BALADA A UN HÉROE ANÓNIMO, por Francisco Gómez

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Veo tu fotografía de grupo rodeado de hombres como tú que saben que aquella instantánea puede ser la última antes de morir y siento que un escalofrío me recorre la piel. Eres un hombre bajito que quizás no se sienta cómodo con el abrigo que cubre tu cuerpo, un francés que todavía no entiende bien cómo ha llegado hasta allí, cómo han podido reclutarte, uniformarte y armarte con un fusil y una bayoneta. A tu lado hay hombres que tienen miedo como tú, que no saben bien cómo han llegado hasta allí. A Verdún, uno de los símbolos de Carlomagno, motivo de disputa entre tu país y Alemania.

No me atrevo a ponerte nombre. Usurpar la personalidad de los difuntos que caminaron por los inciertos cauces de la vida no me resulta grato. Pudiera hacer un ejercicio de ficción y llamarte Philippe, Bertrand, Jean Pierre, Louis, Francois pero tú has sido un hombre de verdad, de carne y hueso, que probaste en tu piel la herida del dolor, del miedo a morir, de la soledad, del alejamiento de tus seres queridos, de la terrible incertidumbre de volverlos a ver. Presentir que viviste estos sentimientos tan humanos aleja en mí cualquier tentativa de hacer contigo literatura.

Imagino que serías un buen hombre, amante de tu mujer y tus hijos. Supongo que tus máximos objetivos serían sacar adelante a tu familia y ser feliz con ellos. Hacer el amor con tu esposa y sacar adelante a tus pequeños. Prioridades convencionales en la mayoría de los hombres que pisan la tierra. Supongo que diez años antes de que estallara la maldita Gran Guerra, nada te haría imaginar que una década después vestirías un uniforme que te resultaba incómodo pero sería tu segunda piel hasta el final, quizás hasta agotar tu vida en una trinchera, aterrado por las explosiones de los obuses o las emanaciones terroríficas del gas mostaza. Acompañado por hombres que sonreían como tú para enmascarar el rostro del miedo.

Observo la imagen y me pregunto a qué te dedicarías en la vida civil, aquella que seguro pensarías que sería eterna hasta el final de tus días, en tu casa, en paz y estimado por tus vecinos. ¿Acaso serías agricultor? ¿Cultivarías girasoles, remolacha, cebada, trigo? ¿Te dedicarías a engordar patos? ¿O más bien serías herrero, darías forma y vida a yunques, hachas y otros utensilios? ¿Quizás fueras albañil y te dedicases a la noble tarea de construir casas para crear hogares y no destruirlos en frentes de batalla como el infierno de Verdún que te serviría de sepultura?

La despedida de tu casa para irte a luchar por una patria que te pide lo más importante que tienes: tu única vida. Te sentaría como una puñalada a traición. Decir adiós a tu mujer y a tus hijos te rompería el corazón, con el incierto temblor en la mirada de pensar que nunca más los volverías a ver, a sentir los labios de tu amada en los tuyos, de jugar con tus hijos en las planicies, de echar una partida a cartas con tus amigos. ¿Cuántas veces tendrías el deseo de renegar de tu patria? La única bandera serían los labios de tu mujer, el único rincón deseado los abrazos de los tuyos.

He leído cosas terribles sobre Verdún, la terrible batalla donde murieron medio millón de tus compatriotas, probablemente tú entre ellos y casi otros quinientos mil soldados alemanes. En un escenario de colinas y barrancos que no sirvió para decidir el curso de la Gran Guerra, en una fatídica “guerra de desgaste” que ideara un general alemán, Falkenhayn, del que hoy nadie se acordará. Leo cosas como ésta: “En diciembre de 1916, el resultado estratégico era prácticamente nulo. Franceses y alemanes se encontraban muy cerca de las posiciones que ocupaban cuando se inició la ofensiva. Nunca en la historia de la humanidad se había derramado tanta sangre, se había luchado tan ferozmente por unos pocos kilómetros de colinas y barrancos”. Un soldado relató en su diario una descripción espeluznante del escenario. El infierno cobró forma en Verdún y él lo retrató con precisión: “Aquellas colinas y barrancos se transformaron en un paisaje inédito, algo que el mundo nunca había conocido. Como quiera que se combatió una y otra vez en los mismos lugares, que centenares de millares de hombres penaron y murieron sobre los mismos barrancos y colinas, la tierra quedó amasada con cadáveres, transformada en una inmensa fosa común, batida por los obuses, pisoteada por los combatientes. La atmósfera estaba tan cargada de partículas pútridas que parece haberse convertido en polvo de cadáveres. Las náuseas nos ahogan cuando comemos. El pan, la carne, el café, todo sabe a cadáver”. Desde febrero a julio de 1916, los franceses resistieron palmo a palmo, arrojando a la contienda una división tras otra, en un régimen de relevos a la vez, atroz y lógico, que hizo que casi todas las unidades del ejército francés pasaran por Verdún. Y tú, entre ellos, que quizás nunca habías estado allí, que nada se te había perdido en Verdún, que viste cómo el reino de Hades tomaba forma allí, mientras pisabas a soldados muertos y rezabas, si aún lo hacías, porque una jornada aciaga, tú no fueras pisoteado por otros compañeros y te robasen las botas para combatir el maldito frío

Una batalla que no sirvió para nada, un combate donde murieron un millón de hombres, tú entre ellos. Un mar de cruces, olvidadas casi un siglo después, entre las campiñas francesas y tierras alemanas. Como recuerdo de tu tiempo, de tu vida, de tu intrahistoria que compartiste con otros hombres como tú, ateridos de miedo y embarrancados de soledad en lúgubres y laberínticas trincheras, sólo queda una fotografía que ha sido desterrada del olvido por la magia de internet. Es curioso esto de las autopistas de la información. Los hombres hoy, noventa años después, tratan de comunicarse por estas redes coaxiales, que tú no conociste, pero me temo que están más solos delante de su ordenador y en su bienestar complacido de colmena, que quizás lo estuvieras tú nunca, incluso cuando te encogías en las putas trincheras de Verdún, pues tus compañeros te rodeaban y estimaban y temblaban como tú, de miedo y soledad, que las palabras no son capaces de expresar.

Mira, voy a incumplir un poco lo antedicho y trataré de imaginar que tus jefes en el frente te vieron un hombre bajito pero vigoroso y decidieran convertirte en un “hommes-soupe”. Un soldado francés, como otros muchos compañeros tuyos, que arriesgaban su vida para llevar agua y víveres a los pobres hombres que soportaban en las primeras líneas el machaqueo de la artillería, el estampido de las granadas, el devastador olor del gas letal. Imagino tu coraje, arrastrándote entre el lodo, apartando cadáveres de soldados que fueron tus compañeros, que os hicisteis amigos, que reísteis juntos y bebisteis para olvidar momentáneamente el horror, que os acordasteis de vuestras mujeres, madres, novias, hijos, y ahora los veías hacinados, devastados entre túneles ennegrecidos y tú hacías de tripas corazón y seguías avanzando porque debías aportar provisiones a los hombres que seguían peleando en las primeras posiciones. Personas que llevarían días sin comer y necesitaban del aprovisionamiento que tú les aportabas.

Quizás te concedieran una medalla o varias, o una gran cruz de no sé qué mérito y hoy también se subaste por las redes de este mundo sobreinformado. Una distinción que cayó en las mallas del pasado y a quien nadie concede hoy importancia salvo algún coleccionista ansioso de reconstruir el tiempo perdido. En el peor de los casos, un obús o una bala cercenaría tu vida en el trayecto del transporte de la comida, y caerías fulminado. Tu vida discurriría rápida ante tus ojos. ¿Viste entonces la luz al final del túnel? ¿Te esperaban tus seres queridos que marcharon antes que tú…?

O bien, en la mejor de las posibilidades, sobreviviste a este descomunal y estúpido conflicto, y volviste a tu casa, a tu hogar, con tus hijos, ileso pero con heridas en el corazón y la mente que los días no podían borrar. Y los hombres, que olvidamos rápido, volvimos a repetir los mismos errores y sobrevino la Segunda Gran Guerra, con los mismos contendientes dos décadas después. Tú asistirías horrorizado al desarrollo de esta nueva lucha fratricida entre hombres, hermanos de carne y hueso. No sé si volverían a enrolarte otra vez o la carrera de la edad te habría desgastado ya para el servicio militar. Desde luego, supongo que muchos pensamientos poco optimistas circularían por tu mente y renegarías de muchos aspectos de la condición humana que se repiten una y otra vez como la piedra que machaconamente transporta Sísifo.

No sé si te gustaría leer o no, pero si hojearas los periódicos de entreguerras, verías opiniones para todos los gustos, panfletarias e incendiarias y otras llamando al intento de cordura ante la sinrazón. Al final, como tú mismo contemplarías horrorizado, no serviría de nada y los hombres volverían a matarse en una guerra más destructiva que la anterior. Si leíste a filósofos, pensadores, novelistas, periodistas o vistes alguna obra de algún autor teatral, observarías que el absurdo dominó este tiempo y el pesimismo llenó páginas, ideas, actos y artículos.

Los hombres no eran hermanos y la tierra se poblaba otra vez de sangre. Como cuando estabas en las zanjas interminables de Verdún y el cielo estaba preñado de malos presagios.

Y pensarías que los hombres no tienen memoria, sólo presente y están condenados a repetir la historia y volver a equivocarse, una y otra vez, como cangilones de una noria continua y sin límites. Y creerías que la condición del hombre es la maldad y sus infiernos están en esta tierra donde el lobo se despojó de su piel de cordero para convertirse en enemigo del otro.

O quizás hace tiempo estarías muerto en una fosa perdida y ya nadie te recordaría ni lloraría a los pies de tu tumba. Y esta fotografía te haya rescatado del olvido y este tipo que te escribe usurpa la dignidad de tu historia porque tú fuiste un día un hombre en Verdún, que lloró de miedo y soledad, que quizás rezaras a Dios, si aún creías, para que te permitiera volver con los tuyos y retornar al tiempo donde eras feliz en la campiña, con tu mujer y tus hijos en tardes interminables de domingo.

Franciscisco Gómez

Relato de un libro inédito

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