Crónicas de un viaje (I), por Manuela Maciá (bocetos)

Estándar


20141225_121116 (1)25 diciembre 2014 día de Navidad.

Según la previsión del tiempo iba a amanecer nevando y no es así, está nublado y cae una ligera lluvia. Desayuno con tranquilidad y después de que la chica limpie la habitación decido que el día de Navidad lo pasaré en Hallstatt. Subo al tren de las 11,13 y en 18 minutos llego a la pequeñísima estación, el barco ya espera. Salvo dos mujeres europeas, como yo, el resto de viajeros en el barco son asiáticos. Uno acaba por acostumbrarse a encontrarlos en los lugares más bellos de Europa y este es uno de ellos.

Al llegar a Hallstatt decido ir para la parte derecha del pueblo, por estrechos escalones y entre casas de madera, algunas gastadas por el tiempo, pero con sabor a arraigo, subo a la otra iglesia, aquí está el cementerio, un bonito cementerio donde en cada tumba hay encendida una vela, o más de una, todas ellas protegidas para que ni el frío, el viento o la lluvia las apague. Es costumbre en estas fechas recordar a los que se han ido de esa manera. Entro en la iglesia, es acogedora y tiene un bonito altar. Enciendo una vela, quiero dar las gracias por estar aquí. Reanudo el camino, bajo y subo escaleras por caprichosos rincones que forman la ubicación de las casas, y llego a una especie de mirador donde la otra iglesia típica e inconfundible, se aprecia muy bien.

Las nubes siguen bajando, aumenta ligeramente la lluvia y el lago se agita como un mar y se inventa pequeñas olas saltarinas, con pinceladas de espuma blanca. En unos segundos el paisaje cambia y me gusta. Me gusta caminar bajo la lluvia, casi aguanieve, escuchar el lago, contemplar a los cisnes y los patos campar a sus anchas, ajenos a los caprichos atmosféricos, admirar cómo las nubes, veloces, peinan las montañas, me gustan los días grises envueltos de sensaciones susurrantes.

La lluvia persiste, unos sin paraguas otros con ellos, yo me cubro con la capucha de mi chubasquero para todo y camino. Algunos buscan refugio en los restaurantes, entro en un hotel, al parecer el de más estrellas del pueblo ubicado en la plaza principal. Recuerdo esta plaza en verano, abarrotada de gente sentada en las terrazas. Ahora hasta el monumento que hay en el centro está protegido con maderas para que el frío no lo estropee. El belén grande también es de madera tallada. El hotel me recibe con un agradable calor, avanzo hacia el restaurante. Está en un lugar privilegiado, ante amplios ventanales que miran al lago, pienso que es un agradable lugar para comer, hoy es Navidad, me merezco lo mejor. Pero es muy pronto, me digo que volveré.

Camino ahora hacia la parte izquierda del pueblo, la lluvia sigue y disfruto de ella. Por este lado, se camina bordeando el lago. Algún restaurante, tiendas de souvenirs, y ya en los límites del pueblo el aparcamiento de coches y autocares. Hay una barrera que les impide seguir más adelante. Más asiáticos por todos lados que en vez del tren han venido en excursión de autocar y hacen las últimas compras para llevarse un recuerdo. Llego hasta ese punto y decido volver, cuando llego de nuevo a la plaza mi estómago está preparado. Entro en el hotel le digo al camarero: una persona, y me da una mesa frente al ventanal donde caben cuatro, el lago sigue agitado, pero ahora tiene destellos de plata. Miro la carta, también está en inglés, lo que más entiendo: Filete de cerdo empanado, con patatas, ensalada y mermelada de arándanos, lo difícil es saber el vino si es tinto o blanco, lo quiero tinto, el camarero no me entiende, es obvio que yo no sé explicarme. Entonces se dirige a un chico muy guapo sentado en una mesa, o tal vez el chico me ha oído y se ha ofrecido, habla español, le digo que quiero una copa de vino tinto y solucionado, la pega es que está acompañado por una rubia alta y delgada monísima. Le doy las gracias y ahí termina nuestro idilio. La comida para empezar, muy bien presentada, el filete bien empanado, las patatas pequeñas hervidas y ligeramente salteadas, hierbecitas, la mermelada deliciosa y la ensalada aparte. No me queda la menor duda: volveré con unos kilos de más. Me lo como todo, de postre un café solo.

Se está tan bien aquí. El lago enfrente del refugio de las montañas, las nubes con sus juegos de ida y vuelta, una música de fondo, suave, el run- run sosegado de las voces de los demás comensales. Una parejita joven de enamorados, ocupan la mesa de al lado, ella se quita su prenda de abrigo y se queda con un escote de palabra de honor. ¡Esta maravillosa juventud que no tiene frío! Saboreo el café, despacio, como saboreo cuanto me rodea. Cuarenta y cinco minutos antes de que salga el barco, decido pagar y salir de nuevo a la calle, sigue chispeando, y yo sigo descubriendo rincones, un riachuelo que baja y que recoge el agua de una cascada en lo alto de la montaña, un bello rincón donde luces y adornos navideños te invitan a fotografiarlo. Oscurece, las luces empiezan a encenderse…

Me acerco al embarcadero y allí están, dos jovencitas japonesas, que llegaron al mismo tiempo que yo y ahora vuelven, lo anecdótico es que han llegado con dos maletas y cargadas con ellas han recorrido todo el pueblo.

A través de los cristales empañados contemplo como nos alejamos hacia la otra orilla. Sin duda volveré, aunque es un pueblo de 800 habitantes, aún me quedan muchos rincones por recorrer de él.

Sin duda ha sido un FELIZ DÍA DE NAVIDAD.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s