La naturalidad de la impostura, por Javier Puig

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FRANCISCO NICOLAS

El reciente caso del joven Francisco Nicolás, que se hacía pasar por representante de la fundación FAES, codeándose con las más altas personalidades españolas, ha vuelto a poner en activo la curiosidad por estos casos sorprendentes que, por su notoriedad mediática y su limitada trascendencia final, han originado todo tipo de risueños comentarios.

Recuerdo ahora a aquel hombre, Enric Marco, que, durante muchos años, se hizo pasar por un superviviente de los campos de concentración. O a aquella mujer barcelonesa, Tania Head (en realidad, Alicia Esteve Head), que fue creída cuando aseguraba haber sido una de las diecinueve personas que podían contar su experiencia de habitantes de las Torres Gemelas, en los pisos donde impactaron los aviones del 11-S; tanto es así, que resultó elegida como presidenta de una asociación de supervivientes, cargo que la relumbró hasta que el New York Times desmontó su relato inverosímil. En el primero de los casos, el del joven madrileño, parece que, además de pretender una imagen deslumbrante – esa felicidad que irradiaba su rostro de niño pijo cuando era fotografiado junto a sus presas ilustres -, tenía, como ulterior o simultáneo objetivo, la estafa. Los otros dos personajes, solo compartían con el primero el elemento común de su condición de personas en principio anónimas, con relaciones sociales mucho más privadas de lo que deseaban. Los tres lograron introducirse en la trayectoria de los focos, en un escenario donde se les concedía pública relevancia, una posición influyente forjada en la mentira, en los sobreentendidos, en un buen guión y una creíble apariencia.

Ahora, también me viene a la mente la película de Hal Ashby, Bienvenido Mr. Chance, el iluminador personaje que interpretaba Peter Sellers, el de un jardinero que solo ha percibido la realidad a través de la televisión y no ha desarrollado una inteligencia suficiente y que, sin embargo, por una serie de rocambolescas circunstancias, es confundido con un político importante, llegando a acercarse a la Casa Blanca en calidad de asesor del Presidente. Para quienes lo van conociendo, la estúpida simpleza en la forma de expresarse es percibida como una especie de lenguaje codificado, una muestra de sabiduría inaudita. Todo es producto de unas erróneas y necesitadas expectativas que inducen a la credulidad, a la sumisa admiración ante un personaje que resulta misterioso, aunque aceptable porque posee unos determinados códigos de apariencia, un afín envoltorio de falsedad.

Si examinamos la naturaleza de los casos reales de impostura que he citado – y a la vez, el de los muchos de los personajes públicos que conocemos -, podemos llegar a la conclusión de que no responden a situaciones aisladas, sino que simplemente resultan más llamativos de lo habitual, más espectaculares, por el hecho de que los impostores partían de una ausencia total de antecedentes que los validasen y, a partir de ese anonimato, lograron salir en televisión. Por otra parte, frente a la dificultad que entraña llegar a condenar a los eximios impostores de largo recorrido, la creación de estos habilidosos aficionados se ha demostrado efímera, desmontable con total nitidez, sin posibilidad de réplica. Como apuntaba antes, su prioridad – al menos en los casos de Enric Marco y Tania Head – no era la de obtener un beneficio económico, sino adquirir importancia a los ojos de la sociedad, cumplir con su delirio narcisista.

En estos últimos tiempos, en nuestro país, la eclosión de un número imparable de impostores está oscureciendo cualquier perspectiva halagüeña, dañando nuestra fe en el hombre. Rara es la semana en que no descubramos que algún honorable político, empresario o sindicalista, no merecía esa distinción, sino el más absoluto desprecio. Su impostura consistía en una pose de decencia, pero a muchos se les veía venir, se les olía, por lo que, para quienes los intuyeron, siempre fueron simples delincuentes encubiertos con un nauseabundo barniz de respetabilidad. Al final, la posesión de importantes sumas de dinero sí que va a resultar un casi infalible síntoma de corrupción, tal y como algunos deseábamos que se comprobase en otros tiempos de más opacidad.

Pero hay otros muchos impostores; por ejemplo, en el arte. Es este un campo, tan difícilmente medible en sí mismo, que solemos tener todas las dificultades para obtener pruebas concluyentes de su falsedad. Estoy pensando en esos artistas contemporáneos que nos ofrecen obras que, a simple vista, nos parecen una auténtica tomadura de pelo, pero de cuya invalidez algunos llegan a dudar tanto – haciéndose eco de prestigiosas valoraciones contrarias – que terminan por pagar religiosamente fortunas por ellas; o bien, traicionan su veterano criterio, adaptándose a una admiración insensata.

En el arte, se ha experimentado con diversas imposturas, a veces de signo contrario. Así, algún escritor muy consagrado, ocultando su identidad, ha enviado sus manuscritos a diversas editoriales, obteniendo por ello solo infinitos rechazos. En una feria de arte, a un comprador se le ha dado la posibilidad de elegir entre dos cuadros: uno de una simpleza aparentemente pueril, obra de un autor, cuyo nombre y su alta cotización se ocultan; el otro, de un vulgar pintor aficionado, con la firma igualmente tapada. Por supuesto, el experto comprador no se decanta por el carísimo cuadro sino por el otro de andar por casa. En el metro de Nueva York, se realizó el experimento de poner a tocar el violín a uno de los mejores violinistas del momento, al que, para escucharlo en una sala de conciertos, se tenían que reservar las entradas con meses de antelación y a precios elevadísimos. Los cientos o miles de ciudadanos que transitaban por esa concurrida estación no se detuvieron ni un segundo atraídos por su arte; y es seguro que, entre tantos, habría algunos exquisitos de la buena música. Todo esto probaría dos cosas: que, para compensar tanta perturbadora suspicacia, necesitamos sentir confianza en una parcela de la humanidad; y que, por otro lado, sentimos desconfianza de nuestras propias opiniones cuando son solitarias. Para emitir nuestros juicios, necesitamos mirar de reojo a nuestro alrededor, sentirnos mínimamente refrendados.

Llegando más allá del corriente concepto de impostura, ¿estamos seguros nosotros de no pecar de ella? Todo el que debe vender algo precisa mejorar su imagen. Y más, si ese algo forma parte intrínseca de sí mismo; si es su sociabilidad, su cuerpo o su arte; si debe presentarse como adalid de su empresa. No actuamos con las mismas maneras en la vida privada o en la pública, en situaciones distintas, ante personas diferentes. Y no es solo un proceso de cortés adaptación, de calculada estrategia, o de exceso de confianza, sino muchas veces la respuesta natural ante un requerimiento y unas posibilidades distintas. Pero, ¿estamos engañando a alguien con eso? ¿Acaso a nosotros mismos?

¿Sabemos quiénes somos o, debajo de la presentación que nos hemos configurado, resultamos ser, para los demás – pero también para nosotros mismos – un enigma? ¿Conocemos la más profunda esencia de nuestra ser o solo aquellas capas de las que nos envolvemos para presentarnos en sociedad y ante nuestra conciencia? Para los demás, somos esa imagen que inconscientemente nos apresuramos a devolver; tal vez, mucho más, el resultado de una segunda naturaleza que nos hayamos creado antes que otra que quisiéramos improvisar. O podemos ser también una proyección de sus necesidades, de sus deseos. Lo menos que se nos puede pedir, es un mínimo de coherencia, que preservemos nuestra lealtad, incluso ante una respuesta inesperada que nos nazca de una situación nueva.

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Un comentario »

  1. retomando la idea de los impostores en la literatura, ¿qué opinas sobre los autores que, con base en uno de los grandes requisitos para triunfar en la vida: la insistencia, se hacen un nombre y, con el tiempo, son elevados a la categoría de ¨grandes¨?, porque, apartir de tu escrito, me llegó de repente una inspiración, que auqellos quienes los ponderan e de tal manera son, muy probablemente, tan mediocres como su objeto de idolatría.

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