SOLEDAD COMPARTIDA, por José Pedro Vegas

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perrita retocadoSé que deberíamos tomar la soledad en pequeñas dosis, como un veneno sutil al que nuestro organismo pueda adaptarse poco a poco. Pero la soledad no respeta ningun proceso de adaptación. La soledad aparece en rincones donde surge, por ejemplo, una fotografía descabalgada de su marco, quizás por puro azar, pero que deja un pellizco doloroso en nuestra imaginación.  O cuando percibimos el olor que nace y se derrama de frascos y potingues que pertenecían a ella, mi amada Mari Carmen condenada por Caronte al otro lado del río de la vida. O quizás nos apriete la soledad si sentimos los pasos que todavía crujen en nuestra memoria al oirla pasear por el pasillo, abrir puertas y ventanas, tumbarse mansamente sobre sábanas que aún retienen la sensación sensual de su cuerpo, o la languidez de una siesta de la que no se ha despertado todavía, ni volverá a despertarse nunca más.
Esta soledad la comparto con “Woody”, el perro que ella mimaba y que continúa conmigo alargando la presencia de su dueña, decidido (como yo) a no aceptar la incomprensible desaparición de la mujer que los dos hemos amado.
Ahora, cuando regreso de cualquier recado y me detengo en el rellano de la escalera antes de abrir, todavía Woody espera impaciente a que la puerta se abra para olfatear y recorrer todos los rincones con la esperanza de que su ausencia (la ausencia de Mari Carmen) no haya sido más que una broma de las que ella misma utilizaba escondiéndose para, de pronto, aparecer tras una puerta o el sillón con la explosiva alegría de un encuentro aparentemente inesperado.
Le digo a Woody para aliviar su decepción:
–  Esta pérdida tal vez nos haga madurar, tal vez nos exija prolongar nuestros diarios paseos para poder respirar en campo abierto el aire puro de la naturaleza, tal vez nos ayude a valorar la esencia íntima y trascendente de la vida que todavía tú y yo debemos exprimir…
Woody me mira con ojos cansinos, como si se estuviera desprendiendo de sus pupilas toda la fuerza (o la esperanza) con que yo he querido cargar mis animosas palabras- Luego da media vuelta, escéptico, y se enrosca para dormir sobre la pequeña alfombra que posee como su más preciado y personal tesoro… Pronto caerá la tarde sobre este invierno de malos reecuerdos.
El milagro se produce cuando veo que Woody mueve sus patas con ese tic nervioso de quien sueña que está corriendo en un mundo gozoso, aunque irreal. Entonces yo me uno a él en mi imaginación y soñamos juntos que estamos persiguiendo, alborozados, la imagen furtiva de nuestra amada Mari Carmen a quien no tardaremos mucho en alcanzar…
Mientras tanto, por encima de nuestras cabezas soñadoras, la luna de García Lorca muestra su polisón de nardos y juega al escondite con nubes errantes de algodón.

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