Cristina Fernández Cubas, por Javier Puig

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Cristina Fernández CubasHace un par de años, leí el volumen titulado Todos los cuentos, que, como su nombre indica, recoge todos los relatos cortos que Cristina Fernández Cubas había publicado hasta esa fecha. Después de un largo parón de la autora – aparte de una aparición bajo pseudónimo, y en otro género que la aliviase de sus penas -, este año ha aparecido un nuevo volumen de cuentos, La habitación de Nona, que no me he querido perder, pues la impresión que me dejaron aquellos relatos fue la de que me hallaba ante una autora poderosa, capaz de unos libros que, además de, por su calidad intrínseca, seducen por los temas que tocan, por su sensibilidad, y no requieren de simpatías previas, de coartadas morales o ideológicas. Las historias que narra se bastan por sí solas, retorciendo la realidad, liberándonos momentáneamente de su pesadez, de su carácter previsible. En el epígrafe de su último libro figura esta afirmación de Einstein: “La realidad es simplemente una ilusión, aunque una muy persistente”.

Sus relatos se diferencian en el tema, en la historia perfectamente exclusiva, en los personajes claramente distintos y en los ámbitos bien precisados. Porque el estilo, el ritmo, el narrador en primera persona, la forma de meter el dedo en la llaga de la realidad, se suceden fundamentalmente invariables, alterados únicamente por la necesaria graduación en la intensidad con la que se narra.

La autora mezcla hábilmente el sentimiento exacerbado con la pormenorizada descripción de los objetos; con lo mirado, con lo tocado. Dentro de una realidad común, se busca lo raro, lo peculiar, pero siempre verosímil, siempre la historia que puede estar detrás de las apariencias de la normalidad. Lo que nos describe es el arrebato ante el conocimiento poderoso, paulatino, que nos introduce en una situación equívoca, en un mundo originado en profusas direcciones que pueden enlazar con una desviación de lo esperable. Un mundo que crece hacia adentro y hacia los lados. formando un embudo que nos engulle.

La prosa es de precipitación. Lo que narra nos desciende hacia una visión extendida que nos releva de la inmediata quietud de las cosas. Más allá de la emoción que nos explota en las manos, está la apagada resonancia de una realidad que tímidamente persiste. Sus excelentes cuentos logran, con unas primeras frases, de una intensidad que no decae en sus continuaciones, situarnos dentro de un universo que nos crea un sentimiento de temible expectación. La mayor parte de las veces los elementos que los componen son simples, aunque pueda haber una complicada elaboración que debe ocultársele al lector. La prosa es enérgica, atrevida, incluso temeraria, conduciéndonos a veces a los remansos de una anterioridad olvidada. Ese vigor ronda un sentimiento que, con su haz de descripciones, pretende conocer. Estas historias se leen con pasión, sin esfuerzo, con el impulso que nos facilita el ritmo ágil pero no presuroso, el vértigo de una evolución hacia un desenlace inopinado, con esa descripción de los sorprendentes giros de unos personajes que están entregados a su propia devastación vital, asombrados de sus propios sentimientos.

Las derivaciones son las de un relato de intriga que finalmente tuvieran su solución en una lógica que solo respondiese a una imaginación potente pero no desbocada. La descripción de los sentimientos la percibimos como una especie de ejercicio de empatía de la autora, que nos busca detrás de cada recoveco que va descubriendo, revelándonos una familiaridad extraña, terriblemente acogedora. Son muchas las afirmaciones de los protagonistas que nos incitan a una averiguación sobre sus vidas. Pero nos sometemos a la información que nos proporciona la autora, a su imposición de detalles conducentes a una idea única y concreta, a la ocultación de datos que perpetúa preguntas que sostienen especulaciones desorientadas.

La adjetivación es precisa, irónica, reveladora de una simpatía irritante, provocadora. Sobradamente demuestra su arte narrativo, con una prosa melódica que se compone de olas disímiles en un mar armonizado. Se agradece la escasa proliferación de personajes, la contenida adición de datos biográficos, algo que me desquicia en otros autores que obligan al lector a un inútil esfuerzo de situación que deteriora el efecto de un género que se fundamenta en lo escueto.

En algunas fases de estos relatos entra en juego lo onírico, lo irreal, lo ilógico, lo que hace difícil seguir la pista que conduce a la dilucidación de los acontecimientos. Cristina Fernández Cubas también domina lo humorístico. Sus páginas se leen con placer, con absorbente sigilo, sin esfuerzo, con impulso conducido por una curiosidad parcialmente satisfecha, despiertamente sucesiva. Estamos ante una gran creadora de personajes singulares, enigmáticos, una escritora copiosa en sus soluciones narrativas. Su Todos los cuentos es un libro absolutamente cautivador y La habitación de Nona, aunque me haya impresionado algo menos, me parece que es una buena ampliación, una lectura altamente recomendable.

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