Un agujero en la siesta, por José Pedro Vegas

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UN AGUJERO EN LA SIESTAhermoso-reloj-de-pared-antiguo-aleman-a-pendulo-13624-MLA3164708126_092012-F

1.

La cafetería se ensancha hacia un interior más oscuro, donde una televisión enorme hipnotiza las miradas como los ojos de una cobra que emergiera desde su cubil. La pared de la derecha, de un azul claro desgastado por los años, está recargada de viejas fotografías en las que el dueño del local, ya fallecido, departe alegremente con futbolistas famosos de la época. Luces indirectas desde pequeños ojos de buey se esfuerzan, cruzándose, por resucitar el pasado. Enfrente de esta pared, tras la puerta que da paso a los aseos, se inicia la barra con los primeros ofrecimientos de frutos secos, patatas chips y algunos embutidos. Luego, la exposición de algo de bollería para los desayunos, aunque enseguida aparecen, en su búnker alargado de cristal, tapas de medio pelo que se preparan por la mañana para todo el día.

A las espaldas del barman, una superficie de cristal cubre parte de la otra pared donde se alinean botellas de todo tipo y tamaño. En esta explosión de color, aparte de las marcas más conocidas de whisky, coñac, ginebra o ron, que miran hacia el cliente desde estanterías simétricamente colocadas, se pueden descubrir botellas que ya han caído en desuso en muchos bares o cafeterías. Nostálgicas botellas de Calisay, Licor 43, Cointreau o Ponche Caballero, por ejemplo, envejecen impúdicamente (o se llenan de polvo) a la vista indiferente de los más jóvenes. Banderines del Real Madrid y del Barcelona comparten un espacio que quiere ser neutral… Al otro lado, en la pared frontal de la cafetería que da a la puerta de entrada, un amplio ventanal abre en la pared un hueco hacia la luz natural y hacia la actividad bullanguera de la calle. Fuera, los coches hacen temblar el asfalto y las prisas.

Es la hora de la siesta. El sol de mayo hace restallar los rayos de su látigo, aún amables, sobre la ciudad. La cafetería dormita, después de servir los últimos cafés de sobremesa y algunas copas de licor. Entre la puerta y el inicio de la barra, donde un barman cansado seca platos y cubiertos, una máquina tragaperras aguanta a pie firme la decisión de una mujer que, introduciendo monedas nerviosamente (por una ranura que recuerda la boca del destino) sueña con cambiar la suerte de su vida.

Una pareja, ya entrada en años, está sentada junto a la luz y a la vida que se cuela a través del ventanal. Él podría tener unos sesenta años y ella, algunos menos. Aparentemente se han atrasado en tomar su café después de comer. Las dos tazas, ya vacías, se hallan discretamente apartadas. Una de ellas conserva en su fondo marrón oscuro las últimas gotas del café ya consumido. En el borde blanco de la otra puede apreciarse la huella que unos labios han dejado, al beber. La mesa, aparte de la superficie ocupada por las tazas, está limpia y refleja el dominio exterior de la luz.

Hace un calor agradable cerca de la ventana. Las cortinas están descorridas y, entre éstas y la puerta principal, cuelga un antiguo reloj de pared adornado con pequeñas incrustaciones de nácar. No funciona, sin embargo. Es lo que comenta la mujer:

– Es una pena que un reloj tan bonito no funcione.

Y el hombre:

– La gente se despreocupa de los objetos viejos.

El hombre, al que le faltan sólo unos años para jubilarse, lleva puesta una rebeca de color marrón claro con unos botones grandes que le aprietan un poco el estómago. Es de anchas espaldas, aunque sus hombros parecen vencidos al apoyar los antebrazos en la mesa. El pelo escasea en lo alto de su cabeza y las canas ya han tomado posesión del resto. Los músculos de sus facciones, más bien flojas, empiezan a soltarse de la rigidez que otorga la juventud. Gafas metálicas de un modelo minimalista cabalgan, a veces algo inseguras, sobre unos ojos de color indefinido y sensación de apática tristeza. A pesar de todo, sus ojos de vez en cuando sonríen.

Durante los primeros diez minutos transcurridos desde nuestra observación de la pareja, la respiración se vuelve íntima y el aire se puebla de pequeñas sensaciones. Al fondo, la televisión (a un volumen demasiado alto) vomita los tiros de una revuelta en cualquier país. Los políticos, normalmente encorbatados, se muestran presuntuosamente seguros de la validez de sus ideas y gritan consignas que, aunque aparecen envueltas en papel de celofán, destilan un veneno sutil que engrasa armas y recelosas voluntades.

Truena, de pronto, el alud metálico de monedas que se precipitan alborotadamente al hueco donde las recoge la mujer ludópata. El barman desaparece al final de la barra para fumarse, a escondidas, un cigarrillo entreabriendo la puerta del aseo.

En estos primeros diez minutos, el hombre se ha acercado a coger un periódico de la barra y la mujer saca su móvil último modelo que exprime en conversaciones interminables o enviando whatsapps a sus amigas, sus hermanas o sus hijas. También puede intercambiar fotografías o bajar videos cómicos de Internet. Cuando está concentrada en uno de estos videos puede soltar, de repente, una carcajada reprimida que termina en risitas convulsas de adolescente. El hombre, inclinado sobre su periódico, no da señales de haber sido molestado.

Llevan así varios minutos sin hablarse. Cada uno en su mundo virtual. Tan concentrados como la mujer que deposita monedas con impaciente apremio en la máquina tragaperras. El sonido de la tele, desde el fondo, termina por convertirse en un ruido impersonal, lo mismo que los automóviles que se persiguen por la calle con un estruendo de frenos y arrancadas violentas con el semáforo en verde. Pero el sonido del tráfico, de tanto repetirse, se vuelve monótono, como el zumbido persistente de un abejorro. Entonces, y casi sin proponérselo, el hombre levanta la vista de su periódico, mira el reloj de pared y dice:

Este reloj funcionaría si alguien le diera cuerda. Así parece que se ha detenido el tiempo tontamente.

La mujer no le escucha. Está ensimismada en una jugosísima conversación con su amiga Puri. No hace mucho tiempo que ha dejado de teñirse el pelo y está orgullosa de su nuevo aspecto: una cascada de cabello blanco, aderezado con tonos grises, le llega hasta el cuello por detrás, mientras algunos mechones se adelantan valientemente sobre su frente. Es un estilo que vio en la televisión y que se apresuró a copiar. Por su aspecto y sus modales da la impresión de una mujer en lucha por conservar (o estirar) los modelos de juventud que presentan las revistas del corazón. No parece tener graves problemas económicos ni una especial dificultad para hacer amigos. Lleva una blusa rosa, de cuello abierto, y un delicado collar que, según dice, le da suerte en tiempos de crisis.

El hombre ha dejado caer mansamente el periódico abierto sobre la mesa. Se ve en la obligación de interrumpir la concentración de su mujer:

Cariño, no te he dicho todavía que estaré en paro a partir del próximo mes. Han creído oportuno, para recortar gastos, concederme una discreta prejubilación.

La mujer está distraída leyendo un mensaje en su móvil y no parece haber entendido sus palabras, por lo que decide hacerse el despistado y no insistir. Mira hacia la calle y se pregunta cuántas personas que cruzan en ese momento por la acera habrán conseguido en la vida el éxito con el que soñaban cuando niños.

De pronto se produce en la cafetería un pequeño sobresalto. Ha entrado un señor mayor, de aspecto envejecido pero con noble resolución en su forma de andar. Es muy delgado y se apoya en un leve bastón que maneja con cierta gracia, como queriendo dar la impresión de que en realidad no lo necesita. Saluda con una inclinación de cabeza al matrimonio que está sentado junto a la ventana, mira con recelo a la mujer enfrascada en su lucha con la máquina tragaperras y suelta al barman un “buenas tardes” que pretende ser esperanzador. “¿Lo de siempre?” pregunta éste sin esperar respuesta. “Claro, claro…” Se sienta, apoyando el bastón en la silla de al lado, en espera del té de media tarde que acompaña siempre con unas galletas.

Unos minutos más tarde, como no está sucediendo nada especial, el barman considera la posibilidad de retirarse al fondo para fumar otro cigarrillo. Pero entonces aparece en la puerta una chica joven, muy mona, con ojos verdosos temblorosos de indecisión. Lleva una carpeta bajo el brazo y sonríe, por cumplido o timidez, al hombre que está junto a la ventana y que la mira con agrado. Luego se dirige directamente a la barra y, al acercarse a ella el barman con fingida solicitud, abre la carpeta y le entrega unos papeles grapados mientras dice tímidamente:

– Es mi curriculum. Aparte de los estudios, que me permiten un mejor trato con todo tipo de clientes, tengo cierta experiencia como camarera en una hamburguesería y en otra importante cafetería cuya recomendación adjunto, como puede comprobar.

Lo dice de tirón, como si hubiera soltado la lista de los reyes godos. El barman, que no muestra en su voz ninguna empatía, ya está negando con la cabeza antes de pronunciar una sola palabra.

Lo siento, chica. El trabajo anda muy flojo hoy día. Déjame un teléfono y te llamaré si esto escampa.

Ha querido hacer un mal chiste, pero enseguida se da cuenta, al fijarse en los pómulos enrojecidos de la chica, que no está el horno para bollos. Mejor hablar con claridad y no inmiscuirse en los problemas de los demás. En el paño que lleva sujeto al cinturón se seca las manos con la misma indiferencia con que Pilatos se lavó las suyas. Es un poco barrigón, aunque le falta la cachaza que suelen tener las personas obesas. Como él mismo piensa a veces, se encuentra en el medio de todo. Ni viejo ni joven, ni flaco ni gordo, ni rico ni pobre…

Es precisamente en este momento cuando se abre la puerta con una urgencia especial y se cuelan rápidamente en el local dos jóvenes encapuchados. Al entrar, se han bajado las capuchas, tipo pasamontañas, que estaban dobladas sobre sus cabezas en forma de gorro. Ahora resaltan sus ojos huidizos en los agujeros de la tela. Actúan con un nerviosismo y celeridad que sobrecoge a los pacíficos clientes del bar. Han estudiado sus movimientos y se mueven con la precisión de un juego ensayado mil veces. El que parece más joven se aproxima decididamente a la barra y, al ver a la chica, se acerca a ella y, cogiéndola por el cuello desde atrás con su brazo izquierdo, empuña con la mano derecha una enorme navaja que coloca en el cuello de la asustada chiquilla. Cae su carpeta al suelo y el barman, rígido y asustado, levanta instintivamente sus manos en plan de rendición mientras el rostro le quema por dentro como si tuviera 39 de fiebre. Dice, al fin, trabucándose:

  • Aquí, aquí…no tenemos…nada.

Es difícil seguir con palabras una secuencia que se desarrolla aceleradamente y en planos distintos. Es como si cupieran en medio minuto reacciones, posturas y miedos que hasta hace un instante ni siquiera podían imaginarse.

El otro encapuchado parece un poco mayor y, desde su posición junto a la puerta, domina la escena. Muestra una pistola que balancea de un lado a otro con estudiada frialdad. Lo que dice parece ya un tópico de tanto que se ha escuchado en películas.

  • ¡Todo el mundo quieto y nada les pasará! Lo único que buscamos es dinero.

No puede remediar su nerviosismo ni las gotas de sudor que deben picarle bajo el pasamontañas. Grita al barman:

¡Recoge todo el dinero que haya en la caja y deposítalo en una bolsa de plástico!…¡¡Ya!!

El barman está paralizado, no acaba de moverse. El señor mayor que entró con su bastón le urge con la mirada a que actúe. Está sentado enfrente de él y no quiere morir. Le ha nacido un nieto hace un par de meses y desea con toda su alma verlo crecer.

Por fin el barman recula hacia la caja y el asaltante más joven afloja la presión de su navaja sobre el cuello de la chica. En ese momento, sin embargo, la mujer ludópata, que estaba pasando bastante inadvertida, ha debido presionar una tecla (posiblemente sin querer, de puro nerviosismo) y otro alud metálico de monedas cae con estrépito en el recipiente de la máquina tragaperras. La pobre grita, de pura angustia.

Un inesperado sobresalto recorre, como una chispa eléctrica, el aire enrarecido del local. Los dos asaltantes cruzan sus miradas, asustados, y el que apunta con su pistola se ceba ahora en la pareja que está sentada junto a la ventana. En una fracción de segundo teme que puedan verle desde fuera, aunque la gente de la calle y el ruido de los coches aíslan cualquier acción que pueda desarrollarse en la cafetería. Dice al barman: “¡¡Deprisa!!”, aunque por primera vez intuye, sin saber por qué, que sus planes pueden fallar. Por eso se acerca a la pareja que está sentada y apoya su arma en la sien de la mujer.

Se ha colocado de espaldas al trozo de pared que separa puerta y ventana. Por supuesto, no se fija que sobre su cabeza hay un reloj con incrustaciones de nácar que no funciona. Ya le agobian las prisas y quiere terminar cuanto antes. Amenaza a todos:

  • ¡¡Vamos!!

Se refiere sobre todo al barman que abre torpemente la caja registradora. Pero la chica tiembla, como si se dirigiese a ella y, aprovechando la menor presión de la navaja en su cuello, mira con estupor los papeles de su curriculum que se esparcen por el suelo. Es como si su vida, o su futuro, se hubiera derramado inútilmente.

Como nadie se imagina su reacción en una situación así, los hechos que suceden a continuación son imprevistos.

La mujer que siente la pistola en la frente ha dejado también caer su móvil. En él se encierran sus amistades, las conversaciones insulsas o apasionadas que dan un sentido a la existencia. Lo que no sabe, al menos con una certeza absoluta, es que su marido la quiere y la necesita, especialmente ahora que va a iniciar una imprevista jubilación. Por eso ni ella ni nadie en la cafetería espera que él se revuelva de pronto contra el asaltante que encañona a su mujer.

Sí, claro, todos somos conscientes de que la vida es impredecible. Ya lo dijo Frank Sinatra en una canción. Pero nadie espera en la cafetería que el hombre que ronda los sesenta años se lance contra el asaltante y le agarre con fuerza del brazo que sostiene la pistola. Nadie espera tampoco que en el forcejeo suene un disparo y que caiga abatido el hombre que defiende a su mujer. La vida es impredecible, ya lo he dicho.

El ruido, la sangre y los llantos descomponen el puzzle. La escena prevista se viene abajo como la decoración del primer acto en una función de teatro. Los asaltantes quieren huir, no conocen el final de la función que ellos mismos han puesto en marcha. Se oye entonces (emergiendo de otros ruidos, de miles de ruidos) el motor de un coche que se ha pegado a la acera y los espera. Con botín o sin botín, ¿qué importa ahora eso? Es la defensa de la propia vida lo que urge, sobre todo cuando ya se oye la sirena de un coche de policía que abre la tarde en un desgarrón por el que se cuela el miedo, la indecisión, tal vez la muerte…

Junto a la ventana de la cafetería, cerca de un reloj que no marca las horas (porque tal vez el tiempo ya no exista) una mujer desgarrada se abraza con fuerza al cuerpo sangrante de su marido.

Al cabo de unos minutos, pocas personas recuerdan lo que ha pasado. Sencillamente iban con prisas por la calle y alguien les informó brevemente de lo que acababa de suceder. Algunos mueven la cabeza con gestos de desaprobación. Otros muestran una especie de morbosa curiosidad y se detienen junto al lugar de los hechos, adictos a los chismes y al cotorreo. Los demás, o no se han enterado, o les falta tiempo para elucubrar sobre algo que pueden ver en la tele cualquier día.

Pero ya no se oye ninguna ambulancia. Ningún coche de policía. La cafetería ha quedado solitaria, cerrada a cal y canto. Los protagonistas del evento han desaparecido y reaccionan de forma muy diversa. La vida continúa, sin embargo. Hay una mancha de sangre en el suelo que no se ha podido quitar por completo. El reloj de pared sigue quieto, sin ningún movimiento que reseñar… Aquí, señores, no ha pasado nada. Sólo un agujero de bala en la pared. Un agujero en la siesta.

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