Birdman, por Javier Puig

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Birdman

El cine es el arte que dirige nuestra mirada. Alejandro González Iñárritu, en Birdman, se ha desmedido, ha desbordado la contención respetuosa, ha reducido la distancia con el espectador, abocándolo, desde el primer minuto, a inseguros conductos emocionales, a laberintos irresolubles, que obliga a recorrer a través de rostros gigantes, de voces estalladas que lo hipnotizan. La cámara lo encierra en el paralelo mundo del teatro, en estrechos pasillos, en peligrosos escenarios.

El fuerte ritmo que impone Iñárritu, la aguda estimulación a que nos somete, contrasta con la lentitud que impera en otro cine, en las difíciles películas consideradas, por unos pocos, entre las que son auténtico arte. Birdman es una película que nos vive, no es de las que nos invitan a vivir en su interior con tiempo para tratar de comprender todos sus leves y significativos detalles. La cercanía de la cámara, su compulsiva nerviosidad, se opone a aquellos pausadísimos y distantes planos que pretenden una sobria belleza. Pero esta propuesta, aunque pretenda un público amplio, nada tiene que ver con el cine cuya inherente estupidez se delata en los pocos minutos del tráiler que, en la sala, no tenemos más remedio que tragar. Su afán de verdadero creador está fuera de duda, aunque tenga siempre presentes los posibles requerimientos del público.

Birdman es una comedia poco amable. Lo disparatado de la trama, el libérrimo recorrido de un guion fuertemente presente, a veces no puede arrancar las presuntas carcajadas, pues se encuentra con un espectador tenso, atenazado por una duradera invasión que lo mantiene perplejo. El personaje central, Riggan, es un actor famoso por sus antiguas interpretaciones del personaje de Birdman. Hubiera podido continuar, años atrás, con ese popularísimo papel, volando, simpáticamente disfrazado, por las calles. Pero le parecía que aquel éxito no era suyo, sino del accidental ocupante de un personaje exitoso pero muy simple. Ahora aspira a otro tipo de popularidad, tal vez más reducida, pero más importante, más sólida, fundamentada en su buen hacer múltiple, como adaptador teatral de una obra considerada culta, la de Raymond Carver, y a la vez como actor y director de la misma, para ampliar y asegurar su ansiado reconocimiento.

Riggan cree estar a punto de alcanzar un éxito clamoroso, irrefutable. Para asegurárselo, no duda en provocar, en los ensayos, un accidente que inhabilite a uno de sus actores, ya que no le convence. El que lo sustituye, aporta la ventaja de su poder de convocatoria en taquilla, pero pronto desvela su cinismo, su ego juguetón, su irresponsabilidad, terminando por desestabilizar al ya de por sí angustiado director, inseguro de una apuesta que para él es poco menos que definitiva. Se produce entre ellos una lucha de egos, el de Riggan desde su dramática necesidad, el del recién incorporado actor disfrazado de juego.

Se le reprocha a Riggan el que confunda la admiración con el amor. Esos pocos y decisivos días, en los que vive ante nosotros sus momentos de tensión, están llenos de una fuerte carga emocional, de fuertes deseos y de arrasadoras frustraciones, que los espectadores tienen que encajar con la insuficiente ayuda de unas risas. La cámara agobia nuestra mirada, se pega a los personajes, busca su explosión. Riggan está rodeado de seres que le afectan, cercanos, pero ahora, más que nunca, inoportunos. La desazón empieza por una voz que oye en su conciencia y que no es otra que la de Birdman, el personaje al que abandonó. Ahora, insistentemente, le conmina a abandonar esa presuntuosa aventura, a volver a la seguridad del aclamado personaje. Pero también le rodea una hija problemática, precariamente rehabilitada de las drogas, a la que tal vez no ha atendido suficientemente. Y su ex mujer, que se le acerca para recordarle las duras batallas que vivieron. Y su pareja actual, que no se siente escuchada. Es el reproche coral a un hombre para el que prevalece su necesidad de agrandar su imagen.

En el asfixiante entorno de un teatro de Broadway, vivimos, con Riggan, la tremenda angustia de la incertidumbre ante el éxito posible. Sabemos de la preocupación monetaria del productor, de la indiferencia ante la verdad de un público al que se le considera sobre todo preocupado “por dónde tomar el café después de la función”. Y hay otro elemento perturbador, el de una crítica del New York Times, decisiva para el éxito de una obra. Una mujer insensible, henchida de su poder, orgullosa de sus sentencias demoledoras, en el fondo derivadas de sus simpatías, de las adulaciones que reclama. Riggan le echa en cara su escaso rigor. Lee unas anotaciones que está escribiendo en un bar y las tacha de etiquetas. Le recrimina el que no se esfuerce por comprender el arte de quienes prácticamente se juegan la vida intentándolo mientras ella no se expone, no crea, y, a pesar de eso, se siente en un estadio superior. En un segundo encuentro, esta implacable mujer le dice a Riggan lo que más puede dolerle: “tú eres una celebridad pero no un actor de prestigio”.

Al final, no nos quedamos con una sensación clara y persistente, con una unívoca permanencia de lo que hemos visto, sino que se nos abandona en la confusión, frustrados en las expectativas que parecía se nos estaban proponiendo. Tal vez Iñárritu haya preferido hurtarnos la comodidad de una conclusión clara. Ya por el camino, ha hecho la crítica de la irrisoria postura de sus personajes. Nadie se salva, la mayoría son víctimas, pero más que de los demás, lo son sobre todo de sus propias apremiantes carencias y de su ambición indeclinable.

Después de cerca de hora y media de ritmo brutal, en la que hemos asistido a emociones muy intensas, la película parece aflojarse, no tener muy claro dónde llegar. Algunas escenas sentimentales chirrían en el conjunto, así como el exceso de elementos fantásticos – en la primera parte, muy bien utilizados como expresión emocional – derivando, en algunos momentos, en una vulgar exhibición de efectos especiales.

Finalmente, Riggan consigue ser el foco de atención, pero por motivos grotescos o trágicos. No lo había pretendido, pero el mundo es así, incapaz de atender debidamente la brillante sobriedad del arte, sensible solo a la excitación por lo inusual, lo espectacular, indiferente ante la solitaria lucha del artista no consolidado o en periodo de decadencia que precisa de su propia fe, ya que no tiene la de los que lo rodean.

El valor del arte comprende siempre un margen de precariedad. El artista que antepone su egolatría, obvia esta inquietante inconcreción y se conforma con obtener las más deseadas admiraciones. No es solo esto lo que ha pretendido Iñárritu con esta abrumadora película, sino que resultan apreciables en ella también importantes logros de expresión, interesantes confrontaciones de lo mezquino, extremos retratos de la ansiedad, de la zozobra del excesivo ser humano.

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