Sueño de invierno, por Javier Puig

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Sueño de invierno

 

La última película de Nuri Bilge Ceylan, Sueño de invierno, ganadora de la Palma de Oro de Cannes de 2.014, es otra obra maestra. El director turco resucita las mejores virtudes de Bergman, de Tarkovski, de Dreyer, y las adapta a sus inquietudes personales. Aquí la característica diferenciadora con sus obras anteriores, Tres monos y Érase una vez en Anatolia, es la mayor preponderancia del diálogo, sin excluir una muy singular belleza. Como en el Bergman más intimista o en el Dreyer más escudriñador, este desarrollo verbal indaga en la psicología de los personajes, denuncia sus argucias morales, la indefectible ceguera ante sí mismos y la adulterada mirada hacia los demás. Pero Ceylan no recurre a los primerísimos planos del sueco ni al rígido estatismo del danés. Sus gélidas imágenes exteriores sí tienen mucho del misticismo que les imprime el ruso. La mayor diferencia con todos ellos es su énfasis en la problemática ética y social, en detrimento de la derivación hacia lo espiritual a la que, de una forma u otra, se decantan sus predecesores.

Las películas de Ceylan aportan varias lecturas posibles perfectamente ensambladas en una historia de tensión discreta y creciente. Siempre son más de dos los personajes perfectamente construidos y la interacción que se produce entre ellos es incisivamente reveladora. En Sueño de invierno, en todo momento está presente un conflicto humano que no nace de puntuales intervenciones del destino sino simplemente de una búsqueda de satisfacción personal que a menudo resulta incompatible con la de los demás. Se añade la problemática social, la latente confrontación entre unas clases inamovibles en una región paupérrima de Turquía como es la Anatolia Central.

El protagonista, Aydin, ha heredado, junto a su hermana Necla, las posesiones de su padre. Estas le permiten vivir de rentas junto con el capricho de la explotación de un hotel rústico  insertado, como otras moradas de la zona, en las entrañas rocosas. Durante 25 años fue actor, pero ahora sus inquietudes personales se trasladan a unos artículos semanales que aparecen  en un periódico local. Está casado con una mujer más joven que él, pero desde hace dos años conviven en la frágil tregua de una suficiente aunque no del todo separadora distancia. Cada uno encuentra su refugio en las extensas dependencias del hotel. Ella, en su amplio dormitorio y en la ocupación de los salones comunes para desarrollar las reuniones benéficas que organiza y con las que persigue una realización personal que la salve de su vida desocupada y anodina. Él tiene su despacho, distante unos metros del hotel, adonde acude para pergeñar sus artículos. Ese ámbito privado es transgredido a menudo por su ociosa hermana. A sus espaldas, tumbada en un sofá, duerme o lee sin pasión, pero otras veces barrunta en voz alta sus insatisfacciones, importunándole. Este, con suma paciencia, la escucha, intenta un diálogo rehabilitador. Pero a veces ella se excede, da rienda suelta a sus ociosas mezquindades, embrutece su aburrimiento, su íntima insatisfacción, cuestionando la vida de su hermano. Sus implacables reproches, sus demoledoras críticas, acaban convirtiéndose en injerencias insoportables. Necla le echa en cara la vanidad de sus intenciones, su necesidad de sentar cátedra, le discute la validez y la honestidad de las opiniones que vierte en sus queridos artículos.

Con su mujer, la respuesta que obtiene no es mejor. Nihal guarda hacia él un rencor inconcreto, una aversión muy arraigada que reviste de matizaciones morales pero que se funda en un antagonismo confuso, en tal vez una envidia no reconocida, en una impotencia por no poder ocupar su lugar preponderante. Lo que menos admite es que él invada el terreno en el que ella se siente autónoma, ese pequeño mundo de la caridad, de la compasión hacia los desfavorecidos. Esa inclinación no parece fundarse en un verdadero deseo de equidad y de justicia sino en una ambición personal que la nutra del necesitado reconocimiento. Ceylan pone el dedo en la llaga de la incoherencia. Las dos mujeres actúan de forma muy distinta dependiendo de si deben oponerse o no a los otros dos miembros que odian. Son capaces de contradecirse y, si es preciso, para no alinearse accidentalmente con el ser despreciado, de girar el sentido de sus afirmaciones. Lo que censuran en los demás es justamente lo que son o lo que ansían de sí mismas.

Lo único que me disgusta de esta película es que me hace posicionarme demasiado claramente a favor de Aydin, pese a que reconozco su ostensible imperfección. Este hombre al menos posee la sana virtud de estar ocupado en sus tareas, en sus inquietudes, sin necesidad de hurgar de forma ruin en la vida de los demás, como hacen las dos mujeres, inmersas en una desorientación vital dolorosa. Es cierto que se apoya en ciertas dosis de vanidad, en la privilegiada posición que ocupa en su entorno social, y que rehúye educadamente los conflictos con sus pobres inquilinos insolventes, delegando en sus empleados los trabajos que lo ensuciarían enfrentándose a una incómoda realidad. No es un hombre perfecto, pero su franja de ineptitud moral podría resultar perdonable, por humana, tal vez demasiado humana. Lo mejor es que no pretende ser un santo como ellas, como su mujer, que quiere reforzar su posición espiritual en la caridad, como su hermana, que propugna métodos de compasión extremados; simplemente aspira a ser un hombre decente, con derecho a equivocarse en esas  opiniones generales que pronuncia con leve arrogancia; a ejercer, desde las formas respetuosas, ligeramente magnánimas, desde una buscada inconsciencia, el beneficio de su estatus. Su actitud no añade quebrantos a los demás aunque contribuye a la consolidación de un mundo desigual, injusto, en el que no hay una correlación entre los merecimientos, una misma oportunidad para todos.

En las tres horas y cuarto que dura está película hay mucho más: una penetración profunda en las relaciones con otros personajes que, aunque de menor peso, tienen una gran consistencia, una gran capacidad para producir enfrentamientos muy elocuentes. Ninguno de sus elementos resulta gratuito. Las excelentes interpretaciones revelan certeramente innumerables sutilezas. Los amigos, los inquilinos sumisos y los orgullosos, el motorista libérrimo que está de paso en el hotel, el maestro amigo de su mujer, todos expresan las peculiaridades de la difíciles relaciones humanas. Su presencia incide especialmente en Aydin, que es el personaje que se enfrenta a más situaciones, el que más – a veces desde la reticencia – se nutre de la riqueza significativa de cada encuentro. Al final, Aydin, vencido por las animadversiones, intenta un alejamiento temporal, pero es algo que, en lo más profundo, no acepta. A mitad de camino, decide volver al micromundo que siente propio, a someterse a las periódicas fricciones, a la invasión, en ese ámbito hostil, pero al fin y al cabo conocido, domeñable, donde aún sabe encontrar un refugio y, reducida pero intensamente, sentir el poder de saberse cómodo en sus posesiones y dominante en el interior de sí mismo. Su decisión final es una declaración de amor imposible a Nihal, pues sabe que ya nunca lo amará, pero a la que necesita tener cerca, servirla si es preciso, contemplarla.

Sueño de invierno es una película bellísima que perdura en quien la ha vivido intensamente, en aquel que no elude los planteamientos éticos. Es un revelador reflejo del propio existir, un contraste que sirve como principio de dilucidación de íntimas y cotidianas complejidades, como una forma de aproximación a nuestro ser más franco, más verdadero.

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