A propósito de Chesterton, por Ignacio Fernández Perandones

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chestertonAcabo de terminar una biografía de Chesterton. Es un autor que siempre me ha fascinado. Chesterton era un hombre de mundo, que hablaba y debatía con cualquiera, produciendo un poso de amabilidad y de simpatía, también con los que estaban lejanos a su pensamiento. Chesterton hizo amigos por todos los lados y de todos los colores. Era la típica persona con la que no te puedes llevar mal, por mucho que lo intentes.

Tenía esa capacidad de contradecir las ideas y amar a las personas, comprender el punto de vista de los demás. Sobre todo, tenía una facultad que ahora escasea: el buen humor, la chispa con la que respondía a las objeciones, el talante siempre abierto y nunca afectado.

Se entusiasmaba por las tertulias (si había buena cerveza, claro), por los edificios, por las personas, por los libros, que devoraba sin denuedo. Bullían las ideas en su gran cabeza y en su gran corazón. Muchos libros los dictó a su secretaria Dorothy, y así salieron a imprenta, sin correcciones. Al comenzar sus innumerables conferencias, se olvidaba de las notas, comenzaba hablar con espontaneidad y gracia, con su ingenio particular. Le daba igual el tema: la literatura inglesa victoriana, el imperialismo, la alta edad media, la novela policiaca, etc. Eran un éxito. El público llenaba los locales y aplaudía a rabiar. Chesterton quiso mucho a la gente, y fue muy querido.

Era ciertamente cótico en su vida personal, pero se dejaba guiar, era humilde, se veía como un modesto periodista. Sus libros están llenos de sugerentes paradojas que te hacen pensar, te salpican por dentro. Chesterton no machacaba al contrario: lo único que le interesaba era la verdad. Y la verdad la encontró en Dios, en la fe católica a la que se convirtió, conmovido.

Reivindicó la importancia de la familia, de los juegos, de los niños, de los cuentos infantiles frente a la intromisión del Estado y sus normas impersonales que se empeñan en organizarnos la vida. Condenó la guerra, el fascismo, pero no menos el Imperialismo victoriano. Nunca odió, nunca fue adversario de nadie. Como dijo Borges: “la obra de Chesterton no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad”.

Un cuerpo grande y una alma más grande todavía, que cabe en todo lugar y en todo tiempo. Chesterton es tan del siglo XXI como del XIX: su palabra no tiene tiempo.

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