EL MISTERIO DE LA MIERDA OLVIDADA, por Francisco Gómez

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Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

En un lugar del Mediterráneo de cuyo nombre alcanzo a acordarme no ha mucho acaeció un episodio en una comunidad de vecinos compuesta por diez propietarios y cuatro inquilinos. Un incidente cuando menos sorprendente que despertó la sorpresa entre los moradores de aquel edificio que levantaba su silueta treinta años ha y que nunca hasta aquella fecha había asistido a un acontecimiento de tales características.

Querido lector, te estarás preguntando qué mierda de evento ocurrió en el interior de aquel inmueble para que este narrador que todo lo ve y nada juzga, esté mareando la perdiz sin que hasta el momento te haya desvelado nada de cuanto ocurrió.

Procedo a contarte. Una mañana de sábado, soleada, luminosa cuyos perfiles azules marcaban la cornisa del edificio, habitado por personas de clase media y baja, uno de los vecinos descubrió en el rellano del postigo una oronda y pestilente señora mierda. Una gran hez circular rematada por un pinacho adusto que desprendía un hedor que obligaría a los mismos ciudadanos próximos a un estercolero a taparse las fosas nasales para evitar tan fragantes efluvios. El citado zurullo adoptaba la forma de un circuito en disposición de espiral ascendente, al modo que el infierno de Dante, el cual recortaba la anchura de sus revueltas a medida que subíamos a su pirámide. Así ocurría con la sorpresa de la defecación encontrada.

Dos vecinos, hombre y mujer de la tercera planta, se encontraron con el pastel, que como el amable lector imaginará (ya que no puede oler) no desprendía precisamente esencias de jazmín. El señor mayor, separado a su pesar en fecha reciente, un tanto malencarado y despistado, afirmó que aquel oloroso descubrimiento provendría de las necesidades fisiológicas de un perro. La señora le espetó:

-¿Pero cómo va a hacerlo un perro si hay papel del váter por alrededor? Esa mierda es de una persona. ¿Quién habrá sido el pedazo de guarro que se ha cagado en el portal? –respondió soliviantada ante tan peregrina afirmación la vecina del tercero. Vamos a ver ahora quién limpia eso. Habrá que ponerse una mascarilla por lo menos, para acercarse a ella y no ponerse a devolver.

Al final, entre la acalorada señora y otra del tercero, mujer del hombre despistado, limpiaron el excremento circular rematado con un pináculo ascendente que adornaba y emanaba sus perfúmense a lo largo de la escalera para antisatisfacción del personal de aquel edificio. En realidad, según todos los vecinos y expertos consultados, algo raro y grave estaba pasando en aquella comunidad. En los últimos tiempos, digamos tres o cuatro últimos años, aquel lugar era escenario de extraños acontecimientos que habían despertado la irritación cuando no la ira o rabia entre los habitantes de aquel espacio cerrado a catorce casas. Como efecto rebote, la desconfianza y la insolidaridad entre los vecinos del inmueble había ido creciendo como un mal sueño que nunca debería haber prosperado.

Antes de relatar tan desagradables sucesos que amenazaban gravemente la convivencia, digamos que aquella escalera a juicio algunos vecinos “se parecía a la ONU”, como ellos mismos aseguraban. Al abrigo de sus puertas, habían ido a vivir rumanos, ecuatorianos, colombianos y unos chinos que habían comprado una casa en la sexta planta. Los anteriores moradores habían ido emigrando a otras calles de ese mismo barrio. Ellos, que primero marcharon de las tierras de los antiguos nazaríes o de aquellas de la dinastía de los Omeyas, o bien de los paisajes que surcaron Alonso Quijano El Bueno y su fiel escudero, el gobernador de la ínsula Barataria, volvían a cambiar de aires pero esta vez para instalarse en territorios más cómodos y sin cambios en la circunscripción geográfica. Los motivos eran claros: el edificio tenía ya más de treinta años de antigüedad y sus primeros vecinos habían ido envejeciendo al compás que ganaban lustros la estructura, fachada y cañerías. No contaba con ascensor y las piernas de las personas que vivían en la cuarta, quinta y sexta planta ya no podían aguantar el esfuerzo continuado de subir y bajar una montaña de peldaños que pesaban como plomo en las articulaciones. Los hijos se hicieron mayores y emanciparon. Ellos decidieron vender sus viviendas para trasladarse a otra zona del mismo barrio donde sí contaban con la comodidad de un ascensor y plaza de garaje para dejar el coche.

Así se fueron personas, con quienes los que se quedaron, perdieron amistades ganadas con el transcurso de los calendarios. Vinieron nuevos vecinos, procedentes de otras latitudes con costumbres y circunstancias distintas. Se fueron las Catalinas de la cuarta y quinta planta, marchose la Josefina de la sexta y la Antoñita también de la última. Compraron piso y dejaron de vivir prestados, primero la Marina y José María, después Mari Carmen y luego la Presentación y su cohorte de hijas en edad de merecer y que vaya sí merecieron hasta crear sus propios nidos. Isabel y Ramón, de la tercer, emprendieron su vuelo infinito para encontrarse con sus padres y los padres de sus padres. Ramón con su pitillo en la boca, su barba cana y el carácter entre alegre y agrio, según los días, soltándole a Emilio entre grandes voces, cuando bajaba la basura: “¿Cómo estás, paisano? A Ramón se lo llevó un mal día, de ésos que mejor es no acordarse. La pobre Isabel, su mujer, quizás agobiada de tristeza y falta del cariño y la compañía del esposo, fue cayendo en un paulatino grado de melancolía que se agudizó con el caminar de los días, hasta desembocar en el mal de Alzheimer. Perdió la buena mujer fuerza, potencia física y estabilidad hasta que quedó enclaustrada en una silla de ruedas. Después empezó a perder la memoria y no reconocer a quienes le rodeaban, fueran sus hijos, familiares, vecinos o amigos. Poco más tarde se sentía perseguida, insultaba y trataba de pegar a todo bicho viviente que tenía alrededor. La muerte de las neuronas provocaba una desazón hiriente en sus hijos que no dejaron de cuidarla hasta el fin. Si uno de los signos de los tiempos es el ostracismo de los padres en los guetos de los asilos, Isabel nunca sufrió la injusticia del olvido.

La escalera descrita era una auténtica familia. Y así fue durante dos largas décadas. Con un rasgo distintivo común: aquella era conocida como la escalera de las Milloneti, pues la mayoría de sus miembros pertenecían a la cofradía del puño cerrado. Les costaba soltar la peseta como si fuera un mandamiento prohibido. Nunca consintieron contratar a un administrador para gestionar la comunidad, el postigo de la escalera lo limpiaba cada semana la vecina a la que le tocara y para su conocimiento, puntualmente se dejaba el mocho en su puerta lo lunes por la mañana. No permitieron poner una emisora de televisión que permitiera a todos ver varios canales. Hasta que llegó la hora de reformar la fachada. Al efecto, quedó convocada una junta. Cada cual tuvo que confesarse y soltar la pasta. Más de medio kilo por vecino. Así se retrataban sus bolsillos y dejaron de ser tan Millonetis.

Pero aquella escalera respiraba común unidad. Estaban unidos, además de ser vecinos, nos atrevemos a decir más: se querían. Esta atrevida afirmación se concretaba en los cónclaves que tenían lugar durante las largas noches de verano cuando se reunían en la esquina del edificio en veladas interminables. El alma mater de aquellos encuentros veraniegos era la vecina del segundo, la Angelines, una mujer alegre, vital y trabajadora, profunda defensora de su grupo familiar. Cuando ella bajaba con su silla de playa a la intersección exacta de las dos calles como ríos-mar, era el momento adecuado para comenzar el debate sobre el estado de la escalera, los comentarios sobre los avatares de los últimos inquilinos, las ínfulas de superioridad de algunos, los últimos cotilleos sobre si fulanita de tal sale con menganita de cual. Nunca faltaban al cónclave, salvo causa de fuerza mayor, ni las Catalinas, ni la Josefina, ni la Mari Carmen así como otros vecinos de postigos limítrofes que bajaban al reclamo de la presencia de la Angelines. Allí se respiraba comunidad, auténtico sentimiento de vecindad y unión a pesar de que fueran más duros que el Betis para soltar un denario o, a veces, más incisivas en sus críticas que Cicerón en sus catiliniarias.

Mas el tiempo es un testigo impasible y silencioso que no tiene corazón. Un día aciago faltó la Angelines, el alma de los encuentros, la columna vertebral de su casa, y empezó a disolverse la reunión hasta desaparecer. Ahora cada uno vive parapetado tras los ojos de los edificios y se acabó el cónclave vecinal para hablar de todo y de nada. Otro signo de los tiempos. Luego vino todo lo demás. Empezaron a vender los pisos para marchar a otros más cómodos, hasta que llegamos al misterio de la mierda olvidada.

El presidente accidental de aquel periodo, Juan Canales, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, con una vecindad irritada por el hecho y mutuamente desconfiada, convocó una asamblea urgente para tratar tan oloroso asunto. El tal Canales era un personaje que precisamente no era un espejo de tranquilidad. Sindicalista retirado, en los tiempos de la dictadura agónica y la transición había luchado por las libertades, la igualdad social y el progreso para desembocar en los momentos actuales de egoísmos particulares. Él seguía renegando de este modelo insensible. Sus ideales seguían en la bandera del reparto de la riqueza más justa, la lucha contra el hambre en el mundo, la sociedad globalizada y humanizada, el 0,7% y la acogida solidaria a los inmigrantes. De ahí que apoyara abiertamente la entrada vecinos de otros países en la escalera, motivo de fricción con un sector vecinal.

El susodicho Canales, presidente electo de la comunidad, puso un cartel redactado en formato informático que rezaba así:

Por la presente se convoca a todos los vecinos, propietarios e inquilinos, a una reunión urgente para tratar diversas cuestiones de rabiosa actualidad. Por favor, ser puntuales y que no falte nadie.

El presidente

Antes que los propios residentes del inmueble desgranen el capítulo de la junta, sería conveniente (para situarte más que nada, querido lector) explicar cómo queda configurado el grupo vecinal tras la marcha de unos y la venida de otros. En la segunda planta, el hueco de la Presentación y sus hijas merecederas y de buen ver, lo ocupó una pareja de rumanos, que más que vecinos parecían sombras. Su paso por aquella escalera parecía inexistente pues su presencia era inadvertida. La casa de la Angelines seguía con sus pasados propietarios aunque la ausencia de esta santa mujer pesaba como una losa. Nunca fue igual aquella vivienda antes y después de ella. Así era y así sería. En la tercera planta, los hijos de Ramón e Isabel habían vendido el piso a un matrimonio marítimo que a su vez lo habían alquilado a unos profesores que también se asemejaban a fantasmas. Las otras dos casas de aquella tercera altura seguía ocupadas por una pareja de malagueños que destacaban en cada reunión por querer saber más leyes que los legisladores, y un matrimonio mayor que tenía agrios debates entre ellos y un hijo drogadicto que se enfrentaba abiertamente al padre cuando necesitaba pasta. Las broncas habían subido muchas veces de tono hasta extremos excesivos que habían generado enfrentamientos y provocado la comidilla de la escalera.

En la cuarta, la marcha de una de las Catalinas y Luis lo ocupó una familia colombiana, los Wilson, que al decir de la escalera realquilaba habitaciones a sus compatriotas. Algunos, según decían, de no muy buena catadura moral pues de acuerdo con las lenguas viperinas, la policía ya había venido buscando a alguno de estos paisanos. En el 4º B, otra de las Catalinas se había marchado con su esposo enfermizo e hipocondríaco (los que más duran) para facturar la vivienda a un ecuatoriano follonero que quería imponer sus normas a la comunidad y no al revés. El citado señor había empezado a dejar su bicicleta en el postigo a modo de garaje y costó toda la ayuda divina convencerlo de que aquello era inconveniente. Ahora la subía a regañadientes pero pegándoles cada golpetazo a las paredes que amenazaba con desconcharlas como simas abisales. No se sabía si era mejor el remedio que la enfermedad. De nombre Alfredo Pérez, el tipo. Para completar la cuarta, diremos que vivía una mujer llamada Ana, señorita modernilla y apegada a su tierra cordobesa. Los corazones emponzoñados aseguraban que la tal Ana había estado casada con un hombre que tras sufrir un accidente de tráfico, quedó paralítico. Dicen las mentes calenturientas que lo abandonó y decidió emprender una nueva vida con otro tipo.

En la quinta, el piso ocupado por la tercera de las Catalinas lo vendió a una buena señora que se ocupaba de limpiar casas, escalera y oficinas para sobrevivir en esta sociedad del envase y el consumo. Tenía un hijo adolescente que convocaba a las puertas del postigo a lo más granado del barrio, chavales maleducados y encarados que se te subían a la chepa en menos que cantara un gallo urbanita. El 5º B estaba regentado por una mujer viuda a la que le iba el bailoteo y la marcha más que el comer y su diligente hija, más fea que picio y que por el camino que llevaba se quedaría soltera y entera por los restos de los restos. Una señora viuda que siempre decía que no tenía un duro (antes), un euro (ahora) para acometer las reformas de la escalera pero misterios del destino, de no se sabía dónde siempre sacaba su parte cuando tocaba rascarse el bolsillo.

Por último, en este mosaico de vanidades, el vacío dejado por la Antoñita y su marido en la sexta planta (buena gente que acometió el arreglo de la fachada durante dos legislaturas presidenciales), lo rellenó una pareja joven, gente sana, que acababa de tener un hijo y reclamaba insistentemente la instalación de un ascensor. Habían engalanado su casa con toda clase de comodidades, como parabólica, jacuzzi y demás inventos del hombre contemporáneo. El 6º B pertenecía al mencionado Juan Canales, presidente, que había alquilado el piso a una pareja colombiana con tres hijos que también apretaban al presi para que pusieran el elevador. Esta era buena gente que había huido en su país de la misera y la violencia. A él su vida de funcionario allá no le reportó ventajas acá y tuvo que empezar de cero. Vino ilegal y pasó por penosas dificultades de regularización. El tiempo pasaba y los papeles no llegaban y los trabajos eran miserables y mal pagados por no tener los putos papeles. Su nombre Néstor, su mujer Mariana. Para terminar el frontispicio vecinal diremos que tras la marcha de la Josefina y su familia, su puesto vino a cogerlo un taxista que nunca llegó a habitar el piso y éste a su vez lo vendió a unos chinos que trabajaban en un restaurante brasileño. Oye, ni se veían ni se sentían.

La reunión vecinal estaba convocada el martes 14 a las 9 de la noche en primera convocatoria y a las 10 en segunda. Que hablen los vecinos y cuenten sus cuitas:

-Bueno, ¿estamos todos ya o falta alguien?

-Canales, faltan aún más de la mitad y no sé si vendrán todos –apuntó Loli, la malagueña del tercero. La mujer de la limpieza del cuarto viene tardísimo. Los que viven de alquiler casi seguro que ni bajarán y los chinos que han comprado el piso, ésos ya veremos si se han enterado.

-No pasa nada. Un poco de tranquilidad. Es un poco pronto todavía pero esperemos que vengan la mayoría.

Aquí ya se percibía un punto de diferencia sustancial respecto a los anteriores propietarios. Los antiguos moradores de la escalera eran personas mayores que a esas horas estaban en sus casas cenando o viendo la ración de tubos catódicos diarios mientras que los actuales eran currantes jóvenes que laboraban hasta altas horas de la vesprada y cuando salían del currele veían cómo las sombras de la noche se habían posado sobre sus cabezas. Pasaron algunos minutos hasta cerca de las diez de la noche, cuando un grupo de vecinos se congregaba en el postigo. Entre ellos, el marido de Angelines, los malagueños, la inquilina del tercero, madre del hijo drogadicto, la señora del cuarto y algunos vecinos más.

-Vamos a comenzar la reunión –subrayó imperioso Canales. Veamos. En esta escalera ha pasado algo extraño que ha despertado la irritación entre un sector de la comunidad. Al parecer, alguien y digo alguien porque las pruebas concluyen que son humanas, hace escasas fechas depositó en el rellano del postigo una defecación, cosa insólita que nunca había sucedido en la historia de este portal. Sé que este hecho insólito ha despertado muchas inquietudes y esperemos que no vuelva o ocurrir pero un grupo de vecinos me ha pedido que abramos una investigación pues hay quien afirma que este acto oloroso lo ha cometido alguien y vuelvo a decir el alguien humano, que vive aquí entre nosotros.

-Canales, no se puede acusar sin pruebas –aullaban algunos. Puede ser cualquiera que se haya colado de la calle, un guarro desalmado que tuvo una necesidad y no se le ocurrió otra peregrina idea que aliviarse aquí, el pedazo de impresentable. Y además, qué pruebas vamos a pedir para conocer la identidad del truhán.

-Habría una posibilidad –apuntó el presidente pillado en un renuncio –pero bastante improbable a estas alturas. Que alguien hubiera recogido una muestra de las heces, las mandásemos a un laboratorio para que las analizasen y comprobasen la composición de los distintos restos orgánicos, su color, textura, olor y demás factores. A posteriori, cada vecino voluntariamente o no y eso lo tendríamos que decidir en una junta, debería depositar en un recipiente una muestra de sus deposiciones y así comprobando las características de cada una de las caquitas, si el culpable estuviese aquí, lo cogeríamos. Ése hubiese sido el camino más rápido y científico.

-¿Pero qué dices, tío? –tronaron algunos al unísono. Ni de casualidad me prestaría yo a dejar restos míos en un contenedor de plástico o lo que fuese para que los examinasen y dijeran que soy el mierdero guarro. ¿Qué te has creído? Esto no es la Inquisición y no estamos dispuestos a que nadie controle nuestras vidas hasta esos extremos. Además, ¿quién iba a recoger un pedazo de mierda y guardarlo en su casa hasta que se llevara al laboratorio ése? ¿Lo harías tú, presidente? ¿O usted, señora del tercero, que tanto protesta, ante el descubrimiento de ese zurullo?

La discursión subía de tono y de ánimos encontrados entre quienes deseaban comenzar la investigación a toda costa para descubrir al sinvergüenza y aquellos que preferían dejar que los pelillos fuesen a la mar y se perdiesen en el océano del olvido. Las protestas iban in crescendo y aquella comunidad más parecía una jaula de grillos donde cada sardina quería arrimar el ascua fuera de sus territorios para no quemarse. Un grupo de la línea dura, antiguos propietarios, subrayó acusadoramente:

-En esta escalera están pasando cosas muy raras de un poco tiempo a esta parte. Que lo diga, si se atreve, el presidente, que es tan liberal, abierto y comprensivo para los inmigrantes y a los demás que nos parta un rayo. Están ocurriendo sucesos que antes no pasaban con los antiguos inquilinos y tenemos que hablarlas para buscarles soluciones.

-Bien, sí, -comenzó Juan Canales, visiblemente molesto por esta indirecta tan directa hacia su gestión. Aparte del episodio de la mierda, que ha creado mucha ira y tensión en la escalera, debo comentar otra serie de incidencias extrañas que aumentan el grado de hostilidad y no son buenas para nadie y malas para todos. Un vecino de la segunda planta nos dice que alguien (otra vez alguien humano) ha rayado con una cruz la puerta de fuera de su casa y quiere que se le pague la reparación pues afirma que da a la escalera y por tanto es responsabilidad de todos los vecinos. Dice que lo ha hecho alguien de aquí que por algún motivo que no le alcanza, les tiene manía.

-Sí, hombre, sí. Esa puerta es de su casa y que se lo pague su seguro, si lo tiene –apuntó Ana, la que según las malas lenguas había dejado a un marido en tiempos de adversidad.

-El seguro se niega a pagarlo porque afirma que es un desperfecto intencionado, fuera de la cobertura de los riesgos del hogar –indicó apurado Canales.

-Cada uno se jode cuando le toca –repitió Ana, ahora sí se merece el calificativo al menos de insolente- También nos han rallado a nosotros las puertas o a la Loli le quisieron abrir la puerta de su casa y se la dejaron hecha migas y no nos hemos quejado a la comunidad.

Si las miradas hablaran, en ese momento se produjo un cruce de reproches entre las afectados por la cruz del segundo y la susodicha Ana, que hubiera ardido Troya y todo el Pireo con las naves que se atreviesen a cruzarlo. Aquellas palabras marcaron el inicio de una ruptura entre dos vecinos que hasta esa fecha estaban bien avenidos.

-Todavía hay más asuntos –comentó el presi ya casi con tono de disculpa. La señora de la limpieza me ha comentado que le han robado productos para el aseo y la higiene de la escalera que tenía escondidos debajo de los contadores. Ha pillado un cabreo morrocotudo y también le gustaría saber quién ha sido el miserable cuando esas mismas cosas las puede comprar en una tienda de veinte duros

-Sesenta céntimos de euro, Canales, que ya no existe la peseta – le aclararon algunos.

-Vale, sesenta céntimos. Desde luego, hay que tener valor para robarle lejía o cera para la mopa, detergente o lo que sea.

Murmullo de desagrado entre todos los presentes tras conocer tan desagradable anécdota. ¿Quién sería el o los miserables que robaban productos de la limpieza comunitarios para uso propio? Una sombra de duda se extendió entre los vecinos, como si nadie quisiera creer que aquella historia increíble hubiera ocurrido allí, en aquel edificio, siempre tan pacífico, siempre tan bien avenido.

-Votemos, si dais poderes al presidente, o sea yo temporalmente, para que haga las investigaciones pertinentes al objeto de descubrir el posible autor de la mierda olvidada en el rellano y el ladrón de los productos de la limpieza. Cosa curiosa, por una parte, la suciedad de una deposición y por otra la higiene como misterios a resolver y si ambos casos tienen la autoría entre nuestras cuatro paredes.

Por apretada mayoría simple, los presentes en la reunión, con mayor hincapié en los propietarios más veteranos, abogaron por un estudio y un control de lo sucedido ante la risa cuando no la indiferencia de algunos de los nuevos. Otorgaron a Juan Canales facultades para sus futuras pesquisas e indagaciones y no se pusieron cámaras de seguridad y un vigilante jurado en la escalera porque estas medidas coactivas encarecían ostentosamente la maltrecha economía de las arcas comunales. Esto de poder adoptar medidas especiales para descubrir al autor del pastel oloroso y el ladrón higiénico no resultaron del especial agrado de algunos que volvieron a gritar: ¡Inquisición, Inquisición!, frente a otro sector que decía: ¡Si fuéramos más decentes, honrados y limpios, no tendríamos que hacer estas cosas!

-Bueno, bueno –ronroneó Canales como queriendo aliviar la situación-, aún queda un asunto pendiente que debemos plantear en esta reunión no menos importante que los otros. Un grupo de vecinos comenta la necesidad de instalar un ascensor en la escalera. Hemos consultado a un grupo de técnicos y nos dicen que es posible montar un elevador para dos personas. El coste podría rondar entre los 6.000 y 9.000 euros por casa pero ya sabéis las ventajas que un servicio de estas características reporta. Comodidad para todos y los precios de las viviendas experimentarían una subida que a todos nos interesa.

-¡Ya estamos otra vez con esa mandanga! –dijo el portavoz del grupo reacio a las inversiones vecinales-, Canales, ese tema es la segunda o tercera vez que lo planteas y te hemos dicho que no. Aquí o estamos de acuerdo todos o no se pone. Tú sabes que apenas hay hueco en la escalera para instalar ese ascensor. Tendríamos que tocar la estructura del edificio y quitar algún metro de algunas casas y por ahí no pasamos.

-Ya hemos hablado con algunos vecinos a los que no les importaría que le tocasen su casa, a cambio que les pagasen una cantidad por los metros arrebatados a su vivienda –respondió diligente el presidente-. Este sería un servicio bueno para todos.

-Mira, los de abajo no lo necesitamos y los que tienen un piso de alquiler difícilmente querrán hacerse cargo de un gasto tan grande –volvió a insistir el representante de los disidentes.

-Canales, si se pone el ascensor, a mí me subirán el alquiler y no podré pagarlo y me quedaré en la calle. ¿Te parece bien? –apostilló entre melancólica e irritada la vecina del tercero, madre del hijo drogadicto-.

-Señora, el ascensor es bueno para toda la comunidad y no sólo para los de arriba. ¡Y a ver si se enteran todos que no vivimos en las cavernas sino en el siglo XXI y hay que modernizarse! –explotó exasperado el marido joven del sexto que acababan de tener un hijo. Tengan en cuenta que si no se instala el ascensor algunos de esta escalera se largarán y vendrá cualquiera a vivir en los pisos. Luego no se quejen si no les gustan los vecinos que tienen.¡Avisados quedan!

El debate se calentaba hasta unos límites insospechables. No había manera de ponerse de acuerdo y se adivinaban a la perfección dos facciones perfectamente delimitadas en la escalera. La mierda olvidada había sido el detonante de esa división.

-Bien, vamos a votar si queremos poner el ascensor.

-Canales, aquí no podemos votar si no nos encontramos todos y no estamos todos aquí. Además una decisión de esta importancia no se puede adoptar por una mayoría simple de vecinos. O estamos todos y hay una mayoría cualificada o no se puede votar.

-Ya han hablado los legalistas que cogen las normas cuando les interesa. Bueno, lo consultaré con los estatutos y con la ley y lo dejamos para una mejor ocasión. Damos por concluida ya la reunión y ya sabéis que tengo poderes delegados por la mayoría de los vecinos para iniciar una investigación y tratar de saber, si es de aquí, quién cometió tan oloroso acto que ha despertado la irritación de tanta gente.

Acabada la sesión, cada cual se empaquetó en su casa para continuar con sus rutinarias tareas o prepararse para el laboreo del día siguiente. Sólo que muchos inquilinos y propietarios empezaron el mar de sus cavilaciones.

“En vaya follón me han metido. Desde luego este cáliz no lo quería yo por nada del mundo. Ser el sabueso de un grupo de personas que no se entienden entre ellas. Y si lo descubro, ¿qué? ¿cómo se lo digo? …Oye, mira, descubrimos el pastel que te dejaste el otro día en la escalera y tengo que amonestarte seriamente en nombre de la comunidad. Que no se vuelva a repetir. Pero si aparece el guarro, los demás querrán saber quién es. Malos rollos, más tensión vecinal. Ya estoy cansado de tantas discusiones que no llevan a ninguna parte. Sólo al enfrentamiento de los unos con los otros y vaya si tengo experiencia en este terreno después de tantos años de lucha sindical. A veces me pregunto para qué. Para que los trabajadores si lograban sus propósitos se olvidasen de nosotros, los sindicalistas, y nos condenasen al pozo del olvido. Y si no conseguíamos sus reivindicaciones, acusarnos de que no servimos para nada y no representamos a nadie. Tantos esfuerzos por los demás y al final qué. Pero uno ha venido aquí a servir y así será hasta el final. Ése es uno de mis propósitos en la vida como hizo Aquel en quien creo. Sirvió hasta reventar, amó hasta reventar, lo dio todo por una meta que muchos no entendieron. Lo malo es que tendré que hacer de perro guardián, de vigilante de las acciones de los miembros de la comunidad. Y no me gusta nada de nada. ¿Cómo me las voy a ingeniar? No les he dicho en la reunión que una de las vecinas que limpió el desaguisado, guardó parte del papel higiénico y tengo pruebas materiales del culpable. Pero, qué hago ahora. ¿Tendré que abrir las bolsas de basura de cada uno de los vecinos, esperar que tiren en el contenedor el papel del báter y comprobar sus “caquitas” con la prueba del delito hasta dar con el interfecto? ¡Menudo papelón!

“¡Será posible, el tío este, mierdero! Pues no quiere poner un ascensor para que así el propietario me meta un alquiler que me hunda, que no lo pueda pagar y nos tiren a la puta calle. ¡Será posible, el cabronazo! ¡Cómo si no tuviera bastante con los problemas que tengo en mi casa para que venga un ajeno y enmierde más las cosas! Hablando de mierdas, menudo pedazo de guarro el que se haya cagado en la escalera. Claro, con gente como esta que deja entrar a tantos de afuera, así se está quedando la comunidad. De gente rara, que no sabemos quiénes son y de dónde vienen. Cuando no ves a un moreno, ves a un chino y cuando no, vete a saber. Y los que somos honrados, de toda la vida aquí en la escalera, poniéndonos pegas y más pegas. Ahora con la bromita del ascensor, el dueño nos subiría el precio del alquiler y nosotros al carrer. ¡Mariconazo de tío! ¡Apoyando a los inmigrantes y a los que somos de aquí que nos parta un rayo! Esa gente, que a saber de dónde viene y para qué, nos están jodiendo pero bien. Los pisos de segunda mano por las nubes por ellos. Compran uno y se meten veinte mil, y diles algo que encima los tíos te llaman racista. Los que estamos siendo racistas somos los españoles con nosotros mismos, que no nos ayudamos. Prefieren apoyar a un moro, a un negro o a un chino antes que a un español. Hacen que sus hijos vayan gratis al comedor del colegio, las recetas las sacan con carné de pensionista, ayudas del centro social para pagar el alquiler, comida, compran coches y no se sacan el seguro obligatorio y a nosotros ná de ná. ¡Que nos parta un rayo! Somos el país más tonto de Europa. Y más con gente como el Canales ése que deja que entre gentuza como ésa en la escalera. No fui tonta yo cuando limpié el pedazo zurullo ése y me guardé, no sé por qué, un pedazo de papel pa limpiarse el culo, a ver si así podían pillar al mierdero. Y encima voy y se lo doy al presidente, que me cae como una patada en mis partes. ¿Seré tonta sin remedio?

“La gente de esta escalera son una racistas de cuidao. ¿Pues no se atreven a decir que alguno de los nuevos que hemos venido aquí nos hemos cagado en la escalera? ¿Cómo se atreven a acusar sin pruebas? Está claro que no hemos sido bien recibidos aquí. España, la Madre patria, sí, ¡por aquí se va a Madrid!, como ellos dicen. Ya están acusando que somos nosotros los culpables de la mierda ésa del rellano. Cuchichean a nuestras espaldas que somos sucios, juerguistas, que no les dejamos dormir, que tenemos mal beber, que somos pandilleros y vengativos. Y ellos, ¿cómo son? Nos ofrecen los peores trabajos, sin contratos o pagándolos nosotros y encima dicen que les quitamos la faena. ¡Serán hipócritas! Nosotros hemos venido a ganarnos la vida, a darles un futuro mejor a nuestros hijos, huimos de la miseria y la violencia de nuestros países. ¿Qué hicieron ellos hace sesenta años cuando escapaban de su país? ¿Adónde iban? A Chile, Argentina, Méjico, Venezuela. Ellos también buscaron un futuro mejor para sus familias hace cuarenta años cuando se largaban a Francia, Suiza o Alemania. ¿Qué nos están contando? ¿Qué están diciendo? ¿Ya no se acuerdan de las miserias, la incomprensión y la soledad que vivieron? Claro, ya se han hecho unos señoritos y los padecimientos son un mal recuerdo del pasado que no interesa conservar. Somos hijos de la misma sangre. Quinientos años de común unión nos contemplan. Nosotros no les pedimos que vinieran a invadirnos y meternos su cultura, su lengua y su religión. Ahora, les guste o no, somos hijos de la misma Madre y nos tienen que acoger, quieran o no.

“En vaya berenjenal se va a meter esta gente. ¡Se están peleando por un pedazo mierda! Desde luego, esta escalera es la hostia. Lo más importante que es poner un ascensor no se ponen de acuerdo para hacerlo y discuten por una historia que vete tú a saber quién lo ha hecho. Seguro que ha sido uno de fuera que tuvo un apretón y dejo el pastel en el rellano. Pero un ascensor es algo prioritario que dará más valor a las viviendas y supondrá un plus de comodidad para todos. Y más para los que vivimos en los pisos más altos. Luego dicen que vendemos y se meten aquí más inmigrantes. Pues, ¿qué quieren si no están dispuestos a incorporar mejoras en el edificio? Ya se ha ido una pareja joven con los que nos llevábamos muy bien y van a conseguir que nos vayamos también nosotros. Y más ahora que mi mujer acaba de tener un hijo. No es un incordio ni na tener que subir y bajar cada dos por tres el carrito del nene o trasportar las bolsas de la compra un montón de escalones. ¿Es que no ven que están consiguiendo que nos vayamos los que queremos introducir mejoras en la comunidad? Si no pasan por ahí, luego tendrán que tragar a gente que no conocen y vienen aquí. ¿Qué si yo ya tengo comodidades? Pues claro y mi trabajo me cuestan. Nadie me las regala, ni la televisión vía satélite, ni el jacuzzi ni el hilo musical. ¡No te jode mayo con las flores! Me están calentando y van a conseguir que yo también venda el piso a quien me dé lo que pida y se apañen como puedan. Luego que no venga diciendo el vecino del segundo que esta escalera se parece a la ONU. Pues claro, con su actitud de cerrazón ante la instalación de comodidades, ellos consiguen que vengan aquí más extranjeros. ¡Y luego que no me vengan con historias!

Punto y final a las disquisiciones de algunos miembros de esta escalera que puede ser un paradigma de muchas comunidades de distintas partes de la ciudad, del país y por qué no del mundo en que vivimos. El postigo se queda en silencio. Todos regresan a sus casas. Mañana será otro día de largo laborar y cada cual se aplicará en sus tareas y esperanzas. La escalera rumia su soledad y sus habitantes duermen ya el sueño de los justos, aquellos que forman el entramado del país, el paisanaje que vertebra las Españas, los ciudadanos que nunca tomarán las decisiones que les afectarán pero habrán de acatar, las personas que nunca despuntarán en ninguna faceta de la actividad humana en el campo de las artes, las letras o las ciencias aunque serán imprescindibles para construir los mimbres del andamiaje productivo y consumista. Tendrán hijos, se casarán y separarán, harán compras y viajes, soñarán con la quiniela del domingo que les rescate de la pobreza mas nunca se sentarán en los tronos del poder, allí donde se toman las decisiones que les afectan. Dejémosles con sus sueños, con sus proyectos y vanidades. Mañana será otro día y saldrá el sol sobre justos y pecadores, sobre vencedores y vencidos, sobre trabajadores y empresarios, sobre las mamás y sus niños, sobre los viejos que esperan las primeras caricias solares en los parques, sobre los currantes en la alborada del día. Mañana, mañana…

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