Creando universos paralelos (1. Pepe Aledo), por Javier Puig

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Pepe Aledo

El día 7 de mayo, a la misma hora, en Orihuela, se daba la coincidencia – nada inusual aquí, en los últimos años – de la celebración de dos interesantes eventos culturales. Por un lado, en La Lonja, Luis Calero Morcuende presentaba su libro Absurdo literal. En otro punto de la ciudad, en la sala de la Fundación Caja Mediterráneo, se inauguraba una exposición pictórica de Pepe Aledo: Ante el Umbral o la Poética Áurea. Como no he sido tocado por el don de la ubicuidad, pude asistir únicamente a una de esas celebraciones a las que estaba invitado. Acudí a la del libro del profesor de filosofía, aunque hoy empezaré por comentar las impresiones que me causó, en la visita que hice al día siguiente, la exposición del pintor. Del libro, hablaré la semana próxima.

La pintura de Pepe Aledo remite a un mundo muy propio hecho de unos personajes y sus entornos que están más allá de una evidente conexión con la realidad cotidiana. Pareciera que solo él tuviera acceso, que él solo conociera los códigos de interpretación, el secreto de esa forma expresiva tan distinta que, en un primer contacto, nos choca, nos extraña, nos repele o nos maravilla, sin saber muy bien cómo explicarlo. Con sus dibujos y sus pinturas, siempre estamos sometidos a la sorpresa, a su fuerte potencial creativo. Y nos tienta la facilidad, quisiéramos encontrar ese reconfortante punto de analogía, ese pensamiento lógico que aceptaríamos con discreción, sin que se notara la tramposa elusión del misterio. Tal vez, con una obra de arte pase como con la percepción de un idioma extranjero: que lo óptimo es comprenderlo sin el tránsito de la traducción previa. Una pintura debe impresionarnos a través de la emoción, de la visión más pura. Otra cosa es que luego la queramos traducir a nuestros conceptos más queridos, que podamos crear un cuadro paralelo, hecho de nuestras palabras, de nuestros conocimientos o del afán de generar derivaciones poéticas.

Escribo sobre esta exposición como lego en la pintura que soy, y también como desconocedor de las intenciones artísticas que probablemente el autor haya explicado alguna vez. Ahora, he tenido ocasión de leer los magníficos textos de Manuel García Pérez, en Mundiario, y el de la presentación de Sesca. En su momento, también leí un excelente y exhaustivo análisis escrito por José Luis Zerón. Pero no creo – o al menos no quiero – que me influyan. Son muchos los prejuicios que los poderosos comentarios literarios originan en las artes plásticas, que condicionan la interpretación de una obra y para siempre nos impiden una visión primigenia. He tenido el placer de conocer a Pepe Aledo personalmente, aunque en contextos que no me han permitido un acercamiento profundo; pero, desde luego, no he visto en él ningún atisbo de su mundo pictórico, lo que es mérito creativo importante: saber desligarse de los lenguajes de la cotidianidad, para elevarse y construir una expresión nueva.

El primer intento de aproximación a su obra lo hice al introducirme en el mundo de su magnífica serie titulada El sabio desnudo, unos dibujos acompañados de excelentes textos poéticos de Ada Soriano. Acabé conmovido. Logré conectar con ese universo de desfigurada ternura, de tristeza casi espectral. Y me preguntaba dónde estaban esos lugares, en qué dimensión habitaban esos seres. ¿Era ese mundo el del más allá? ¿Era una imagen contigua que nos resistimos a ver? ¿Era un mundo onírico que fluía desde su incomprensible y armoniosamente caótica configuración, desde su compleja inteligencia? ¿Describía un tiempo apocalíptico, como apuntan algunos? Ahora, después de haber visto una muestra más diversa de su obra, todavía no lo sé. Pero, lo que no ignoro es que ese mundo de difícil ubicación, de lógica impenetrable, está poblado por unos seres, extraños en apariencia, pero cercanos en su esencialidad. Son hombres o mujeres, niños, referentes mitológicos, híbridos de humana animalidad, algunos parcialmente hermafroditas, seres deformes, que eluden los cánones de belleza vigentes, que obligan a retraerse a las miradas cómodas, a las pasajeras, esas que no se adentran, que no traspasan la frontera de una primera contrariedad. Sus personajes guardan el secreto de su tristeza, de su silencio; vistos en su instantaneidad, revelan una entrega a la vida sin contraprestaciones, una incomprensión que asumen desde el reducto de su digna existencia. Parece como, si para ellos, todo hubiera pasado ya, todo se supiera sin saberlo.

Recorrer la exposición de Pepe Aledo es enfrentarse a un prodigio sucesivo. En cada cuadro, hay una nueva composición, otra relevante perspectiva. En algunos predomina una imagen más retratista, en otras una coreografía estática, una configuración inverosímil. Hay una vertiginosa exaltación de lugares inciertos. Se cruzan distintas realidades – a veces con una superposición de planos distintos -. Percibimos una confluencia de tiempos lejanos, una concentración de divergencias. Los inopinados espacios están llenos de estallidos de colores, de fondos minuciosos o de oros persistentes. Lo que predomina es una extenuada paz, pero también hay representaciones de violencias extremas, de poses enloquecidas, la inasumible convivencia de demonios y ángeles. A veces, en el maremágnum convulso, hay un personaje que plácidamente mira a otro lado, como si persistiera en un mundo anterior o se sintiera adentrado en un territorio incólume.

Si los propios cuadros son vehementemente poéticos, en algunos de ellos se fragmenta esa fusión incluyendo extractos de poemas, especialmente de Ada Soriano o José Luis Zerón, pero también de Antonio Aledo, Ramón Bascuñana o Antonio Gracia. La pintura de Aledo nace de una explosión que altera la mirada. Su objetivo es abrirnos una ventana a un mundo paralelo, a un duro reflejo de las más escondidas desesperanzas. Desde un lugar nuestro que estaba apagado, nos obliga a amar a unos personajes cuando aún los desconocemos. Conectamos con ellos desde nuestra inconsciencia, los traducimos a nuestro mundo y obtenemos una réplica propia; como ellos lo son de otra realidad íntima, la de su autor. Finalmente, ya con débil extrañeza, abocados a una ineludible y enriquecedora aproximación, nos es dado entrar en esa desconocida sensibilidad, en esa alteridad que nos concierne.

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