Indigencia, de Carlos Cebrián, 2008

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indigencia

Últimamente fijo mucho la vista en los indigentes que pululan por nuestras calles. Los observo y me pregunto qué avatares los habrá conducido a tal situación: alcoholismo, drogadicción, negocios ruinosos, problemas laborales, fracasos personales o amorosos, si no son lo mismo, desidia, abandono, depresión, esquizofrenia, pobreza, qué se yo, y me digo que todos pudieran estar relacionados. No siento compasión al observarlos, solo me invade el miedo.

La indigencia no es solamente la falta de medios para vestirse o alimentarse, también representa la falta casi total de dignidad, la pérdida de la misma, el desvalimiento personal y social, la inadaptación o la renuncia. La huida de todo y aun de uno mismo. La ocultación. El escondrijo perfecto. La indigencia no es pobreza, no únicamente, no en su absoluto, ambas no están tan relacionadas como pudiera parecer. Muchas veces la indigencia es una elección personal, ya sea por cobardía o por absentismo de uno mismo, por hastío. La pobreza, casi siempre, viene impuesta por condicionantes sociales a los que uno escapa con dificultad. Dice un anónimo: “la pobreza es para los ricos una ley de la naturaleza”.

Decía que siento miedo ante la indigencia, quizás porque me veo reflejado en la misma, sinceramente hoy la diferencia entre ellos, los indigentes, y yo, es meramente estética, todavía. No soy pobre en el absoluto de la acepción pero sí soy indigente, en lo económico y en lo emocional. Y lo que más duele es que soy la pura consecuencia de mis decisiones, de mi fracaso personal. Lo he perdido casi todo a causa o como consecuencia de mis elecciones, tanto las morales como las empíricas. El fracaso amoroso me lleva al laboral y este al fracaso a secas. Arrostro muy adentro, una sensación perenne de final, de arribada, que me paraliza.

A quien me quiere le infiero a que no busque más responsables de mi situación que a mí mismo, a mis putos ideales personales, a la falsa idea de honestidad y honradez, de engañosa fidelidad, de lealtad y de amor, de conmiseración, que mi educación sentimental me ha inculcado. Estoy paralizado, sin fuerzas, cometiendo estos actos de exhibición impudorosa y narcisismo desvalido, que me salvan de la incomunicación, de la soledad más pertinaz. Me refugio en mis amigos. En dulces y puras y benditas amantes, reales y quiméricas, que me vuelven a salvar mostrándome los dones del amor verdadero, y otra vez sus riesgos, que me calman la angustia.

Aquí estoy, en ruinas, ardiendo como una llama*, como dijo el poeta, conclusión de mis afectos, de mis luchas y renuncias, de mi yo desolado. Consecuencia, cómo no, de mi deseo… de ti.

*Joan Perucho

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