EL ESCRITOR ANÓNIMO, por Francisco Gómez

Estándar

9788461344130
    Ahora que estoy en el otoño de mi vida y los suaves atardeceres denuncian que el tiempo arria las velas de mi caminar por este río que nos lleva, quiero dejar anotadas unas páginas, no como memoria ni biografía, quizás en un vano intento por explicarme por qué hice lo que hice y me convertí en aquello que los demás ven aunque uno no esté muy de acuerdo. Es curioso cómo el destino entreteje sus redes. Nunca he buscado cuanto he conseguido pero lo que más deseaba no lo he logrado. En el terreno profesional las flechas de la fortuna acariciaron mi cuerpo cuando sólo pretendía hacer aquello para lo que estaba predestinado. En cambio, todos los éxitos que cosechaba en el panorama laboral se truncaban en desolación por el lado personal y sentimental. Seguro que a causa de estos desequilibrios pude ahondar tanto en el ser y sentir humano. Aquí las opiniones están divididas entre quienes piensan que todo está decidido de antemano y el hombre poco puede hacer para modificar el curso de su vida y aquellos otros que lideran el pensamiento que el hombre es el único rey de su libertad para dirigir su acontecer vital como le plazca, y yo añadiría pueda. Sé que ya me estoy desviando del propósito inicial de este texto pero ya se sabe que los viejos elucubramos mucho porque tenemos demasiado tiempo para pensar. Quizás haya una tercera vía que me parece interesante: el hombre trabaja su libertad y su acción pero un curioso Hacedor (ya me sale la voz de un compañero) planea sobre el teatro de operaciones para supervisar el desarrollo de la comedia humana.
         Bueno, dejémonos de disgresiones que no llevan a ninguna parte. Ahora que tengo más de setenta años, recuerdo con mayor nitidez aquel niño que fui. El pequeñuelo que su mamá protegía y quería por encima de todas las cosas. Con el transcurrir de los años y los golpes traicioneros de la vida, acabas dándote cuenta que el amor más cierto y seguro de tu vida es el de tu madre. En mi caso así fue. Yo era un niño retraído y ensimismado. Poco sociable pero al mismo tiempo expandía mi universo interior hacia mundos que sólo se explicaban por la acción de mi mente. Todos los pequeños idean un ámbito propio donde sólo ellos son los amos ante la amenaza de los mayores. En mi caso esa percepción se agudizó y me ayudó a ser de mayor aquel que soñaba. Con mis juguetes y en cuatro palmos de tierra veía historias, batallas, personajes y lugares que nadie siquiera vislumbraba. Era el demiurgo de mi creación y nada existía ni se movía si yo no lo decidía. Pasaba mañanas y tardes enteras maquinando tramas, acciones y episodios que me hicieron ser feliz. Ahora siento con fuerza que pocas veces en la vida he alcanzado ese estadio tan inseguro y que pocos sienten cuando lo viven, como es el pájaro huidizo de la felicidad. Mis universos, mi madre y yo. Y no hacía falta nada más y nada menos…
         Con el tiempo y la escuela, me socializaron (palabreja horrible, por cierto) y me convertí en un joven aplicado, estudioso al que le gustaba aprender y conocer. Perdí parte de mi vida interior pero me abrí un poco más al mundo circundante, sobre todo en la época adolescente y ante todo cuando al amor se le ocurrió llamar a las puertas de mi casa. El amor se llamaba Ángela y aunque han pasado más de cincuenta años, todavía sigue en mí su recuerdo como una caricia fresca en pleno verano, como un puerto al que arribar en mitad del mediodía, como un beso que permanecerá en mi corazón hasta que me anuden la mortaja. Después de mi madre, era la segunda vez que salía de mí de forma total desinteresada y verdadera. Y vino el primer desastre. El sentimiento amoroso no correspondido. A partir de aquel naufragio que duró dos cursos de instituto, tuve la sensación que las mujeres no siempre saben lo que les interesa. En mí veían a un chico bueno, servicial, educado y zalamero a sus pretensiones y por lo tanto aburrido, un ser al que podían manejar a su merced. Cuando salía a las escasas fiestas a las que me invitaban, descubrí que las mujeres prefieren a los hombres mas insustanciales pero bordes, que no son una balsa de aceite en su microcosmos sentimental. Los polícromos sentimentales. Perdí a Ángela que se largó con otro y yo me encerré en mis estudios y en la Literatura, la gran pasión de mi vida. Cursé una carrera que no me apasionaba mientras devoraba libros con pasión, con fervor, con multiplicado interés. Aquellos escritores contaban historias que yo había vivido en mi magma interior pero que aún no me había atrevido a expresar con palabras. Y ellos sí. Empecé a darme cuenta que las mismas cosas que planean sobre todos pueden decirse de mil formas diferentes: el amor, el tiempo, la muerte, la amistad… y me apliqué con todos mis deseos. Desde siempre lo sabía pero ahora una luz se había despertado con un deslumbramiento siempre entrevisto en mi puerto. Sería escritor. Un hombre que escribiría historias que reflejasen los sueños, miedos y soledades de todos los hombres. Y empecé el asalto a la escritura, como la barrera que sabía era necesario franquearla. Antes de abordar proyectos más grandes, preferí comenzar despacito y dediqué mis sentidos e imaginación a idear relatos cortos que abordaban temas eternos. Mi padre explotaba conmigo porque apenas salía de casa y no tenía trabajo. Mi madre fue la bahía segura donde amarrar el barco cuando la tempestad sobrevenía en alta mar. Escribía y escribía. Era mi forma de vivir cuando pasados los calendarios, he comprobado que la vida siempre está fuera, aguardándonos. A la espera de que salgamos de nosotros mismos. Mis escasas amistades y compañeros de estudios se trabajaron su vivir desde fuera. Conocieron mujeres, lograron trabajos, se casaron, tuvieron hijos, algunos se descasaron. Mi vida transcurría entre las cuatro paredes de la habitación, envuelta en una constelación de palabras e historias intuidas entre los ojos de mi mente. Seguí dando pasos y me atrevía a enviar cuentos a concursos. De ninguno me regalaron los oído con alabanzas. Después deduje que mejor transcurrieron así las cosas pues si no recibía loas no cometería el riesgo de caer en estúpida vanidad. Por fin, cometí la osadía de atrever a internarme en el territorio de la novela. Sabía que tenía que construir tramas que atrapasen al lector desde la primera página y le enganchasen a trescientas, cuatrocientas o quinientas páginas desde el primer momento. Con personajes cuajados de contradicciones. Seres extraños para ellos mismos que transitasen las páginas con un aire de incertidumbre, derrota y misterio. Acometí la tarea durante largos años de silencio mientras la vida seguía desplegándose a mi alrededor. En apariencia, quedaba cada vez más solo, pero estaba siempre acompañado por mis héroes novelescos y argumentos a modo de rompecabezas con el íntimo de propósito de tratar de atisbar algo del sentido de la tragicomedia humana. Escritas ya algunas novelas, decidí que era la hora de lanzarlas al público lector  y sin timidez y mucha creencia en mí mismo, las envié a los grandes premios literarios nacionales. Eran botellas lanzadas al incierto mar de las posibilidades. Nadie respondía a mis llamadas de hacerme un mínimo hueco en la endiosada y resbaladiza República de las Letras. Hasta que una mañana, cuando empezaba a perder toda esperanza, una carta llegó a mi domicilio. Era de una editorial conocida que, según indicaba quería lanzar al mercado nuevos valores desconocidos, y que según decían habían leído “La derrota del hombre sentimental” y les había encantado. Quedé extrañado. ¿Cómo habían podido leer la novela si era destinada a un certamen donde aseguraban que se garantizaba el anonimato? Esta firma señalaba que lanzaría el libro a nivel nacional y yo recibiría un porcentaje de las ventas. Sólo les solicité dos condiciones: una; firmar la novela con un pseudónimo y dos; mi imagen no aparecería en el libro. A la editorial le pareció buena idea para darle al lanzamiento de la joven promesa un aire de misterio. Mis pensamientos marchaban por otros caminos. Cierta leyenda oriental apuntaba que si un hombre se dejaba tomar una fotografía, perdería su alma.  Y yo, hombre occidental en una sociedad convulsa, pensé desde el primer momento que si mi obra alcanzaba algún éxito de público o ventas, debería guarecerme del escaparate para poder seguir trabajando en mis proyectos, a salvo de interferencias externas. “La derrota del hombre sentimental” funcionó a las mil maravillas. A los pocos días de salir a la calle, el texto recibió críticas elogiosas y apareció en los programas culturales televisivos. El libro corría de boca en boca y empezó a desaparecer de las librerías. Todo el mundo quería conocer a ese autor tan original y absorbente. Mi respuesta fue el silencio y la publicación de una segunda novela, “Los pies de barro”. La respuesta de público lector y crítica fue aún mayor que en la primera intentona. Todos querían saber de ese novelista tan sorprendente. La editorial quería una y otra vez que saliese en televisión, concediese entrevistas a la prensa y radios. Escribiese artículos con mi imagen. Siempre me negué. El rumor se disparó. Según las malas lenguas divinamente informadas, tras Ramón Alfonsea, se ocultaba una de las mejores plumas del firmamento literario, pero por razones desconocidas, prefería esconderse tras la alfombra del anonimato para despertar el morbo e incrementar las ventas de la novela. Yo asistía al espectáculo de los corifeos entre complacido y asombrado. Tanto que había costado publicar, tantas soledades y silencios, tantas incertidumbres acerca de si mis escritos interesarían a alguien, y ahora cuando tenía la fama y el reconocimiento al alcance de mi rama, me escondía en la espesura del bosque para no ser descubierto. Sonrisas del destino que yo aceptaba con beneplácito.
         Seguí escribiendo pero le impuse a la editorial volver a cambiar el pseudónimo, como si iniciase la carrera nuevamente de cero. Y el éxito de ventas y crítica continuó saludando. Obligado por las circunstancias y el mercado, contraté a un eficiente agente literario, que hizo el trabajo sucio y rodeó aún más mi vida de una aureola de misterio. En Héctor Mora, encontré a un amigo y un cómplice. Siempre acudía él a mis entrevistas o tras la publicación de un nuevo libro, como si fuera mi otro yo. Decía: “Luis Mirandel está aquejado de una enfermedad que le impide recibir la luz exterior y por eso no sale a la calle. Os ruega le disculpéis y yo gustoso contestaré todo cuanto queráis” El misterio aumentaba la sombra de mi personaje, como si fuera un autor castigado por la desolación personal que veía, en cambio, cómo su trayectoria profesional en su faceta de escritor ascendía imparable. Y, en parte, no les faltaba parte de razón pues me consagré por entero a la Literatura, como la mujer, amante y compañera que no tenía a mi lado en la vida real. Me complací como un solitario divertido ante el éxito público de una proyección inventada. En realidad, quedé encerrado en mi universo personal y para no volverme loco o pegarme un tiro… escribía. Necesitaba sacar fuera todos mis demonios interiores, toda la mierda que llevaba dentro y caso curioso, cuanto más veneno expulsaba fuera de mi ser, más gustaban mis historias, invenciones y seres que pululaban por mis páginas. Así transcurrió la cincuentena y sexentena de mi vida. Entre el éxito externo y la soledad personal. Entre el reconocimiento del público y las carencias afectivas vitales que manaban como un géiser frío, un hombre que había perdido sus padres con la carrera de la edad, la ausencia de amor correspondido y la inexistencia de amigos a los que había expulsado para desarrollar sin cortapisas la carrera literaria. En mi vida, como supongo en la de muchos, siempre surgen los desequilibrios, entre el deseo y la realidad, la frontera entre el éxito y la derrota se encuentra más cercana de lo que pensamos y el cuchillo corta el hilo de la esperanza en cualquier esquina olvidada. Héctor viendo mi declive personal a la par que el triunfo profesional se atrevió a confesarme sus pensamientos. Quería ayudarme y lanzar alguna luz nueva:
        
         -¿Por qué no te presentas a tus lectores como eres y dejas que te conozcan? Seguro que así ahuyentarás toda esta soledad que te cubre. Quizás alguna mujer se acerque a ti y rompas ese castillo en tinieblas en el que vives.
         -No, Héctor. Perseguirán en mí al autor de éxito que les encandila, al misterioso hombre perdido que huía de su público. No buscarán al hombre que escribe, vive, ama en sueños y muere cada anochecer. Ya es tarde. Dejemos que mitifiquen al personaje que he inventado. Insociable, victorioso y subyugante. Un perfecto gilipollas al que detesto.
         -¿Y vas a vivir toda tu vida en el silencio cuando podías ser aplaudido y reconocido? Cuando tantos y tantos desean conocerte y romperías tu aislamiento.
         -Sí. Ahora a los sesenta y tantos veo con claridad que nada debe distraerme de la construcción de mi obra, que es para mí la vida. Una vida hecha carne de palabras, músculos de frases, tejidos de párrafos y sistemas de capítulos. Si el precio es la soledad vital, lo acepto como el precio necesario por el peaje de las novelas.
 
         Así fue. La reclusión de Ramón Alfosea y Luis Mirandel fue haciéndose cada vez más honda y oscura. El abismo entre la vida exterior y su universo personal se acrecentaba.  Sin embargo, las obras cosechaban el entusiasmo sin límites del público. Hasta que llegó el Premio Nacional de la Crítica y poco después el Cervantes. Todos esperaban ya que Luis Mirandel saltase al fin a la palestra de las miradas mediáticas, al circo audiovisual, a las farragosas entrevistas de prensa. Y tampoco. Mi amigo y fiel lazarillo volvió a dar la cara por mí y recogió los galardones. Volvió a excusarme: “La enfermedad incurable impide que Luis pueda personarse y os agradece el premio de corazón”. Palabras y palabras de agradecimiento que se olvidarían en el cubo de la basura a los pocos días. Ya no buscaba hacerme un hueco en el corazón de los lectores y menos aún pervivir en los manuales de la Literatura o en las cátedras y ensayos de los estudiosos. No ambicionaba la inmortalidad de Cervantes, Víctor Hugo, Tagore o Shakespeare. Sólo escribía como una imperiosa necesidad vital que diera sentido al resto de mis días, el intento de desvelar mis pesadillas y anhelos. Una explicación de mí mismo y el mundo que me rodeaba y nada más. Este objetivo total me ha quemado la vista. Ahora ya no puedo escribir. Estoy casi ciego y debo dictar los relatos a mi fiel ayo Héctor. Ahora que casi se han apagado todas las luces del entorno, las penumbras interiores se expanden más y más y permiten entrever mundos ignotos que mis sentidos cegaban. Siento que ya es tarde para contarlos. La luz del faro se está agotando y el sueño eterno se posará pronto sobre mis ojos. Sólo le pido, le ruego al Buen Hacedor que me permita ser su escribano sin límites de tiempo.
 
Del libro “Sueños de nadie” (Colección El Picudo Blanco)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s