Ellos, por Francisco Gómez

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374dfade6c1451828e695e350638f98ce8248c0apor-que-se-visita-los-cementerios-en-el-dia-de-todos-los-santos-322670_595_338_1Siempre estaban allí. Soplaran vientos, soles y lunas. Ellos continuaban en el lugar como un homenaje de amor permanente que desafiaba el languidecer del tiempo y la injusticia del olvido.
         En aquella calle que soplaba frío y soledad, que auguraba derrota entre las filas de personas que fueron y ya no están, o sólo se encuentren en los desvanes del recuerdo de algún corazón anónimo que naufraga en medio de las arterías de la ciudad rápida y sin amor.
         Ellos, una y otra vez, permanecían allí en su desafío sencillo a la arena imperceptible del reloj y al dolor de la memoria. La muerte lo arrebató de su vera un mal día que mejor hubiera sido que desapareciera del calendario. ¿Pero quién puede controlar los designios del destino, el mal capricho de un día cualquiera? ¿quién sería capaz de manejar las hilaturas de la fortuna?
         Murió asfixiado en un pozo y sus padres supieron del dolor que no se puede apagar, de penas sin consuelo, de llanto en noches insomnes, de rabia sin entender por qué. Las tardes se llenaron de vacío, de soledad, de evocación con los proyectos por realizar y los sueños que cumplir, que ahora quedaban dormidos bajo descanso eterno.
         Ellos, los padres de un jinete que amaba los caballos, estaban allí una y otra vez. Fin de semana sí y otro también. En un ejercicio permanente de memoria que lucha contra el olvido. En una necesidad íntima de proclamar a los cuatro vientos, a quien le importase en aquel promontorio alejado de la ciudad que pronto olvida, que ellos no apagarían la llama de la memoria. Que ellos guardaban un altar en sus corazones para el hijo que se marchó demasiado pronto.
         La dignidad y el honradez del hombre vestido rigurosamente de negro impresiona. Es un signo de amor, de su verdad, de constancia. De amor más allá de la muerte. “Yo también seré polvo más polvo enamorado, siempre recordándote, amándote, hasta que nos encontremos donde sea”.
         Es un hecho cierto que los grandes amores no puede truncarlos el olvido, el calendario de la fugacidad. Que los amores de piel, de entraña, no se ven aunque el tiempo, concepto relativo donde los haya, trate de restañar heridas, poner árnica sobre la superficie de la piel. Es imposible olvidar cuando el amor es de verdad y más si nace desde dentro. Sucedan inviernos, primaveras o estíos. El recuerdo de lo que es, lo que pudo haber sido, lo que fue, permanece en las fuentes del alma.
         Esta pareja, ya mayor, vestidos de negro, con surcos de vida vivida, atravesándoles como ríos de experiencias el rostro, causaban una honda sensación. Respeto. La unión madre-padre-hijo nunca se rompería a pesar del zarpazo de la muerte. Mientras un corazón recordase a aquel que estaba al otro lado, no sería definitivamente difunto. No habría desaparecido del espacio de los vivos, del escenario de la imaginación de sus padres, siempre allí y sus hermanos que recordarían y evocarían con su presente ausencia los días juntos, los días amados cuando la guadaña no los había separado y estaban físicamente unidos.
         La madre llevaba aún con más hondo pesar la carencia. Es un lazo que el padre aunque lo intente, no puede alcanzar del todo. Pero esta mayor unión provoca mayor dolor. Un dolor interno que a veces no le permite sugerir los momentos felices transcurridos juntos. Una herida insondable, sin tregua ni final. Un bisturí ilimitado que horadaba sus sentimientos más allá del tiempo.
         El padre, también atravesado por el dolor de la ausencia, el golpe del sinsentido, aguantaba mejor la posición. Él prefería recordar, volver a vivir los momentos felices que había sentido con su hijo. Su amor incondicional por los caballos y los carruajes que sacaba a la calle en las festividades más celebradas de la ciudad, en los momentos claves de la ensoñación colectiva del pueblo, en los instantes dichosos que la familia compartió.
         La postura de aquel hombre sabio, vencido por la carrera de la edad y las mareas del tiempo en su piel, asfixiado por el peso del recuerdo, era quizás las más inteligente. Seguir adelante a pesar del dolor, a pesar de la pérdida, de los días dichosos grabados en su mente y corazón hasta que inspirase su último aliento y se uniera al territorio lleno de dudas e incertidumbres con el hijo que, tiempo antes, una fecha aciaga, había partido de viaje para enseñarles el camino que ellos habrían de recorrer más tarde.
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