Andrés Trapiello y sus diarios, por Javier Puig

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ANDRES TRAPIELLO

Es una gran felicidad el descubrir como un filón literario resulta inagotable. Me pasó hace unos años con los diarios de Andrés Trapiello, y ninguna de las entregas que le he venido leyendo desde entonces, desordenadamente, casi cada año, me lo han desmentido.

Los diarios de este autor, que él llama genéricamente Salón de los pasos Perdidos, me atraparon desde pronto, pero no desde el primer momento, pues recuerdo que, en un principio, me resultaron parcialmente antipáticos; tal vez por algún prejuicio mío que me impedía sobrepasar la coincidencia de ciertas aversiones y llegar a lo hondo, a la forma y las ideas originales que, logradas, que se me ofrecían. Lo que me disgustaba – y todavía son características personales que no aprecio en sí mismas – era la exhibición de una vida literaria, mi incomprensible fetichismo por las ediciones antiguas u originales de libros, el carácter terminante a la hora de juzgar. En los diarios, mi preferencia es por aquellos que refieren unas vivencias que están abiertas al mundo amplio, diverso, exento de restricciones, de aprobaciones sectarias, no constreñido a las particulares obsesiones y paranoias de un escritor.

Sin embargo, la prosa de Trapiello resulta tan agraciada que gozo también de esos pasajes en los que redunda en sus fijaciones. Sería injusto, además, reprochárselas: todos las tenemos en algún ámbito. Lo que se le puede pedir a cualquiera es que no insista en sus obsesiones si no es en forma deslumbrante y renovada, pero eso este autor suele conseguirlo.

Leer unos diarios es una forma de convivir con el autor. Uno egoístamente espera de los compañeros de sus días que no se quejen demasiado, que lo diviertan, que le muestren nuevas puertas hacia la liberación de los pesados lastres. También espera que no se metan en su vida, consejos incluidos, salvo que estos aporten informaciones importantes. Pensaríamos que este riesgo no se da con un autor que no nos conoce, sin embargo, el lector puede sentirlo así, a veces. Me refiero a esos momentos en los que, tras una ininterrumpida actitud de identificación, de simpatía, a través de los sentimientos que va exponiendo, el autor nos suelta unas contundentes diatribas que nos contradicen en nuestras más afianzadas aprobaciones. Trapiello suele ser contundente en sus juicios. No teme despertar antipatías, de esas que se pueden cosechar si se descalifica lo cercano presente, como también, en tono menor, lo pasado. Es implacable con algunos artistas, algunas corrientes pictóricas o literarias; y también con algunas costumbres mundanas, ciertas formas convenidas de diversión, aparentemente inocentes salvo para el hipersensible observador que las padece como atentado contra las buenas costumbres éticas y estéticas y especialmente contra su posibilidad de placer.

El autor es aquí un personaje, aunque no de ficción. La realidad que describe es la suya. Recurre, pues, al ámbito privado, a los escenarios reales, a los interlocutores que existen. Lo que se escribe se parece al pensamiento íntimo pero casi nunca lo es. Más bien se parece a lo que le contamos a alguien determinado, al que consideramos de actitud y sensibilidad comprensivas, acerca de otros que a veces representan un mundo ajeno que a veces sentimos como hostigador e insultante, sin necesidad de que así pronuncie. La decisión de esconder a esos personajes tras una X o la inicial de su nombre creo que no merma la capacidad de disfrute, de comprensión, de esta “novela en marcha”. Solo afecta a nuestra pretensión chismosa que se ve frustrada si no somos capaces de adivinar un personaje más o menos público. Pero que no sepamos nada de él, aparte de la visión del autor, que no podamos intentar ser justos, saber si deberíamos o no sumarnos a esa crítica, no es asunto preponderante. Lo que observamos ahí es un rasgo, una actitud concreta, un estilo de ser. Y los personajes de ficción también son así. Cada uno de ellos, con sus actitudes preeminentes, contribuye a una visión global del hombre.

La prosa es original, concisa, sin artificios. Los textos están cerrados. Es evidente que ha habido reelaboración, pero eso no le resta autenticidad a esta obra, salvo que quisiéramos leer los escritos atropellados, revocables, impuros, defectuosos, que todos escribimos apresuradamente para que no vuelen las ideas que se nos están ofreciendo.

Lo que más me gusta de Andrés Trapiello son sus diarios. He leído dos novelas suyas; una – Ayer no más – me gustó, la otra – Los confines – la tuve que abandonar porque solo me producía indiferencia. He leído un par de ensayos que me parece que contenían muy buenas ideas pero tal vez adolecían de algunos desniveles y podrían haber estado mejor estructurados. Sus artículos me parecen un poco forzados, y en ellos no caben plenamente sus virtudes estilísticas, el tono íntimo que a menudo lo enaltece. Sus poemas no me han entusiasmado. En los diarios está su mayor autenticidad, las medidas libres y exactas, la lengua castellana usada con pericia pero sin jactancia, la felicidad de la forma humilde pero insuperable y de no depender de un lector o una imposición determinadas.

En estos diarios se mezcla lo social con lo particular. A veces se tocan temas que bien podrían haber constituido un artículo o un pequeño ensayo. Las opiniones son genuinas, arriesgadas. No sabotea la información, la salva de la intromisión de sus prejuicios. Aunque es verdad que tiene su nómina de elegidos. Algunos forman parte de sus amistades, otros, pretéritos, tal vez son fidelidades que nunca podrá romper, que defenderá como suyos, más que a sí mismo, omitiendo sus probables debilidades.

Los cinco años de retraso con los que publica sus diarios no sabemos en qué grado repercutirán en los maquillajes. Nuestras observaciones resultan provisionales, a la espera de que el tiempo nos dé su confirmación. Valoramos personas que acabamos de conocer, libros de los que llevamos leídas unas pocas páginas, situaciones políticas, sociales, empresariales, y luego nos damos cuenta de que nos han podido los prejuicios, la sed de adhesión o enemistad, que no hemos querido prever la limitación de esas manifestaciones, el germen que eran de una situación. Si escribimos sobre ello entonces, podemos estar plasmando una verdad provisional pero no la definitiva, la que hablará de nosotros más allá de nuestras precipitaciones, la que nos describirá sin malentendidos provisionales.

Agradezco la literatura que hay en estos diarios, es decir, la hermosa elaboración que, con las palabras, se hace de un pequeño universo de expresión humana, las descripciones de la diversidad vivencial que me llegan a través de una búsqueda sutil, del afán de exploración de una vida cuyos secretos se nos resisten, todo ello adherido a la sincera y emocionante persecución de una belleza huidiza.

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