Eduardo Galeano, o el arte de la conciencia solidaria, por Javier Puig

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Eduardo GaleanoYa mucho antes de esta crisis que aún estamos padeciendo, en los inmediatos tiempos de la orgía consumista que posponía todo afán de verdad, podíamos escuchar voces disidentes, palabras que sonaban como envidiosas, como amargadas o resentidas, arrinconadas en la gran fiesta de un presente cautivador en el que reinaba la gran ceguera ante la intemperie inminente, ineludible, y se complacía en el abyecto vómito de la inconclusa saciedad. Estas voces, tristemente, adquirieron especial significancia cuando la debacle de aquella espuma.

Siempre me han reconfortado esos alegatos discordantes, esos discursos, casi siempre derrotados en el mundo, pero fortalecedores en lo íntimo, cultivos de sensibilidad preservada de las poderosas contaminaciones, miradas que buscan perspectivas más completas. Y, al mismo tiempo, he querido sentirme despierto ante esa tan bella ensoñación que me procuraban, me he retado a saberme digno de adherirme a esas palabras, de identificarme con esas voluntades; a ser capaz de interponerme entre mi trabajada comodidad y la necesidad general en la que creo. Nada cuesta menos que la náusea ante las representaciones de la dominante putrefacción, ante las estéticas impuestas, pero no es tan fácil introducirse, valerosamente integrarse en plenitud en las abiertas palpitaciones de la humanidad doliente.

Hace poco, el gran Wyoming, para mofarse de la delirante Esperanza Aguirre, traía a su programa, como testimonio de su demencia, a un psicoanalista. Su visión de la actuación de ese personaje, en los días de su fáctica derrota electoral, la resumía en una expresión académica: “omnipotencia de las ideas”. Es decir, el síndrome que le hace pensar a uno que su análisis de la realidad es el único que tiene validez, frente a todas las evidencias. Se le podría responder a ese psicoanalista que ese síndrome lo padecemos todos, en mayor o menor medida, aunque tal vez él quisiera destacarlo en este caso en concreto por el fuerte contraste entre la percepción subjetiva de la realidad y la percepción general, basada en datos irrebatibles. Pero ahí entramos en el problema de la conciencia.

A menudo, confiamos en la mala conciencia que los demás puedan tener de sus actos, pero es una confianza baldía. Si algo tiene de fidedigna la conciencia – que está por ver – , sería esa una característica susceptible de desactivarse. Los mayores criminales no han sido lo suficientemente valientes para desechar enteramente la ética, pero no han tenido reparos en crear omisiones y manipulaciones de sus actos, con el fin de convencer a los demás – pero también a sí mismos – no solo de su licitud sino de su nunca bien ponderada conveniencia.

En los últimos tiempos, han muerto dos importantes oráculos de la disensión frente al poder. Primero, fue José Luis Sampedro. Hace un par de meses, cayó Eduardo Galeano. Esta última muerte fue para mí una sorpresa. No sabía que estuviese enfermo. Sentí que la humanidad se había quedado sin una de las más importantes voces contra la aleve indecencia. Menos mal que nos ha dejado sus hermosos libros, sus bellos y contundentes discursos. Lo primero que leí de él fue su Patas arriba. La escuela del mundo al revés, una clamorosa denuncia contra todas las enormes injusticias, una apabullante ristra de constataciones que desprenden indignante verdad. Después, me acerqué a El libro de los abrazos, un libro menos político y más poético. Finalmente, a Espejos: una historia casi universal.

Ahora, como coyuntural homenaje a su vida consumada – pero también como cumplimiento de una anterior y periódica necesidad de fundirme con el aire fresco de su prosa – he ampliado mi recorrido por su mundo literario, me he adentrado en su libro Bocas del tiempo, de 2.004. Como en la mayoría de sus obras anteriores, esta se compone de textos cortos que rarísima vez superan la página, ordenados para que resulten correlativos en su escueta afinidad. Son historias muy diversas, la mayoría referidas a la vida latinoamericana, que es en la que ha puesto la mayor atención, con especial preferencia por esos personajes aborígenes, escasos de cultura pero bien provistos de una singularidad genuina. En menor número de ocasiones, es nuestro mundo privilegiado el escenario de sus relatos, aunque, en su pluma, los personajes más adaptados se tornan excéntricos, delatados por su vil o desnortada intimidad. Aquí, las historias que enumeran las injusticias del mundo ocupan un espacio menor que en otros de sus libros, la forma transgresora que impera es una mirada muy extensa, exploradora, libre de prejuicios, que aplica a los personajes una distancia que no es frialdad sino actitud magnánima, o simplemente naturalista.

Sus relatos brotan de una severa liviandad. Parten de historias reales, de anécdotas que le han contado, de noticias que ha leído. Se refieren a ínfimos extractos de los hechos de la humanidad, pero muy relevantes desde su honda menudencia, mostrándonos la diversidad de las situaciones biográficas del hombre. Aunque, otras veces, cuando su pretensión es mostrarnos una callada realidad injusta, es capaz de resumir en pocas frases la vejatoria historia de una nación. Su tono es a menudo irónico, incluso sarcástico. Denota una severa perplejidad que se antepone a una indignación, a un asombro, a una incomprensión definitiva. Da nombre a personajes anónimos, a hombres y mujeres de toscos procederes; nos muestra lo que sus estrechas miradas atienden. Están sometidos a horizontes demasiado cercanos, afectados por alguna puntual opresión. Algunos, eligen o se precipitan por un caminar inocente y chocan contra la estulticia y la iniquidad.

Hay relatos magistrales que se elevan sobre la historia de la que nacen; que, gráciles, desde el sentimiento de una fraternal proximidad, disuaden de fáciles dramatismos y nos sitúan en una perspectiva más amplia, desde la que percibimos la alta pequeñez del hombre, sus yerros más espeluznantes y también su íntima y bella verdad. Nos dibuja el enfrentamiento entre el ser puro – limitado en su cultura, pero, al mismo tiempo, con acceso a sabidurías directas a las que los doctos no pueden acceder – y el invasor, el turista o el comerciante global, los indiferentes o los codiciosos que arrasan los restos de autenticidad, de pródiga belleza.

Eduardo Galeano era un hombre con carisma, un escritor que sabía transmitir con su ser una íntegra presencia que seducía al oyente confiriendo a sus palabras una importancia muy bien fundamentada, claramente insobornable. Tenía un modo convincente de decir lo que otros refieren evanescentemente. Transmitía la sabiduría de quien sabe meterse en el otro, convertirse en eco interior, en rememoración recurrente. Hacen falta voces así, que se hagan escuchar, que despierten conciencias adormecidas.

Galeano escribió unos libros poéticos, verdaderos, necesarios. No fue escritor riguroso. Dejaba algunos cabos sueltos en sus prosas, pero tal vez fuera una peculiaridad inherente, necesaria para quien era capaz de fuertes y bellas incursiones narrativas. Como ciudadano universal, trataba de asumir las inquietudes más perentorias, de destapar y sacudir atrocidades consentidas. Como todo revolucionario inteligente, sabía poner el foco en las potentes y sangrantes injusticias. Y quería la esperanza. Miraba los anticipos de su utopía, las realidades de sus ilusionantes imaginaciones. Tal vez, en algunos casos se aferraba, demasiado incondicionalmente, a versiones de una sociedad sustitutiva temerosa de desvanecerse y, por ello, constrictora de libertades irrenunciables. Denunciaba la presencia del miedo como enemigo, como creación regalada a los oponentes de lo solidario. Lo tenemos cercano en youtube, tenemos su tono apaciguado y firme. Disponemos de su prosa, poderosa, sutil, amena. Proseguimos en ese mundo que él ha vivido tan atento, un mundo zarandeado por los poderes impávidos, por las resistencias a veces desorientadas. Pero, hay suficientes certezas de escaso pero probatorio mejoramiento, de despegue lento pero seguro, gracias a quienes han despertado las reacciones y han abanderado las denuncias, las expectativas de lícita y fuerte hermosura, como Eduardo Galeano hiciera, hasta sus últimos alientos.

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