El Trombonista, de Manuela Maciá Vicente

Estándar

musician59Llevo largo tiempo pensando en cambiar de oficio. Pero, sinceramente, no encuentro el momento de tomar la decisión definitiva. Tampoco es cuestión de cambiar por cambiar. Además, esta incertidumbre de no saber qué haré en un futuro me aporta cierta ilusión, y ocupa bastantes horas de mi pensamiento. Me entretiene enormemente darle vueltas a las cosas, y sin la menor duda éste ejercicio es mi mejor compañero. Con la imaginación suelo ocupar infinidad de puestos de trabajo que considero estoy capacitado para desempeñar, entonces me integro en ellos y los vivo como una realidad. Pero no conforme con esto, me escapo en busca de emociones más fuertes y me atrevo a imaginar otros oficios que ignoro existen. Por ejemplo recolector de nubes o sembrador de estrellas. Sin embargo, no todo es tan fácil, hay momentos en los que se abren brechas y en ellas crecen dudas e interrogantes. Son como gusanos hambrientos devorando mi ilusión. ¿Acaso no puede ser posible lo que ignoro existe? Me pregunto inquieto. ¿Cómo va a ser posible real algo que ninguno de mis sentidos ha percibido…? Exclama mi otro lado más sensato. Y ante tan angustiosas dudas me pierdo en un laberinto de despropósitos del que todavía no he logrado salir. A veces, queriendo vencer al demonio me digo que sí, que lo desconocido, lo imaginado, lo soñado puede ser real, pues forma parte de nuestra vida y sin la imaginación ésta sería pobre y desoladora. Pero ante la falta de otros argumentos más sólidos para convencerme, las dudas se multiplican y me resulta muy dificultoso mantener la firmeza. Porque de inmediato conclusiones enfrentadas toman posición y se muestran seguras de ganar la batalla sin esfuerzo.
Aun así me digo que si imagino o sueño que en ese edificio mayúsculo donde vivo, donde viven aproximadamente cuatrocientos vecinos, en la escalera H, cuarto derecha, concretamente en la habitación que a la vez es salón y dormitorio un hombre de espíritu triste toca el trombón, todas las noches. Y además que lo hace tan bien y tan discretamente que los vecinos jamás se han quejado. Puedo confirmar que ese hombre existe, pero como sólo está en mi imaginación, la otra parte enfrentada diría que no existe ni es real. No obstante, y en un último intento por no entregarme sin lucha, si un día ocurre que escucho el sonido del trombón su existencia ocupará un espacio en mi realidad. Entonces, alentado por la curiosidad, me atreveré a preguntar a cualquier vecino y a partir de ese instante sabré que el hombre que hace sonar el trombón lleva una triste vida y es muy delgado. Después, todo será más fácil. Otro día, por casualidad, le conoceré en el supermercado ubicado en los locales del edificio… Puedo asegurar que comprobar su gran tristeza y su extremada delgadez, me causa mucha pena. Camina agarrado al carrito y se apoya en él como en un bastón. Le observo discretamente y descubro que recorre todo el establecimiento sin mirar fijamente hacia ninguno de los productos a la venta. No sé cómo soy capaz, el caso es que me acerco y le pregunto por su trombón y terminamos tomando café en el bar del supermercado. Allí, apoyados en la barra, me habla de su esclavitud por tocar cada noche el trombón a pesar de ser la causa de su desgracia. Y así es como empieza a contarme su historia, una historia muy triste. Se llama Manolo y lo primero que me aclara es que no es suyo el apartamento, sino que se lo ha alquilado un amigo por un precio razonable.
Según cuenta Manolo tuvo una infancia feliz y agradable. Fue un niño regordete y simpático que se dedicó por las tardes, a la salida del colegio, a asaltar la despensa de su madre procurando no ser visto. Siempre tenía un hambre feroz y para él no había manjar que no considerase exquisito y digno de hincarle el diente. Vivía en un pueblo que tenía fama de poseer, desde tiempos inmemoriales, la mejor banda de música de todo el contorno. Los mayores, siempre se habían preocupado de ir adiestrando a los pequeños para que ese nombre que habían conseguido no se perdiera en la memoria. Así que a los niños, con la estrategia de darles a elegir el instrumento más deseado, los iban introduciendo en la banda. Manolo, no lo dudó ni un momento y eligió el trombón. No supo explicarlo pero era su instrumento favorito. El caso es que Manolo creció y acabó siendo un buen trombonista, el mejor. Gracias a Manolo la fama de la banda fue en aumento y era contratada, muy a menudo, por los pueblos colindantes, y hasta alguna que otra ciudad les tenía reservado determinados días al año.
Y fue en una de esas ciudades donde empezó la triste historia de Manolo, aunque en honor a la verdad en los primeros tiempos nada tuvo de triste y sí de desbordante felicidad.
Fue en las fiestas locales. La banda de Manolo amenizaba una de las comparsas. Se pasaban todo el día tocando y sólo descansaban a la hora de comer y a pequeños ratos. En los momentos de más calma la banda dedicaba al público su mejor pieza y en ella, Manolo, hacía sonar su trombón con auténtica maestría. Aquel sonido especial lograba atraer la atención de la gente y cuando terminaba la melodía todos aplaudían y él se emocionaba y se sentía un hombre feliz.
El día que la vio entre el público, aplaudiéndole con entusiasmo, sintió como un escalofrío que le erizó la piel.
“Una sensación distinta que hasta entonces jamás había sentido”. Me dijo. “Era como un ángel y aunque estaba rodeada de mucha gente, en torno a su figura había una luz especial que la separaba de todos los demás. “A partir de aquel instante sus ojos no desearon mirar a ningún otro lado, la persiguió a todas partes y puso toda su alma en cada nota. Ella jugaba con él y le desafiaba. Había momentos en que se le entregaba sin trabas para, a continuación, mostrarse huidiza y perderse entre las sobras. Cuando Manolo, aprovechando la primera oportunidad que tuvo, se le acercó y como excusa le preguntó si le gustaba la música, ella le abrió las puertas sin recelos y alabó sus buenas dotes como trombonista. De cerca aún le pareció más atractiva y deslumbrante. Tenía los ojos color miel, risueños y a la vez misteriosos. Su pelo era largo y rizado y cada vez que movía la cabeza a Manolo le llegaba su perfume como una oleada de ternura.
Vieron amanecer junto al mar, sentados en la arena, acunando a la noche con una música suave. “Yo nunca me había enamorado de alguien que hubiese estado tan cerca de mí. Seguía gustándome comer demasiado y esos kilos de más que siempre llevé a cuestas me hacían poco atractivo para las mujeres, aunque eso hasta entonces no me había preocupado demasiado. A ella mi volumen no le importaba, lo que realmente le atraía de mí era mi manera de tocar el trombón… Aquella fue una noche inolvidable. En los dos días siguientes fuimos aún más felices, si eso era posible, y a la hora de despedirnos no queríamos hacerlo. ¿Cómo íbamos a poder vivir tan lejos el uno del otro? Subido ya en el autocar le prometí que en poco tiempo estaríamos juntos”.
“Nos escribíamos diariamente. Eran cartas llenas de amor, de promesas y planes para el futuro. En cuanto tenía una posibilidad iba a verla, aunque sólo fuese por una hora. Concentré todas mis fuerzas en el trabajo y en tocar en la banda, mi única meta era ahorrar lo máximo para ir junto a ella y casarnos. Si quiere que le diga la verdad aquello fue como un vértigo, de la noche a la mañana se había convertido en el centro de mi vida, ninguna otra cosa existía para mí. Durante el tiempo que duró la correspondencia solía enviarle cintas grabadas con solos de trombón y ella me pedía más y más, jurándome y perjurándome que mi música le hacía vibrar, como si mi trombón y yo formáramos una unidad indivisible. Cuando iba a verla tenía que viajar con él, me refiero al trombón, y en cuanto estábamos juntos nos escapábamos a un lugar solitario y tocaba exclusivamente para ella. Yo podía ver, emocionado y conmovido, como se quedaba quieta, como cerraba los ojos, como su rostro se transformaba y soñaba, soñaba sueños que nunca quiso contarme. ¿Se imagina cuales podían ser mis sentimientos? ¿Qué más podía yo desear?”
“Pasados unos tres meses llegamos al convencimiento de que así no podíamos seguir por mucho tiempo y la premura por estar para siempre juntos se convirtió en mi único objetivo. Hasta que un día ayudado por la providencia y mi incansable lucha conseguí un empleo en su ciudad. Me trasladé, alquilamos un piso y en poco tiempo alcanzamos la cumbre de nuestros deseos: nos casamos. La luna de miel duró ciento treinta y cuatro días”.
Aquí se detuvo en su relato y guardó un largo silencio del que no me atreví a rescatarle. Ahora era un hombre muy delgado, no le gustaba comer y deduje que vivía gracias a las reservas de otros tiempos que presumí se estaban agotando.
Aunque tenía mucha curiosidad por conocer el fin de la historia seguí callado durante unos minutos y para romper un poco el silencio le pregunté si quería otro café. Negó con la cabeza y se sumió en un nuevo silencio esta vez más largo. Cuando por fin me dispuse a decir algo, fue demasiado tarde. Me dedicó un gesto mudo, a modo de saludo, y desapareció por entre los pasillos del supermercado.
Estuve más de un mes sin verle aunque sí escuchaba su trombón. Las noches que salía a dar un paseo me detenían bajo su ventana y permanecía allí, fumando un par de cigarros. Su música era como un lamento, una melodía triste y desgarrada, como esos blues de los músicos de color que a veces he visto y oído en las películas y que tocan en tugurios llenos de humo y alcohol.
Y cuando ya había perdido toda esperanza una tarde volví a tropezarme con él en el supermercado. Sentí como una mano me agarraba por el brazo y tiraba de él. Me pidió disculpas por haberse ido sin pagar el café e insistió en invitarme. No me negué, me dejé llevar hasta la barra. En cuanto el camarero nos sirvió sacó unas monedas del bolsillo. “Esta vez no me iré sin pagar”. Me dijo queriendo esbozar una tímida sonrisa que se apagó antes de conocer la luz. Intenté decir algo, pero fue él quien se puso a hablar como si sólo hubiesen transcurrido unos minutos desde nuestro primer encuentro. “Pues como le decía, nuestra luna de miel duró ciento treinta y cuatro días y catorce horas. Cada noche, al regresar del trabajo, mientras ella preparaba la cena yo ensayaba un poco. Ahora ya no tocaba exclusivamente música de las bandas sino que alentado por ella aprendía Jazz. Vapuleados por su ilusión los dos soñábamos con que entrara a formar parte de una orquesta o, yendo aún más lejos, crearla yo mismo. Esa noche ensayaba “Sinked in the night”, no sé si la conoce pero si me ha escuchado alguna vez es la que siempre toco desde entonces. Levanté los ojos de la partitura y la vi allí, frente a mí, mirándome muy fijamente. No era una mirada de admiración, ni de curiosidad, ni de amor, era una mirada que yo no conocía, una mirada de odio profundo y terrorífico. ¡Me dais asco tú y tu cochino trombón y me voy de aquí para siempre! Sólo dijo eso. Yo, aparté de mis labios el trombón y me quedé quieto, tratando de adivinar dónde estaba la broma, en qué momento debería reír. Pero la sonrisa no formaba parte del juego, mis ojos la vieron salir de nuestra habitación con una maleta en la mano, que al parecer ya tenía preparada, y desaparecer de mi vida para siempre”. Aquí hizo una pequeña pausa, tomó un último sorbo de café ya frío, y prosiguió. “No he vuelto a saber de ella. Un familiar suyo apareció un día a buscar algunas de las cosas que no pudo llevarse y me dijo que vivía con un trompetista. Al parecer lo conoció en una de las ocasiones que fue a comprar partituras para mi”… En este punto se detuvo, movió la cabeza y vi que su mirada andaba perdida en un horizonte que yo desconocía. Esperó unos segundos más y luego dijo: “Dígame, ¿conoce algún caso en el que una trompeta no venciera a un trombón…”? Hizo la pregunta, pero no esperó la respuesta, se alejó lentamente, como si su cuerpo, ahora ligero, siguiera siendo pesado.
Hace dos semanas, al salir en mi paseo nocturno, no escuché el trombón. Esperé largo rato bajo su ventana, pero ni se encendió la luz ni me llegó sonido alguno. Volví a preguntar a uno de los vecinos y entonces me enteré de lo sucedido. Lo encontraron muerto, desplomado sobre una silla y con el trombón a sus pies.
Debió ocurrir uno de esos días que estoy aquí abajo. Me encuentro a más de cincuenta metros de profundidad, bajo las aguas, es un túnel con muchos kilómetros de longitud, mi misión es detectar cualquier anomalía que pueda surgir, la más mínima filtración. Soy vigilante jurado de túneles bajo el mar y puedo asegurar que hasta aquí no llega el sonido del trombón, el silencio es universal. Hay días en los que me pregunto si verdaderamente existo, me asusta el pensar que me esté volviendo loco. De ahí que espere con tanta ansiedad la señal precisa que me permita abandonar este lugar para siempre, y sólo será posible si encuentro un nuevo trabajo. El problema es que de un tiempo a esta parte me siento un poco perdido. Y es que aquí abajo todo suena diferente, los pensamientos se transforman, cambian de rumbo sin que te des cuenta, se adentran por caminos retorcidos y acaba uno por no saber lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es realidad o imaginación… Tal vez por eso haya momentos en los que dude, en los que me pregunte si Manolo existió realmente o sólo es un invento de mi imaginación, un sueño…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s