PARÁBOLA DEL TONTO, por Francisco Gómez

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    El tonto era tan ignorante de su naturaleza que vivía inundado de creencias que le enviaban al lago de la tontería y él ¡hINGENUIDADala! tan feliz. Creía a pies juntillas que el mundo era una comunidad de amor entre todos los seres humano desde Australia a China, la Patagonia hasta Alaska y la moneda de acercamiento mutuo era la sonrisa y el beso, como manera de romper las barreras y superar las diferencias de pensamiento y color. Todavía pensaba que los hombres, en conjunto y no cada uno a la suya, se salvarían a través del amor, ese sentimiento desinteresado que no cobra peaje por las acciones que realiza sin esperar nada.
    Este individuo que caminaba como entre nubes por las calles, siempre tenía una palabra amable, un gesto cariñoso. Su boca y corazón no estaban cerrados a pedir perdón y decir gracia a sus amigos y a los buenos desconocidos que encontraba a su paso. El prójimo era próximo y no contrincante, enemigo a batir, elemento de quien desconfiar. Para el tonto nadie era malo aunque se demostrase lo contrario.
       El tío se quedaba embelesado observando la belleza de los parques, la tersura y silueta elegante de los árboles, las formas caprichosas que adquirían las sombras en el suelo. Soñaba que estaba en medio del paraíso terrenal cuando veía jugar a los niños alrededor de los columpios y los toboganes, cuando creaban catedrales de arena con sus manos, cuando jugaban interminables partidos de fútbol. Nunca dejaban de observarlas nubes en forma de pájaro, pluma o lapicero.
    A sus espaldas se reían de él pero es que ni siquiera se enteraba. El mundo no escondía maldad para él. A su alma se iba por caminos anchos, abiertos que no escondían vericuetos ni bifurcaciones. Se emocionaba hasta lo indecible cuando veía pelis como “Forrest Gump” o “Yo soy Sam” y el sujeto no se había enterado que los guionistas se habían fijado en él para tomarle de modelo. De hecho, cuando alguno iba torcido hacia él y le decía: ¿Tú eres tonto, verdad? Él contestaba invariable: tonto es el que hace tonterías. Yo soy uno cualquiera. Como tú.
    Amaba la vida a manos llenas y siempre había mil cosas que no dejaban de sorprenderle como si amaneciera cada día por primera vez sobre su conciencia. En su corazón no cabía el rencor, ni el odio y menos la envidia.
    Soñaba con las palabras acabadas en “dad”: humanidad, hermandad, solidaridad, humildad y no acababa de entender muy bien tantos “ismos” tan a la moda: egoísmo, individualismo, consumismo y otros tantos. Lo que más reventaba ere verle tan feliz siendo así de tonto. Y él, encima, sin enterarse.
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