Crónicas de un viaje (II) por Manuela Maciá (Bocetos)

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20141229_13140929 diciembre 2014.

Me levanto con la duda de qué camino tomar. Mientras desayuno decido que me voy a Salzburgo. El paisaje del trayecto me gusta y así compruebo cuánto ha nevado fuera de aquí. Al salir a la calle percibo el frío, creo que cinco grados bajo cero, ponía en el móvil. Ahora no nieva, está medio nublado, pero la nieve lo cubre todo.

Camino hacia la estación, hay un paisaje tan atractivo para mí que no me canso de mirarlo, cuando ya llevo un rato caminando el frío lo siento menos, aunque en realidad no lo tengo, voy muy bien abrigada.

El tren llega puntual. Hace cuatro días, en este paisaje por el que ahora transito no había ni un solo copo de nieve, ahora no se ve la hierba. El lago Traun parece diferente con la nieve posada en los techos de los embarcaderos, en sus orillas, en las laderas de las montañas que lo besan. Sus aguas son grises como el cielo y las imagino frías.

Al llegar a Gmunden, nieva intensamente y las ventiscas y la nieve forman una bruma que oculta el paisaje. En Attanang-Puchheim, estación de trasbordo la nieve es realmente intensísima y yo gozo contemplado sin dejar de dar saltitos para calentarme.
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Ya en el otro tren que va directo a Salzburgo, la tormenta de nieve se intensifica, nunca había visto nevar así. Lo bueno es ir cómodamente sentada, calentita y contemplando todos estos fenómenos de la naturaleza, aunque en muchos momentos el paisaje solo lo adivino. Y yo que pensaba que no iba a nevar. El tren llega a la estación de Salzburgo a las 12,48. Está nevando copiosa y plácidamente, voy a ver una ciudad nueva, diferente. Las ciudades son como las mujeres cuando cambiamos de ropa. Si el sol luce intenso se ve de una manera, si está nublado de otra, si la lluvia la moja huele diferente, pero cuando nieva para mí tiene un mirar especial.

Confieso que no esperaba ver Salzburgo tan nevada como lo está. Ajusto el chubasquero, la capucha sobre la gorra y salgo de la estación. La nieve empieza a caer sobre mí lentamente y me siento feliz. Camino hacia el centro de la ciudad. El color blanco la envuelve. Llego hasta los jardines de Mirabell. Las flores amarillas que formaban caprichosos trazados geométricos, como por arte de magia, han desaparecido bajo una capa blanca. Las estatuas parecen vestidas de algodón, el caballo alado se siente sorprendido. Recorro los jardines, y a pesar del frío y la nieve, dos figuras de mimo están apostadas en dos puntos estratégicos a la espera de que el turista responda, con generosidad, a su saludo.

Dejo los jardines y cruzo hasta la pasarela sobre el río, la nieve apenas me permite ver los edificios. A la entrada una mendiga, que está allí todos los días pide limosna cubierta de nieve, me entristece verla así. Llego a la calle principal de los comercios después de pasar por uno de los mercadillos navideños ahora cerrado. En esta calle siempre hay gente, de compras o buscando la casa donde nació Mozart, o en tránsito hacia la Catedral. Decido ir a la cafetería que me gusta, cruzo el puente y en la puerta, antes de entrar, me sacudo la nieve que me cubre. Está a tope de gente, no hay una sola mesa libre, espero unos minutos, pero nadie se quiere ir, el ambiente es muy agradable. Valoro el tiempo que me queda, quiero subir al tren de las 15,12 y antes comer. Decido volver a la estación y comer en un restaurante que hay al lado. No quiero correr riesgos de que luego haya retrasos de trenes. Disfruto el camino de regreso. En el restaurante me atiende una chavala que es brasileña, le pido una sopa, que según ella es abundante y está muy buena, de beber una copa de vino. La sopa está bien, reconfortante, lleva verdura, fideos, dos albóndigas y trocitos de carne. El vino también reconforta. No he pasado frío pues voy bien abrigada, pero los dedos de la mano derecha de tanto sacar el guante y ponerlo para hacer fotos se han quedado dormidos, pero no importa, no puedo resistir la tentación de inmortalizar el paisaje. Termino la sopa y el vino justo a tiempo para subir al tren. Y en este punto viene un apartado solo para mayores de 18 años…que será una crónica aparte. Tengo que estar segura de que quien lo lea ya ha cumplido los 18.

El tren llega a Bad Goisern, son las 17,15, ya de noche. Nieva, y al parecer ha nevado todo el día desde que me fui, hay más de medio metro de nieve, algunos vecinos limpian, con palas, la nieve acumulada en su puerta, camino enterrando mis bota en la nieve, no siento el frío, sino el placer de estar aquí.20141229_131246

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