La mujer y la maravilla, de Francisco Gómez

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Colección Balbes, 2012, portada de José Manuel Serrano

Colección Balbec, 2012, portada de José Manuel Serrano

El día empezaba a andar, como tantas mañanas, sin rumbo fijo. Sólo importaba una cosa: encontrar el tesoro. La herencia que su marido, ya en los cielos santificados tras el misterioso manto azul, había depositado en sus manos como oro en paño que nunca debería perder pero incomprensiblemente se despistó. Ahora salía cada madrugada, hiciera frío o calor, lloviera o cantara la chicharra con una única meta: descubrir el reloj de bolsillo con su baño plateado y la cadena de anillos circulares.

Conocía a la perfección todas las papeleras de su barrio: Bufart, Lago, Rector, Nuestra Señora de l´Assumpció. Mare de Deu de la Llet, Callejón de las Mulas, Plaça del  Gall, la Plaça del Raval…eran minuciosamente inspeccionadas cada jornada. Nadie entendía su afán desmesurado por escarbar en los desechos de los otros. Algunos se reían por detrás. Otros se alejaban de su lado como sombras indiferentes. Nada de esto le importaba. Hacía tiempo que sus escasos contactos con el exterior se reducían al carnicero, la panadera y aquel señor tan simpático del banco donde acudía regularmente para cobrar la pensión y comprar comida que almacenaba en su casa. Y sobre todo, su inseparable Batman. Su pequeño perrito lanudo, de hocico respingón y patas mínimas. Su fiel escudero, su amigo en las tardes abrasadoras y las noches eternas. Batman, ella y el recuerdo inolvidable de su marido formaban un trío indivisible. Los vecinos: !Qué barbaridad¡ ¡Cómo huele su casa! ¿Es que no limpia? Muchos hablaban. Casi nadie acudía a su domicilio para interesarse por su estado y saber por qué desprendía aquel aroma, tan irresistible, de entre sus cuatro paredes.

Aquellos tiempos, tan añorados, de la gente a la puerta de su hogar, cenando y echándose una partieta habían pasado a mejor vida. Hoy todo el mundo tenía prisa. Todo el mundo tenía que trabajar. Todo el mundo no tenía tiempo para casi nada. Para después encerrarse en sus respectivos castillos y atiborrarse de tubos catódicos y pastillas en pos de la felicidad improbable. Ella acumulaba lo que otros expulsaban de sus vidas en su afán por encontrar su tesoro. Había tanto que buscar, que rastrear… La faena era laboriosa en exceso y no quedaba tiempo para seleccionar. Por tal motivo, los restos de los naufragios ajenos inundaban su casa: calendarios del Naranjito, tebeos de Pumby, peladuras de naranja, melocotón, manzana, plátano, espardeñas agotadas, botes de todas las clases y colores, carne podrida, catálogos olvidados, comida descompuesta en una nevera desvencijada y su anterior perro, Robin, ya difunto, en la cama de su dormitorio. Todos estos enseres inútiles para quien no quisiera ver su valía, su importancia en el mundo de los objetos, conformaban un mosaico abigarrado y multicolor en los escenarios del pasillo, de la sala de estar, en los dormitorios, el baño. Ellos y ella formaban un binomio inseparable. Entre ellos se encontraría, seguro, su ansiado tesoro. Por el día recolectaba y por la noche buscaba. Los malditos metepatas ya habían interferido en su misión una vez: que si los vecinos tras las ventanas encendidas olían y se quejaban, que si había perdido el juicio (aquellos patrones de conducta que dictaban los mediocres como lo normal), que ese olor nauseabundo no se puede aguantar…

Consecuencia: la visita del asistente social. Buenos días, señora. Parece un hombre simpático. A ver qué quiere el mozo. Buenos días, señor. Mire venía porque sus convecinos se quejan del hedor que desprende su domicilio y han pedido al  ayuntamiento y al departamento que represento que investiguemos su caso. ¿Podemos ayudarla? Ya me está resultando antipático. No, no necesito nada, gracias. Además no sé qué significa eso de ” hedor” y ni mierdas me importa. Verá, ¿Asunción se llama verdad?, los vecinos están preocupados por el olor. Algo debemos hacer. Que cada uno se meta en la figa de su casa y no jorobe a los demás. Este tío ya me carga, el picapleitos grosero este. Pero, señora Asunción. Que me dejen en paz. Portazo y final del diálogo a ninguna parte.

Acto reflejo consiguiente: citación del juez. Buenos días, señora. Sabrá usted que hemos recibido ciertas indicaciones de sus convecinos, indicándonos las circunstancias en las que usted vive. Las condiciones de salubridad e higiene de su casa. Me han pedido que le sometamos a un examen diagnóstico de su estado psíquico para que podamos discernir su grado de capacidad volitiva para desenvolverse por sus propios medios. ¡Qué chico más guapo es este hombre! Si tuviera 40 años menos me lo ligaría, seguro. ¡Qué suerte tienen algunas! Y lo bien que habla aunque no lo entienda. ¿Qué será eso de volitivo y diagnóstico? ¿No estará galanteando conmigo? ¡A mis años! Qué ilusión. La señora Asunción contesta y requetecontesta a la retahíla de preguntas. Resultado: puede vivir con independencia pero se hace necesario desinfectar y limpiar su vivienda. Una cuadrilla de limpieza aterriza en su postigo con mandamiento judicial. A regañadientes abre y el trabajo de muchos años de búsqueda se marcha en dos camiones. Ella vocifera, jura en arameo, increpa a todo bicho viviente y cae rendida de cansancio.

La noche le despierta en una casa que no parece suya. Vacía de todos los elementos que poblaban su mundo: las revistas, los botes, los colchones, la desvencijada tele en blanco y negro, la ropa desgastada, los alimentos descompuestos, las bolsas negras apiladas, las botellas caducadas. Hasta su Robin desaparecido. Batman duerme en su regazo a la espera de una caricia de su dueña mientras la luna llena, espejo de sus sueños melancólicos besa su frente. Si creen que no voy a seguir buscando mi tesoro, van listos. No ha nacido mujer que me eche adelante. Me sobra a mí figa.

Se reinicia la tarea de recolección de objetos. Alguien le ha arrebatado su sueño y después lo arrojó a la basura y ella quiere encontrarlo. Lucha por volverlo a tener.

Esa mañana que comentábamos al principio de la historia, es ésta. Rebusca entre los contenedores cuando observa en uno de ellos, en la recóndita Plaça del Gall, un objeto metálico, relampagueante al contacto con el sol. Su esbeltez y elegancia le fascinan. No es su joya preciada mas se le antoja de un encanto similar. Es una lámpara con decorados arabescos. Aquel barrio, el suyo, fue refugio de la morería cuando El Conquistador lanzó una flecha desde la Plaza Mayor y allí donde cayera, sería el lugar indicado para que los seguidores del Islam depositasen sus reales. Pues bien, nuestra heroína frota su nuevo tesoro y envuelto en una nube rosada surge de la boquilla del objeto fascinante una suerte de fantasma con turbante incluido. Buenos días, mi reina. ¡Qué bien estar fuera de mi reclusión de siglos! Ya sabéis que ante la gracia que me habéis otorgado, puedo concederos tres deseos. ¿Tiene que ser ahora? ¿No podemos esperar a la noche? Cuando vos gustéis.

La noche vuelve enamorada a besar los muros de su casa. Sus amigos, los restos de otras ventanas, vuelven a poblar los pasillos de su hacienda. El genio liberado vuelve a preguntarle por sus deseos. ¿Cuáles son vuestras peticiones, ama? Un vestido nuevo, rojo y negro, con lentejuelas y zapatos a juego, que huela a esencias de jazmín y lavanda. Hecho. En su perchero cuelga flamante el deseado atuendo. Ella se lo pone y mira complacida ante el espejo, como la gran dama que siempre fue hasta que su hombre se marchó a recorrer los caminos celestiales. Ahora quiero recuperar el reloj de bolsillo que mi marido perdió y nunca he logrado encontrar. Como deseéis, mi señora. Ella vuelve a tener entre sus manos la esfera que un buen día regaló a su esposo y una tarde aciaga perdió. Ahora, haced vuestra última petición antes de mi marcha. Anhelo volver a ver al amor de mi vida. Pero él está enterrado en el Cementerio Viejo. No hay límites para cumplir vuestros sueños, mi reina. A lomos de las nubes volanderas, Asunción y el genio cabalgan hacia el camposanto hasta que desmontan a la vera de la tumba del amado.

¡Pedro sal del agujero, quiero verte! El amado despierta, se remueve de su cama de tierra y olvido, abre las puertas del nicho que conduce al mundo de los vivos. Ella está allí a la espera de su regreso. Pedro, tu reloj. Llevaba tanto tiempo esperando el momento de devolvértelo. El amado sonríe. Se besan. Se abrazan. Buscan sus labios, sus ojos, sus manos, sus cuerpos. El amado: Nunca más tendrás que buscar en la basura el tesoro de mi presencia en ti. Nunca más estarás sola. Las caminatas del tiempo se han parado, hoy, ahora, en las agujas de nuestro reloj.

 

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