El arriesgado cine de Carlos Reygadas. por Javier Puig

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JAPÓN

El cine del mejicano Carlos Reygadas roza, a veces, su invisibilidad. Es una apuesta arriesgada, un viaje que discurre por misterios donde impera lo real, por desechados territorios en donde, sin cómodos recursos consabidos, indagar, aventurarse. La clave del cine está en cómo es el ojo que ve. Japón, su primera película, resulta subyugadora desde el primer fotograma. Reygadas observa la realidad de forma magnánima. El verdadero protagonista es el peso de la naturaleza, la de las tierras altas mejicanas, los lugares apenas transitados, la magnitud de los precipicios; pero también la naturaleza del hombre, vista en su perturbada simplicidad.

El sonido de la película es, sobre todo, el aire; el ruido del mundo que emana su poderío. La cámara es tranquila, penetrante, sin necesidad de incisión, solo con una paciencia atenta. La naturaleza predomina, invade, condiciona. La música, con su equilibrada violencia o su cadencia lenitiva, acompaña todos los graves trayectos, en una perfecta fusión de notas trascendentes y elevadas imágenes. La cámara es sabia. Sabe mirar, rastrea los caminos, se llena de paisajes, los recorre hasta su esencia. A veces, se detiene porque ha encontrado un árbol de extrema belleza, un crepúsculo cargado de grandiosa verdad.

El protagonista inicia una huida de la ciudad. Cuando le pregunta a un cazador cómo ir al perdido caserío donde piensa detenerse, este, sorprendido de que alguien quiera ir hasta allí, le pregunta el motivo: “a matarme”, responde él, con seriedad, sin dramatismo. El cazador contesta: “entendido”, y, sin más, lo ayuda a encaminarse. Allí, ingresa en la rudeza del mundo campesino, exponiéndose a hombres y mujeres de inteligencia limitada. No sabemos de qué huye, por qué quiere encontrase a sí mismo para matarse. Tal vez por un conflicto amoroso. En una de las escenas finales llega una mujer. Se acerca a él, se descubre el velo, es una mujer madura. Se dan un abrazo que parece infinito.

En lo alto del cañón, una anciana mujer tiene una casa totalmente aislada, sencilla, destartalada. En un anexo, en el troje, acepta albergar a ese extraño. Es una mujer extremadamente bondadosa. Rezuma autenticidad y respeto. Aún así no puede contenerse y le pregunta a ese hombre qué ha venido a hacer allí. Él contesta que algunas veces hay que abandonar aquello que a uno ya no le sirve aunque aún le atraiga porque está habituado a ello. No es una respuesta que ella pueda comprender. Ella vive en un mundo aparte, donde los pensamientos retorcidos del hombre de la ciudad no suceden.

El hombre acude a un mundo sencillo, primitivo, no exento de una obtusa maldad, en el que secretamente espera ser salvado por una revelación necesaria. Contempla en esos habitantes la ingenuidad, la inocencia, la preocupación; pero también la necedad. Se relaja ante un grupo de niños. En ese mundo remoto, se confronta la compleja y enigmática actitud del protagonista, un hombre con cultura, con la extrema inmediatez del actuar de la anciana, dispuesta a atender en los otros incluso aquello que no comprende. Llega incluso a aceptar, compasiva, la petición de acostarse con ella que le hace él. Es un acto sin deseo, sin alegría, una catarsis necesaria para la restauración del impulso vital. El llanto al que finalmente accede clausura un terco mirar hacia el abismo.

El hombre está cojo, lo que convierte en un calvario su deambular por unos terrenos inhóspitos, aunque pertenecientes a unos paisajes raramente bellos. Está película me recuerda a Pasolini, en los escenarios campestres, en los actores aficionados, hombres y mujeres dotados de una exótica singularidad. Y, especialmente, a El evangelio según san Mateo, con esa coincidencia en la música de Bach y, de alguna manera, en el misterioso peregrinar del protagonista.

A Reygadas no le importa que los actores no profesionales que ha elegido cometan torpezas dignas de lo que llaman “tomas falsas”. Le interesa más su naturalidad que una expresión impostada. Al fin y al cabo, se ha ido a esas tierras altas, a ese mundo remoto, opuesto al de las grandes ciudades, para incluir en su película la observación de una comunidad humana distinta.

Japón contiene numerosas escenas de una enorme belleza. La última, fortalecida por la impresionante música del Cantus in memoriam in Benjamin Britten, de Arvo Pärt, es un recorrido de aterrada contemplación de la desgracia. El convoy que trasladaba las piedras del troje de la anciana, que ha sido injustamente derribado, usurpado, ha descarrilado. Sobre ellas montaban sus paisanos y también ella, que quiso subirse en el último momento. La cámara mira frenética a todas partes, a los lados, delante, detrás. Rastrea esas imágenes luctuosas; obsesa, corre hasta el final de su mirada, hacia donde está ella, la anciana, tendida, inerte, ensangrentada, con la camisa roja que le hubiera dejado él antes de partir. (Este detalle, según he leído, simboliza el traspaso de la muerte con la que llegó él a la anciana, quien lo libera de esa pulsión cargando con ella).

Batalla en el cielo, su segunda película, se mueve por un territorio aún más arriesgado que Japón. Aquí, Reygadas apenas dispone de los atenuantes del misterio de los paisajes, de alguna música hermosa o la conciencia superior de algún personaje. Se queda con lo que es más discutible en su cine, con unos actores aficionados, a menudo inexpresivos, que aportan su real existencia pero no la del personaje que esperamos. Insiste en la mostración de la sordidez, de cuerpos desnudos que son la antítesis de lo erótico, deformados por la vejez o la obesidad. Hay un pequeño acercamiento a la pornografía, que no es solo del sexo sino también de la indignidad humana. Aquí el argumento resulta más inverosímil, casi nada explicado, y sin la contrapartida de grandes momentos de cine. Quizá haya que comprender ese caos, esa irracionalidad, poniéndose en el lugar de un mejicano, de un habitante de esa gran ciudad que tan incomprensible nos parece en los increíbles contrastes que nos muestra.

Luz silenciosa, es su tercer largometraje. Nuevamente, Reygadas se vale de actores no profesionales. Ahora los busca dentro de una comunidad menonita ubicada en Chihuahua. Desde el comienzo, con el proceso de un hermosísimo amanecer que dura casi cinco minutos, sabemos que su intención va a ser únicamente reparar en las cosas grandes de la vida. Así, su sencilla historia, la de un hombre casado que se ha enamorado de otra mujer, con el correspondiente dilema moral y sentimental que se le presenta, no nos muestra más que sus sentimientos principales, obviando cualquier lucha dialéctica, cualquier carga de argumentación racional. Lo que escuchamos a esos tres personajes son solo las exactas palabras que reflejan su angustia, la batalla entre el deseo y el dolor, los silencios que unen y separan a dos seres. A la esposa se le viene encima un futuro desolador. La amante vive dolorosamente la duda de su amado. Este vive con el sufrimiento de querer aún a su mujer al mismo tiempo que ha descubierto que la que debió elegir para compartir su vida era la amante que tan tarde ha conocido. Sí, la luz es silenciosa y el dolor apenas se pronuncia. Está clamorosamente presente en los rostros, en los silencios, en esa contradicción que permanente se respira. La penúltima escena refiere el velatorio de la esposa y su resurrección, a partir de la visita de la amante. La última, otro maravilloso amanecer, otra oportunidad de la vida.

Me falta por ver Post tenebras lux, su cuarta película. Aunque obtuvo en Cannes el premio a la mejor dirección, compruebo que es capaz de crear muy encendidas controversias. El cine de Reygadas es sobrio y escandaloso a la vez, es naturalista y es simbólico también. Considero que vale mucho la pena acercarse a él. Si se hace con una disposición abierta, con una atención profunda, superando algún desagrado, es posible acceder a secuencias únicas, memorables, muy bellas.

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