SOBRE VIAJES, CASTILLA Y OTRAS COSAS, por Francisco Gómez

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Ayuntamiento_de_la_ciudad_en_la_Plaza_Mayor_de_Valladolid        Mis pasos me han llevado por muchas tierras y caminos de esta España, de estas  Españas que en estos días están convulsas. Siempre he sido partidario de sumar y no dividir. Juntos pero cada cual con su identidad, su idiosincrasia, su carácter, sus costumbres podemos ser un pueblo con aspiraciones. Lo otro me parece crear reinos de taifas anacrónicos que no conducen más que a las disensiones estériles, nada deseables.

    Mis pies han recorrido muchos lugares de norte a sur, de este a oeste y en todas partes he visto gente tratable, amable, educada, personas que viven fuera de la “normalidad” social e incluso personajes que aborrecen la tierra que pisan y donde viven y mueren cada día. O peor aún, seres que considera su “roal” el único, importante, el elegido y casi caigo de la risa.
    He sentido que vivimos en un relativismo espacial considerable. Soy de “la city” pero podía haber nacido y desarrollado mi vida en otras circunstancias en otro lugar como Sevilla, Bilbao, La Coruña, Málaga, Burgos, Madrid o Barcelona. Todos estos lugares los han visitado mis zapatos, a veces ilusionados, otros cansados de caminar. He caminado entre gentes que me ignoraban, no sabían nada de mí ni supongo les importaba mucho mi presencia. Sería una suerte de turista que se deja algo de pasta en su ciudad y desaparece. Y mañana vendría otro y otro, otro…He visitado y si puedo visitaré otros lugares de las Españas con una sensación de provisionalidad que a veces asusta y otras provoca un sentimiento de melancolía por dejar atrás tierras, gentes, de las que seguro te encariñarías. He visto y supongo veré monumentos, espacios naturales, plazas, calles, parques, gentes entrañables y otras más cejijuntas que durante unos días han formado parte de mi escenario y mi paisanaje pero con la marcha dejaba atrás para quizás nunca más volver a ver y que el caminar de los días puede disolver en recuerdos borrosos en la memoria.
    Curioso: escapaba de una “city” que a veces me cansa, incluso aburre, para acudir a otras ciudades otros espacios desconocidos para llenarme de sus ambientes, sus olores, sus paisajes, sus calles y barrios, pateándolos con mis gastadas suelas que es como mejor se conocen otros lugares, otros ambientes. Pero la sensación de melancolía no cesaba pues el observador sabía que, pasados unos días, marcharía de estos enclaves para volver a su vida en la ciudad originaria y nadie se acordaría de él en la ciudad dejada atrás, nadie preguntaría por ellos en el bar, en el museo que visitaron, en el restaurante donde comieron. En la administración donde compraron lotería de Navidad. Ni los propios compañeros de viaje repararían en ellos en la despedida.
    Escapar, huir de tu ciudad para arrojarte en los brazos de otra donde a nadie importas y nadie echará en falta tu ausencia cuando te vayas. C´est la vie. Visitar lugares, paisajes que se confundirán con otros en tu retina a menos que un episodio fundamental marque a hierro y fuego su permanencia en tu alma.
    Una de mis últimas escapadas junto a mi buen amigo de viajes y de la vida, Vicente Castaño, fue a tierra de Valladolid y León. Tierras fecunda de escritores y poetas y del castellano bien hablado y escrito como mi admirado Miguel Delibes cuyas huellas traté de seguir por las calles que imagino caminó. Su querido Campo Grande donde algún paseo discurrió al lado de Francisco Umbral, como vi tiempo ha en una fotos de El País. Ambos Premios Cervantes como Jorge Guillén y José Jiménez Lozano que también nacieron y/o residieron en la capital pucelana. En Valladolid se casaron los Reyes Católicos y nacieron Enrique IV y Felipe II. Magallanes firmó las capitulaciones de la primera circunnavegación del mundo y aquí murió Colón. En 1481 Valladolid contaba con la primera imprenta de España y aquí Cervantes publicó la primera edición de El Quijote en 1605 en coincidencia con la llegada de la corte del rey Felipe III en 1601.
    Mi meta era recorrer las calles y conocer las casas donde había vivido Miguel Delibes. Y así lo hice en el Paseo de Recoletos donde nació: “Soy como un árbol que crece donde lo plantan” y una calle cercana donde vivió hasta su muerte hace cinco años y que no tiene ninguna inscripción de este hecho. No sé si por deseo expreso de la familia auque  me extrañó sobremanera que Valladolid no tenga una Casa Museo dedicada a Miguel Delibes como sí la tiene a Zorrilla y Cervantes. Quizás las cercanías del hecho luctuoso no hayan podido prever este escenario para los seguidores de su obra. Por fortuna, pude hablar con vallisoletanos que le conocieron y me comentaron que era un hombre sobrio, reservado, serio que pasaba largas estancias fuera de Valladolid, quizás en Sedano o en pueblos de Castilla para documentar sus libros. Tras conocer Salamanca, Burgos, Soria, Segovia, Valladolid estaba en el tintero de las ciudades que ansiaba conocer.
    Y luego León, la mítica y muy noble ciudad de León, donde mi amigo Jaume Morera, me recomendó varios sitios de comercio y bebercio que visitar en el Húmedo cerca del barrio romántico, el Gaucho y sus sopas de ajo, la Bicha y sus delicatessen de morcilla, la Céltica el mítico paraíso de los cerveceros. Llegar hasta la catedral gótica y extasiarse en su belleza y contemplación fue todo uno. Su rosetón, las hermosísimas vidrieras policromadas que confieren al espacio un acento, un ambiente diferente según la hora del día que las visites. Esa atmósfera de paz, de serenidad, de encuentro contigo mismo y de cercanía a Dios para los creyentes era una intuición nada explicable. Igual que las pinturas murales medievales de San Isidoro de León, coronadas por el Pantocrator acechante y las escenas de los trabajos en el campo y la naturaleza, pura imaginería minimalista. Mi admiración por grandes escritores leoneses que leo y disfruto como Julio Llamazares, José María Merino, Andrés Trapiello o Luis Mateo Díez, entre otros.
    No sé dónde llegará uno en este difícil territorio de la literatura pero allá donde voy procuro dejar ejemplares de mis libros, como así hice en las bibliotecas de Valladolid y León y antes en Salamanca, Madrid, Santander, Mallorca y en Central Park en Nueva York. Vanos intentos, imagino, para que amigos lectores desconocidos deseen internarse en las andanzas de mis historias.
    Pero lo dicho, viajar como una forma de huida a lo de siempre, deseando que descanses tus fantasma que siempre te acompañan. Admirar espacios desconocidos y gentes que quizás nunca veas más con el poso de la melancolía “la bilis negra” al decir de los barrocos españoles. El adiós a ciudades y gentes que no repararán en tu falta cuando te hayas ido ni plazas y calles que recordarán las pisadas de tus zapatos. Un espacio de niebla y silencio que deja tu marcha que no importa.

 

 

 

 

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