La música verdadera, por Javier Puig

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Thelonious MonkEn el documental Straight no chaser, se ve a Thelonious Monk tocando el piano, impertérrito bajo el sudor, un poco distraído con su cigarrillo. Pero la música vence las resistencias, lo arrastra; es un alto cometido, una insistencia que despierta una fuerza arrolladora, una forma de vivir por encima de la realidad.

Thelonious, en las grabaciones de sus discos, advierte: “el sentimiento está en la primera toma”. Y lo importante es eso; adquirida la técnica, disponible la estructura, acertar con el impulso emocional. Y viéndolo tocar, en el frío estudio, me pregunto si escucha a sus acompañantes, o si solo los siente alrededor, como una protección contra la magnitud de su estallido.

Sus composiciones denotan una voluntad de expresión que es una forma de concreción espontánea, de sentimiento que quiere ser definitivo, como en Crepuscule with Nelly. Nelly es su esposa, su cercanísima compañera en las giras, la persistente cuidadora de un hombre que, despreocupado, improvisa la vida; que camina tambaleante, sin sujeción a una realidad extraña. Le gusta girar, juguetón, desprendido, sobre sí mismo. Lo hace en el aeropuerto, ante las miradas curiosas, mínimamente reverenciales, de los pasajeros que esperan. Se ríe de sí mismo, de eso que los demás llaman esquizofrenia y que para él es una forma de existir a salvo de otras intrusas obligaciones.

En otra parte del documental, lo vemos, desde el escenario, tocando en un concierto. De fondo, se ven las primeras filas. En ellas, un público europeo, joven, trajeado. Llama la atención el contraste entre su estudiada finura y la rudeza de la presencia de Monk. Me imagino en ellos el premeditado silencio ante la sutil y decisiva incomprensión del fondo de la música que están escuchando. Julio Cortázar, el devorador de jazz, en su La vuelta al día en 80 mundos, comenta la felicidad de poder asistir en Suiza a un concierto del pianista. Lo describe así: “Cuando Thelonious se sienta al piano, toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio”.

Prosigo mi periplo por youtube y hallo un documental llamado El proceso creativo y el autoaprendizaje, en el que el pianista Bill Evans dialoga con otro músico acerca de los procesos de creación del jazz. Evans da clases por las mañanas y por las tardes se dedica a sus propias labores creativas. Cree que el jazz es fundamentalmente improvisación y que la clave para conseguir una que sea válida es superar la fase en que los procesos se realizan de forma muy consciente y alcanzar el subconsciente: “entonces se puede pasar a otro nivel, que te permitirá hacer incluso mucho más, adquirir la habilidad para exponer libremente los sentimientos”. No parece que Thelonious Monk dedicara el más mínimo tiempo a estas reflexiones intelectuales. Su espontaneidad no precisaba ser convocada: surgía de sus pulsaciones exactas, de la respiración de los nítidos sonidos que encontraba.

Puesto a ver documentales en Internet, descubro otro interesante. El protagonista es Miles Davis y su título es A different kind of blue. Aborda el brusco giro que realizó el trompetista a finales de los sesenta, haciéndose acompañar por sintetizadores y las versiones eléctricas de los instrumentos clásicos, lo que le supuso un crecimiento exponencial de su popularidad, su ubicación junto a los grandes músicos del rock y del pop del momento. En él aparecen músicos como Chick Corea o Herbie Hancock, que anteriormente habían tocado el piano acústico en sus discos. Ambos relatan que, a partir de cierto momento, siguiendo sus sorprendentes indicaciones, descubrieron las bondades de los nuevos sonidos procurados por la electricidad. Les parecía que llenaban más, que eran capaces de implicar todo el ser de quien los tocaba. Fue Miles el inductor de aquellos cambios radicales y, por ello, tuvo que pagar con la incomprensión de sus acólitos, pero fue algo temporal, salvo en algunos puristas contumaces. Carlos Santana da su opinión: “hacía falta valor para ese cambio. Miles no accedía a los deseos del sistema establecido”. Fue una renovación que extendió hasta en su forma de vestir. Se asimiló al mundo pop, a sus libérrimas poses. ¿Lo hizo por dinero, por aumentar su notoriedad? Si fue así, resultó muy acertado. El álbum de su ruptura, Bitches Brew, fue el más vendido de la historia del jazz. Esta música del siglo XX daba un paso más y se iba ensanchando. Cada vez cabían más estilos dentro. Finalmente, se ha convenido en llamar jazz a toda aquella música que no pueda ser clasificada claramente en otro género, a aquellas variantes de la música pop más ambiciosas en sus pretensiones artísticas, más minoritarias.

Thelonious Monk, Bill Evans o Miles Davis, fueron grandes creadores e intérpretes, cada uno desde una concepción distinta, con una metodología más o menos consciente, pero siempre poseídos por el afán de alzarse, a través de la música, sobre sí mismos; de alcanzar, desde la fuerza de unas notas, un ámbito de expresión superior, que conectaba, de forma inexplicable pero muy efectiva, con unos oyentes que creían merecer esos sonidos que los enriquecían, que los transformaban temporalmente.

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