DIARIO DE 2007 (XI) por Javier Puig

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Cristina Hoyos21 de mayo

Anoche estuvimos viendo parte -¡otra vez la losa del sueño!- de una película de Manuel de Oliveira: A Caixa. Es el retrato de un mundo miserable, no tanto ya por las graves penurias económicas que viven los personajes, sino por su pobreza espiritual, su vida llena de reproches, desprecios, que continuamente dan y reciben, que les hacen estar atrapados en un demoledor asco a la vida. Y es que el ambiente que nos rodea influye mucho. Si continuamente te importunan, si no cesan a tu alrededor agobiantes representaciones de conflictos, es más difícil mantener la dignidad, la elegancia, la paz.

Una de las virtudes imprescindibles en cualquier película o libro ha de ser la de que nos plantee alguna pregunta. En A Caixa sale un personaje –un guitarrista que frecuenta la taberna- que le explica sucintamente su vida al tabernero y le da su razón de por qué –perteneciendo a otra clase social- ha ido a parar a aquel pobre barrio. Le dice que allí consigue una gran cosa: ser un desconocido. Yo me pregunto si alguien puede llegar a ser un desconocido en alguna parte. Yo entiendo por tal a aquel que resulta poco previsible, que no sabemos cómo es, qué tipo de historias puede arrastrar, hasta que no pasa bastante tiempo. Creo que –salvo si nos fuéramos a mezclarnos con civilizaciones radicalmente distintas- siempre estamos personándonos en los lugares sin apenas poder ocultar unos signos que nos identifican muy aproximadamente y que pueden ser: la forma de movernos –que parece denotar una característica del alma- , de hablar –culta o vulgarmente, o la delación del tono, que aflora nuestras emociones, nuestro talante-, de mirar –tímida o descaradamente-, de vestir –buscando ser invisibles o vistosos-. El problema es que alguna vez necesitaríamos vernos como desconocidos, de tan cansados como nos podemos sentir de nuestra estéril reiteración.

En el libro Fluir, de Mihaly Csikszentmihaly, se cuenta una historia así: la de un adolescente marginado que, para ser más popular, cambia su apariencia radicalmente. Eso es actuar, pero –salvo que nos interese muchísimo no ser descubiertos- pronto recaeremos en nuestras antiguas maneras. Nunca he pretendido engañar a nadie. He intentado mostrarme hacia fuera tal como me sentía por dentro, aunque sé que la imagen exterior nos puede jugar malas pasadas. Muchas veces me he sabido poseedor de una alegría que, por mi semblante –todo semblante resulta tan propio como ajeno- , nadie la hubiera podido creer. Alguna vez me he encontrado incómodo con mi apariencia, cuando enfrentado a seres más toscos, me he sentido a mí mismo demasiado delicado.

Esta tarde veíamos en el programa De cerca una entrevista al abad del monasterio de Santo Domingo de Silos. Se le preguntaba cómo reaccionaría ante la visita de un terrorista y decía que, en un principio, lo abrazaría, como hermano humano que es, y luego le hablaría de que el amor va muy unido a la justicia. Y añadía: “yo, desde hace muchos años, ya no juzgo, hablo con los otros, con los que difieren en su pensamiento de mí, y los escucho y les expongo mis ideas, pero no se las impongo” “Quien no juzga ya tiene el cielo ganado” “Lo dijo Jesús: no juzgues y no serás juzgado” “No juzgar da paz”. Estoy de acuerdo, en un principio. Así lo dije en mi Legado: “No juzgues. Tú vas por otras sendas”. Aunque existe el peligro de acabar en un excesivo relativismo y tolerancia. Tal vez no se pueda juzgar una vida pero sí debemos denunciar algunos actos concretos. Si nadie lo hubiera hecho nunca, si no se hubiera llegado al consenso –que debería ser muy ampliable- de convertir en vergonzosas y punibles algunas actitudes, no se hubiera avanzado nada, la gente actuaría de forma aún más despreciable.

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Un propósito que me seduce: querer hacerse a uno mismo muchas e insospechadas preguntas y tener tiempo para reflexionarlas desde la honestidad más íntima.

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Me sigue interesando un libro que hablara de cómo la actitud de los hombres ha ido modificando las relaciones humanas.

31 de mayo

Esta mañana, en mi bar del desayuno, leo otro buen artículo del interesante suplemento Magazine, el que sale los domingos junto con el diario Información y otros periódicos nacionales.

Se habla de la gratitud. Tal vez, siguiendo la moda, exagerando un poco la realidad, se dice que la gratitud mejora el sueño y otras constantes vitales, y que ayuda a la longevidad. Leyéndolo, me he acordado de mis “¡Gracias, Señor!”, de los puntuales momentos en que siento el abrazo del mundo, y que tienen su origen en el verso de Luis Rosales que desde el primer momento se me grabó: “¡Gracias, Señor, la casa está encendida!”, y que – por cierto – últimamente me acuerdo poco de pronunciar. En el artículo, se dice que hay que aprender a reconocer todo aquello que nos ha pasado y ha sido bueno, nos ha conducido a lugares significantes o bien nos ha librado de males devastadores. De hecho, la gratitud es pariente del optimismo, pero no lo es menos de la generosidad. Hace falta optimismo para reconocer aquello bueno que recibimos y también generosidad para aceptar que las bondades de las que somos depositarios no son algo que se nos debía sino algo que se nos da porque se nos aprecia. Y no debemos tampoco olvidarnos de darnos las gracias a nosotros mismos, es mejor procurar ser los principales causantes de nuestros bienes, aún sabiendo que nuestros esfuerzos requieren casi siempre de la compañía de gestos amigos.

Existe otro tipo de gratitud: la que se tiene hacia Dios. La que yo pronuncio no la dirijo a un ser todopoderoso, a esa figura oficial a la que todo el mundo creyente debe adorar, sino, si acaso, a un ente abstracto que representa a lo inconmensurable, lo incomprensible, lo indómito. Lo mío es, antes que nada, un simple acto saludable. Pero, de ese ente esperaría – cómo no – benevolencia, un complemento que redondease la que yo he de saber darme a mí mismo.

7 de junio de 2007, sábado

Ayer tarde, en el programa de De cerca, de La 2, Basilio Rogado entrevistaba a Cristina Hoyos. En esto de las entrevistas nunca se sabe cuál va a ser la buena. La de ayer me pareció sorprendentemente interesante. Esa mujer que dejó de estudiar a los doce años para poder bailar, hablaba muy correctamente y no solo eso, sino que lo hacía con sabiduría. Preguntada por todos los malos tragos que tuvo que pasar, las jugarretas, los desprecios, los recordaba estando ya de vuelta de todo, y su sabia expresión favorita era algo así como “ya pasó…”, unas palabras que pronunciaba con una sonrisa liberadora, una conclusión que tal vez solo pueda darse a cierta edad, o en ciertos momentos de actividad serena y agradablemente retrospectiva, o cuando ya decae la fuerza del ego, y se da por terminada la competición con nuestros iguales y, por fin, nos dejamos a nosotros mismos en paz.

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