Antonio Gala, por Javier Puig

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Antonio Gala

Ya en el prólogo del libro que he estado releyendo, En propia mano, una recopilación de artículos de Antonio Gala, editada en 1983, Juan Cueto reflexionaba sobre el hecho, relativamente frecuente, de que un autor de grandes ventas recoja críticas desfavorables y sea vetada su entrada en el exclusivo club de los verdaderos artistas. En ese momento, Antonio Gala ya era famoso por sus exitosas obras de teatro y también por los artículos que, cada domingo, escribía para el suplemento de El País. Fue en esas páginas finales donde me aficioné a su escritura. Esos artículos eran un oasis de ajena intimidad en medio de tantas noticias, de tantos reportajes; una conexión distinta con el mundo, filtrada por una voz llena de dubitativa sabiduría, de frágil fortaleza, de esforzado valor. Eran las únicas páginas que no dudaba en conservar. Semana tras semana, las arrancaba; y las atesoré durante bastante tiempo, hasta que descubrí que existían las recopilaciones de sus artículos y la posibilidad de leerlas en el- para mí- más querido formato del libro.

De la obra de Gala, solo conozco esos artículos escritos en los años ochenta. No vi ninguna de sus obras de teatro, ni posteriormente leí ninguna de las novelas, cuando empezó ese trayecto más ambicioso, tal vez la única forma que encontró de seguir extendiéndose en su escritura. Tampoco he leído sus poemas. Está claro que no me escapo del todo de cierto prejuicio contra los autores de esquiva aceptación en los círculos literarios más exquisitos. No sé si me habré perdido algo no leyendo ninguna de sus novelas, pero el caso es que, cuando inició esa época, ya me había cansado un poco de su personaje, de eso que concienzudamente ha procurado ser. Además de escritor, Antonio Gala ha sido el solícito entrevistado de todas las televisiones, a las que acudía a regalarnos su bella palabra. Finalmente, me resultó cargante su petulancia, ese estar tan pagado de sí mismo y ese atreverse a mostrar cierta consentida impertinencia con sus entrevistadores.

En los artículos de Gala hay un yo muy pronunciado. Estaba orgulloso de esas dos palabras que lo configuraban: yo y no. A mí me seducían las dos. Por una parte, ese individualismo tan reafirmado; por otra, el rechazo de las imposiciones de la sociedad. Me gustaban esos conatos de misantropía que finalmente no se concretaban en una postura ética de desprecio al ser humano, pues se definía a sí mismo como “solitario solidario”, algo de difícil comprobación más allá de las intenciones que plasmaba en sus artículos.

Sus apariciones dominicales carecían de notorias concesiones al gran público y, sin embargo, conectaban con un gran número de lectores. Era uno de esos pocos casos excepcionales de articulista leído y adorado por grandes masas. Todos sabemos de la pereza que da detenerse a leer un artículo profundo, inmerso en un periódico lleno de noticias que aluden a vistosos enfrentamientos y frivolidades que exigen mucha menos atención y profundidad, que invitan al lector a simplismos más apetitosos. Antonio Gala tenía la ventaja de publicar en un suplemento, tipo revista, que aparecía los fines de semana, más apto para ser acometido con una actitud más relajada, que contaba con una mayor vocación de supervivencia. Hoy, esos espacios los siguen ocupando escritores de éxito, pero lo que escriben no suele corresponderse con sus proyectos literarios más ambiciosos. Así, esos textos se convierten en superficiales comentarios, reflexiones, que seguramente pensarán adaptados a la exigencia de un público perezoso, al que no hay que molestar con densidades, para el que no hay que poner en marcha todo el talento, ya que, al fin y al cabo, estas apariciones solo sirven para mantener el propio nombre en el candelero y obtener algún ingreso adicional, tal vez incrementar el número de su clientela, sin asustarla con excesivas ambiciones puramente literarias.

Los artículos de Antonio Gala parecían escritos con la intención de ocupar el nivel de lo más ambicioso de su obra. Tal vez porque, en aquel momento, su fama se debiera a sus obras de teatro y a su oratoria y necesitase confirmar su calidad en algún medio escrito. De hecho, creo que podría haber una coincidencia entre su inicio exitoso como escritor de novelas y su decadencia como articulista, limitando sus apariciones en ese género a sus troneras en El Mundo, unas concentradas diatribas contra todo bicho maloliente.

Desde el principio, se reveló como un fino y contundente fustigador de las posturas indecentes y necias. Aunque esos desahogos los revestía de excelente literatura, de rica erudición, de sensibilidad exquisita. Su prosa era enérgica, carente de remilgos, pero siempre cercana a la belleza. La época en la que escribía era la del asentamiento de la democracia frente a las nostalgias y los impulsos franquistas; esta democracia que hoy continúa tan escasa de realidad y de autoridad ética. Su desprecio hacia los políticos era recalcitrante, especialmente por su insensibilidad a la cultura. También su repulsa de una Iglesia que exponía sus rigideces, que se resistía en sus intromisiones. Y su absoluto recelo hacia unos militares, todavía investidos de capacidad de salvación, sin apenas callarse sus delirios. Aunque cada tema puntual, de actualidad, al que aludía, siempre estaba envuelto de una consideración más universal, de una reflexión que incidía en las profundidades del hombre, en ese punto de fusión entre lo público y lo privado, el lugar en que la sociedad penetra en la vida íntima, con más o menos fuerza, dependiendo de la singularidad del ciudadano, de su autenticidad y su capacidad de crearse a sí mismo.

“La literatura de sobresalto no me interesa. Aspiro a escribir para mañana y pasado mañana”, decía. Y era verdad. Lo que pretendía era hacer literatura, búsqueda de la imagen certera, luminosa. Música de palabras, vocabulario preciso. Hallazgo de lo inédito. Juegos de palabras, de frases, sin concesiones a la banalidad. Pero, al mismo tiempo, no una literatura que eludiera los problemas de su tiempo, que no sirviera para relacionarse con el mundo de todos.

En esos años ochenta, España era aún un país con restos aislados, pero muy resistentes y significativos del franquismo. A Antonio Gala, las indeseadas derivaciones de la realidad le incitaban al sarcasmo, a la más incisiva mordacidad. El pueblo español estaba viviendo la decepción, el desencanto de un tiempo esperado que no traía una renovación suficiente. Leyendo estos artículos de ayer, se comprueba que aquella fue una fase de nuestra historia llena de amenazas, de reticencias, que todavía no está plenamente superada. El divorcio, la desaparición del asomo megalómano de los militares, parecen momentáneamente irreversibles, pero la falta de calidad ética y humanística de nuestros políticos está más en entredicho que nunca, en este mundo de hoy, de transparencias involuntarias que no sirven para penalizar, para erradicar la brutal indecencia instalada.

Hoy, con esta lectura, confirmamos la continuidad de lo torcido, la rareza de lo limpio. Frente a esta constancia, que entonces sería atisbo, se alzaba la emergencia de un pueblo desengañado de tanta desfachatez, animado por la promesa de una nueva convivencia. Antonio Gala, en esos jóvenes primeros años de los ochenta, creía poder infundir, en una ciudadanía propensa, una sensibilidad inaudita, hacerla partícipe de un sueño, a la vez que consciente de una pesadilla que iba describiendo detalladamente. Entre sociales cabreos y finas interioridades, conseguía conectar con la rareza de una hermosa esperanza común. Íntimamente incrédulo, se obligaba a creer en un verdadero florecimiento, en una fresca y consistente apertura; impulsivamente generoso, se empeñaba en transmitir a sus seguidores la posibilidad de aunar las individualidades más éticas, más sensibles; y así conseguir una sociedad más justa, diáfana y bella.

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