LA ÚLTIMA TARDE CON GLADIATOR EN EL ALTAMIRA, por Francisco Gómez

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  cine_altamira_por_raul_diez  Reconozco que siento una sensación de soledad cuando recorro las calles de la “city” y veo las antes entradas de las salas cinematográficas tan huérfanas de espectadores. Es la impresión que me recorre los huesos cuando paso al lado del cine Altamira, en pleno Jorge Juan, al lado mismo del ambulatorio de San Fermín, junto a lo que es hoy la discoteca Limusine, antes el Music Hall Altamira.
    Mis ojos proyectan la mirada hacia la película del reciente ayer y contemplan una pantalla llena de vida, con una riada de ilicitanos ansiosos por ver la gran película de la temporada que siempre se estrenaba en el Altamira. Estoy hablando de pelis míticas para mi generación como “La guerra de las galaxias”, “ET”, “Tiburón, “Gladiator”. Luego estas cintas se pasaban al Capitolio, el Alcázar o por último desembocaban en el Paz, pero ya no era lo mismo…
    ¿Os acordáis del aspecto del Altamira? La entrada, tras franquear las angostas puertas del templo, mínimamente espaciosa, la espera desesperante con el personal agolpándose a las puertas del cine, las parejas en su afán de comprar palomitas, los apretones, el olor del tabaco y las ansias de disfrutar de la película.
    Hasta que llegaba el momento de entrar…Las carreras para coger buen sitio en un cine con un patio de butacas inmenso como las plazas de Lisboa o un portaviones USA y la pantalla que no podíamos abarcarla con la mirada. Nos desbordaba en todos sus ángulos, por todas sus esquinas. Era la culminación de las dimensiones que sobrepasaban al espectador.
    Y aquella tarde de un domingo cualquiera, leí la cartelera en el periódico y vi que echaban “Gladiator” en el Altamira.gladiator “Una de romanos”, pensé. Uno que se declara fiel seguidor de este tipo de cine estaba convocado a verla. Inevitablemente. Dirigida por Ridley Scott, que ha dirigido “Alien”, “Blade Runner” y la road movie “Thelma y Louise”. Interpretada por Russel Crowe, el de “Virtuosity” y “L.A. Confidential”.
    Sufrí un bombazo sentimental que me dejó extasiado. Quería ser como aquel general Máximo Décimo Meridio, comandante de las legiones del Norte. Máximo era y será para siempre el arquetipo del hombre que yo quiero ser y no sé si algún día llegaré a la altura de sus sandalias. Bueno, noble, valiente, leal, amante de su familia por quien recorre toda la Europa romanizada en un vano intento por salvarles de la ira del emperador Cómodo.
    Aunque pueda resultar un tanto absurdo, al inicio de “Gladiator” y la batalla para conquistar a las últimas tribus de Germania bajo el imperio del César, era para quien escribe una visión obligada antes de enfrentarme a una prueba para lograr un puesto de trabajo. El lema que transmitía Máximo a sus generales y legionarios “Fuerza y Honor” se convertía en una máxima que yo seguía a rajatabla mientras me preparaba para mis batallas laborales. Fuerza para no desvanecer ante la derrota y salir orgulloso del campo de batalla. Honor para saber y sentir que, pasase lo que pasase, uno debía sentirse digno por el esfuerzo realizado y creer con todas sus fuerzas que saldríamos adelante en ese terreno o en cualquier otra aventura. Claro, uno interiorizaba a su conveniencia como buen espectador subjetivo aquellas imágenes y sensaciones que desfilaban por la pasarela de sus ojos.
    Gladiator, como buena película cíclica, empieza con una escena poética bellísima y plena de sugerencias. El rudo y esforzado soldado, fiel seguidor de su emperador Marco Aurelio, acaricia con la palma de la mano espigas de un campo de trigo mientras la banda sonora nos subyuga los oídos. La paz y la belleza que busca su corazón, regresar a su ansiado hogar, ser feliz con su mujer y su hijo. Al final, asesinado a traición, el cuerpo de Máximo regresa a su hogar, ya en la otra vida, acunado su cuerpo yacente y en plenitud por la mar de las espigas de oro.
    Salí del Altamira como en brumas, entre una nebulosa de sueños, rendido admirador de este general para siempre, de ese hombre que es el ejemplo de lo que me gustaría ser y nunca seré. En un mundo dominado por el César americano y sus legiones multinacionales, donde éstos ya no son los valores que imperan.

 

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