Crónicas de un viaje, (IV) por Manuela Maciá (Bocetos)

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5 de enero 201520141229_131409

Noche de Reyes. Despierto a las 7,40 y recuerdo que me quiero ir a Salzburgo. Me levanto y a la ducha, el tiempo es importante para no perder el tren, tenía que haber puesto el despertador. Desayuno rápido poco y no es que sea poco es que es menos que todos los días, pues que me dejo llevar por la inercia y como, como y como.

Subo a la habitación, chaquetón, gorra, guantes, mochila palos. Nieva copiosamente. Tomo la acera que me lleva a la estación. Esta mañana aún no ha pasado nadie por aquí. Mis botas dejan una huella profunda en la nieve. Una paso y otro paso, bajo un sonido de crac, crac. La nieve que cae es dura y golpea. Los coches pasan con sus ojos encendidos, como pasan los días, las horas, consumiéndose. Los momentos, los sentimientos pasan, las emociones se funden y nacen nuevos días y horas y los sentimientos vuelven con otros gestos de memoria heredados de los anteriores. Todo es como un devenir que apenas acaba, empieza.

Levanto la cabeza y veo la máquina quitanieves que se acerca marcando el camino, un chorro de nieve cae a un lado, me detengo… ¿y si me cubriera y me quedara aquí para siempre? Al llegar a mi altura cambia la dirección del chorro y el maquinista me saluda, no ha leído mis deseos ficticios. Reanudo el camino, ahora ya no se hunden mis botas, camino sobre un suelo liso de nieve prensada. Al llegar a la estación ni una sola huella que delate que alguien ha estado allí. Es una alfombra blanca de cinco centímetros. Siento como si estuviese cometiendo un sacrilegio al pisarla. A un lado una gran montaña de nieve amontonada. Entro en la sala de espera y me descargo de la nieve que me cubre.

El tren llega puntual, salgo apenas escucho el aviso. La nieve es como una playa de arena lisa donde se dibujan corazones con el nombre de la persona que amas o de la que no te ama y esperas que un día te ame. Ya no dibujo corazones en la arena y en la nieve escribo mi nombre y me recuerdo, y me confirmo de que estoy “aquí y ahora” viviendo al instante el tiempo que pasa, las emociones que pasan y sintiendo a cada paso un tiempo nuevo que me pertenece.

El tren transita sobre raíles blancos. La nieve ha vuelto a caer con tanta intensidad, que los tejados han vuelto a vestirse y los árboles y los caminos. Aún me quedan unos días que estar aquí y de pronto he sentido una punzada de nostalgia, pero no, la alejo de inmediato ya vendrá un tiempo que será suyo. Ahora pongo todos los sentidos en este paisaje profundamente blanco, en el lago Traunsee, que ya casi adivino a lo lejos. Hoy el color del lago es gris plomizo y está sereno, como aletargado. Este tramo del trayecto me gusta. El tren juega conmigo al escondite: lago, túnel, y de nuevo el lago y otra vez túnel y los techos de las casas y las torres de las iglesias allá a lo lejos. Mañana es fiesta aquí, pero no se cómo la celebran. Antes de ayer en Bad Ischl vi a tres chavales vestidos de Reyes Magos, con una estrella adherida a un palo.

No sé si los niños de aquí le escriben cartas a los Reyes Magos. ¿Qué le pediría yo a los Reyes si les escribiese una carta? La pregunta que me hago a mí misma me coge por sorpresa y no sé qué responder. Se debe de pedir lo que es posible, o por el contrario lo imposible. Busco en mi interior, remuevo cenizas…. síii ya se lo que les pediría a los reyes en el caso de escribirles una carta: una muñeca con la cara de porcelana, como aquella que de pequeña tuve y que la recuerdo siempre metida en el ropero de mi madre, nunca pude jugar con ella de verdad porque podía romperse. Así que imaginaba que jugaba mientras ella, triste y tal vez asustada, seguía a oscuras en las profundidades del armario.

Cambio de tren y en 48 minutos en Salzburgo. El cielo está gris pero hay sabor a fiesta, la temperatura fría pero hay run run de paz. En la estación viajeros de un lado para otro. En las aceras la nieve oscura, en los tejados lunares blancos. Avanzo hacia el centro. Salzburgo nunca se sentirá sola, siempre hay gente que viene a visitarla, es tan bella. Camino relajada y descubro nuevos rincones. Escucho a un guía hablar español y le pregunto a una viajera de dónde vienen, con acento cubano me responde que de Miami.

Las estatuas de los jardines de Mirabell por detrás parecen planas, quizás por la caprichosa geografía que los colores del tiempo han marcado sobre ellas. Aunque el día está gris, el horizonte es claro, y se alarga. La fortaleza allá en lo alto, me mira y sonríe. Entro en una tienda de juguetes y compro una muñequita para mi niña. Ella sí tendrá Reyes. Hay un ambiente sosegado y lo disfruto, mis pasos son livianos, es como si flotara. El mercadillo Navideño de la Domplaz ya no está. Ahora se parece más a como la recordaba. Todos los monumentos valiosos están cubiertos, los protegen del frío para que no se deterioren. Entro en el Dom, o Catedral y la recorro con tranquilidad, esto de volver a los lugares hace que descubras nuevos detalles que se te han pasado por alto la primera vez. Bajo hasta la cripta y allí encuentro un espacio de recogimiento y oración. Al salir el señor que hay en la puerta, dando fotos de la fachada en todos los idiomas y pidiendo una donación voluntaria, habla español. En un momento me dice todo lo que tengo que ver en Salzburgo, yo le digo a todo que sí. Habla como una locomotora, cuando al fin calla le pregunto si mañana los niños reciben regalos. Me dice que aquí los niños reciben regalos del Niño Dios, el día 24 de diciembre, que se ponen a las 12 del medio día junto al árbol de Navidad y a las siete todos están disfrutando de sus regalos, que no es Papá Noël, insiste, sino el Niño Dios. Le doy las gracias y le dejo con su parlancheo incesante en todos los idiomas, a mí me ha preguntado si soy de Gran Canaria o Baleares, le digo que de la península, pero creo que le da igual, tengo la sensación de que no escucha, solo habla.

Continúo paseando las calles hasta que decido ir a comer al Café Bazar. Apenas estoy en la puerta ya se conecta el wifi. Hoy tengo suerte y encuentro mesa libre. No sé qué me apetece, al final un revuelto y un vino blanco. Miro a mi alrededor, gente muy variopinta y muchos de aquí, se les nota. Vienen a leer el periódico. Hay una especie de perchero donde están colgados. No es un lugar de gente joven. Aquí estamos los turistas más sosegados. Algunos ya veteranos como yo, que buscamos un remanso de paz, un cálido bien estar. Se está bien aquí, sí. Y si te dejas llevar afloran las nostalgias de otros “ayeres”, en los que apenas éramos conscientes de que vivíamos un privilegiado momento que no volverá a repetirse. La memoria histórica de ayer tiene lagunas que el tiempo ha ido creando. Seguro que todos los que estamos aquí hemos tenido sueños que nunca han dejado de serlo, pero quizás hemos gozado de realidades que nunca fuimos capaces de soñar…

El último sorbo de vino y me recuesto en el asiento.

Las seis y media de la tarde, noche oscura, bajo del tren, escucho un sonar de cencerros y por el borde de la carretera veo avanzar unas ocho personas vestidas del blanco, con un cencerro atado a la cintura y portando estrellas. Delante La Estrella con cola y detrás otras estrellas que la acompañan. Están hechas de colores y llevan luces. Una mujer vestida de blanco que no lleva estrella rompe la fila y viene hacia mí, me acerca un palo y una bolsa blanca, hay que darles algo, un euro me dice, busco en mi bolsillo y le doy dos, me da las gracias, yo las sigo, voy tras ellas, tras las estrellas.

Queridos Reyes Magos que tengáis una noche feliz, y que regaléis felicidad a todos aquellos que han puesto su ilusión en vosotros.

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