Diario de un cinéfilo, por Javier Puig

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blow up

Días de Eclipse (1988), de Alexandr Sokurov, es una agresión al espectador, un castigo por sus indiferencias. Veo esas granuladas imágenes de un mundo inhóspito, esos retratos, puro documento de la existencia de unos inválidos mentales, y se me junta todo con las noticias de la dramática emigración de los refugiados en estos días.

Las estancias desordenadas, la originalidad de los planos, que no es gratuita, sino que nos ayuda a ver la realidad desde otra perspectiva. Todo es deprimente, la animada música árabe, los cantos de la iglesia vaticana. El desorden, el polvo, la incuria. Muertos que hablan, un joven guapo que busca alguna hermosa espiritualidad en la sordidez que le envuelve. Imágenes apocalípticas, que lo son más por la música, por el apagamiento del grito de la realidad, por el encierro de ese mundo en una realidad inalcanzable. La sordidez es muy real y no es presagio de finitud sino constancia de un mundo primitivo.

Cine a partir de las imágenes. Los ángulos de visión mandan. El relato es apenas existente. Solo la insistencia de ciertos personajes alude al formato de una película convencional. No es cine narrativo pues, sino puramente poético. Un viaje hacia extrañas sensaciones.

Me enfrento a Alphaville (1965), la película de Godard. Recordaba haberla visto hacía muchísimos años en la Filmoteca de Barcelona, sus interiores fríos y sus diálogos literarios. Es una película íntegramente nocturna. Las arquitecturas, los diseños de los años 60, tan modernamente futuristas y, hoy, los más anticuados, le sirven a Godard para representar un tiempo futuro, una ciudad galáctica. El presupuesto es bajo y todos los objetos propios de ese futuro son toscos artilugios. Pero lo importante, es el aspecto filosófico y poético de la película. El espía que ha llegado de la Tierra, y se hace pasar por un periodista, es un hombre duro, bruto, al más puro estilo John Wayne. No hay miedo de hacer el ridículo con sus bruscos métodos, con su chulería expeditiva. La película es la típica distopía que nos presenta un mundo dominado por la técnica, en el que los sentimientos y la creatividad del ser humano están reprimidos. La forma de acercarse a algunas cuestiones filosóficas es la de una especie de parodia seria. Y no me parece mal, la película funciona pese a sus deficiencias de atrezo, pese a una realización que a veces roza lo doméstico.

Interesante ese personaje que el gran ordenador Alpha 60. En la película hay, insertadas, numerosas citas literarias. Esta no sé si lo es, pero me gusta mucho (¿Borges?): “El tiempo es un río que me arrastra, pero yo soy el tiempo. Hay un tigre que me desgarra, pero yo soy el tigre”. El protagonista no entiende nada de ese mundo, ese vivir obedeciendo solo órdenes lógicas. La chica, Anna Karina, la expresión que es ese “¿por qué? Allí nunca se preguntan nada. Solo obedecen. Una película aún valido sobre un futuro de apariencia anticuada.

El festín de Babette (1987), de Gabriel Axel, es una película sencillísima, un cuento que se regodea en su aparente ingenuidad. Sus personajes apenas están explicados. Roza lo cursi, o casi se diría que, por momentos, lo abraza, pero, cuando lo hace, genera al mismo tiempo una luz verdadera, la luz de la llama que titila, frágil en la fe de una vida amenazante. Los personajes están presos de su beatería, han renunciado a sentir emociones descaradas. Lo grande de esta película no es lo que pasa sino la paciencia con la que se examinan unos rostros pletóricos de emotiva sensibilidad. Sin ese puñado de actores y actrices de presencia tan elocuente, esta película hubiera sido tan solo una muestra de cine sensiblero, pero así es una experiencia que cala hondamente.

Los libros de próspero (1991), de Peter Greenaway, es una orgía de imágenes. Tal vez no haya película, que sea a la vez tan cinematográfica y teatral. Cinematográfica, por la utilización de recursos propios como los travelling y la superposición de pantallas; teatral, por su coreografía, por sus gestualidades. La música de Michael Nyman enardece unas imágenes impregnadas de clasicismo.

Fausto (2011), de Alexander Sokurov, es una película odiosa y admirable a la vez. Es escabrosa – autopsias, homúnculos, ratas, miseria extrema – . Película insólita, poco atractiva, difícil de disfrutar, con un argumento embrollado, pero que ofrece una inhóspita posibilidad de apreciar su macabra belleza. La decoloración de la realidad, la naturaleza vieja, estridente, y unos escenarios alucinados. Es tal vez la película en la que más he sentido la verdad de una época antigua. En ella, no se descubre el maquillaje, no se denotan los gestos actuales, sino que ese mundo descrito con autenticidad me lo imagino real, fiel a su tiempo, en aquellos comienzos del siglo XIX en los que Goethe sitúa la historia. Una película no recomendable sino para espíritus interesados en lo inaudito.

Blow up (1966) fue una de las mayores experiencias fílmicas de mi adolescencia. Una de esas pocas películas que me obligaron a volver al cine en menos de una semana. Blow up se estrenó en España diez o doce años después de aquel 1.966 en que Michelangelo Antonioni la rodó. Sin embargo, cuando la vi, no me pareció anticuada sino casi futurista con respecto al país en que vivía. Durante estos casi cuarenta años me había negado a revisarla, por miedo a una decepción. Lo que recordaba de ella – aparte de la impresión que me causó – fue la simpleza de su argumento y, sobre todo, el aire gilipollesco del protagonista, ese jovencito pijo, pagado de sí mismo, que no solo se escucha sino que se ve continuamente a sí mismo, contentísimo con sus gestos de adolescente caprichoso que domina, con su encanto, a unas mujeres serviles, en una antítesis de la liberación de la mujer, en un visión desoladora.

Pero Blow up, basada en el relato de Cortázar Las babas del diablo, es mucho más que eso y ahora comprendo por qué me gustó tanto entonces. Se trata de una narración que se desarrolla de forma magistral, cautivadora, presentándose en unos ámbitos muy propios, con una fotografía turbadora. Y es que el protagonista es un fotógrafo, convertido a la vez en una especie de detective, por pura casualidad. Descubre un crimen pero también la precariedad de lo real, su íntima inconsistencia. La realidad es también lo que uno piensa, y lo que sucede puede no tener la misma fuerza para según quien. El valor de los objetos, de la muerte, todo es relativo. Lo importante es lo que se cree, lo que se siente. La última escena, cuando los mimos se ponen a jugar al tenis sin pelota, es significativa. La supuesta pelota sale de la pista y los mimos invitan al fotógrafo a devolverla. Él duda, pero, finalmente, empujado por el unánime convencimiento del numeroso grupo, decide creer en la existencia de esa pelota que ha caído en el césped. Esa pelota se convierte así en algo más real que el cuerpo del asesinado, que ha desaparecido por la noche en el parque, y del que nadie sabe nada, del que no quedan pruebas sino una borrosa fotografía.

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