Mujeres en el mundo, por Javier Puig

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historia_intima_OK.inddNunca me ha interesado demasiado la Historia con mayúsculas, la de los grandes nombres, las esplendorosas batallas. Siempre he esperado una historia de las costumbres, de los hombres corrientes. Me ha parecido importante el estudio de las derivas de los movimientos sociales, el aleccionador análisis de la resolución de esos hechos actuales que luego se postergan y se abandonan, incomprendidos. He creído en la necesidad de aprender cómo se originan los sometimientos de la ciudadanía a los caprichos de los poderosos, esas trágicas descompensaciones de fuerzas que permiten dominios trágicos, sufrimientos masivos que fácilmente se podrían evitar. Ahora he descubierto un libro, escrito en los noventa y reeditado el pasado año, que se ajustaría a esa búsqueda: Historia íntima de la humanidad, de Theodore Zeldin.

Los temas sobre los que se centra este libro se estructuran en pequeños capítulos comunicantes. Cada uno de ellos se inicia con una muestra actual de los desasosiegos más primordiales, que no se realiza a través de datos sociológicos, sino de testimonios muy concretos, muy personales, con la característica especial de que son siempre las mujeres las que se manifiestan. Lo hacen en pequeños y profundos trazos. Lo que declaran es su inquietud preponderante, revelando el conflicto esencial de sus vidas. Luego, estos relatos íntimos se continúan con pequeñas incursiones en la historia que nos informan sobre las distintas formas que se han dado de afrontar esas problemáticas. Esta segunda parte de los capítulos nos ayuda a creer, demostrando la volubilidad de los grupos sociales, en una difícil posibilidad de solución, y lo hace a través del somero relato de las actitudes que, en la historia, han prevalecido en diferentes entornos, partiendo de confluencias históricas o humanas muy distintas entre sí. Mediante este recorrido, nos damos cuenta de la fuerza que tiene la implantación social de unas costumbres, de unos valores, frente a la necesidad de afirmación personal no mediatizada que unos pocos ciudadanos sienten ineludiblemente frente a la inmensa mayoría, inmersa en un proceso de perfecta enajenación.

Los temas son: la soledad, la incomunicación, la difícil singularidad, la sumisión, las relaciones parentales, la necesidad de la huida, la frustración, la amistad… Las historias que cuentan nos hablan de la dificultad de encauzar la vida, de las complejas elecciones y de los pesados lastres. Son mujeres que expresan su frustración, sus luchas, su difícil vagabundeo entre los amplios contornos de su existencia. Y, sin embargo, en sus vidas no prevalece la resignación ni la rendición ante las tristes seguridades. Lo que las insatisface es su precaria orientación en su búsqueda arriesgada, su insuficiente capacidad para escapar de muchas trampas, para asentarse en terrenos, inseguros, pero mucho más favorables que aquellos en los que las originales circunstancias las confinan. Estos pequeños o grandes triunfos, esta activa defensión frente a los coercitivos condicionamientos, no las han eximido de la sensación de lo inalcanzable de una meta plena, de que vivir es una lucha contra la persistente adversidad.

Cada una de estas grandes y mínimas historias podría dar lugar a un relato, a un personaje complejo, a una epopeya íntima, a una melancolía de la lucha eterna. Los problemas con los que se encuentran son de identidad, de fricción con un mundo en el que se sienten desajustadas. Muchas de las historias son de mestizaje, revelan las barreras a los que muchas han de rendirse por su perceptible procedencia. El mundo de estos relatos expresa así la preponderancia de los desencuentros, de los choques, los que se sufren por pertenencia a un género, a una clase social, a unas inquietudes singulares, a un sector cultural extrañado, a una raza minoritaria. El hombre – la mujer aquí, con su añadida relevancia – lucha por levantar la cabeza de su ser único, por encima de los condicionamientos sociales. Y, por otra parte, vemos como las sociedades se desarrollan, a veces en el sentido de una involución opresora, de forma torpe, egoísta; siempre con la prevalencia de los fuertes, de los ricos y su blindaje.

En el tiempo actual, nuestra sociedad nos impone un peso menos constrictivo, que no por ello deja de ser sutilmente influyente. La apariencia de la libertad, su última justificación irrebatible, mayoritariamente no es ejercitada como una estimulante oportunidad, sino solo como un superficial libertinaje. El libérrimo ser occidental se sume en dependencias subliminales, se esclaviza en su acomodaticia ambición, en su codicia grupal, en su consumo patético, y tal vez en ello olvida sus genuinos impulsos, desactiva sus singularidades, confluye abisalmente en un mar de exquisita tosquedad.

El recorrido del hombre hasta aquí, a través de diversas culturas, ha denotado la extrema dificultad de crear un mundo satisfactorio, de consistente solidaridad, de fértil convivencia. Leyendo estas confidencias, sabiendo de la fragilidad, de la pena silenciada, de unas mujeres, muchas de ellas de apariencia fuerte, incluso exitosa, uno se replantea la mirada con la que va a salir al mundo, a mirar, a cruzarse con ciudadanos que van destellando con su cuidada imagen, con sus contrastadas valías, pero que tal vez simplemente estén custodiando su problemática interioridad tras una máscara defensiva, disuasoria.

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