Limónov, por Javier Puig

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LIMONOVLa penúltima novela de Emmanuel Carrére, Limónov, es una biografía novelada sobre un personaje muy conocido en Rusia, un hombre singular, uno de esos personajes que también tenemos aquí, excesivo, escandalizador; una figura a contracorriente, políticamente incorrecta, de difícil catalogación moral, tan canalla como sutilmente inocente.

Limónov es un joven que pronto conoce la insatisfacción, empezando por la decepción que le supone saber que su padre es un chequista, un miembro del aparato represor del Estado. Crece con las heridas de un amor propio exacerbado. Todo lo hace bien, su despreciado trabajo en la fábrica, su pertenencia al lumpen. Todo le lleva a explorar territorios ignotos, porque está dispuesto siempre a abandonar aquello que se ha previsto de él.

Limónov se pregunta si está por debajo o por encima de quien está enfrente, para así saber si quererse o no a sí mismo, u odiar al otro con igual intensidad, apenas de distinta manera. Se mortifica con esas comparaciones, con esa severa medición de su propia vida. Odia “la mentira piadosa, el angelismo de izquierdas”, lo “políticamente correcto”.

Atrae a las chicas destroy. Es guapo y las enamora. Pero es leal. No reniega de ellas ni cuando ya no le sirven sino para sentir pena o le incomoda tratarlas en su irreversible infelicidad. Limónov escribe, más que nada, para hacerse rico y famoso. Sus escritos son autobiográficos. Tal vez sea una forma de forzar su vida por derroteros inusuales. Vive impulsado por un fuerte sentimiento de rivalidad. Lo que importa es ocupar la posición del triunfador; desalojar, sin violencia pero sin compasión, a quien lo ocupa. Pero él no es un estratega, un sibilino. Sus mejores condiciones para llegar a las cimas son su valentía, su autenticidad, su atractivo físico. Este afán de alcanzar posiciones elevadas deriva en un hecho que no visualiza pero lo lastra: le hace compartir con un imbécil su gusto por una misma posición. Será por eso que, calladamente, dudando de sí mismo, se vuelve a veces contra sus convicciones, aunque de forma tan indirecta que ni él mismo lo sabe. Solo el lector, recorriendo velozmente la intensa vida de este personaje, puede extrañarse de sus filias aparentemente contradictorias, de esa ansia de triunfar tan adicta a las poses de la derrota.

Su gran talento en la vida es sacar provecho de todo lo que le sucede. De lo que desde un principio huye es de una vida gris, de un espíritu conformista que espanta, de una adaptación al entorno que lo convierta en uno de esos seres que desprecia, a los que huele su impúdica putrefacción, su hipocresía, su servilismo, su íntima traición.

Hay que reconocer, en este personaje de ímpetus disparatados, algunas fidelidades valientes, algunas veneraciones y lealtades incorrectas pero muy dignas. Lo suyo es la ejercitación de una postura provocadora, nadar contra la corriente; no a favor de nadie, sino solo en defensa de una expresión simplista de sí mismo. Se alegra de sus vicisitudes graves como la de estar encarcelado, hitos que apuntalan una biografía necesariamente destacable. Como un turista que quisiera probar la vida ajena, se desplaza a Serbia en plena guerra y juega a ser soldado.

Su ideología es siempre de oposición a lo sensatamente convenido. Tiene que salir de la URRS por disidente, pero no lo es al nivel de otros, por una oposición política fundamentada y consecuente, sino más bien por resultar un ser asocial en un mundo en el que no se permite ir por libre. Su rebelión no es social sino muy personal. Se refiere a los encorsetamientos que lo atañen a él, no a las represiones que ahogan la vida de sus conciudadanos. Luego, cuando se derruyan los muros, añorará ese régimen, esa Unión Soviética “capaz de crear miedo a los cojones blandos de Occidente”. Fundará un partido, el Partido Nacional Bolchevique, con esa ideología tan cara a él, mezcla de fascismo y comunismo radical, es decir, aspirante a crear un estado que amilane a sus propios ciudadanos y que asuste a sus enemigos.

Carrére se esfuerza en comprender un personaje tan extraño, quiere descubrir su bondad, a la vez que no elude reconocer sus muestras de existencia abominable. Tal vez, a este libro le hubiera faltado el complemento de algún estudio psicológico del personaje, un intento de explicación profunda de esas contradicciones, odios, irreductibles amores, extrañas adhesiones. Todo ese batiburrillo en el que se mueve una personalidad decididamente compleja, que tal vez pudiera explicar otras que no se quedan a mitad de camino pero que exudan ese apremio en la búsqueda de un triunfo que huele a fatalidad.

Limónov busca una grandeza insobornable, al resguardo de honores, de reconocimientos que vayan más allá de la envidia. Su vocación es el éxito del fracaso. Odia a los ricachos, a los triunfadores en general. Fantasea con aniquilarlos. No obstante, a veces, los trata como imprescindible trampolín, procurando no denigrarse con innecesarios servilismos. En Nueva York, tiene que pasar por la humillación de ser el sirviente de un rico, de ocupar esa posición en las fiestas, cuando desearía codearse con quienes están allí, inferiores a él según su rigurosa perspectiva. “Sueña con entrar un día en los salones de los ricos y follarse a sus hijas vírgenes”.

Limónov piensa lo contrario que todo el mundo, muy probablemente como reacción a las uniformidades más que como elaborado criterio propio. Odia a quienes gustan a los demás. De Gorbachov dice: “un presidente de Rusia no está para gustar a todos los periodistas occidentales sino para darles miedo”. En Francia lo acoge una revista, “Idiot”, descaradamente transgresora.

Ansioso de una biografía rutilante, apenas siente nostalgia de las fases que va agotando. Obtiene de ellas intensidades, forcejeos, una insatisfactoria y parcial realización de las imágenes de sus sueños. Y luego abandona ese entorno para renacerse en otro distinto que insinúe alguna revelación a su espíritu refractario.

Limónov es gamberro, ídolo, pequeño líder, escritor. ¿Héroe o canalla? ¿Un buen hombre disfrazado de intratable? ¿Un hombre auténtico cumplidor de un destino atrabiliario? Pero no, no hay mención de maltratos, de agresiones. Solo esos conatos destructivos, ese odio al que se interpone en su camino, al que encuentra merodeándolo. Lo suyo es una frustración reactiva pero, en última instancia, cuidadosa de no lesionar al hombre que contempla, que siente como un muy distante hermano incomprensible. En los últimos años, en la prisión, y luego en un encuentro, en tierras lejanas, en Asia central, con Zoriatov, su guía, admirador de Lao Tsé, aprende a meditar.

Es un fascista raro, que cuenta solo con las minorías. Crea un periódico al que llamó Limonka, jugando con su pseudónimo, pero que podría significar “granada de mano”. Dirige a una milicia de skinheads. Enemigo de Putin, si estuviera en su lugar, haría lo que hace él, pero no está en su lugar, y por eso lo ataca. Después, se asocia con Kaspárov.

No parece que Limónov sea fundamentalmente vil o mentiroso, sino más bien uno de esos hombres dirigidos por un ansia loca de alimentar un ego insaciable, siempre a remolque de sus miedos, de su vergonzante vulnerabilidad. La suya es una vida novelesca y Emmanuel Cárrere lo sabe y construye con ella un relato nervioso, de trazo rápido, de febril contundencia. Recoge muy bien todos los matices de un hombre que escribió: “Espera esto de mí. Ningún castigo podrá alcanzarme, sabré transformarlo en felicidad. Una persona como yo puede extraer gozo incluso de la muerte. No volveré a tener las emociones del hombre corriente”. Una muy interesante aproximación a una variación extrema del ser humano.

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