Los lugares extraños de Mario Levrero, por Javier Puig

Estándar

 

El lugarMario Levrero, con El lugar, construye una corta y grandiosa novela, un intenso recorrido por las incógnitas del ser humano, por su mente frágil, expuesta a una fácil caída en la incomprensión y en la extrañeza ante su propia vida.

El relato se inicia con una magistral descripción de la emoción que siente el protagonista al emerger desde el sueño hasta un mundo imprevisto en el que tendrá que empezar a vivir a tientas, ignorante de su funcionamiento. Todas las angustias que vive son las propias del miedo a lo desconocido, de un nuevo nacimiento. No nos acordamos de nuestra llegada al mundo. Intuimos que sea mejor así, si no tendríamos recuerdos especialmente angustiosos de esa salida a una luz monstruosa. De nuestros primeros meses, nos gusta pensar que no fueron tan terribles, observando con la felicidad del alivio el rostro de los bebés sonrientes, regocijándose en sus cuerpos, regodeándose en sus limitadas fuerzas, en su corta movilidad. Y, tal vez, los consideramos más felices que a nosotros mismos, por la amplitud de su inconsciencia, por las grandes dosis de expresivo cariño que reciben. Nacer a un mundo inhóspito, sin apoyos o acogedores reflejos, debe ser lo peor, el resultado de algún karma furibundo.

El protagonista de este relato (al que, de ahora en adelante, por motivos prácticos, llamaré M, de Mario, como Kafka llamó a su personaje de El castillo K, de Kafka) inicia una obligatoria exploración de un mundo desconocido; un universo aparte, compuesto por sucesivas habitaciones idénticas, en principio oscuras, y luego ya alternativamente iluminadas, por las que solo se puede avanzar y nunca retroceder. Más adelante, en algunas de esas habitaciones, al fin, empiezan a aparecer seres humanos, pero el problema de la incomunicación subsiste. Son seres muy extraños, hablan un idioma indescifrable, miran a M con la misma incomprensión que él expresa. No se reconocen, no surge la chispa del calor humano, la necesidad de aproximación.

M vive esa soledad, pero no se le hace demasiado insoportable; le parece que es tan solo una versión más cruda, más sincera de la que siente que había estado viviendo en el mundo anterior. Finalmente, encuentra a Mabel, con la que tampoco se puede entender mediante el lenguaje y apenas sí por un rudimentario código de gestos humanos, pero esta vez M siente que alguien se interesa por él, por su compañía o su complicidad. Esta incompleta identificación se expresa por la cercanía de la risa, por una mirada a veces receptiva, aunque sin dejar de manifestar algunos comportamientos impredecibles. Juntos, van a una playa que está cercada por muros que desdicen cualquier atisbo de verdadera libertad, que tan solo son como remedos de la misma, como parques temáticos llenos de torpes e infelices representaciones del mundo que conocemos.

Tras este episodio, M sigue avanzando por ese túnel de habitaciones que parecen infinitas, cada vez más deterioradas, en las que incluso llega a encontrar a un predecesor moribundo. Finalmente, débil, enfermo, sale nuevamente a un aire libre donde se encuentra –ahora sí – con dos hombres que proceden del mundo anterior y que han accedido a este mundo paralelo por vericuetos igualmente inverosímiles. Están ocupados en su supervivencia, en su defensión, mucho más que en preguntarse cómo han llegado hasta allí, cuál es ese mundo, cómo se puede huir de él. M necesita escapar y se dirige a El Francés, creyéndolo propicio compañero de huida, pero éste se muestra escéptico y, a la cuestión de la fuga, le espeta un “¿para qué?” demasiado convencido, de tajante capitulación. Desde su angustia, le expone su teoría de que ese mundo del que se sienten prisioneros podría estar formado por las proyecciones inconscientes de cada uno de ellos. Poco tiempo después, se suicida. M lo comprende, piensa que, si se está plenamente vivo, si se sufre, su situación le resulta insoportable. El Francés con su “¿para qué?” no estaba lanzando un mensaje positivo, de conformidad, de asunción de la vida en todas sus formas, sino que estaba gritando su dolor por su propia impotencia, pequeñez, ante la pesada imposición de un mundo que vence, que resquebraja todos los asideros de los que es capaz una mente humana.

M decide huir solo, pero se le suma Alicia, una chica del grupo de náufragos, que ha simpatizado con él, y un niño, que no es suyo. Pero los motivos de partir de ambos son bastante diferentes. Mientras M pretende alcanzar los últimos territorios, los que podrían devolverlo al origen, Alicia se conforma con encontrar un lugar apacible, confortable y seguro. Tras un claustrofóbico y desesperante pasillo, llegan al aire libre de un paisaje campestre. Alcanzan una casa, que piensan habitada, porque guarda alimentos; se abastecen de ellos, se resarcen del cansancio y del sufrimiento en sus camas. Sienten que esa casa estaba esperándolos. Siempre, demorada pero infalible, esa mano invisible proporcionando la luz, el sustento, a la que se le pueden añadir unos ojos vigilantes, una mente infinita jugando con esos seres extraviados, a la manera de un dios que experimenta con sus criaturas diminutas, ignorantes del juego, del sentido de los trazos creados por sus pisadas en el difícil laberinto de la vida.

Se asientan en esa casa. Ella y el niño están felices, a pesar de que resulta imposible una relación amigable con los vecinos desperdigados por la zona. Su vida anterior no había sido mejor, confiesa. Pero, para M, aquel agradable lugar no deja de ser una jaula de oro, otra prisión de la que hay que huir, un hermoso patio de cárcel, y desea alcanzar su propia vida, la que le corresponde, aunque en ella nunca no hubiese sido más feliz que en esta.

Al cabo de unas semanas, M abandona a Alicia y al niño. Alcanza una ciudad extraña, una concentración hostil de personas ejerciendo sus instintos más salvajes. Otro laberinto de horrores, de soledad, de indefensión. Es agredido, perseguido, pero logra escapar. Abandona la ciudad y entra en una larga bruma que, acaba desapareciendo, dando lugar a un amanecer que le muestra las afueras de su propia ciudad. Llega a su casa, que encuentra abandonada, deteriorada, con las tuberías rotas y todo revuelto a causa de los robos. Quiere llamar a sus amigos, a su novia Ana, pero no puede, no sabe por qué. Duda de dónde viene, quién es él realmente. Su ciudad se le ha vuelta ajena, como él también se siente extraño ante sí mismo. Es como si, con una falsa apariencia, continuara en el lugar del que creía haber escapado, como si ya nada, ni lo más propio, pudiera ser salvado de la extrañeza. Y piensa ahora que siempre fue así, aunque no se diera cuenta, que siempre se movió entre desconocidos a los que no amó de verdad. Y termina el relato poseído por la necesidad de seguir narrándose a sí mismo, con la esperanza de alcanzar una explicación que nunca llega.

Las descripciones de esos mundos insólitos son excelentes, como si el autor alzara ante nuestra imaginación maquetas perfectamente detalladas, monumentos de nuestros terrores más ocultos. El relato ha avanzado en un coherente despliegue de escenarios, de personajes, y ha finalizado tomando esa posición desesperanzada del ser humano que, ansioso de conocer, sabe demasiado de sus inmensas insuficiencias, de su insignificancia en el mundo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s