Un instante de felicidad, por Francisco Gómez

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 descarga   A veces, algunas pocas veces, uno se para a pensar en las cosas que te dan unas gotas de la llamada felicidad, esa sustancia inasible e inclasificable que los filósofos, los poetas y ensayistas llevan tiempo a la búsqueda de asirla y siempre, casi siempre, se escapa de entre las manos. Intentamos descifrar sus códigos con estructuras mentales, filosóficas que la encorseten, delimiten en un bosque equivocado de palabras que no logran atraparla pues la felicidad se enraíza directamente en el árbol de la vida que transcurre a nuestro lado y a veces, vamos tan ciegos, tan sordos, tan indiferentes, que no somos capaces de percibirla, de verla aunque la tengamos a un escaso palmo de distancia.
    Hace escasas fechas, en estos días primaverales con sabor a alma, acudí con mis tíos Cristino y Juan Antonio, los únicos supervivientes junto a mi padre de una familia larga de hermanos, a ver al autor de mis días que ahora vive en la casa Sarrió, una residencia para personas mayores en Onil, gestionada por la Generalitat Valenciana. Todo hay que decirlo: allí les tratan con amor, cariño, respeto y profesionalidad en la atención geriátrica. A mi padre y a todos los mayores que allí viven. Entrar y departir con abuelos en una residencia es una experiencia diferente que te engancha a la vida y te hace descubrir tu lado más sensible, más tierno, ese que escondes con la máscara y la dureza de los días en la sociedad indiferente.
    Pues bien, mi buen padre Francisco, estaba acompañado de mi hermana, mi cuñado y su nieto y mi sobrino Sergi cuando nosotros llegamos. Estaba contento, se le veía feliz mientras la tarde acunaba su rostro y sus manos cansadas con hilos amarillos de las penúltimas luces de la tarde y el viento filtrado por las ramas de los pinos le enredaba su pelo ya completamente cano y jugaba a hacerle minúsculos remolinos por la cabellera en retirada.
    Fue un instante de felicidad que no olvidaré nunca. Allí todos reunidos en torno a mi padre, sus hermanos -mis tíos- ya también mayores cobijados como él en los cuarteles de invierno. Mi sobrino jugaba con la peonza azul Diablo que le regalé en el patio donde todos estábamos. Quería provocar mil piruetas y lances y movimientos alambricados a ese modesto juguete que le tenía ensimismado mientras los demás abuelos le miraban embobados. Un niño jugando a la peonza en el patio, un espectáculo más emocionante que la final de la champios para muchos mayores que contemplaban las evoluciones de los juegos de un niño de nueve años.cienciaeduca.es-jose-castillo
    Mi hermana, mis tíos, mi cuñado hablábamos con mi padre de todo y de nada sentados en sillas de plástico alrededor de él y su mujer en el patio. A veces nos miraba con gestos de benevolencia, otras con miradas de extrañeza, algunas más con gestos de cansancio. Le pedimos que andase y allí íbamos con las sillas atrás para invitarlos a sentarse si se cansaban. Intentábamos que recordase cosas de sus años mozos y niños en El Moralico, de los trabajos campesinos duros y hasta la caída del sol que faenaba con sus hermanos, las carreras de bicis de cuando le ganó al Moraliqueño, indiscutible favorito, que mi padre venció. Imposible preguntarle qué había comido hoy o que iba a cenar por la noche. Nos devolvía una mirada acuosa de desconocimiento.
    En esa tarde amarilla, vestida de alma, mientras el sol nos acariciaba los cuerpos y el suave viento peinaba nuestras horas nostálgicas en retirada, sentí que el pájaro de la felicidad revoloteaba entre nosotros sin querer hacerse notar. Sólo acariciaba nuestras manos, nuestras piernas, nuestros labios y palabras en una tarde tranquila. Y por dentro me eché a llorar porque sentí que la golondrina de la felicidad nos estaba regalando un momento, unos instantes que para siempre estarán apuntados en el álbum de mi corazón, de mis vivencias. Sin haber construido árboles, esquemas, teorías sobre el contenido y sentido de la felicidad. Aquella tarde en un patio de una residencia de ancianos de Onil, una ciudad acogedora que trata con mimo a sus mayores, el gorrioncillo de la felicidad visitó nuestros corazones, en especial el de mi padre, Francisco Gómez Bermúdez, que lo vi, lo sentí feliz mientras su sobrino jugaba a la peonza, uno le decía tonterías, mi hermana le regalaba sonrisas abiertas y sus hermanos le recordaban episodios de sus vidas en la mítica juventud cuando el tiempo les esperaba a ellos y eran invencibles.
 Y nuestros corazones vibraron con este ratito de felicidad que a poco que quieras está dispuesto a posarse en nosotros. Y sobre todo en mi padre y las horas felices que tiene derecho a vivir. Uno cuando recuerda este momento mágico y eterno siente un no sé qué en las ventanas y prefiere dejar de escribir y recogerse en sus aposentos. Y recordar aquel instante de felicidad.

 

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