REVUELO DE PALOMAS ASUSTADAS, por José Pedro Vegas

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barcelona-palomasAparte de todo lo que el viento y los años han arrastrado (“gone with the wind”), todavía me gusta simular que estoy esperándote aquí, sentado en el bar de nuestras primeras citas, exactamente en la terraza semisoleada pero fría, de cara a la plaza enlosetada, decimonónica, taciturna (al menos ahora, sin ti), adonde van llegando poco a poco las palomas con ilusión de niños y migas de pan.

Desde aquí, absorto en los viejos recuerdos, con restos de café frío en la taza y los ojos inmóviles (como la plaza: la plaza también está inmóvil a estas horas) creo verte llegar por el extremo opuesto apareciendo casi de pronto, tras la fuente y algún coche mal aparcado, para conmocionar y dar vida a este paisaje íntimo y levemente adormecido.

Me dijiste la última vez, hace ya una eternidad:

-Espérame en el bar de la plaza, como al principio. Será un simulacro de despedids, hasta que nos volvamos a ver.

-¿A qué hora?

-Si puedo ir lo haré temprano, de buena mañana…

(Yo no sé hasta qué punto sirven los recuerdos que uno desgasta, año tras año, como las cuentas de un rosario de tacto fácil y entrañable. Yo no sé hasta qué punto una nostalgia, más o menos romántica, puede sobrevivir en esta sequedad de yermo que me asfixia, en esta sucesión de años inservibles, en este mundo frenético y ramplón que me rodea.)

Tú me dijiste: “Si puedo ir…”

Pero yo sabía que no, que no vendrías. Estabas de paso en esta ciudad, tan sólo unos meses, y tu vida se hallaba lejos, muy lejos de aquí, me habías repetido últimamente llorosa, pero decidida. Tenías que irte, tenías que regresar… Más adelante, tal vez más adelante…

Pienso ahora, sin embargo, que si tú hubieras acudido a aquella cita con el bolso que yo te regalé, tu abrigo marrón con el cuello subido al cruzar la primera bocacalle de la plaza, al otro lado de donde yo estoy ahora sentado, quizá esperándote aún, más bien recordandote, si tú hubieras atravesado la plaza taconeando con una mezcla de indecisión e incertidumbre, como otras veces, con tu mano derecha al cuello sujetando las solapas, tu mirada atravesando el espacio recogido, el vuelo de las palomas, las grandes farolas laterales, el portalón gótico de la iglesia a un lado y ese miniparque de juegos infantiles al otro, si tú hubieras irrumpido en mi campo de visión desenfocando toda objetividad y toda lógica…yo sé que entonces, qué duda cabe, nos habríamos cogido de la mano sin hablar y habríamos huido los dos juntos, habríamos…

Se me nubla levemente la plaza, al parpadear. Hundo la cucharilla en el café mientras una campana hiere el aire madrugador y una ráfaga de brisa hace que la trayectoria del agua, en la fuente central, se tambalee asustando a una paloma sedienta. Una paloma ágil y libre como aún quiere ser mi pensamiento.

He sentido una pequeña debilidad. Como un rápido y certero escalofrío bajo la piel. Estaba a punto de dar una cabezada cuando el mismo escalofrío me espabiló y creí divisar tu figura tras un revuelo de palomas asustadas.

Pero no. Son los primeros niños que salen, aún soñolientos, con sus bicicletas puestas a punto. Descomponen momentáneamente el cliché de la plaza e irrumpen en el presente con una desconsiderada agresividad. La bella postal de mi recuerdo se arruga entonces como un cartón mojado.

Sé que tengo que irme ya. O muy pronto. El peligro de cabezadas es la alarma que me devuelve a la realidad. Hasta hace un segundo todo el oleaje de mi imaginación me hablaba de ti como si realmente aún existieras, como si la noticia de tu accidente (a pesar de los años transcurridos) tan sólo hubiera sido creada por mi enfermiza imaginación. Espejismos también de agua en la fuente de esta plaza inamovible, de este hermetismo que desgasta mi mirada sin inmutarse. Esquinas cómplices de antes, viejos paredones que sostenían la tramoya de nuestra impaciencia y nuestros encuentros.

Pero yo me resisto a desmoronarme antes que las farolas, los árboles y la piedra. No puedo permitir que triunfen sobre mí la pura mole y el silencio.

La mañana se estira sobre la plaza como una gran lona de circo que presagie risas y acrobacias. Y el aire se va llenando de voces, carreras y piruetas infantiles como en un circo de verdad. Pero el hecho es que la mañana, bajo esa piel tersa y como recién maquillada, esconde un presentimiento en el vuelo inquieto de las palomas o en las pequeñas sombras que se agazapan en los nichos de la iglesia.Y toda esa seriedad de piedra, todo ese mayestático afianzamiento de eternidad que rezuman estatuas, esquinas, incluso árboles…se ve ahora como levemente amenazado…

Mientras tanto, la función de circo ya está en su apogeo y la plaza se arrebola de colores. Y de movimiento. Una mujer saca cuidadosamente sus plantas al balcón. Es un rito variopinto y sosegado. En la acera de enfrente trina un canario sin contemplaciones. Rompe la calzada el fragor de las primeras motos. Se mueve la brisa, perezosa y lenta, al compás de una música melancólica que se cuela por un balcón . Vienen las palomas a beber, alborotadas y suspicaces. Un niño las persigue. Otro irrumpe contra la luz con su bicicleta de domingo. Grita una madre desde un balcón y salen de misa las primeras mujeres enlutadas.

Me levanto sin aplomo, tal vez con una esperanza de claridad.

Es esta osadía de cruzar la plaza la que ahora me embriaga. El heroísmo de esta pequeña decisión que me aleja de la terraza y del café. Sé que al despedirme de ellos, me desprendo también, me desgarro, del pasado. Del ángulo de visión de la plaza por donde te observaba aparecer, ligeramente trémulo, enormemente impaciente. De la terraza y de las manos compartidas sobre una mesa coja. De proyectos de futuro que se retorcían en el aire, tal vez difícilmente posibles, como un anillo de humo que se convulsiona y extingue sin dejar huellas.

Me levanto sin prisas. Me tomo el tiempo que tan avaramente se me escatima. La claridad refrescante de la fuente atrae el vuelo repetido y fugaz de las palomas

De pronto, se oye el golpe. Seco, como la palmada en la espalda de un viejo amigo. Rotundo, como un mazazo sobre el tambor. Quizá también inevitable.

Se siente el susto del golpe. Las palomas echan a volar, los chicos se callan, el aire se estremece. Se desploma la cúpula del circo sobre la mañana.

Es un golpe enérgico, pero fofo por dentro, como con sordina. No produce má alboroto que el grito de un náufrago en la taza de café.

La moto -níquel y rugido de fiera- ha quedado en el suelo con su urgencia vencida.

También el viejo está en el suelo. Las losetas transpiran angustiadas bajo el cuerpo caído. Se entrecruzan las pisadas y los ayes. Gime la sorpresa en los ojos de la gente. Se abre paso, a codazos, un rayo de sol…

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