Dos estrenos, por Javier Puig

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SIEMPRE ALICE“Pornografía sentimental…”, leí. Era un pequeño extracto de la crítica de Luis Martínez, del Diario el Mundo, sobre la película Siempre Alice. Esta categórica afirmación consiguió, en lugar de disuadirme, interesarme. Quería saber por mí mismo si esa sentencia podría o no corroborarla. Ya antes, sentía cierta reticencia ante esta película. Tenía la sospecha de que no podría encontrar en ella nada nuevo con respecto a otras anteriores que había visto sobre el tema del Alzheimer. En aquellos precedentes, la profundización en los signos y la trascendencia de la enfermedad me había parecido insuficiente. Lejos de ella, la sentí muy digna pero a la vez demasiado fría; mientras que la película de animación Arrugas me resultó entrañable y sugestiva pero un tanto dispersada frente al meollo del asunto. Me convencí de que, en la ficción cinematográfica, era muy difícil lograr una significativa incursión en la problemática interna de ese tipo de enfermo. Además, había cometido la imprudencia de leer algunos extractos de críticas. Casi todas valoraban la película por la gran actuación de Julian Moore, quedando lo demás en muy discreto segundo plano.

Es cierto que me he planteado a veces la pertinencia de ver ciertas películas o documentales que explotan claramente el sufrimiento. Me refiero a uno concreto, de amplia afectación, claramente identificable, de los que crean una conciencia social. Porque del otro sufrimiento, del estrictamente personal, singular – aunque parcialmente equiparable y comprensible, capaz también de suscitar empatías – es de lo que están hechas la mayoría de las películas. Más de una vez me he negado a ver un documental sobre los severos padecimientos de habitantes de míseros países o el enésimo sobre los campos de concentración nazis, pues pensaba que ya no podían aportarme ninguna información y sí un mezquino regodeo en el lejano dolor ajeno. Ya se sabe que al ser humano le encantan las noticias – sobre todo las próximas – que le salvan de estar solo en sus padecimientos. Si ya se ha visto esa clase de documental y no ha servido para producirnos una real solidaridad, una mayor sensibilización ante nuestros seres más próximos – y no únicamente un fácil e inútil lagrimeo, una escueta compasión –, no hace falta ver más.

Pero, ¿”pornografía de los sentimientos”? Primero, ¿qué es pornografía? Como casi siempre, me deja insatisfecho la definición de la RAE. Una de sus acepciones es: carácter obsceno de obras literarias o artísticas. ¿Y qué es para ellos lo obsceno?: impúdico, torpe, ofensivo al pudor. ¿Y qué es el pudor?: honestidad, modestia, recato. Bueno, a lo mejor lo tenían difícil. ¿Cuántas discusiones no ha habido para deslindar lo que puede ser considerado erotismo o pornografía? Lo obsceno es relativo, cultural, depende de la sensibilización particular o colectiva. Para unos es obscena la mostración de un determinado trozo de cuerpo y para otros no lo es la abierta mostración en todo su cinismo de un político corrupto. Para mí, la pornografía es aquella obsesión por mostrar con desmesurado detalle, acaparadora extensión y necia insistencia, aquello que de por sí no debería ser más que una pieza de un entramado más complejo y revelador. Es aquello que tal vez sea interesante conocer en un principio pero que después no puede satisfacer a una mente amplia. Así, por ejemplo, en el sexo, la minuciosa y ofuscada imagen de lo sexual abstraída de su connotación más humana; o en la descripción del dolor, su reiterada ausencia de matices, su incapacitación para crear un enriquecimiento sensitivo. En ambos casos, una primera visión aporta una necesaria información sobre los otros, sobre el mundo, pero su compulsiva insistencia parece apelar únicamente a una mirada enferma de indiferencia, de estrechez, bobamente saturada.

No me pareció que hubiera pornografía sentimental en Siempre Alice. Hay otras formas de abordar los sentimientos que prefiero, más contenidas, más austeras, pero el personaje que padece el Alzheimer, esa mujer semióloga que acaba de cumplir 50 años – y sí, maravillosamente interpretada por Julian Moore – no es nada desdeñable. A mí me conmovió su dolor, pero sobre todo su lucha, esa batalla extremadamente solitaria por sobrevivir, esa sensación de inseguridad ante ella misma, de desdoblamiento (muy buena la escena en la que se ve a sí misma en una grabación que había realizado en los primeros momentos de la enfermedad, destinada a su ser deteriorado, futuro, con claras instrucciones para suicidarse). Lo que está a su alrededor, el consabido entorno lujoso, al que tienden las películas americanas, cuando no han decidido regodearse en la miseria, o unos secundarios irrelevantes o deficientes, no pueden ensombrecer la brillante construcción de un personaje muy poderoso, que es cierto que no representa a la gran mayoría de los enfermos de Alzheimer, pero que no tiene por qué hacerlo. Simplemente – y es mucho – nos sugiere el terrorífico contexto vital en el que nuestras seguridades, el aferramiento al yo, pueden entrar en una precariedad vertiginosamente incontrolable.

Después de Siempre Alice, la visión de La teoría del todo resultaba complementaria. Si en la primera, la degeneración irreversible era la de la mente, en la segunda es el cuerpo la parte inhabilitada. Lo que se nos cuenta es la historia amorosa del físico Stephen Hawking con la estudiante que tendría el valor de casarse con él, cuando ya se le había detectado una degenerativa enfermedad neuronal y se le daba una expectativa de dos tortuosos años de vida. El cuerpo no le respondía, pero la mente mantenía una capacidad muy superior a la normal. La percepción de sí mismo era muy dolorosa, pero disponía de ella. El relato resulta emotivo, pero, a pesar de mostrar numerosos trastornos y limitaciones, da la sensación de estar demasiado edulcorado. La banda sonora promete al principio, con apuntados buenos temas sesenteros, con las óperas de Wagner que él escucha, pero luego la música original exhibe una aparatosidad carente de verdadera sustancia, tal vez en afinidad con una película bien presentada, con la muy destacable interpretación de él, pero que a mí me huele a pudibunda falsedad casi desde el principio.

Lo que echo a faltar es la visión de él, la expresión de sus más matizados sentimientos, de los recovecos en donde se enfrenta a sus graves limitaciones. Solo se nos muestra su coraje a través de su sentido del humor, de algunos esfuerzos físicos, y, en oposición, algún escaso y lacónico momento de desánimo. Basada en la novela de la que fuera su primera esposa, esta se nos presenta como la meritoria y sufrida acompañante de sus difíciles días, y es ella el personaje que adquiere la mayor preponderancia. Se nota que los protagonistas están vivos y han impuesto ciertas premisas laudatorias y de discreción, disimuladas con la inclusión de leves y elegantes detalles de la muy probable dificultad y frustración que imperaría en sus vidas. Las escenas dramáticas parecen preferir territorios mullidos, escenarios adornados con una pátina de exención de la desnudez del dolor. La parte que salvaría es la del principio, aquella en la que Hawking es un joven singular, de extraña gestualidad, de misteriosa inteligencia, que pronto tiene que enfrentarse a una condena física.

Cuando los directores se convierten en siervos de productos hechos para los premios y para la sumisa y encantada multitud, se agradecen las profundas interpretaciones o algún hallazgo del guion que ilumine honestamente las llamativas problemáticas que se nos venden. Julian Moore y Eddie Redmayne logran transmitir verídicamente la zozobra de sus personajes. Los personajes de Stephen Hawking y – bastante más – el de Alice, logran sobrevivir en medio de un entorno almibarado, hacer que la contemplación de esas películas me parezca parcialmente justificable.

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