Ars Fragminis, de José María Piñeiro, por Javier Puig

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Ars fragminis2PiñeiroA los seguidores de su blog Empireuma :micropoësie, José María Piñeiro ya nos tiene acostumbrados a sus excelentes destellos literarios o fotográficos. Se percibe en él una actitud de artista expectante de sí mismo, de paciente cazador de valiosos momentos que transforma en inusitadas imágenes de la cotidianidad o en penetrantes textos que siempre aportan una luz propia.

Hace dos años, en su poemario Profano demiurgo, y ahora, con su colección de aforismos o textos breves – o fragmentos, como también le gusta llamarlos- Ars Fragminis disponemos de una nueva oportunidad de apreciar más detenidamente su obra, más allá de la inmediatez, pero también de la rápida disolución, de las páginas digitales.

En este libro, José María Piñeiro demuestra su maestría para captar, para acotar y resolver expresivamente ideas que devienen entre lo poético y lo ensayístico. El aforismo, surgido independiente o bien extraído de desarrollos literarios más amplios, es otra forma, más concisa, pero no más limitada, de convocar las veladas evidencias. Y lo hace desde su contención, que es la de la palabra, de su pronto significado, pero no la de su persistente sugerencia. Un buen aforismo deja una vibración duradera en la mente del que lo lee, reclama un pequeño espacio abierto a lo inaudito. Lo que pretende es atrapar, aislar la visión concreta, lúcida, reconocer los sesgos claros de la complejidad que nos rodea.

Leer aforismos no es tan fácil como parece. Su brevedad es invitación, simplicidad, pero al mismo tiempo supone el peligro de resbalar sobre su laconismo, atravesarlos sin percibir la prodigalidad de su concentrado contenido. Estos textos, si son sustanciosos, llevan implícita la solicitud de una respuesta, de una réplica, de una variante. Porque un aforismo, secreta y secundariamente pretende – aunque casi nunca lo logre -, ser memorizado, extenderse más allá de su última letra, prolongando el instante receptivo, interpelando al lector, acompañándolo mientras se enfrenta a la vida. Pero su lectura, al ritmo de su concisión, finalmente concluye en un bello y efímero hallazgo del presente, como un conocimiento que se difumina en la irrefrenable sucesión de la vida. Quien vive atento al aforismo, cree en la fugacidad de lo prodigioso, en su aparente desconexión, y se resigna a ello. Escribir, editar, publicar, son graduales formas de defender la vigencia, el sentido, de lo felizmente acaecido en la mente.

Los textos de Ars fragminis tienen la virtud de no parecer forzados, de haber surgido espontáneamente de una ociosa actitud mental creativa. Y no quieren ser excluyentes, combativos. Parten de la perplejidad y de la asunción de pertenecer a un mundo difícil pero generoso en las posibilidades que ofrece. A veces, incluso, en su jovial sabiduría, se nutren del destello irónico, se sonríen de las bromas que parece que gaste una realidad probablemente desorientada, indecisa.

El objetivo del aforismo que practica Piñeiro no es comunicar, enseñar, fijar o servir de guía; su proyección es intrínseca: “el aforismo no sentencia, detecta un nódulo de la realidad”. Muy pocas veces recurre a la frase como acicate concreto: “hay que construir, idear, remontar la incesante inercia”. No hay propósito, ni incitación, ni deseo de exponer una preclara sabiduría. Hay atisbos, percepciones sutiles, constatación de paradojas que cuestionan seguridades rutinarias, juegos de sentido con los que componer las variantes del pensamiento.

Hay en estas frases mucho de reflexión sobre la naturaleza de su propio cometido. “El aforista disfruta del utillaje propio” o “El aforista es un minimalista de las conexiones”, “escribir es sondear, delimitar un territorio” o “escribir es no haberse ido, continuar con gallardía en la dilucidación de las cosas, confirmar el tipo de implicación que uno tiene con la vida.”

A veces son frases que podrían encajar, enriquecer un poema o una narración, pero a las que se les reconoce suficiente entidad para propugnarse solas: “pesados fragmentos de aliento”. A menudo se aproximan a la constatación concluyente: “Alcanzo intensidades que me abandonan” o “Eres tu llama”. Lo que cuentan estas frases es la historia íntima, desligada de las odiosas fricciones con la realidad, la absoluta aproximación al sentimiento, intelectualizándolo, recreándolo: “las horas vividas son estancias de mí”, “hoy eres indefinidamente tú”, “te amo, te destino a mí”. Toda percepción es maleable en palabras: “todos somos destinatarios de la riqueza del universo”, “el mundo es la versión que hagamos de él”; y toda vivencia mental, sin ninguna necesidad de atenerse a la realidad, como así pasa con las elucubraciones o con la consignación de unos interesantísimos sueños, que se asemejan a geniales películas tras las cuales “no aparecen los créditos”.

Aforismos como “hay inercias blandas”, “el silencio espumoso de la blancura de la nieve” o “dédalos de luz”, son un ejemplo de conversión de lo meditativo en imagen casi palpable, en sinestesias extremas. Son una forma de custodiar las chispas más luminosas. Se ahonda en ese paralelismo, en esa comunicación entre lo que se escribe y lo que se es: “la frecuencia de adjetivos o ritmos configura el tipo de mundo que a cada uno nos gusta”. Y hay una interpretación de la vida casi mística, que parte de la incerteza de existir: “¿qué hará Dios conmigo?”, “el absoluto es demasiado sencillo de enunciar”, “soy una parte infinitesimal –relativamente representativa – del suceso del universo”, “el milagro de una hora”, “en la alta madrugada del sábado, tras la eclosiones musicales y eróticas, necesito el misterio.”

Cada aforismo es un inesperado hallazgo del autor, tanto es así, tanta es su aparente ajenidad, que finalmente declara: “los aforismos no tienen autor”. Un aforismo sería una confluencia que se da en el ser receptivo, como si este fuera un médium de las sutiles configuraciones de la vida, un curioso de la íntima absorción de la cultura.

En cada aforismo hay una intensa concentración del gozo de la escritura, de su capacidad de redención: “escribo con placer la ruta de mis desazones”, de la magia de la palabra que sublima lo corriente: “disfrutar de un autor es disfrutar de su retórica”.

En su parte central, La arena del reloj, que se compone de extractos de sus diarios, hay meditaciones algo más extensas, referencias de libros. El objetivo se abre, se habla mucho de poesía, de filosofía. Hay crítica, cuestionamientos, deducciones. Hay más palabras, más esbozos conclusivos, más referencias a la realidad exterior.

Para Piñeiro, “el fragmento es un lujo de lo unitario”. Dejémosle continuar ahí, en esos lujos: “algunas tardes, las cosas adoptan un plácido aspecto milenario”, en esa posición que atrae las bellas querencias. Leer este Ars fragminis es arrimarse a la esencia de la literatura, guarecerse en ella de las inservibles fragmentaciones de la vida. Estos textos breves me suscitan la sed de viajes interiores, me sugieren la pernoctación en los cálidos recovecos de mis intuiciones, son pequeñas estancias de luz frente a los paisajes de lo excesivo.

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