EL ÁNGEL DE LA 32, por Francisco Gómez

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wenders-angel-300x300bLa mañana transportaba un aire frío que se colaba en los huesos, en los tuétanos, en el cerebro y el corazón de un hombre que esa jornada había decidido que no tenía nada mejor que hacer en todo el día, en toda la semana, en todo el mes, quizás en toda la eternidad. Deambulaba de aquí para allá errático, solitario. Los ojos de los edificios se desperezaban indiferentes a su paso por las calles. Las primeras luces del alba aclaraban las tinieblas de la noche, sombras que no amainaban en su alma.
 
         Sus zapatos le llevaron al pórtico de una fachada que en su infancia siempre le había resultado agradablemente familiar. Sus contornos eran brazos protectores ante la inseguridad del mundo y sus inciertas amenazas. La puerta estaba abierta y decidió adentrarse al interior del recinto que despedía un olor a antigüedad, a consistencia, a firmeza frente a las vacilaciones de su pensamiento. Los espacios laterales emanaban tranquilidad, descanso. La ciudad quedaba ya atrás, sumida en sus competencias y egoísmos. Avanzó unos metros inspirando la calma del lugar en penumbra, la calma que su espíritu anhelaba. Se sentó en uno de aquellos bancos que rezumaban confidencias, trazos de escritura trabados en la madera. Sacó sus celtas emboquillaos de la chaqueta que apestaba a alcohol y soledades y comenzó a fumar compulsivamente como un rito necesario para su agitada conciencia. Las volutas de humo ascendían por el aire detenido de aquel espacio acogedor. Pensó que no sería mala idea recogerse allí, huir de las veleidades del mundo, apartarse de sus gentes para olvidarlas por siempre y hacer una vida retirada, descansada del ajetreo absurdo de los habitantes de aquella ciudad que tanto amaba y odiaba al tiempo.
 
         En estas cuitas estaba cuando levantó sus ojos hacia lo alto y clavó su mirada en Él.  Un resorte automático de la conciencia se despertó y empezó a hablarle entre calada y calada del pitillo compañero.
 
         “Mira, ya sé que no tengo derecho a estar aquí ni hablar contigo y mucho menos pedirte nada. Ni siquiera sé si me escuchas. Ahí fuera en la calle no soplan buenos tiempos para los que creemos, aunque sea bien lejos de Ti. El personal te toma como un estúpido, un soñador para nada, un ingenuo protegido por un caparazón de ilusiones huecas que no quiere cruzar el abismo de la realidad. La puta realidad. Mira, aquí me tienes hablando contigo después de tantos años sin dirigirte la palabra, pasando de ti, como si no existieras, igual que si te hubieras borrado de mi corazón y mi memoria. No merezco estar aquí contigo. Soy un redomado y conspicuo pecador que cae una y otra vez en la misma piedra. Creo que si viviera dos mil años atrás en las tierras que tú pisaste en Galilea, no dejarías siquiera que fuese acompañándote con el gentío. Me señalarías con el dedo y obligarías a separarme de la multitud. No sé por qué estoy hablando, o a lo mejor todo esto es un monólogo pues no me escuchas, porque ya no importo a  nadie. Ni aun a Ti, que dicen eres el refugio de los pecadores, de los desconsolados, de los tristes, de los perdedores, de los vencidos, de los derrotados por esta vida tan dura que se levanta cada día para machacarse los unos a los otros. Te quiero decir, te voy a decir,  pese a tu silencio, a mi soledad, que el hombre ya no es hermano. El  prójimo es la competencia, el enemigo a batir, el lobo que te disputa la mujer en quien te has fijado, pugna por tu territorio,  por tu pan en el trabajo, te escamotea tu metro vital en las discotecas.  Homo homini lupus est, ya sabes. No te preocupes que dentro de poco ya no te volveré a dar la vara. Me quitaré de en medio para desaparecer por siempre. ¿Me acogerás en tu reino? ¿Aceptarás entre los tuyos a un suicida?¿Tendré que purgar mis faltas en el limbo in secula seculorum hasta pagar uno por uno todos mis despropósitos?
                -Oiga, en la casa de Dios no puede entrar usted fumando y llenándolo todo de nicotina.
                   -¿Quién es?
                   -¿Cómo que quién soy? No ha visto usted la sotana y el alzacuellos que visto. Soy el párroco de esta iglesia. Haga el favor de dejar de fumar y marcharse.
                   -Necesito hablar con mi amigo
                   -Venga a misa de nueve y podrá rezar en comunidad.
                   -Le he dicho que estoy hablando con mi amigo y yo cuando hablo con mis amigos, fumo, bebo cervezas, digo vulgaridades y me tiro pedos si se tercia. Así que quien tiene que marcharse es usted y dejarme tranquilito.
 
         El sacerdote comenzó a mascullar algunas frases por lo bajini del tono: “Este hombre dónde se piensa que está. Vaya individuos vienen por aquí”. Su Amigo miraba divertido la escena, como espectador privilegiado de la disputa entre la jerarquía y la sociedad civil. Nuestro héroe vencido se animó entonces a proseguir la conversación.
 
         “Menos mal que se ha ido el tipo ese que quería fastidiar la charla que tenía contigo. Ya podemos hablar tranquilos, ¿verdad? Tenemos tiempo y estamos tú y yo solos. ¿Qué mejor compañía puedo tener sino la tuya si estás y me escuchas? Te he dicho antes que quiero quitarme de la circulación. Imagino que sabes el motivo pero por si acaso te lo cuento. Tengo ganas de desahogarme y hablar con alguien que me inspire confianza. Estoy roto por dentro, espero que lo sepas. Mi mundo se ha partido en dos y ya no me veo capaz de recomponerlo. Ella se ha marchado con nuestros hijos y yo me he quedado solo. Dice que nuestro amor se ha apagado y no desea seguir con la relación. Yo la sigo amando. Ya no tengo nada. No me queda nada. No siento nada. No espero nada. Voy a desaparecer, a borrar mi presencia de aquí. Estoy borracho pero sé lo que digo. No dicen que los más lúcidos son los borrachos, locos y los niños. Lo veo todo con mucha claridad. Me deslumbra tanta revelación inesperada. No seré uno de esos hombres que, desesperado y carcomido por el ansia de posesión y el rencor, compra una pistola y liquida a su mujer y a sus hijos. Yo nunca podría hacer daño a los que quiero más que a mi vida. Aquí tengo el arma que me transportará, así lo espero, al otro barrio donde sueño conocerte cara a cara. Las posesiones materiales dan igual. Ella se ha quedado el  piso, el coche y el dinero de la libreta. Yo estoy en la calle sin nada pero es igual. Allá donde quiero ir me parece que no voy a  necesitar dinero, propiedades ni posición social. ¡Encima, no tendré que aguantar al cabronazo de mi jefe! Antes que me pegue un tiro en el descampado próximo, me gustaría narrarte una historia que un escritor amigo me contó. Me parece muy reveladora…No sé cómo la verás tú. Yo te la cuento: Esto son tres hombres sentados alrededor de una mesa, en un espacio inconcreto, en un lugar intemporal, envueltos en un cúmulo de gasas blancas y armonías azules. Los tres tipos ríen y ríen a carcajada limpia y su algarabía resuena por todos los rincones. Ja, ja, ja, ja, ja, ja ¿Y tú de qué te moriste?, preguntaron al primero de la terna, un tipo bien vestido. Me iban mal los negocios. Mis inversiones en bolsa quebraron y de la noche a la mañana me vi sumido en la porca miseria. No podía soportar convertirme en un miserable muerto de hambre y decidí lanzarme desde el decimoquinto piso. ¡Qué sensación más emocionante mientras caía y caía! El corazón acumulaba adrenalina y luego una tortilla de sesos desparramados por el suelo.
 
         Ja, ja, ja,ja, ja, ja ¡Qué desaparición tan memorable!, gritaron los tres suicidas. Oye, preguntaron al segundo, un personaje embebido en un juego de cartas. Y tú, ¿cómo sacaste el billete para el más allá? Jugando. ¿Cómo qué jugando? ¿Qué pasó? Nada importante. Los amigos organizamos una ruleta rusa con una sola bala en la recámara del revólver. En cada tirada apostábamos una pasta. Jugamos. Perdí yo y aquí estoy. Jo, jo, jo, jo, jo, ¡Qué extinción tan valiente! ¡Hay que tener muchos huevos para eliminarse así!
 
         Oye, inquirieron al último del terceto siniestro, ¿y tú cómo te quitaste la vida?  Aquel miembro de la triada era un ser taciturno y melancólico con profundos cortes en las muñecas, poco dado a hablar. Tanto le preguntaron que al final tomó la palabra. “Me suicidé por amor, mejor dicho  por desamor, amor no correspondido. Amaba a una mujer, el sueño de mi triste vida; que me ignoró. No accedió a mis súplicas sentimentales tras mucho rogarle. Se fue con otro y a mí me dejó tirado en la cuneta de la desesperanza. Perdido en el vertedero de la desolación afectiva. No podía aguantar tanto dolor y decidí acabar con mi existencia sin sentido, carente de amor y afecto. Una noche aciaga me corté las muñecas y me desangré hasta perder el sentido” ¿Veis?-dijo enseñando los brazos.
 
         Ja, ja, ja, ja, ji, ji, ji, ji, jo, jo, jo ¡Qué muerte tan estúpida! Nuestros fallecimientos sí fueron por cuestiones importantes y serias. Estuvieron llenas de sentido: pero tú, pobre iluso infeliz, suicidarte por amor. Nadie muere ya por amor. El coro de las risotadas crecía sin pausa. Aquel hombre vencido por el desamparo que provoca el amor incumplido, los acuchilló con relámpagos de ira. Tomó una navaja de debajo de la mesa y se cortó el cuello de un tajo seco y limpio. Volvió a suicidarse por segunda y última vez.
         ¿Te das cuenta? Es el único de los tres cuya desaparición tenía un significado concreto. Moría por auténtico y sentido amor. Los otros sucumbieron por nimiedades materiales.
         ¿Te das cuenta? Es el único de los tres cuya desaparición tenía un significado concreto. Moría por auténtico y sentido amor. Los otros sucumbieron por nimiedades materiales.
 
         De repente, alguien se acercó a nuestro desesperado amigo. Atravesó silencioso la nave principal y se acercó a  él para mirarle de frente.
 
                   -¿No te he pedido que te largues? Voy a fumar todo lo que me dé la gana y más. Te he dicho que estoy echando unos pitillos con mi amigo.
                   -Precisamente, es tu Amigo quien me envía para estar contigo y ayudarte.
                   -¿Quién eres tú?
                   -Soy tu ángel guardián. El ángel de la calle 32. Vivo en esta vía celeste. Me han llamado urgentemente para que olvides la locura que pretendías cometer.
                   -Tú eres un tío como yo. Los ángeles se supone que tienen alas y ropajes blancos y tocan el arpa o la guitarra. No van con vaqueros, camisa y una chupa de cuero como tú, colega. Déjame en paz, aunque no sé… ¿cómo sabes que quiero irme al otro barrio?
                   -Allí-señalando hacia arriba-, sabemos todo. Cada ángel tiene asignado el cuidado y protección de una persona desde que nace y tú no eres una excepción. Respecto a mi indumentaria, visto como el hombre de hoy, igual que el escéptico ser que eres tú en el siglo XXI. Como cualquier hijo de vecino de cualquier ciudad. Y estás equivocado. El amor anida en muchos corazones. Sólo debes escarbar en la superficie y hallarás la belleza que atesora el mundo. Sabemos que quieres acabar con tu maravillosa vida ante el gran golpe que has recibido en la línea de flotación del amor. La separación, no deseada por ti, de tu mujer y tus hijos. Déjame enseñarte y verás el futuro luminoso que te espera. Verás cómo cambias tu decisión.
                   -No digas tonterías. ¿Cómo puedes enseñarme tú la vida que me espera?
         El ángel de la 32 abrió su cazadora de tres cuartos y enseñó a nuestro atormentado amigo una suerte de pantalla que ocupaba uno de sus amplios faldones. En él pudo ver su
propia muerte, el posterior entierro, el desprecio de sus supuestos amigos que criticaron su falta de agallas para seguir adelante. ¡Tonto romántico! ¡Suicidarse por una mujer! Los compañeros de trabajo condenándole al olvido al cabo de pocos meses. Los vecinos murmurando el porqué habría decidido poner fin a su vida. Su mujer afectada por una inescrutable depresión cuando conoció el final de su ex. Un bajón anímico de tal calibre que nunca volvió a recuperarse. Es más: ella misma también decidió acabar con su cotidianeidad con un tubo de somníferos, anxiolíticos y antidepresivos. Sus hijos; huérfanos de padre y madre, derrotados por el infierno de la drogadicción. Uno de ellos, muerto años después por sobredosis en un derrengado portal.
 
                   -Éste es el horror que a muchos de los que tú quieres les espera si tú decides matarte.
 
         Con los ojos cuajados de lágrimas, nuestro amigo preguntó: ¿qué ocurrirá si sigo vivo? El ángel guardián abrió la otra cara de su cazadora y  en otro monitor podía verse el porvenir de su vida si caminaba por el mundo adelante. Su mujer, cansada de ir de unos brazos a otros sin encontrar un puerto dichoso, volvía con él. Sus hijos, que tanto le echaban de menos, recibían alborozados la buena nueva. La vida tornaba a sonreírle y él era nueva y definitivamente feliz. Sus retoños se casaban y él y su mujer asistían a sus bodas. Más ventura en su devenir vital. La vida no había sido tan cabrona como ahora mismo presuponía.
                   -¿Cómo sabes tú todo esto? ¿Cómo sé que no me estás mintiendo? ¿Por qué debo fiarme de ti?
                   -Te lo he dicho antes. Soy  tu ángel de la guarda. Me han ordenado que te ayude y aquí estoy. Nunca has estado solo. Nunca estarás solo. Sólo es cuestión de que tú creas, de que tengas fe.
                   -¿Fe?
                   -Sí, fe. Si no la tuvieras, no estarías hablando aquí con Él. Te hubieras pegado un tiro en ese solar y no hubieras pasado por aquí.
                   -Me gustaría tanto creerte…
                   -Haz la prueba. Si en el plazo de un año, cinco meses y catorce días no se ha cumplido cuanto te he proyectado, eres libre de hacer cuanto te plazca con tu vida. Espera ese tiempo.
                   -Esperar, esperar…
                   -Sí, esperar. Las cosas no vienen siempre, mejor dicho, casi nunca cuando uno quiere sino en el momento que menos te las esperas. Así la sorpresa de la alegría es mucho mayor y más gozosa.
                   -Y tú, ¿qué ganas con ayudarme?
                   -¿Yo? Subir en el escalafón angelical. Ahora soy un ser divino de tercera categoría. Si te auxilio y me crees, promocionaré a la segunda división y me cambiaré de calle. Iré a la 15, que es más amplia y espaciosa. Estaré más cerca del Jefe.
                   -Está bien, te creeré…Un año, cinco meses y catorce días. No sé si podré sobrevivir ese tiempo con esta pena.
                   -Claro que lo harás, pruébalo.
 
         Nuestro amigo, triste hasta la médula, encaminó sus cansados pasos por la nave central hasta el exterior. Las lágrimas, como ríos-mar surcaban sus mejillas hacia los baldosines del templo, el rictus de la cara extrañada e inquieta ante tan insólita aparición.
 
                   -Estaré soñando…¿será verdad lo que ha ocurrido? ¿No será una jugarreta de mi imaginación? Un año, cinco meses y catorce días…
         Mientras caminaba hacia la salida de su vida recién estrenada, Él, que todo lo observaba, que lo había cargado a cuestas por las cenagosas arenas de su vida, esbozó una sonrisa a sus espaldas y pensó: “Me ha gustado hablar con mi amigo. Aquí te espero dentro de un año, cinco meses y catorce días”.
Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

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