Un hombre, de Francisco Gómez

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A Francisco Gómez Bermúdez
 
Un espacio llora la ausencia de un hombre que ya no se asoma. Un hueco que ha creado su marcha y las palabras no son capaces de explicar. El mundo continúa, la vida sigue, los trabajadores que él veía desde el balcón siguen acudiendo (quien lo tiene) a sus puestos, las mamás llevan fieles a su cita con el cole a los pequeños al toque de la sirena.
    Él veía la vida pasar apoyado en la barandilla del balcón, este espacio intermedio entre el hogar y el mundo exterior, como hace alguno de mis antihéroes de novela de uno de mis escritores preferidos. No sé si como en las obras, él imaginaba el devenir de los personajes de la calle o quizás, como siempre, tenía alguna palabra amable con ellos y muchos le correspondían el saludo y hacían un pequeño alto para charlar con él.
    Este hombre ha dejado un hueco de ausencia que no sé taponar. Este hombre se sentaba en un banco de madera del parque y encendía su pitillico para encontrarse con los compañeros de la edad, ahora que se acabaron los madrugones para trabajar, mantener y sacar la familia adelante. Los temas de conversación son siempre iguales y siempre diferentes. El banco y los ojos de este observador también cuentan su ausencia, un dolor que las horas y los días no amansan. Algunos hombres buenos, coetáneos de su quinta y peripecias vitales y laborales preguntan por él y doy curso de conocimiento. Los gorriones se posan mansamente en el banco y preguntan por su amigo. El columpio inquiere por su vecino. Las plantas a las que tanto tiempo dedicó y amó entonan aromas de galanes de madrugada y noche en aromas de su falta.
    Este hombre que, como muchos otros, ha ayudado a construir esta “city” inmisericorde con sus esfuerzos, su trabajo, sus desvelos desde la gran emigración en los 60 cuando sus zapatos pisaron por primera vez esta tierra.
    Y el observador contempla desde un rincón silencioso las fotos en blanco y negro de una pareja de enamorados en el Huerto del Cura y en la playa cercana y algo imposible de cerrar asoma por las ventanas. El carnet caducado  de cuando tenía una cuarentena de años y su imagen de hombre en plenitud y el observador compara. O la verde cartilla militar en Lorca, que dice que conoce como la palma de la mano pero que ahora, muchas lunas después, es un espacio inabordable de amplios dominios.
    Él, y otros hombre y mujeres como él, han hecho de esta “city” un lugar próspero con el sudor de sus manos y frentes, y ahora él y otros como él recorren las arterias de este lugar con poco corazón con sus pasos de tranquilidad ante la indiferencia de los demás. La misma desidia de muchos que apenas contestaban cuando él les saludaba desde el balcón o les invitaba a desterrar su marcha rápida al pasar junto a su banco.banco-3
    Muchos amanuenses de las letras dicen que los caminos de un hombre no hay libros que puedan reflejarlos. Un hombre, todos los hombres, somos un misterio para sí mismo y para los demás. Y este hombre del que amorosamente hablamos no es una excepción.
    Las palabras se quedan cortas para tratar de explicar la altura de su humanidad, su hondura nada intencionada de bien, su porte tranquilo al amparo de las horas y la sucesión de las estaciones.
    Este hombre que nunca será importante en las noticias de los medios, ni será invitado por alcalde alguno presidente a ningún acto, ha dejado un balcón, un banco y una casa que gritan desde su hermetismo su presente ausencia para reclamar, reclamarnos los espacios de bondad y bonhomía que se presencia engrandecía.
    Ahora vivimos por este hombre un inexplicable cantar de ausencias que tu buen mirar y tu buen ser proclaman.

 

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