan, para, con serenidad, sin prisas, sin injerencias, infiltrarse en el barullo de las contradicciones humanas. En la última que le he leído, Liberación, el tema, el asedio de los rusos a una Budapest ocupada por los nazis, podría prometer espectaculares emociones, grandes escenas de acción, vistosos heroísmos. Sin embargo, Márai, no se centra en la explosividad de lo evidente, sino que se rezaga de la embrutecida acción, del escándalo, del ruido, y busca el rincón interior en el que se dirime la fortaleza de los mejores sentimientos. Lo que pretende es conocer, pero no aquello aislado, nacido de la distancia, sino que le interesa saber de qué están hechas las pasiones humanas, los odios, los amores; se esfuerza en desvelar el misterio, en averiguar por qué a veces el hombre se degrada y por qué otras veces es capaz de sobrevivir en una dignidad difícil.

Sándor Márai es un maestro de los diálogos. Pero su virtud no es la de aquellos que logran reproducir fielmente las voces espontáneas, sino que su prosa desgrana unas conversaciones que rozan lo inverosímil, unas ideas que se devanan con tenaz lentitud. Las palabras hurgan en las heridas, las voces avanzan apartando la oscuridad. Desde esa cuidadosa indagación, el mundo parece aclararse alrededor. Un discurso ético se va afirmando en esa armonía de palabras, una delicadeza que no rehúsa la más implacable verdad.

En Liberación, a través del difícil periplo de la joven Erzsébet, hija de un eminente profesor, en las semanas del asedio ruso, Márai se acerca a unos personajes dignificados por su actitud ante unas circunstancias durísimas. Les rodean hombres y mujeres vencidos por la adversidad, caídos en su incuria ética. El padre de esta joven es un hombre que ha resistido a la insania generalizada, un profesor, astrónomo y matemático, que elude alinearse con los ocupadores alemanes, renunciando a esas vitales ventajas, resignándose a ser perseguido, represaliado. Erzsébet y su padre se ven obligados, como tantos compatriotas, a abandonar sus casas, a refugiarse en los sótanos de los edificios. Pierden su hogar, su intimidad, el control de sus días. Se ven obligados a convivir en el hacinamiento, a soportar intensos hedores, a desistir de cualquier intento de privacidad.

En el viciado aire de su salvación momentánea, los protagonistas de esta historia han de esperar pacientemente la eclosión de un día que no acaba de llegar, en esa noche que parece infinita. El desfallecimiento es lo que está a su alcance. Esquivarlo es una heroicidad. Muchos resuelven ser indiferentes con el dolor de los demás. Es lo más fácil, pero no lo más gratificante. Les molestan los muertos, dan la espalda a sus ceñidos vecinos de refugio, a los que no sienten como compañeros en el dolor sino como posibles contrincantes en sus trabajos de supervivencia.

En la larga estancia en el sótano convertido en atestado refugio, un hombre inválido yace junto a la joven Erzsébet. Silencioso, apagado, apenas se manifiesta hasta el final, cuando ya empieza a vislumbrarse un primer rayo de la liberación esperada. Este hombre, digno, sensato, reflexivo, habla con la joven; de su expresión se desprende una sabiduría desesperanzada. Defiende a los judíos, no solo del odio de los alemanes, sino de los perjuicios que débilmente se expresan entre quienes están contra esa persecución. Intenta deslindar aquello que es probablemente un rasgo característico de una comunidad, lo separa del derecho a que cada hombre sea juzgado por ser únicamente él mismo. Se trata de un matemático que filosofa con precisión. Aceptar la propia naturaleza, vivir sin demasiados anhelos: esa es la liberación para él. El amor tiene mucha fuerza pero, sin embargo, es un estado transitorio. Erzsébet tiene la esperanza de que con los rusos todo cambie, pero el profesor no confía en ellos. Ella expresa su fe en que la gente aprenda de sus sufrimientos, pero el profesor cree que el ser humano siempre vuelve al punto de partida, que todo se repetirá.

Efectivamente, la realidad da la razón a los escépticos. El encuentro de Erzsébet con un joven soldado ruso, oscurecido por una extrema incomunicación, se resuelve en una violación que ella sufre atenazada por el estupor. Más tarde, sale a la calle y encuentra a ese soldado tendido en el suelo, muerto. Todo se sucede con una lógica aberrante. Sándor Márai, que escribió esta novela casi al hilo de los acontecimientos – solo unos pocos meses después -, expresa una triste lucidez, la que concreta en ese personaje herido de incredulidad.

La anhelada liberación solo fue aparente. Los soviéticos se encargarían de constreñir las vidas de esos ciudadanos húngaros, especialmente las de los más conscientes del valor de la libertad, los más amantes de la alegría creativa. Pero eso sí, personajes como el de Erzsébet, como el de su padre – el profesor que resiste íntegro todas las humillaciones, que se aviene a leer noveluchas en sus sucesivos refugios, encerrado entre seres de limitada sensibilidad -; o como el del tullido profesor de matemáticas, siguen ahí, incólumes en sus fundamentos éticos, pese a los destrozos sufridos en una ilusión que ha de reconvertirse en una muy limitada pero imprescindible creencia.

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