ESCRITORES DE LA RESISTENCIA, por Francisco Gómez

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 Los escritores Mario Vargas Llosa y Javier Cercas protagonizaron el reciente 12 de iunius una conversación en el ADDA, el auditorio de la Diputación de Alicante, sobre “el oficio de escribir”. Los participantes, autores reconocidos y galardonados con muchas e importantes distinciones, y el tema prometían y este escenario logró alcanzar casi un lleno absoluto con capacidad para mil trescientas personas de aforo.
     El autor de  “La ciudad y los perros” y “La guerra del fin del mundo”, entre otras muchas novelas y obras de teatro, entre otros géneros, ejerció como maestro de ceremonias con absoluto dominio en el arte de la conversación, el pensamiento y la ficción. Javier Cercas, creador de “Soldados de Salamina” no le fue a la zaga en sus disertaciones sobre el hecho literario y el papel del escritor en la sociedad actual, alejado del intelectual comprometido.
    Ambos coincidieron en la figura de la rebeldía del escritor frente a la realidad como forma de transgredirla, alterarla y cambiarla de forma imperceptible, invisible a través de sus novelas.
Habla Mario: “Todo lector que ha vivido la historia de un libro como una experiencia personal tiene consecuencias. Las buenas lecturas benefician a la sociedad. Esos efectos son invisibles, no inmediatos y no hay manera de demostrar que las obras han cambiado la vida de las naciones para mejor. ¿Por qué los sistemas autoritarios han tenido gran desconfianza hacia la literatura. La literatura tiene un efecto subversivo difícil de demostrar. La literatura está por debajo de las realidades que somos capaces de inventar y nos permite tener una actitud crítica. La literatura nos demuestra permanentemente que el mundo está mal hecho. Esa actitud crítica es una de las fuentes principales del progreso humano. Es muy difícil que un escritor gobierne los efectos de lo que escribe. Efectos invisibles, ingobernables.
Turno de Javier Cercas: “La novela siembra la rebeldía en el lector. Le dice que otro mundo es posible. Eso es Madame Bovary, así es Don Quijote. Un elemento fundamental es la ironía. Es un antídoto contra los poderes totalitarios. Mi generación nace a la literatura con un gran escepticismo sobre la literatura comprometida, capaz de cambiar el  mundo y por otro lado desconfía de la figura del intelectual que interviene en el debate público. Yo he nacido deseando ser escritor, pero no parecerme a Jean Paul Sartre. El intelectual degenera en el siglo XX alarmantemente, apoyando causas bárbaras. En los años 80 este intelectual es un demagogo y esta situación explica las diferencias entre generaciones. Esto acaba con Mario Vargas Llosa. Un día de 2001, Mario leyó “Soldados de Salamina”  y dijo que aquí había literatura comprometida. La literatura comprometida no es para matar el tiempo. Aspira a plantearse los problemas políticos, sociales. Aspira a plantear la vida.”
     Escuchaba a estos dos grandes escritores rebeldes y sus observaciones sobre la complejidad del mundo y el matiz como material narrativo de primer orden, sobre los elementos que escapan a la racionalización del mundo en las ficciones, la verdad de las mentiras, la relatividad de las verdades. La crítica que planteaba el Premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias sobre las novelas con estructuras para divertir, entretenimientos pasajeros y la degradación de la novela tradicional, llamada clásica, definida como seria, y la realidad que contienen muchas ficciones, este pecador, aspirante a escritor, potencial novelista, pensaba en las visiones, en las historias que había dejado atrás en el atrio del ADDA que mira a la Avenida de Jijona. Esa señora árabe, sentada en un banco, en una ciudad, en una cultura que no sentiría como suya. En su soledad a media tarde en medio de un ambiente occidental que no sabe si la comprende. Aquel otro hombre,  también sentado en un banco cercano, mientras los chorros de agua preludiaban otras Hogueras en las cercanías, y un perro delgado, casi esquelético haciéndole compañía. Se levantó con la ayuda de sus piernas metálicas camino a no sé dónde y la tristeza en la mirada de las batallas perdidas.
    Regresé al interior del auditorio, del acto organizado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, un acto que sonaba a posible despedida cuando leyó las palabras de presentación Luisa Pastor y los cuatro años de gestión con medios escasos. Pensé en mis amigos José Luis Ferris y Joaquín Juan Penalva y la labor que han realizado. Uno piensa que merecen seguir con independencia de vaivenes políticos. Uno es hombre de amigos, así es y así lo decimos.
    El trabajo y el éxito
 
    _Doy un salto en el ritmo de la charla moderada con buen tino por Pilar Ayala, directora de Alfaguara, y enfoco la atención en las apreciaciones que ambos grandes entre los grandes tienen del oficio y el trabajo de escribir y el éxito que les sobrevino. La formación y el reconocimiento. Un escritor escribe para que le lean.
    Es su turno, D. Mario: “El éxito a los 27 años fue una gran sorpresa. Cuando comencé a escribir, pensé que iba a ser profesor, abogado, trabajos alimenticios compatibles con el trabajo literario. Nunca soñé que fuese sólo novelista en los años 50. Nunca sentí que sería escritor si fuese sólo aficionado a la escritura en domingos y días feriados. La sorpresa vino con “La ciudad y los perros” y encontrar a un editor como Carlos Barral. Para mí fue un milagro (con esta novela ganó el premio Biblioteca Breve en 1963). Descubrí que quería ser escritor en la universidad, mi verdadera vocación era la literatura. Nunca pensé que mis libros se tradujesen fuera del ámbito local. Fue una gran sorpresa de la que no acabo de salir del todo. Mi ambición no era ganar el Nobel sino escribir libros como los que yo admiraba”.
    D. Javier tiene la voz y la palabra: “Para mí la idea de ser escritor era extraordinaria. Yo no tuve contacto con la vida literaria hasta muy tarde. La profesionalización era impensable. Pasé de la nada a demasiado con “Soldados de Salamina” gracias a críticas como las de Mario (no fue la única pues escritores de la talla de J.M.Coetzee, Doris Lessing, Susan Sontang y George Steiner catapultaron su obra al escenario internacional). Mi padre decía que la crítica de Vargas Llosa era mejor que la novela (risas entre el público). Sentí luego la tentación de dejar de escribir pero “La ciudad de la luz” fue un acto de autodefensa, de supervivencia literaria”.
    Terminó el acto en el ADDA. Aplausos a los escritores, reconocimiento del público, y salí lleno de palabras, de ideas, intenciones e historias, como la de aquellos niños que se comían el asfalto a lomos de sus monopatines o aquella mujer que esperaba confiada la llegada de alguien conocido para perderse por los laberintos de la noche, que anticipan la arribada de las fiestas del verano en Alicante.
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