El mundo aparte de Jim Jarmusch. por Javier puig

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1-60283_image1Pareciera que Jim Jarmusch hubiera estado buscando los personajes de Solo los amantes sobreviven (2013) desde sus primeros meritorios intentos; desde Permanent Vacation (1980), su primera película, ese prodigio de consistencia en la pureza, su máxima expresión de esa capacidad suya de sacar partido a escenarios de abandono con recursos técnicos muy precarios. El cine de Jarmusch se asienta en un mundo aparte, en unos personajes que decaen desde vidas oscuramente prorrogadas. Viven en la oscuridad de una redundante renuncia, en una noche en la que las cosas suceden despacio, en lugares desprendidos de la continuidad vigente; viven propensos a brotes de enormes reluctancias, como escondiéndose en un tiempo inútil en el que resarcirse de sus tozudas incoherencias.

En Solo los amantes sobreviven, Jarmusch vuelve a ser fiel a sí mismo, a encerrarse en los firmes límites de un decir único. Aquí se prolonga en el lirismo de un mundo soterrado. La pareja protagonista está formada por dos vampiros discretos que pernoctan en su vivificación sanguinolenta, que recuerdan remotos pasajes de sus vidas larguísimas, encuentros con insignes personajes históricos. Pero son vampiros que se adaptan a los tiempos sucesivos. Ahora, creen enormemente en las músicas modernas, en la capacidad que tienen para expresar sentimientos complejos, en su recóndita constitución hecha de un lenguaje encriptado. Los protagonistas se sobreviven sin cansancio, aunque nunca abandonan su característica languidez. Se reviven a pesar del tedio inevitable, reemprenden sus calladas pasiones con la periódica vuelta del amor. Jim Jarmusch por fin desemboca en un reconocimiento claro de lo fantasmal de sus personajes. Vemos en las caras de la pareja protagonista el carácter enormemente distintivo, sus características irresolutas, la transmigración de unas almas de ruda vocación incipiente. Son seres cargados de eternidad que sobreviven en ámbitos clandestinos, corriendo el riesgo de una visibilidad excesiva, de mostrarse impúdicamente en su rareza.

El mundo derruido que aquí retrata Jarmusch es el de la decadente ciudad de Detroit. Nos muestra sus enormes fábricas de coches abandonadas, sus antiguos boyantes locales teatrales convertidos ahora en aparcamientos. Sin embargo, se le auguran a estas ruinas un ecológico renacimiento. La música que acompaña estos sombríos paisajes es igual de etérea y se extiende acogiendo las lentitudes, abarcando los contactos con una tierra extrañamente receptiva.

Jim Jarmusch no podría ser elegido precisamente como embajador turístico de los Estados Unidos (aunque tampoco, cuando sale de su país, escoge escenarios esplendorosos). Se empeña en mostrar lo más sórdido, en describir unos ámbitos depauperados, unos habitantes embrutecidos. El país que refleja parte de un mundo antiguo maquillado por algunas destartaladas piezas de la modernidad. Sus personajes habituales reflejan una juventud desnortada. Algunos son chulos, seguros de su sucio poder; otros son ridículos, pusilánimes, inmaduros; y hay quienes son tendentes a una melancolía causada por una errónea esperanza. Abundan los extranjeros: los inmigrantes o los turistas. Se acercan a ese país grande con la promesa de conocer las maravillas vendidas por las películas que han visto, pero pronto se ven inmersos en una zona inhóspita, en un entorno desalmado. Jarmusch es un amante de la música, del jazz, el rock, el country; un aficionado a las historias de los perdedores. Incluye en sus películas actores no profesionales que provienen de esos mundos, como John Lurie o Tom Waits. Música del propio Lurie o de Neil Young o de otros músicos creadores de atmósferas sutiles.

Con Jarmusch, empecé por ver, prácticamente seguidas, sus seis primeras películas. Me sumergí en su mundo asfixiante, en ese universo tan desesperanzado. Su primera película, su Vacation Permanent, no es la mejor pero me parece la más pura. Al verla, me sentí transportado a mi juventud. La encontré descaradamente poética, la sentí extremadamente libre. La carencia de medios marcaba el estilo. Las imágenes se alzaban sobre cualquier envoltura extraña y emergían en una pureza taciturna, en una pátina de desidia muy bien lograda. El retrato de Nueva York es único. Es como si nos llevase al trastero de la ciudad. No es el retrato de los barrios bajos que han hecho otros cineastas, para situar sus historias violentas, sino la inmersión en las entretelas de su sutil disidencia. Los personajes, unidos por la proximidad o las circunstancias, se hunden en una interioridad que resulta impertinente. El joven de Permanent Vacation, que va de incógnito poeta divino, deambula por las míseras calles, sintiéndose el personaje de una película que no entiende. Avanza por caminos de penuria, con tímidos ademanes de libertad, atrapado en una apremiante juventud que condiciona el cariz de sus impulsos. Esta primera película resulta una nostalgia poético adolescente, la mostración de un rumbo desasido de la realidad, un funámbulo caminar por exploraciones líricas, la búsqueda ciega de los réditos de una soledad descontaminada de inercias, propensa a nutrirse de poéticas vanas. Y sus siguientes películas son una continuidad de ritmos parsimoniosos, de diálogos deslavazados, de ocios vacíos. Las palabras parecen caer abandonadas entre músicas apáticas. Los personajes no avanzan, deambulan; no desean, necesitan oscuramente. Proceden de lugares lejanos o se sienten irrecuperables de sus íntimas y extremas lejanías.

En Solo los amantes sobreviven, esos personajes persistentes se invisten de comprensible extrañeza, aunque esta vez tienen algo de verdadera superioridad, y no solo de esa inconsistente chulería o ridícula deficiencia. Su poder consiste en una visión extemporánea, en una sabiduría obtenida en cientos de años de existencia. Han convivido con los poetas románticos; indemnes, siempre jóvenes, han recorrido los siglos. Aquí su palidez está justificada por su condición vampírica. Llevan gafas de sol en las discotecas, adoptan poses declinantes, miran con ignotas distancias. Se rodean de decoraciones oscuras, de un abigarramiento exquisito, de guitarras museísticas. Todo parece aludir a sus discretos entresijos del alma. El vampirismo parece casi solamente una médica anomalía. Les ofrecen drogas pero ellos necesitan otra cosa: sangre fresca que compran con unos increíbles fajos de billetes.

Jarmusch sigue encontrando el exotismo en cada lugar por el que se extravía, continúa virando hacia paisajes ocultos, incidiendo en las vidas apartadas del cauce de las suplantadoras confluencias. En su mirada no hay moralidad, deja que sus personajes se muevan bajo una borrosa compulsión natural que los acerca hacia una divergente visión de sí mismos.

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