Los libros de la memoria: El balcón en invierno, por Javier Puig

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El balcón en inviernoLuis Landero, ahíto de sí mismo, de su literatura, encuentra la salida de la memoria. De ahí nace su último libro: El balcón en invierno. Se pone a indagar en sus recuerdos, no solo en los suyos propios, los de sus orígenes, su evolución en los tiempos decisivos, sino también sobre todos los hombres y mujeres entre los que creció, esos habitantes de su vida incipiente que tienen madera de personajes. Pero aquí debe contenerse. No quiere ir más allá de lo que sabe. No se permite mentir, lo que tanto le gustaba hacer en su infancia.

Hurgar en la primera parte de la vida es una tarea apasionante, siempre misteriosa, ya que la mayoría de los hechos que sobreviven en nuestra memoria están huérfanos de la casuística que los promovió. Uno se enfrenta a su propia otredad. Temerariamente fiados de la memoria repasamos nuestros actos antiguos, a menudo sin comprenderlos, como si entonces nuestro ser en el mundo no hubiera estado habitado por quienes somos hoy sino por alguien muy distinto, a menudo de actitudes y reacciones despreciables para nuestra sensibilidad actual. Landero, al ponerse a explorar su pasado, encuentra frustrantes insuficiencias en los datos de que dispone. Las preguntas que se hace son muy distintas de las que se hacía entonces. Conversando con su madre de noventa y siete años, intenta solucionar esas lagunas, pero apenas lo consigue. Ella no recuerda, o prefiere no recordar, o no se interesó por aquello que, con mucho retraso, para su hijo ha devenido importante. De todos modos, la mirada de los demás no nos aporta sino una visión complementaria que, si no queremos ir más allá de nosotros mismos, recomponiendo nuestro extinguido mundo, la desechamos por extraña.

Para Landero, el personaje más misterioso, más importante, es su padre. Un hombre autoritario, reservado, poco trabajador, que murió a los cincuenta años. Un hombre sombrío, “entregado a lúgubres silencios, fumando amargamente, como un titán de la tristeza”, cuya sola presencia mediatiza a los miembros de su casa. Cuando sale, los hijos se entregan al bullicio de la libertad. El ruido de la garrota colgada nuevamente en la percha de la entrada significa el apagamiento de la vida. Pero la distancia suele favorecer el ejercicio comprensivo: “Mi padre hubiera querido ser un padre cariñoso y comunicativo, pero no sabía cómo y, sin quererlo, lo que inspiraba era miedo.”

Cuando leemos un relato como este, autobiográfico, ineludiblemente se activa nuestra propia memoria y con ella reaparecen las sombras y las luces del pasado, las difíciles luchas para llegar a ese asentamiento de la personalidad en el que creemos ser al fin nosotros mismos, en el que alcanzamos la mirada singular y trabajada, casi siempre más capaz de la benevolencia con los personajes que fueron mal admitidos en su momento. Pero la relación con los padres siempre es la más crucial. De cuando éramos niños nos queda la vaguedad de su imagen, como personajes incompletos, seres secretamente sufrientes y a la vez pletóricos de su aparente superioridad. Cuando alcanzamos la paternidad que observábamos en ellos, nuestra nueva posición nos empuja a preguntas insoslayables. ¿Cómo nos verán nuestros hijos con el tiempo, cómo nos juzgarán? ¿Se compadecerán de nosotros? ¿Nos reprocharán sus fracasos, sus titubeos? ¿Percibirán, al fin, los pocos puntos de conexión, de afinidad, que las edades distantes ocultan? ¿Serán capaces de la hermosa gratitud, de la preciosa comprensión?

Su padre quería hacer de Luis un hombre de provecho, un triunfador a su manera de entenderlo. Lo quería abogado, casado con la mujer más rica del lugar. Desde muy pronto, compartió diversos trabajos con los estudios, de mecánico, en las oficinas de una Central lechera. Pero le resultaba imposible cumplir pues obedecía a un imperioso sentimiento de ajenidad. A los quince años ya había escrito sus primeros poemas. “La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo. Yo personificaba para él el gran fracaso de su vida”. Ni en su casa, ni en la de sus familiares, había libros. Ningún miembro de su extensa familia tenía estudios. Solo su padre – en la guerra – había visto el mar. Su decantación hacia la literatura, en un entorno en el que se la ignoraba, es un absoluto misterio tal vez revelable por aquel programa de radio que escuchaba poco después de la medianoche, en el que la cálida voz del locutor recitaba “versos de una belleza abrumadora”.

Su vocación literaria se fortaleció por el encuentro con el que fue su “mejor profesor, no tanto por sus conocimientos extensos, como por su persona, por su ejemplo viviente”. Le daba clases en una academia nocturna. De él obtuvo las primeras – aunque matizadas – valoraciones positivas de sus escritos. Lo guió en sus lecturas y así, por camino firme, pudo ampliar aquella biblioteca suya que, en un largo principio, solo constaba de un tomo de Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Landero nos refiere uno de los que considera mayores hitos de su vida: el día en que compró El criterio, de Jaime Balmes, y se lo llevó a la academia, dispuesto a que lo viera su profesor, en un guiño que buscaba una complicidad que obtuvo sobrada y fecundamente.

Los libros de memorias, a lo largo de la historia, se han utilizado como un ejercicio de reivindicación personal, de defensa frente al mundo, de ajuste de cuentas, de acopio de jactancias. Pero Luis Landero escribe un libro no para reafirmarse sino para preguntarse, no para ser visto sino para mirar. Lo que quiere es comprender, penetrar en lo que queda de unas vivencias parcialmente desaprovechadas. La escritura se hace cadencia de una vida apenas recuperada, acompasado sentimiento de una otredad que ya es propia, resurgida para atender una deuda con la riqueza de lo vivido. Los pintorescos personajes que recorre, en los que emocionadamente se detiene, están tratados con el sumo respeto, con la debida indulgencia de quien los considera comprensibles en su pertenencia a un mundo trasnochado, a un tiempo que los concierne, a unas limitaciones que los configuran. El balcón en invierno permite a su autor detenerse, mirar hacia atrás, encontrar el valioso momento para escribir un libro intenso, bello, honesto y necesario.

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