EL ENCUENTRO, por Francisco Gómez

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    Aquellos días cuando las cosas estaban por decidirse eran tiempos de mucha inquietud, de gran desasosiego. De querer cumplir con tu destino, el que te habías fijado para tu vida pero que suponía dejar atrás los hitos que te unían a lo que más amabas: tu familia, tus amigos, tu ciudad. Era el principal obstáculo al camino a la independencia, el recién inaugurado peldaño que conduciría a la madurez. Dejar atrás todo lo que había sido y era importante para ti y tratar de abrir nuevos mundos, otras vías, nuevas amistades y planteamientos en el horizonte por explorar. El precio era la soledad. Esa compañera, terrible en los primeros momentos, pero luego aceptada y después cómplice de tantos conocimientos que te hicieron comprender que no serías nunca el hombre perfecto que soñabas ser y a medida que cayeran las hojas de los calendarios comprobarías que acercarse al ideal era una meta cada vez más lejana, distante. El hombre que buscabas ser se perdía en los días fotocopiados, derrotados. El hombre que pretendía ser referente, líder mediático, se perdía en la marea de los anónimos de aquella ciudad, centro del Imperio, suelo y cárcel de la inmensa mayoría que la poblaba.
     Pero todo eso lo conocería más tarde. Empezaban los primeros viajes en autobús y era la hora de las despedidas, de dejar atrás lo amado para enfrentarse a lo desconocido y los autobuses te llevaban de un mundo a otro. Los andenes de la estación eran escenario de adioses y alegrías. Las idas casi siempre pesarosas, desconcertantes ante lo que habría de venir, no tenían punto de comparación con las venidas.
    Cuando cogía el autobús, que ya venía de otras localidades desde su origen en Murcia, y el conductor me picaba el billete, sabía que me dejaba una parte de mi vida atrás y me lanzaba a la incógnita. El sol se filtraba en finas líneas anaranjadas por los amplios ventanales del vehículo mientras los viajeros permanecían amodorrados en sus asientos. El silencio era la norma; cada uno envuelto en sus cavilaciones y embuchado en sus pensamientos. La soledad empezaba a hacerse física en aquel espacio y es una lección que aprendí más pronto que tarde. El autobús con su velocidad y su potencia dejaba atrás las tierras resecas, los montes pelados y pequeñas estribaciones donde predominaban los castillos como promontorios de identidad de los pueblos fugaces.
    Apoyado en el cristal del asiento que daba a la ventana, observaba el rápido discurrir de los paisajes de una tierra que ha vivido muchas historias en sus pliegues: iberos, cartagineses, romanos, árabes, judíos, cristianos, señoríos, desamortizaciones y revolución industrial que especializó cada lugar, cada comarca en una actividad en un área de grandes negociantes y mercaderes.

El autobús con su carga de silencio y las dudas en mi corazón ascendía por las curvas y revueltas de una montaña que conducían a un túnel que desembocaba en las primeras llanuras manchegas. El territorio cambiaba entonces. Se convertía en una sucesión indefinida de tierra lisa, llana, inabarcable, policromática como la paleta de un pintor impresionista, infinita. Mirabas al fondo, a lo lejos y era como si volvieras a ver la mar que habías dejado atrás. Como si el Mediterráneo con un gran espejo óptico, se hubiera trasladado a los campos castellano manchegos. Las últimas palmeras, las lanzas, que me decían adiós desde la altura empezaban a sustituirse por eras inabarcables de trigo, cebada, girasol y las primeras encinas solitarias y dispersas te saludaban entre bancales rojizos, amarillentos y verduzcos en una orgía de color desbordante. Los senderos solitarios se perdían más allá de los ojos, más allá de la imaginación hasta querer adivinar adónde conducirían esos caminos, quiénes los pisarían, qué historias habrían vivido. Rutas que contenían múltiples misterios que uno no era capaz de desentrañar.

    Llegamos a Albacete y el autobús paró un rato en la estación. Al bajar las escaleras y tomar contacto con la capital de las navajas, un respingo me sacudió el cuerpo y enseguida noté el cambio de temperatura. Ya estábamos en el interior continental, rodeado de llanuras y cielos inmensos. El termostato regulador del mar quedaba atrás y el viento frío que agitaba los huesos anunciaba su fuerte presencia.
    Un café calentito caldearía el cuerpo mientras imaginaba qué me esperaba en la capital del Imperio. Cómo irían las cosas, veríamos si podría hacer amigos que se perpetuasen en los días futuros como los que dejaba atrás.
    Un tipo, un tanto curioso, se acodó a mi lado en la barra. Pidió una coñá y lo vi decidido a pegar hebra conmigo. Un hombre con más de una cincuentena entre los hombros, tocado con sombrero gansteril, gafas oscuras y pitillo en los labios, de rostro moreno y cuarteado
    -Chaval, ¿dónde vas?
    -A Madrid
    -¿Eres estudiante, cierto?
    -Sí, voy a estudiar una carrera
    -¿Es tu primer viaje a Los Madriles?
    -No, cuando estaba en el instituto ya vine con unos amigos y fuimos al Congreso de los Diputados, la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, la Gran Vía y el Museo del Prado. Lo típico.
    -¿Pero sólo sí, verdad?
    -Sí, esta vez solo
    -Supongo que hasta ahora has viajado poco solo, ¿no? Acabas de dejar el huevo y te preguntas cómo te irán las cosas por tu cuenta. Seguro que sí…
     -Más o menos. Oiga…¿Usted quién es…? ¿Por qué hace tantas preguntas?
    -Perdona, no me he presentado. Soy Luis Martínez Gil. Funcionario en excedencia y vividor profesional. Recorro España en autobús de punta a punta, de sur a norte, de este a oeste para conocer personajes y lugares de esta península que me permitan escribir la novela de mi vida y tratar de llegar a ser el hombre famoso en el mundo de la literatura que nunca fui y siempre soñé. Aunque sea por un día y por la consecución de un premio que me haga salir algunos días en los papeles y en las ondas.
    -¿Y sabe de qué va a escribir?
    -De gente como tú. Un joven inexperto que se enfrenta al mundo con sus ilusiones intactas antes que los golpes de la vida rebajen el listón de las posibilidades y vuelvas como otros a ser un mediocre más y regreses a la cueva de donde saliste.
    -Oiga, ¿usted qué sabrá de mi vida y de cómo me irán las cosas?
    -Estoy viendo en ti el joven que  yo fui. Que se iba a comer el universo y sería el centro de atención de todas las miradas y comentarios. Los telediarios se darían de codazos por mi presencia. Todo se pierde en el camino…En esta lucha de todos contra todos que es la vida, los cadáveres de los perdedores, de los rotos, de los hundidos se amontonan en las cunetas. Los desencantados de la vida que esperaban y lo que han conseguido…Yo soy tú dentro de muchos años…
    -Y usted, ¿ha viajado mucho en autobús? – ya no sabía cómo quitármelo de encima.a ese extraño lunático
    -Algunos dicen que es un poco incómodo, que no puedes estirar las piernas, pero si eres observador contemplas la variedad física y de caracteres de los españole entre los asientos. Somos una amalgama de personajes en esta piel de toro.
    -Me tengo que ir…Sale el autobús y no espera a nadie…
    -Buen viaje y espero que se cumplan una parte de tus sueños pues si no, ya ves lo que te espera dentro de algo más de treinta años. Ojalá no tengas que mirarte algún día en el espejo de este derrotado de los años,  los golpes y mis defectos.
    -!Ah!, por cierto, mi nombre es Jorge. Ha sido un placer (?) conocerle.
    Subí al autobús pensando en aquel hombre, aquella conversación inesperada. El vehículo seguía devorando kilómetros y el paisaje se vestía de álamos y ribera a medida que nos acercábamos hasta Aranjuez. La belleza de aquellos árboles alados me sobrecogió. Parecía como si con sus hojas quisieran abanicar el aire e irradiar de luz todas las vegas. Tenía clavado a aquel Luis en la cabeza y su predestinación que dentro de treinta años acabaría siendo él, un derrotado de mis esperanzas, de mis sueños, de mis ilusiones que sólo recorrería campos y calles devastadas en el preludio de mi vejez. Esta teoría de desconcertaba y quién sabe si tendría visos de realidad.
    El autobús se acercaba ya a las cercanías de Madrid, a la capital del Imperio marchito, al lugar donde debía empezar a tejer mis proyectos e iniciar una nueva vida que tendría como mínimo un espacio de tiempo de cinco años. Las inquietudes e ilusiones eran todas. Las expectativas un comecome que me rugía en la cabeza y arañaba de ansiedad mis tripas. El transporte enfilaba ya por los grandes edificios de la periferia, los mastodónticos anuncios publicitarios y la gran nube de smog sobre la cabeza de cinco millones de personas. El bus ascendía la última curva para introducirse en su andén y desalojar a sus ocupados viajeros.
    Antes de coger el equipaje y que Madrid me engullese en la boca del metro, pensé en ti, Luis. Ojalá dentro de treinta años nos veamos y contemos nuestras vidas. A ver cómo nos ha ido y si tú has escrito la novela de tu vida y yo he llegado dónde quería ir.
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