Tempus fugit, por Javier Puig

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Oliver Sacks

 

Me impresiona la despedida de Oliver Sacks, a través de un artículo en The New York Times. No es lo habitual que alguien le diga adiós al mundo. Es más frecuente entre los suicidas, ya sean terroristas o deprimidos, entre aquellos que deciden su muerte y tienen que justificar su porqué. ¿Por qué se escribe un artículo así? ¿Por un último afán de notoriedad, tal vez para animarse, para crear un debate necesario en la sociedad, o, simplemente, para reflexionar en voz alta y dejar dichas unas últimas palabras resonantes?
A Sacks le quedan unos pocos meses de vida y nos cuenta lo que va a hacer. Pero sus palabras parecen contradictorias. Dice: “eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto)”; pero, a continuación: “No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches”. Tal vez considere que divertirse y hacer el tonto no sea superfluo. Debe entender eso como una forma de liberación, como cierta naturalidad de la existencia. Y, muy probablemente, también, como una forma de resultar compartible por terceras personas. Desde luego, si de pronto nos acometiese una rigurosa necesidad de no hacer nada banal, entraríamos en un estado mental verdaderamente conflictivo. Y es que hay banalidades claras, pero otras son dudosas. Cierta concesión supondría una relajación necesaria, no una pérdida de tiempo, sino un proceso de recuperación – como el de dormir – para seguir luego acometiendo nuestras seriedades. Claro que esta es la coartada del frívolo contumaz, de aquel que justifica sus escapismos. Oliver Sacks ha demostrado que no lo es y, tal vez por eso, se sienta más legitimado para reconocer sus veleidades.
Debe ser complicado establecer un plan para unos últimos meses de vida; y muy arriesgado, porque no va a haber otra oportunidad. Todo depende de la importancia que uno le dé a la imagen que deja, al concepto ideal que se tenga de la propia historia. La psicología del ser humano es curiosa: algunas de sus mayores pretensiones son aquellas que solo son posibles en la imaginación. Por ejemplo, esa imagen ante los demás, pero también ante ese uno mismo que ya no estará. Lo que se propone Sacks es algo muy parecido a lo que yo, si no desfalleciese, desearía: “por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento”. Me parecería indigno acabar de otra manera, anticipadamente derrotado, ridículamente apático. Lo importante es la actividad, sin preguntarse demasiado por su sentido, pero tratándola de conducir hacia comportamientos creativos, sociales y dignos. Lo reparador es sentirse en marcha, lo consustancial al ser humano verdaderamente vivo es no dejar de tener expectativas.
Sacks confiesa: “no puedo fingir que no tengo miedo”. El miedo a la muerte tal vez solo sea del todo superable en la acción frenética o con una fe – atea o religiosa -invulnerable. Cada vez que veo esas imágenes en que los reos de los yihadistas, a punto de ser ejecutados, muestran una muy verosímil serenidad, pienso si no los habrán engañado diciéndoles que los iban a salvar por prestarse a difundir sus mensajes, o si nos estarán engañando a nosotros. De otro modo, no puedo creerme sus rostros impasibles. Pasar al otro lado – especialmente cuando aún se está muy interesado en la existencia – da, como mínimo, mucha rabia. Es como si nos robaran hasta la posibilidad de resarcirnos. Sin embargo, Sacks no lo siente así: “hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”. Siente desapego, pero no da por terminada la vida, y ese desapego no es porque haya dejado de amarla. Ahora vive el amor puro, la comprensión de aquello que, más allá de nuestros apasionados sentimientos, significamos en el mundo.
Sacks ya tiene 81 años. A esa edad se posee una amplísima visión retrospectiva. La suya – al menos la que exhibe – resulta envidiable: “el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.”. La nota final que uno se pone depende de la selección que hace de su vida, del grado de censura, de autoindulgencia, de la conciencia ética a que uno se atreve. Pocos concluyen emitiendo un veredicto que no los deje bien parados. Seguramente dejarán mucho que desear, pero, vistos desde fuera, hay bastantes seres humanos envidiables, de esos que uno piensa que podrán morir plenamente satisfechos, en paz; gentes que han hecho el bien, en su entorno o con una más amplia repercusión, a partir de actitudes, de decisiones o de descubrimientos.
Las últimas frases de este neurólogo y escritor son una nueva muestra de gratitud, que es el sentimiento que más se prodiga en el artículo. Esta vez, por el hecho de haber existido como hombre: “Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. Tal vez el privilegio de una mente inteligente, de un espíritu insaciable, de una bastante acertada comprensión de la vida.
Hace unos días, en otra despedida – no de la vida sino de la presidencia de su país, de Uruguay – José Mujica, decía que “al cabo de tanto trajín supimos que la lucha que se pierde es la que se abandona.” Lo que irreparablemente se desecha es el tiempo, la oportunidad que es la vida. Steve Jobs, otro hombre que se había sentido seriamente amenazado por la muerte, le dijo a unos graduados de la universidad de Stanford: “vuestro tiempo es limitado, así que no lo gastéis viviendo la vida de otro”.
Antes, José Mujica, en diferentes discursos y declaraciones, había defendido, como valor supremo, la pura vida, la sencillez, la relación inmediata con la existencia como garantía de dicha, porque: “la felicidad si no la llevas adentro y no la tienes con poco no la tienes con nada”. Él siempre ha animado a sus conciudadanos a valorar el tiempo libre, a ser “sobrios, ligeros de equipaje, para tener la mayor cantidad de tiempo libre y volcarlo socialmente a lo largo de nuestra existencia por ser nuestra forma de felicidad posible…” Y es que, como dijera Baltasar Gracián: “la actividad es lo que hace feliz al hombre”, pero: “más vale el buen ocio que el negocio. No tenemos cosa nuestra sino el tiempo”. El tiempo es lo que se le acaba a Sacks, lo que amenazaba a Steve Jobs con su ausencia, lo que valora Mujica; es la pérdida incesante y también el lugar donde auténticamente ser, donde rehabilitarnos, libres de desidias o de persecuciones infaustas.

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