La metamorfosis kafkiana, por Javier Puig

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La metamorfosisNo sabemos por qué Gregorio Samsa amanece un día convertido en un repugnante insecto. No lo sabe él, pero tampoco se lo pregunta. No parece que hubiese sido un cambio metabólico, una reacción psicosomática, algo así como una desesperada respuesta a un deseo interno de no ir a trabajar, de no tener que cumplir con el papel servil que asume en su familia. No, más bien se lamenta de ese impedimento. Se sabe demasiado útil como hombre.

No puede hacerse entender por los demás, por lo que todos se convencen de que él tampoco será capaz de captar su lenguaje; por eso, ahora tiene la ocasión de espiarlos, a la vez que la frustración de no poder deshacer los malentendidos. La reacción de la familia ante la nueva apariencia insectívora parece lógica. El pavor, el asco y una cierta compasión muy distante la dominan. También el sonrojo ante las ineludibles explicaciones. Ese enorme insecto es su hijo, su hermano. Su contundente apariencia parece desmentirlo, pero no se puede eludir el hecho de que ese ser apareció exactamente en el lugar en el que existía el chico. Si se hubiese transformado en perro la cosa hubiera sido distinta. Tal vez hubieran podido presentir en sus ojos la familiar mirada. Pero no, ha tenido que ser un insecto, que parece el animal más ajeno, y además a una escala que amplifica enormemente la dificultad de ser digerido vistosamente. Se hace comprensible entonces ese reparo, ese confinamiento al que se le somete. Grete, su hermana, es la única que, aunque con desagrado, se enfrenta a su repulsa, ejerciendo una escueta compasión activa, la que, por cobardía, le delegan sus padres.

Gregorio se ha convertido en una carga, en una vergüenza, en una incógnita. No se sabe si hay que considerarlo como a un muerto que se resiste a abandonar su presencia en el mundo, o como a alguien que ha llegado a tal grado de demencia que incide radicalmente en la nueva conformación de su ser. El lastre de su corporeidad monstruosa le impide convertirse en un elevado ente espiritual con el que poder relacionarse sin peligros, sin costes, sin reproches. Su engorrosa permanencia en el mundo le resta toda inocencia, lo inhabilita para ser depositario de cualquier gratitud. Si fuera un espíritu que aún deambulase por el mundo de los vivos, estaría eximido de responsabilidades, salvo las retroactivas. Pero su presencia se impone como indiscutible causa de la debacle familiar.

Desde el confinamiento en su antigua habitación – cada vez más deteriorada por la creciente falta de respeto – , a través de los resquicios que a veces le dejan, o de la simple escucha y de su doloroso entendimiento, observa la transformación familiar. Con inextinguible amor se alegra de su capacidad de supervivencia, de adaptación. Sus padres y su hermana, antes dependientes de su sueldo, conseguido con el sacrificio de su vida, se tienen que poner a trabajar. Los contempla, al finalizar la jornada, agotados. Observa su depauperación. Su hermana, cansada de su trabajo de dependienta, llega a su casa y, cada vez con más displicencia, le sirve la comida, sin interesarse en comprobar si se la come.

Sus padres, su hermana, parecen estar seguros de que ese bicho repulsivo es él, pero se resisten a intentar algún tipo de relación afectiva, como a lo mejor lo hubieran hecho con un pájaro, un perro o un gato. La enorme disimilitud impide cualquier intento de identificación. La imposibilidad absoluta de percibir en él cualquier signo sentimental aniquila cualquier atisbo de acercamiento. La nueva apariencia abruma el recuerdo de su imagen anterior.

No me creo que Kafka, al escribir este relato, estuviera simplemente componiendo una historia original. Me lo imagino, en cada línea, disfrutando de la venganza contra un mundo que no le satisfacía, un mundo sustentado en las apariencias y en los egoísmos; una existencia en la que se sobrevive, afianzándose en el centro de uno mismo, buscando la hegemonía del yo frente a todas las variables del acontecer exterior, desde una perspectiva que juzga, que reduce el campo de visión hasta la mentira. Kafka escribió este relato por las noches, a salvo de los ruidos, del para él chirriante mundo familiar, recluido en el mundo domeñable de la escritura, la faceta de su vida en la que se movía mejor, hasta suplantar – como en el caso de su carteo con sus amadas Felice o Milena – unas relaciones más directas. Kafka se sentía ajeno, prisionero en ese mundo privado que no coincidía con el suyo tan propio. Esa extrañeza y tal vez cierta conciencia de su sutil singularidad, de sus desafinados intentos de armonía, pudieron muy bien llevarlo a la imaginación de ese ser de incontestable ajenidad. Posiblemente, disfrutara con esa hipótesis de resultar repugnante, atizador de conciencias, capaz de consternar, de ser el revulsivo de falsas comodidades.

El relato deriva hacia una paulatina conciencia de impedimento, hacia una tristeza de la contemplación de un mundo cercano que desciende hasta posiciones indefensas. Gregorio se siente impotente para expresarse, malherido por los ataques del padre, disminuido por la indiferencia. Cada uno de sus familiares no lo acepta a su modo: el padre, desde su rígida pose; la madre, desde su pusilanimidad; la hermana, vencida por las graves circunstancias. Su muerte es un deseo unánime, aunque un molesto temor les impida explicitarlo. Su muerte es una liberación para su familia, una última bondad de Gregorio, o tal vez, tras una rebelión temporal, un definitivo acto de servilismo.

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