Memorias de Adriano: la reconstrucción de una vida, por Javier Puig

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Los grandes libros nos dejan una atmósfera indeleble. Cada
vez que, en estos veinte años, he rememorado este libro, ha renacido en mí el eco de esa cadencia poética que recorre todas sus páginas, sin descanso, sin debilidad; esa finura psicológica que ilumina cada pliegue de una intensa biografía, el conocimiento profundo de la difícil diversidad de los hombres.

Tal vez, ese tan grato recuerdo que no alcanzaba más allá de una sensación, que borrosamente daba por ciertos los primorosos detalles olvidados, era lo que me detenía ante su relectura. La posible decepción me creaba un oscuro miedo al desmentido de unos momentos vividos, atesorados y retenidos en lo más preciado de mi tiempo. Pero no ha habido decepción, sino la feliz confirmación de una experiencia gozosa y profunda. Memorias de Adriano es una gran novela que nació y fue alimentada con la fortuna de la plenitud, la más elevada madurez de su autora, capaz de mantener un elevadísimo nivel de profundidad en cada una de sus páginas.

La novela es un testamento vital, unas memorias que toman la forma de una extensa carta que el emperador romano Adriano, cuando ya siente los prolegómenos de su muerte, le escribe a Marco Aurelio, su nieto adoptivo. Empieza con una descripción cercanísima de su intimidad, del contacto epidérmico con la vida. Reflexiona sobre la limitación de las percepciones. Sabe que la observación directa del hombre está contaminada por la malevolencia y también por la posición que uno ocupa frente al mundo. La descripción de sí mismo se convierte en un ajustado y poético ensayo sobre la naturaleza humana. Abunda la observación psicológica, la perspicacia frente al otro. Pero aun así, el emperador reconoce lo limitado del conocimiento sobre los demás, piensa que lo que sabemos del prójimo es de segunda mano.

Habría que decir, para no confundir a los aficionados a este género, que esta no es la corriente, numerosa y mayoritariamente aceptada novela histórica. Sus seguidores quizá echarán a faltar en este relato muchos de sus comunes ingredientes, como la intriga, la acción potente, los diálogos; y, a sobrar, un relato muy pormenorizado en el que se persigue sin descanso la belleza formal. Sin embargo, el conocimiento histórico de la época en la que vivió Adriano se prodiga ostensible, profuso. Las licencias que se toma la autora las expone en un apéndice. Le molesta que la confundan con su personaje, aunque, en esas memorias que asigna al emperador, indudablemente tiene que haber mucho de sí misma, una visión que simpatiza con la del personaje histórico.

Adriano examina su vida. Pronto vemos que este hombre, un supuesto sabio – al menos para los parámetros de una época en la que prevalecía la falta de cultura, la violencia aceptada y la zafiedad -, tuvo un aprendizaje vital que le hizo pasar por fases muy diversas. Nos relata una juventud de ebriedad de vida, de conspiraciones, de entrega a los placeres que le ofrecen los y las jóvenes, un discurrir en la dispersión, contradictoria, muchas veces indigna y casi siempre temeraria. En cuanto es nombrado emperador, no duda en ejecutar, sin juicio ninguno, a su traidores. Pronto se da cuenta de que, aunque pueda recibir algunas críticas, acciones como esa le suponen ganarse el respeto de ese pueblo que para él es una borrosa amalgama de almas difuminadas, difícilmente adivinables. Aunque, en las distancias cortas, se propone desvelar a tantísimos seres individuales como le presenta la vida: “los hombres más opacos emiten algún resplandor. Pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa”.

El emperador se esforzará en imprimir en aquella sociedad la huella de una sensibilidad distinta a la de sus predecesores. Sus proyectos, sus gestos, su consideración hacia el pueblo, le irán creando una aureola de hombre justo, de amplias miras. Detendrá las guerras de expansión del Imperio, en las que se había atascado Trajano, su antecesor. Amará la paz, la construcción y no la destrucción, el bienestar del pueblo y no su dolorosa sumisión. Mejorará diversos aspectos de la economía, por ejemplo, suprimiendo a los intermediarios, a los que describe como “raza obscena y ventruda”.

Adriano homenajea a la vida con cada mirada. Viaja continuamente, abierto a los dones de cada pueblo, de cada paisaje. Lo tratan como a un dios. Le erigen templos, santuarios. Pero para él, contrariamente a quienes renuncian a los dones del mundo, como Epicteto o los brahmanes que había conocido, la relación con la divinidad se basa en su esfuerzo por informar y ordenar el mundo desde su posición de poder absoluto. Considera que “había luchado por favorecer el sentido de lo divino en el hombre, sin sacrificar lo humano”. Ese trato religioso que se le profesa lo distancia de los hombres: “las tranquilas alegrías de la amistad ya no existen para mí; me veneran demasiado para amarme”. Se siente satisfecho de algunos proyectos cumplidos; de entre ellos, el más importante: establecer la prosperidad y la paz después de siglos de avaricia guerrera.

Su vida estuvo desasida de vínculos familiares. Su esposa era un mero ornamento para algunas ocasiones oficiales. Su cuñado, su más constante enemigo. No tuvo hijos, pero sí que recurría a una curiosa forma de adopción, una especie de apadrinamiento, un reconocer a quien vislumbraba como digno heredero de su vida, como suficiente continuidad de sus proyectos, posible sucesor de su cetro.

Este relato es una rememoración de una vida apasionada, capaz de conciliar los placeres más libertinos con una vigilancia ética, siempre trascendidos sus actos por el amor a la vida. Pero su memoria no es solo un ejercicio de acopio de intensidades vitales, de enorgullecimiento por una trayectoria extraordinaria, sino que es material para un autoanálisis, un recorrido por la propia evolución, una interpretación del sucesivo pasado. Y no hay nada dicho sin belleza, ninguna frase meramente informativa. En todas las expresiones se trasluce la emoción de vivir, de ser hombre, de escribir una historia personal que pulsa todas las querencias, los odios, las piedades, la inseguridad ante el enigma de la muerte.

Me ocurre que, cuando leo a autores antiguos, me compadezco de ellos porque no tuvieron la oportunidad de conocer los grandes libros posteriores a sus vidas, ni tampoco aquellos contemporáneos que entonces estaban en la sombra de lo desconocido; libros a los que yo, lector más tardío, sí he tenido acceso. Me siento afortunado por haber vivido después de obras tan grandes como Memorias de Adriano. Gracias, Marguerite.

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