Los cuentos del Hombre, por Javier Puig

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Sesenta relatosSesenta relatos, de Dino Buzzati, es un libro a la vez acogedor y desasosegante. El narrador se desmadeja en un tono lejanamente paternalista, de contenida ternura, que retumba desde una superioridad magnánima pero inexorable. Sus historias contienen una incómoda serie de advertencias, una perspicacia que denuncia la mezquindad del hombre, su íntima debilidad, a través de situaciones amenazantes que exponen siempre una verdad aplazada.

En esta compilación, hay, fundamentalmente, dos tipos de relatos. Por una parte, aquellos que plantean una inesperada inflexión en la vida. De pronto, el orden y la seguridad habituales, se ven trastocados por una irrevocable pendiente hacia lo temido. La situación estrictamente personal, o en relación al frágil equilibrio del mundo envolvente, sufre un grave descarrilamiento de la antigua seguridad. Lo primero es la sorpresa, después una débil incredulidad; más tarde, una terrorífica comprensión de que la realidad ya no es la misma, de que todo se ha vuelto ominoso. Es como si ese protagonista hubiese estado engañado, confiado sobre unos pilares efímeros, seguro de unas reincidencias protegidas por una ley física indubitable; cómodo en unas expectativas que, cuando no halagüeñas, solo eran lejanamente dramáticas. Lo que se desintegra en él es esa arrogancia del que se piensa intocable, eximido de lo que les puede suceder solo a otros. En muchos relatos está presente el vertiginoso deslizamiento hacia la muerte. Como si la vida hubiera estado contemporizando, ocultando sus cartas, y ahora, armada de su cruel composición, apremiara en sus razones, ejecutase una elección antes demorada en el abono de una falsa esperanza. Así encontramos cuentos magistrales, geniales pesadillas como Siete plantas, la terrorífica historia de un hombre que entra en un hospital, confiado en la levedad de su dolencia, y al que, inesperada e increíblemente, mediante difícilmente apaciguadoras excusas y sin apenas dilaciones, se le hace descender por cada uno de los siete pisos que presuponen un agravamiento de su estado, hasta llegar a la definitiva planta baja de la muerte.

El segundo tipo de relatos se funda en un afán moralizador. Los personajes están descritos desde una elevada distancia. Sus peripecias se narran a través de una mirada que es a la vez censuradora y comprensiva, sugiriendo una cierta inocencia original en la descripción de unos hombres que se nos muestran empequeñecidos. Contemplados desde esa visión abarcadora, más allá de las estrechas perspectivas egoístas, se nos revelan, a la par que censurables, odiosos, en su más profunda capa, inocentes. El tono del narrador contiene una suave reconvención a la vez que una fina ironía. Sin escandalizarse, sin indignación, describe la tendencia ruin del hombre, ocupado en salvarse a sí mismo y, a lo sumo, a un reducidísimo círculo de seres queridos, a la vez que, ante la comunidad, mantiene una vacía pose digna, distante, conveniente. Denuncia la doble moral, la necesidad de aprobación que obliga a esconder valiosas autenticidades consideradas ridículas o la jactancia de ciertas durezas postizas, mientras que la verdadera insuficiencia ética queda ignorada. Entre estos relatos destacaría El perro que ha visto a Dios, en el que la hipocresía no es la ostentación de la práctica religiosa sino la ocultación de la bondad impuesta por el silenciado miedo a un riguroso poder superior que se presiente.

El dios que, tácita o expresamente, aparece, y que creen percibir los protagonistas de algunos de estos cuentos, es una presencia invisible, indefinida, de muy sutiles efectos, a veces forzados desde su impotencia o su omisión, obligando a recapacitar a los hombres. Más que una máxima autoridad espiritual, o que el exacto dios de la iglesia, es una representación de una verdad superior, de un sentimiento puro, descontaminado; sobre todo, es la imperiosa necesidad de la bondad.

El personaje que recorre estos cuentos no es el mismo, pero no necesita estar definido en cada uno de ellos. No sabemos de sus rasgos, casi nunca de su profesión, de sus relaciones. Es un hombre cualquiera que, de repente se siente desnudo, solo, esencial. Es el Hombre, un ser reconstituido por una situación sobrevenida que arrasa con su antigua consistencia, que desplaza sus ambiciones, sus frivolidades, sus amores, encarándolo a una verdad absoluta, aterradora. El verdadero protagonismo está en los sentimientos, en el miedo, los celos, la vanidad, la ambición. Y en ese componente fantástico en forma de presencia invisible, enigmática, que produce un lento terror fundamentado en una espiritualidad muy decisiva.

La prosa de estos relatos es sencilla, pausada, perfectamente encaminada en su ritmo armonioso. Los pasos están medidos, pausados los efectos, retardado el crecimiento emotivo. Su desarrollo pasa por una situación límite, por el enfrentamiento con lo vital, con lo definitivo. Describen los más íntimos anhelos enfrentados a las portentosas realidades, a una ignota configuración superior del mundo en la que reinan incomprensibles corrientes de bondad o de desgracia; terrores tal vez superables, más allá de estas historias que finalizan en el límite donde la realidad conocida aún resiste.

Lo que prevalece es esa potente sensación que nace y se demora en la imaginación del lector, y es por eso que no importa la elusión de una explicación verosímil. Los momentos que impregnan estos cuentos encantadores se erigen como etéreas revelaciones que conmocionan, como profundizaciones en el misterio de una realidad antes nunca cuestionada. El tiempo actúa de enlace con una obviedad terminante. Buzzati nos llama a la antigua experiencia de atender un relato que nos abrirá las puertas de nuestra realidad para que, por unos memorables minutos, podamos viajar a través de inesperados terrenos y poder así recuperar vislumbres necesarios.

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