Un filósofo para la sociedad: José Antonio Marina, por Javier Puig

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JOSÉ ANTONIO MARINADe los dos filósofos españoles más populares en los últimos años, Fernando Savater y J.A. Marina, el primero me ha parecido siempre más cercano al impulso puramente literario, más juguetonamente hedonista, más amigo de las licencias poéticas, de los acercamientos al mundo indefinido, misterioso, prometedor de sorpresas. Alguno de los libros de su primera época, como Invitación a la ética, me proporcionaron una entusiasta embriaguez. Por el contrario, J.A. Marina, a pesar de sus esfuerzos de jovialidad, siempre me ha parecido más serio en sus exposiciones, más adherido a lo práctico, a lo comprobable, a lo útil. Aunque, no por ello, deja de interesarse por los chistes, los poemas o cualquier vívida manifestación de la alegría de vivir. Es, además, una gran amante de las palabras, un rebuscador de los significados originales. Aunque las palabras le apasionan más como pozos de conocimiento que como vehículos capaces de trasladarnos a mundos inventados para vivir una pasión inútil y hermosa.

Los días, a veces, nos engañan y nos conducen a callejones sin salida, lugares que nos deniegan todo avance, toda escapatoria. Nos informan de que la vida está estrangulada por nuestra impotencia – la particular y la de nuestra especie, la de nuestra sociedad – y por las escasas ocasiones que el mundo nos ofrece de plenitud, de inmaculada dicha. De nada sirve recordar que hemos sido de otra manera. Ese callejón nos convence de que eso fue antes y que ahora empieza otra etapa, más oscura, una pendiente que nos resituará en la presencia pertinaz de nuestras limitaciones. Habría que hacer marcha atrás, o mejor, girar hasta que 180º cambien nuestro paisaje. Pero estamos aturdidos y nos cuesta. El mundo es muy imperfecto y no éramos tan excepcionales como habíamos pensado. Necesitamos ayuda. Una muy efectiva puede ser este libro, Crear en la vanguardia, de José Antonio Marina, que ahora estoy leyendo. Zambullirse en él, gozar de la verosimilitud de su alegre fuerza. Nos dice que el mundo está ahí esperando que nuestra voluntad lo transforme, le saque partido, lo embellezca.

Se trata de una recopilación de los artículos publicados en el diario La Vanguardia entre los años 2.008 y 2.011. Por separado, tendrían la virtud de aportar a la excesiva actualidad de un periódico la necesaria intemporalidad, la desubicación de unos escritos que representan al mundo íntimo en su vertiente más confluyente con el ámbito social. Juntos, a veces, denotan alguna repetición o también alguna brusca interrupción, motivada por el exiguo espacio habilitado para su desarrollo, pero lo que predomina en su lectura es la recepción de importantes informaciones, la curiosa observación, la constatación, el convencimiento de que siempre estamos en el lugar de avanzar, de conocer, de progresar sobre métodos incontestables, tanto personal como socialmente.

Es un libro claramente optimista, que señala sucintamente los extravíos, eludiendo las lamentaciones, los juicios, los reproches, y se centra en las posibilidades de expansión, de ascendencia, las habilidades constructoras. La limitación del espacio para estos artículos nos salva de posibles excesos en interminables exposiciones del cocinado de las ideas defendidas, que es la pesadez de algunos estirados libros de ensayo. Lo que encontramos en su autor es un talante activo, que no se apoltrona en el escepticismo o la indiferencia, en la crítica soberbia, sino que incide en la exploración de las posibilidades y cree en una humanidad mejor, aun sabiendo que la mayoría desiste definitivamente de ese objetivo.

Marina cita a Einstein: “durante unos años he tenido un sentimiento de dirección, de ir en línea recta hacia algo concreto. Es muy difícil describir este sentimiento”. Debe de resultar muy motivador saber que todo lo que nos rodea confluye en una tarea concreta que estamos dirigiendo, que todas las derivaciones de la vida aportan la necesaria nutrición a una tarea superior, de importancia y pertinencia intuidas, de incuestionable atención y sentido, en un esfuerzo sostenido y sereno.

En este libro se huye de los “dogmatismos confortables”. Hay mucha preocupación por la buena marcha y dirección de la sociedad. Se postula un avance sólido, no efervescente, un mejoramiento factible. Para ello, se hace hincapié en la importancia capital de la educación, que es la base de todo real progreso futuro. No obstante, este pensamiento analítico, sobrio, no excluye las manifestaciones más vulgares e intrascendentes de la sociedad, porque todo ayuda para conocer mejor al hombre. ¡Hay tantos temas sin tener que recurrir a los chascarrillos políticos, a los cotilleos malignos, a la reedición de lo gastado!

Sus iniciativas educativas denotan un importante interés por mejorar la sociedad en la que vivimos. J.A. Marina siempre me ha parecido un excelente pensador, con una gran capacidad para la divulgación, muy claro, honesto y conciso. Un filósofo que se ofrece a la sociedad para ayudarla a combatir sus limitaciones y emprender sus mejoras.

Se interesa por todo, a todo le aplica su por qué, su cómo, y lo pone a funcionar hasta que obtiene las respuestas; o no, a veces, a lo que accede es a unos pequeños vislumbres o tan solo a una pregunta más que, como tal, también tiene su valía, porque preguntar es estar despierto, atento a la vida y quien siempre pregunta tiene muchas más respuestas. Sabe más.

Dice que no es un filósofo que viva en su torre de marfil, de esos que eligen sus temas, sino de los que atienden a la provocación de las circunstancias. Nunca resulta crítico de una forma personalizada, sectaria, manifiestamente partidista. Aboga por lo mejor, lo que supere la desidia generalizada. Su desprecio, su indignación, son necesarios, fuertes, pero dignos. No se extienden para ocupar el espacio que corresponde a la trabajada propuesta de las soluciones.

Cuando no sabe nada de un asunto que le apasiona, ¿qué hace? Escribe un libro, exprime su conocimiento. Le apasionan muy diferentes aspectos de la vida. Unos lo llevan a otros. A nada es indiferente, salvo a lo repetido, y aún así, si puede, procura extraer el matiz no exacto que imprime cada reaparición de sí mismo. Le seduce lo heterogéneo.

Marina es didáctico, honesto, diáfano. Busca la interacción con los lectores. Ha organizado diferentes plataformas por Internet, en especial para recabar la aportación de ideas que mejoren los aspectos educativos, desde la perspectiva de los profesores y también desde la de los padres.

En estos artículos ha renunciado a realizar ensayos completos pero ha podido desarrollar su afán comunicador; mediante la valiosa administración de píldoras de conocimiento, ha mostrado reales y luminosos caminos de progresión a sus agradecidos seguidores.

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